Guía inusual para pasear por las estrellas

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La constelación de estrellas más famosa y extensa conocido por el mundo civilizado actual se halla muy alejada de los firmamentos y bastante más cercana a las planicies terrestres. De hecho, está planchada sobre el asfalto. Y concretamente entre las aceras de Hollywood Boulevard y Vine Street.

Cómo planchar una estrella

En 1953, E. M. Stuart, presidente por aquel entonces de la Cámara de Comercio de Hollywood, remitió una nota a la prensa anunciando su intención de establecer un paseo de la fama con el que honrar al tremendo glamur que emanaba la zona. Una idea que probablemente había pescado del techo del comedor del Hollywood Hotel, donde en algún momento a alguien se le había ocurrido dibujar estrellas y rubricarlas con los nombres de celebridades de la época, o del menú del legendario (por ser regentado por medio Hollywood) restaurante Sugie’s Tropics Restaurant, que tenía estrellitas similares impresas en la carta de bebidas. Durante los años posteriores se barajaron diferentes propuestas sobre cómo llevar a cabo el proyecto, incluso la posibilidad de insertar caricaturas en cada astro para hacerlo todo más ameno, una idea descartada por engorrosa. Finalmente se estableció que lo ideal sería un paseo de colores negro y coral (que harían bastante juego con los edificios cercanos), en forma de estrellas de terrazo rosas enmarcadas en bronce, y cuatro categorías (representadas por símbolos) en las que agrupar a los agraciados: la industria del cine, la industria televisiva, el mundo de la música y la industria radiofónica.

En 1957 varios comités designaron a más de mil quinientos famosos que obtendrían hueco en ese paseo de celebridades, gente entre la que se encontraba Walt Disney, Cecil B. DeMille, Hal Roach, Mack Sennett o Samuel Goldwyn. La idea era comenzar a construir la vía poco después, pero un par de demandas judiciales paralizaron las obras. La primera venía por parte de los propietarios del emplazamiento y versaba sobre impuestos elevados y material urbano. Pero la segunda tenía cierta miga: el hijo de Charlie Chaplin reclamaba daños y perjuicios porque su padre no formaba parte de la lista definitiva bajo la excusa de haber sido juzgado por violar la Ley Mann (que prohibía transportar mujeres entre fronteras estatales con fines sexuales), un caso del que fue absuelto. Pero la realidad es que a Chaplin lo vetaron porque en temas políticos se apoyaba mucho sobre su mano izquierda. Charles Chaplin Jr. salió de todo aquello con los bolsillos vacíos, aunque su progenitor acabaría obteniendo su propia estrella dieciséis años después. En cierto momento, la Cámara de Comercio de Hollywood se animó a encarar a los haters y anunció públicamente que «Los nombres del paseo de la fama han sido objeto de todo tipo de insultos y críticas. Y estas últimas se dividen en dos tipos: las de aquellos que creen que los nombres equivocados han sido incluidos, y las de aquellos que creen que sus nombres favoritos no han sido incluidos».

Charlie Chaplin. Haters gonna hate. Imagen: dominio público.

El teaser del paseo se produjo en 1958, con ocho estrellas a modo de prototipos que lucieron muy bien en las portadas de los periódicos. Fueron las de Joanne Woodward, Olive Borden, Burt Lancaster, Preston Foster, Ronald Colman, Louise Fazenda, Ernest Torrence y Edward Segwick. Pero hasta dos años después no se comenzaría a ponerle el pegamento a la que sería realmente la primera estrella oficial engastada en el suelo, la de Stanley Earl Kramer. Con el paso del tiempo una nueva categoría (la de actuación en directo) se añadió a las cinco iniciales y el recorrido de cometas se expandió hasta más allá de las dos mil seiscientas estrellas, convirtiendo el lugar en un imán para turistas. Uno que más que reverenciar el glamur del lugar parece ser un recordatorio de lo miserable de Hollywood: los viandantes rodean la estrella de Frank Sinatra para no deshonrar a la Voz poniendo sus zapatos sobre ella, pero pisotean el resto de placas pertenecientes a artistas de los que nadie se acuerda.

