
En una obra tan pudorosa como la de Jorge Luis Borges, llama la atención «El remordimiento», un soneto enfático, patético, autocompasivo (cualidades que Borges detestaba) y decididamente confesional:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
El poema pertenece al libro La moneda de hierro, de 1976. Fue publicado por primera vez en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de septiembre de 1975. Según le dice Borges a Joaquín Soler Serrano en la entrevista de A fondo de 1980, el soneto lo escribió cuatro días después de la muerte de su madre. Leonor Acevedo de Borges murió el 8 de julio de 1975, a los noventa y nueve años. Ella fue, sin duda, la persona más importante en la vida de Borges. No es de extrañar que a su muerte Borges escribiese, pues, su texto más triste. La obra de Borges tiende a ser feliz. Que el lector llegue a ese soneto y se entristezca, o presencie un Borges triste, es un precioso homenaje de Borges a su madre. Dejó esa página marcada.
Su trascendencia viene resaltada por la terminología religiosa: las palabras «remordimiento» y «pecado», y esa otra latente, «confesión». El soneto constituye una confesión. Pero he utilizado trascendencia en su acepción de importante, no de trasmundano. Aquí la terminología religiosa está aplicada a la vida y solo a la vida; solo al mundo: al sentido de la tierra. La ética tácita del soneto es que somos engendrados (mediante el acto físico de la copulación) y eso nos trae a la existencia, cuyos ejes son los elementos materiales («la tierra, el agua, el aire, el fuego») y el imperativo de gozarlos («el juego / arriesgado y hermoso de la vida»; que en la primera versión era «el juego / humano de las noches y los días»). El sujeto no tiene que rendir cuentas ante ningún dios, sino ante sus padres: ante quienes lo ataron al hilo carnal. Todo se queda en el mundo.
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El único “pecado” de Borges, además de ser argentino, es haber sido inmensamente humano, entendiendo en esto último la existencia de la física cuántica, en sus tiempos intuida pero no probada y, de a poco, a peldaños, como sus pasos de ciego en las escaleras de madera de su Biblioteca Nacional, llegar hasta los achaques de la vejez (¿o clarividencia de los elegidos?) en sus maravillosas poesías y relatos. ¿Qué puedo decir de un poeta que, al final de su vida, se despachó con una poesía, también de remordimientos, pero por no haber sido más valiente, por no haber jugado más como los niños, por no haber salido a la calle sin su paraguas e impermeable, por haber usado una bolsa de agua caliente en la cama y por no haber comido más helados? Y todo esto después de… Se abre la verja del jardín/con la docilidad de la página/que una frecuente devoción interroga/y adentro las miradas/no precisan fijarse en los objetos/que ya están cabalmente en la memoria…. (“Llaneza”, hermosa palabra además). Muchísimas gracias por la lectura.
Querido Eduardo Roberto, te sigo hace años en tus comentarios. Ten por seguro que todos tus admiradores te comprendemos y perdonamos tu resbalón, provocado, no cabe duda, por tu admiración fervorosa hacia el más grande de los literatos. Con la ternura que despiertas, un abrazo.
Borges es mi escritor favorito. Sin embargo, creo que este soneto no está a su altura. Me jode bastante, la verdad, admitirlo, pero eso de que el pecado más grande de una persona sea no haber sido feliz me parece una estupidez indigna de Borges. Con respecto al falso poema de Borges, el de la bolsa de agua caliente y demás, pues eso, que no es de Borges. Afortunadamente.
Carnicería, de Borges.
Más vil que un lupanar,
la carnicería infama la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquellarre
de carne charra y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo.
De La Carnicería no tengo dudas de la autoria de Borges.Está en una edición italiana de la BUR (Biblioteca Universale Rizzoli) que en su tapa, y en manera incompleta, reproduce unos versos de Elogio de la sombra que no necesitan traducción: …questa penombra é lenta e non fa male; scorre per un mite pendio e assomiglia all’eternita…. Con respecto a Si pudiera vivir mi vida de nuevo, tengo que reconocer mi error que acabo de descubrir en Internet: la autora es una desconocida poetisa americana. Pido disculpas, pero hay que reconocer que esa artista ha logrado, y con maestria, reverdecer la ironia de Borges. Gracias y buen año.
«es un precioso homenaje de Borges a su madre». ¿Homenaje? Homenaje hubiera sido que expresara lo que verdaderamente sentía hacia su madre sin caer en este patetismo digno de un teenager deprimido.
¿Y no sería que el poeta estuviera criticando, más que su vida, haberse entregado a una concepción del arte estrecha, barroquizante, formalista -no sé bien cómo llamarla- que sería la única que admitiría esa pasmosa descripción de que «entreteje naderías»?
Las naderías de Borges son las intuiciones, base imprescindible del poeta y de las religiones. Con las suyas, en una época en que la ciencia solo intuía, nos mostró la posibilidad de mundos paralelos e infinitos como lo hace la actual física cuántica (el soñador que es soñado, la biblioteca sin fin), las consecuencias inquietantes de la concentración de la materia (los agujeros negros), en ese cuento en el cual el personaje, a duras penas, puede sostener un diminuto cubo de metal en la palma de su mano, y la última, la más tenebrosa; el memorioso Funes: un hombre que no quisiera ser, porque tendremos la posibilidad de serlo, que todo lo recuerda con precisión sin horrorizarse, una perfecta máquina en tiempos reales pero paralelos. Borges fue un perfecto poeta, ya que, además, tuvo intuiciones de naderías, como aquella de que sería hora de que dejáramos de comer carne haciendo sufrir a los animales, si no, ¿qué otra cosa podemos decir de ese perfecto poema a una carnicería, o el otro a un velorio? …(El velorio gasta las caras; los ojos se nos están muriendo en lo alto como Jesús) ¿Y el muerto, el increíble? Su realidad está bajo las flores diferentes de él….
Con respecto al comentario de “Sentido como un” lo tomaría (y perdón por la cacofonía) como un elogio de colgar en la pared si viniese de una mujer (¡Y esto de no saber con quién se habla, si es fémina, varón o robot me desconcierta y me rebela!), y de devolver al remitente si proviene de un hetero. Todavía, y muy a pesar mío, soy esclavo de mi velo masculino, y lo menos que deseo es causarles ternura, pero reconozco que puedo cometer una injusticia porque yo habría escrito lo mismo. Si la he cometido, pido disculpas de antemano por mi “llaneza” (J…. ¡qué hermosa palabra! Bien castiza
Me gustaría saber qué opina de este tema María Kodama.