
Tony Soprano, salvo por algunos matices, es un hombre perfectamente común, de quien el mundo tuvo noticias el 10 de enero de 1999, hace justo veinte años, cuando HBO emitió el primer episodio de Los Soprano. La serie marcó el inicio de una era dorada, ejerciendo gran influencia en la televisión que se hizo después. Preguntado en The New York Times hace unos días por qué influencias eran esas, David Chase, creador de la serie, apuntó en primer lugar «al uso de un héroe profundamente imperfecto y sus problemas». Chase buscaba «cambiar las cosas» que se hacían en televisión. «Hay una canción de Elvis Costello donde dice: «Quiero morder la mano que me da de comer. Tengo muchas ganas de morder esa mano». Esa es la forma en que siempre me sentía al trabajar en las cadenas de televisión, y creo que al final la mordí», añadía.
El héroe imperfecto que representó James Gandolfini (fallecido en 2013) lo es de tal forma que podría ser nuestro primo, nuestro tío segundo, nuestro padre. Incluso uno de nosotros en persona. Tony Soprano soy yo, usted, él. Tony es inseguro, gordo, calvo, impulsivo, cínico, violento, frágil, leal, comprensivo, prosaico… Incluso usa camiseta de sisas. No se puede ser más común, más como usted o como yo. Ninguna condición aislada lo define. Él es todas las condiciones, a menudo contradictorias. Cuando lo observas, reparas en que dirige la mafia de New Jersey, claro, pero en realidad a ti te impresiona más que es un pobre desgraciado con tus mismos conflictos emocionales. Es un ser imperfecto.
Nos sentimos cómplices de Los Soprano porque sus ochenta y seis capítulos recrean eso que tanta satisfacción proporciona al público contemporáneo: la pasión por lo íntimo. Cuando nos sentamos ante la serie vemos la mafia por dentro, haciendo vida doméstica, mezclada con los negocios. Y nos gusta. Tony está muy lejos de los héroes y los antihéroes de la Cosa Nostra, poco acostumbrados a reflexionar sobre sus contrariedades en voz alta. Los mafiosos de ayer son tipos que callan y mastican los silencios como si fuesen piedras, sin gesticular. Tony es un individuo atribulado, que no se siente atado por la omertá cuando se somete a su psiquiatra para tratar sus ataques de pánico. Pertenece a la vieja escuela, pero su personaje se sitúa fuera de las leyes del pasado. Aquellos códigos de antes, el honor, la forma de existencia de los gánsteres de otras décadas, ya soo constituyen parte de su vida en forma de películas en blanco y negro, que le gusta ver cuando se siente ligeramente triste. «Pienso en mi padre. Él nunca llegó a la altura que estoy yo, pero de muchas maneras, él estaba mejor. Tenía a los suyos. Ellos tenían sus normas. Tenían su orgullo ¿qué tenemos hoy?», se interroga en la consulta de la doctora Jennifer Melfi.
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Me gustaría preguntarle a Juan Tallón si ha vuelto a ver la serie hace poco o solo escribe desde el recuerdo, porque yo, un fanático de The Wire que tenía pendiente Los Soprano desde hace años por la frecuente rivalidad que se suele establecer entre ambas series, me he atrevido este año con ella y creo (y digo creo porque nunca sabré ya la impresión que me hubiese causado verla recién salida del horno) que es un producto que ha envejecido tremendamente mal. Las primeras temporadas parecen escritas sobre la marcha (la facilidad con que solventan la muerte de Nancy Marchand es una clara muestra de la carencia de rumbo de la serie en sus inicios -o de la poca relevancia de este-), presenta continuamente algunos agujeros de guion antológicos y (practicamente todos) los personajes me han parecido repugnantes en todos los sentidos.
Donde usted ve en Tony a una persona «perfectamente común», yo solo he podido ver a un monstruo. Un sociópata impulsivo que solo actúa en relación a sus caprichos, incapaz de empatizar con nadie. Pero esa monstruosidad no generó ningún tipo de «admiración» por mi parte, como la que se pueda tener por Vito Corleone (que yo tampoco comparto, pero puedo entender), dado su aura cuasi mítica de mafioso de otros tiempos, pues Tony es un ser tremendamente ordinario y vacío, glotón, grotesco… un asco de personaje maravillosamente interpretado por Gandolfini, pero un asco de personaje al fin de al cabo (opinión que el fin de Moltisanti me terminó de confirmar).
Solo diré que en la escena final me hubiera encantado ver cómo le acribillaban a él y a su mujer choni-florero, a su frívola e interesada hija y a su inepto, irritante y extremadamente odioso hijo.
«Entonces los personajes te hicieron sentir cosas», se podría argumentar. Sí, pero cosas que no me aportan nada. El mundo está llena de gente asquerosa, y no necesito ver una caricatura hipertrofiada de este en la pantalla. Y, personajes aparte, estamos ante la serie con ínfulas con la trama más banal y endeble que he visto.
No sé, mi decepción con ella ha sido tan grande que vivo con miedo a atreverme a volver a ver The Wire, no vaya a ser que el tiempo la haya tratado igual de mal. Pero lo dudo.