Guía inusual para pasear por las estrellas

Para los millones de turistas que se acercan al lugar con ganas de sacarle fotos al suelo, el itinerario habitual por Hollywood Boulevard suele transitar por aquellos puntos donde están escritos los nombres más clásicos del mundo del entretenimiento: Bette Davis, Louis Armstrong, Faye Dunaway, Chuck Berry, Cary Grant, Paul Anka, Elizabeth Taylor, Humphrey Bogart y similares leyendas inmortales se antojan como paradas obligatorias. Pero más allá de lo disparatado de algunas inclusiones y ausencias modernas (Spike Lee no tiene estrella en el paseo y Will Ferrell sí, así nos va) lo interesante es que existe otro circuito más llamativo, más divertido y menos masticado: Godzilla tiene su propia estrella en el paseo de la fama. Ese monstruo cabrón de varios pisos de altura que tiene por costumbre pulverizar Japón y liarla gorda junto a otras criaturas gigantescas forma parte oficial del glamur.

Godzilla petándolo, literalmente, todo en 1954. Imagen: Tōhō.

Pero Godzilla no es el único personaje curioso al que le rinden honores las baldosas de Los Ángeles. En febrero de 1960 el reino animal pilló sitio en la historia al asentar a tres perros famosos en el paseo de la fama: Strongheart (una de las primeras estrellas caninas del mundo del cine), Lassie y Rin Tin Tin. Y en 1978, Mickey Mouse se convirtió en el primer dibujo animado galardonado con una estrella. Una gesta a la que siguieron los nombres de Bugs Bunny, Blancanieves (seleccionada por haber sido la protagonista de la primera película animada de Disney), el Pájaro Loco, los Simpson, los Rugrats, el Pato Donald, Winnie the Pooh, Shrek, Campanilla, Snoopy y Minnie Mouse, siendo esta última elegida tanto por su papel en el universo del cine animado como por «ser una auténtica influencer del mundo de la moda».

La felpa afamada tampoco se escapó de obtener marcos estrellados y en el bulevar más visitado del mundo también es posible localizar a Paco Pico de Barrio Sésamo, a la Rana Gustavo y a la tropa de los teleñecos empaquetados en una losa estrellada que reza «The Muppets». Que esas placas agrupen a colectivos tampoco es un caso excepcional: gracias a El mago de Oz la estrella dedicada a los munchkins condensa oficialmente a más de ciento treinta personas distintas (ciento veintidós adultos y doce niños, o todos los extras que hicieron de munchkin en aquella película).

Willy y el barco de vapor. Imagen: The Walt Disney Company.

La estrella radiofónica Tommy Riggs figura en su baldosa como «Tommy Riggs & Betty Lou», compartiendo la fama con el personaje imaginario de Betty Lou, una niña de siete años a la que él mismo interpretaba desde las ondas gracias a su sorprendente habilidad para mutar el tono de su voz. Clayton Moore fue otro de los que legó las iniciales a la historia cosidas a su versión de ficción: su estrella coloca su nombre y apellidos junto a un «Lone Ranger» (el Llanero Solitario), el papel que lo hizo más famoso. El paseo también acoge a un bonito puñado de personalidades a las que se refiere por su nombre artístico en lugar de por la partida de nacimiento. Se trata de Slash, Cantinflas, Houdini, Parkyakarkus, Mako, Shakira, Meiklejohn, Paderewski, Roseanne, Liberace, RuPaul, Sabu, Sting, Usher y Thalía.

Algunas otras inclusiones son capaces de elevar ciertas cejas: Max Factor tiene una estrella por su labor en el mundo del «maquillaje teatral». Magic Johnson figura en la plantilla pese a no encajar realmente en ninguna categoría. La tripulación del Apolo 11 está representada por cuatro lunas estratégicamente colocadas en cuatro esquinas del lugar. E inventores como Thomas Edison o Ray Dobly justifican las posiciones en el bulevar con sus contribuciones a las artes cinematográficas. En 2005 sucedió algo poco usual cuando se le concedió una estrella a Disneyland, un logro que en el caso de las grandes empresas solo se le puede otorgar a aquellas que hayan estado arrimadas a Hollywood durante unos cincuenta años. Pero como la ley de Los Ángeles prohíbe endosar nombres corporativos a sus aceras, la estrella que rezaba «Disneyland» hubo de ser colocada en un recodo adyacente al paseo oficial.

La vía oficial también da cobijo entre las calles Hollywood Boulevard, Marshfield Way y la avenida North La Brea, a la glorieta de las Cuatro Damas. Una estatua en homenaje a las mujeres multiétnicas de Hollywood en la que Dorothy Dandridge, Mae West, Dolores del Río y Anna May Wong ejercen de pilares para un obelisco y un neón que anuncia la tierra de las estrellas.

Cómo aparcar una estrella

Que la estrella de Roger Moore, quien encarnó al famoso James Bond 007 en la pantalla grande, se encuentre instalada en el número 7007 de Hollywood Boulevard no tiene nada de casual. Como tampoco lo tiene que la de Mike Myers, Austin Powers en el cine, esté situada frente a un sex shop llamado International Love Boutique.

La estrella con el nombre de John Lennon está apostada frente al edificio de Capitol Records y los galardonados con algún Óscar suelen tener el cometa aparcado cerca del Dolby Theatre, donde habitualmente se entregaban dichos premios. George Carlin pidió que le colocasen cerca de la emisora de radio donde comenzó a hacerse famoso. Tom Jones, Fleetwood Mac y Dyan Cannon eligieron situar su estrella cerca de una tienda de lencería. Jay Leno solicitó como ubicación ideal una esquina donde la policía le había detenido en un par de ocasiones y Barbara Eden seleccionó una posición cerca de una tienda de helados porque, eh, le gustaba el helado.

Roger Moore. Imagen: United Artists.

Lo de la actriz Carol Burnett fue una dorada venganza: su baldosa estrellada está colocada frente al teatro del que la despidieron años atrás cuando trabajaba como acomodadora. Y el emplazamiento de la estrella perteneciente a Ed O’Neill es todo un detallazo: está situada al lado de una tienda de calzado en honor a la profesión (vendedor de zapatos) de su personaje en Matrimonio con hijos.

Multiplicidad

Gene Autry es el único nombre de toda la rambla hollywoodiense que tiene cinco estrellas distintas, una en cada categoría. Otros como Bob Hope, Mickey Rooney o Tony Martin militan en cuatro apartados diferentes. Y un bonito montón de personas (entre las que figuran Bing Crosby, Frank Sinatra o Dean Martin) lo hacen en tres o menos. También existen algunos nombres repetidos por culpa de la casualidad: es posible toparse con dos estrellas para Michael Jackson (una para el cantante y otra para el presentador radiofónico) y con dos Harrison Ford (ambos actores, pero de diferentes épocas).

Muhammad Ali

En 2002, el boxeador Muhammad Ali obtuvo una estrella propia pese a no encajar en ninguna de las categorías oficiales (cine, televisión, música, radio o actuación en directo) después de que el comité lo meditase un rato y decidiese que todo eso de calentarse los morros sobre un ring a guantazo limpio bien podría considerarse como una actuación en directo. Lo más simpático del asunto es el lugar donde acabaría aterrizando la conmemoración: en una de las paredes del Kodak Theatre, en lugar de en el suelo de la acera, convirtiéndose en la única estrella instalada de dicho modo. Aquello era el resultado de complacer una demanda muy específica del boxeador, la de que su propio nombre no estuviese colocado en el suelo para evitar que puedan «pisarlo aquellos que no me respetan».

Ali dice que no le pises «lo fregao» (1966). Imagen: Dutch National Archives (CC).