Puede respirar tranquilo, yo veo The Wire casi todos los años y envejece genial. Con respecto a Los Soprano, la he visto tres o cuatro veces y las impresiones que tienes sobre Tony son las que saqué yo en el último visionado.
No lo sé, realmente creo que es cuestión de gustos lo del personaje de Tony. Yo por mi parte no pude simpatizar demasiado con Walter White (que la gente adora) y por el contrario pude simpatizar con Tony aunque sé que si lo viera en la calle lo aborrecería por completo. Pero aunque me encanta Los Soprano yo también prefiero a The Wire, y sin duda envejece muy bien. De hecho su radiografía de la sociedad está más vigente que nunca (para bien o para mal).
Personalmente no compararía las dos series de manera absoluta. The Wire plantea un esquema narrativo que funciona desde «fuera hacia dentro», esto es, enseñando las normas del Estado en sus modos político y policial junto a las del hampa y la progresiva transformación de sus normas y formas de operar. Es, a mi parecer, una serie de observación sociopolítica que en cada temporada se las arregla para mostrar una nueva faceta del fallido «sueño americano». La humanización y los conflictos éticos, emocionales, etc., de sus personajes principales -empezando por Mcnulty- no hacen más que urdir la implicación del espectador con el plot -la concatenación de los hechos- y la puesta en escena que, en el caso de The Wire, es de un realismo y verosimilitud pocas veces logrado en la televisión (y ni hablar de algunos diálogos y escenas que son de antología) Los Soprano, en cambio, funciona desde «dentro hacia fuera», vale decir, más que un relato de observación sociopolítica es, en mi opinión, una serie que explota la idea de la familia como núcleo psicosocial. A diferencia de The Wire, en Los Soprano los personajes, sus emociones y acciones, sí que representan el caldo de cultivo que vemos «hervir» temporada tras temporada (y no el sistema político económico como lo es en The Wire). Baste para ello una de las escenas arquetípicas de la serie: el capo frente a la psiquiatra. Quien no haya visto las sesiones de psicoterapia de Toni y la Dra. Melfi como motor narrativo y erótico de la serie, se ha perdido una buena parte de la innovación que Los Soprano imprimieron al género de Gánsters.
Otro que no ha entendido que «Los Soprano» es amor, pasión, venganza, odio, deseo,fidelidad y contradicción y, de fondo, la mafia. No puede envejecer, ni bien ni mal, porque son temas y emociones universales y atemporales,de la misma manera que no envejece El Quijote. Algunos estaríais mejor viendo La que se Avecina.
¿Trescientos dólares la hora, la consulta de Melfi? ¿Quién es aquí el gangster?
Coincido contigo en lo de la muerte de la actriz de la madre de Tony Soprano, pero únicamente en el punto de que la escena chirría por su cutrez (no soy muy fan de los retoques digitales, sobre todo si «cantan» demasiado).
Quitando eso, me pareció algo natural y acertado. En ese caso coincidió la vida real con la ficción, el personaje fallece de improviso y poco más hay que decir.
Desde luego sí comparto contigo tu gusto por The Wire, que solamente vi una vez hace ya varios años y estoy deseando volver a disfrutar. Para mí, junto con Deadwood, conforman santísima trinidad personal del entretenimiento, ¿por qué rivalizar entre ellas?
Si eres capaz de decir eso de Los Soprano en una respuesta a una magnífica entrada es que no entendiste nada de The Wire. Supongo que algunos pierden más lento.
Obra maestra. Junto a The wire, una perfecta descripción del mundo interior y del exterior. Del universo.
Es la mejor serie que he visto. Algunos pueden juzgar al personaje, o a los personajes (casi todos bastante odiosos), decir que empieza titubeante, lo que se quiera. Pero la sensación de verdad, de que la vida, la pérdida de ilusiones, la deslealtad, la falsedad de las ideas que nos hacemos sobre nosotros mismos o nuestro pasado, la vejez, los amigos que van dejando de serlo, la incapacidad que todos tenemos de escapar de nuestras vidas, aunque queramos… la sensación digo que dejan sus seis temporadas es eterna. El juicio que nos hacemos de los personajes, tan drástico, demuestra cuánto hay de arte narrativo y de verdad en los Soprano.
Me gustó The wire, Mad men, Deadwood, The night of, me gusta muchísimo Fargo. Pero no hay nada como los Soprano, que además no decae en ningún momento.
Gloria eterna a Gandolfini.
Alain Delon + Brad Pitt: Benicio Del Toro
¡Oiga, pues es verdad! Ayer pesqué no sé si en Netflix o en Movistar, un film del 2015 con Brad Pitt y su todavía entonces esposa Angelina Jolie que se titula «By the sea» y en donde el primero quiere ser Alain Delon y la segunda Mónica Vitti o vaya usted a saber. En lo de Benicio y Brad sí que ya había caído hace tiempo pero la semejanza con Delon solo la experimenté con este film.
Los Soprano es y será siempre la mejor serie de televisión de la historia. Period.
Amen