Gambazos

En 2010, a Julia Louis-Dreyfus casi le da una embolia al descubrir que habían escrito mal el nombre en su estrella correspondiente («Julia Luis-Dreyfus»). Y se ve que cuando tu único trabajo consiste en escribir un solo nombre la cosa es más difícil de lo que parece, porque el de Louis-Dreyfus no fue el único gazapo del estilo. Veinte años antes, el legendario Dick Van Dyke se encontró con un «Dick Vandyke» sobre su baldosa y procedió a separar las palabras con un rotulador. Y muchísimo antes al televisivo Don Haggerty lo rebautizaron por error como «Dan Haggerty», el nombre de otro actor real.

Pero todas esas meteduras de pata se subsanaron con rapidez. Bastante más feo fue el caso de Mauritz Stiller, porque tardaron veintiocho años en descubrir (y corregir) la errata en su nombre («Maurice Miller»). Y muchísimo peor fue lo de escribir Merian C. Cooper como «Meriam C. Cooper», Lotte Lehmann como «Lottie Lehmann» y Auguste Lumière como «August Lumière» porque nadie se molestó nunca en enmendarlo y a día de hoy sus estrellas siguen luciendo el nombre erróneo. El caso de Lumière puede considerarse especialmente sangrante por todo ese pequeño detalle de tratarse de una de las personas que, como quien no quiere la cosa, inventó el cine.

Donald Trump y el odio infinito

Varias estrellas del paseo han acabado provocando cierta polémica y malestar general. Las efigies para Kevin Spacey y Bill Cosby fueron cuestionadas cuando se destaparon los abusos sexuales cometidos por sus dueños, pero el comité responsable de las mismas declaró que lo que se pone no se quita, y que en casos similares no se consideraría retirar la pieza del conjunto.

Como el gran sueño americano tiene sus cosillas también se da el caso de que muchos de los galardonados con estrellas han acabado haciendo carrera política, y por extensión avivando a un numeroso grupo de voces en contra de sus preferencias políticas. Ocurrió con Arnold Schwarzenegger (actor y gobernador de California), con Ronald Reagan (actor y presidente de Estados Unidos) y más recientemente con Donald Trump (flequillo millonario y loco con poder en la Casa Blanca).

Este último puede enorgullecerse de haber sido el que hasta ahora más marejadas ha logrado desatar sobre el paseo de la fama: durante la campaña electoral, un caballero llamado Jamie Otis se acercó hasta el lugar con un pico y un martillo para pulverizar la estrella y, al ver los destrozos en las noticias, el bueno de Mark Hamill se atrevió a hacer una sugerencia: «Aprovechad para cambiarla por una para Carrie Fisher» (Fisher no tiene estrella asignada). El creador callejero Plastic Jesus erigió un pequeño muro (similar al que pretende levantar el propio Trump en la frontera con México) alrededor de la estrella y, meses más tarde, otro artista colocó una reja sobre el nombre del muchimillonario. Varios anónimos se recrearon también en la ubicación de maneras de lo más variadas: hubo quien pintó esvásticas sobre la baldosa, quien la regó con sangre falsa e incluso alguien que colocó un retrete dorado a su vera con el eslogan «Take a Trump». En 2018, un hombre llamado Austin Clay emuló a Jamie Otis e hizo trizas la baldosa a base de hostias. Pese a tanta fiesta, los responsables del monumento no se plantean retirarlo definitivamente, pero tampoco ponerle vigilancia.

¡Bienvenidos a un nuevo programa de Art Attack! ¿Qué creéis que vamos a hacer hoy con esto, artemaníacos?

Cómo muere una estrella

Instalar una de aquellas estrellas en el paseo de la fama no es difícil, pero tampoco sale barato. Para que alguien pueda tener la posibilidad de rodear su nombre con cinco puntas doradas el único requisito posible es que otro alguien lo nomine. Y también sacar la tarjeta de crédito: hay que desembolsar cuarenta mil pavos para la instalación y mantenimiento de cada placa. Una inversión que suele aportar algún patrocinador y que a veces está acompañada de más dinero para las licencias de derechos de la efigie, con el objeto de que la misma pueda comercializarse en forma de merchandising en las tiendas para turistas. Esto significa que lo que pretendía ser una oda al glamur y el mérito cultural ha acabado convertido en un escaparate promocional bastante evidente, uno donde pilla sitio aquel al que le pagan el aparcamiento: el productor Lee Daniels obtuvo su estrella poco antes de estrenar su serie Star en televisión y Quentin Tarantino instaló la suya en el paseo cuando andaba en campaña promocional para los Óscar.

Desde 1968, otro requisito para formar parte del paseo de la fama es que la persona homenajeada se presente en el lugar en el momento de destapar la estrella al público.

Esto se exige cuando la persona homenajeada está viva, claro, porque algunos de aquellos astros también eran concedidos de manera póstuma y seguir a rajatabla las normas en esos casos hubiese sido bastante raro, y probablemente muy incómodo para todos. Algunas personalidades como Julia Roberts o Clint Eastwood rechazaron convertirse en baldosa, y otras como Denzel Washington, George Clooney o Al Pacino aceptaron inicialmente sus estrellas pero utilizaron la excusa de no tener libre ningún día en la agenda durante años. Existen también un par de ocasiones destacables donde  el famoso a inmortalizar no se presentó a la cita en el último momento: la primera ocurrió en 1976, cuando Barbra Streisand no apareció en el lugar para desvelar su placa, presuntamente por el pánico que profesaba la mujer a las multitudes, una situación que un reportero muy cachondo aprovechó para acercarse al museo de cera del lugar y entrevistar a la estatua de Streisand («¿Dónde estás? ¿Por qué no estás aquí? ¡Si era una pieza muy bonita!» le inquirió a aquel monigote inerte). El otro caso notable es el del actor Forrest Tucker en 1986: el hombre se colapsó y tuvo que ser trasladado al hospital, donde moriría poco después, cuando se encontraba de camino a la ceremonia, convirtiendo el evento en una trágica empresa póstuma.

Clint Eastwood pasa de tu loseta. Imagen: Warner Bros.

Aquel mismo 1986 la Cámara de Comercio de Hollywood señaló que el propio paseo presentaba evidentes signos de deterioro producidos por la dejadez de unos años precedentes en los que el barrio había sufrido un evidente declive en la calidad de vida. Y, a pesar de que se tantearon planes para acicalar el lugar y arreglar los desperfectos, en la actualidad las fisuras no solo siguen a la vista sino que han ido a peor: una quinta parte de las célebres estrellas evidencian fracturas que van desde las pequeñas grietas (en las efigies de Aretha Franklin, Aaron Spelling o Charlie Chaplin) hasta los grandes boquetes (Irving Thalberg, Paul Rudd o Myrna Loy) pasando por incrustaciones de bronce rotas (Chris Rock, Edith Head o Al Jolson). Entre las más desvencijadas se encuentran aquellas dedicadas a Billy Wilder, Cecil B. DeMille, Neil Diamond, Lucille Ball y Ginger Rogers. Y eso tiene delito.

Al margen de todos estos destrozos, existe otra percepción truculenta asociada al concepto de un paseo de la fama ideado para inmortalizar artistas: la de que en el fondo esa vía de paso está siendo alicatada con lo que podría considerarse como un futuro cementerio. Porque cada vez que un famoso pasa a mejor vida, su estrella en el paseo amanece cubierta de flores y tributos varios, recordando al resto de famosos enmarcados en bronce de los alrededores que su tiempo aquí es finito. En algunos casos, cuando los finados no tienen plaza propia sus fans se encargan de proporcionarles una. Tras la muerte de Prince (quién rechazó en vida una plaza en el paseo), uno de sus admiradores garabateó su nombre en una de las estrellas sin utilizar del lugar. Y tras la desaparición de Carrie Fisher, los amigos de las galaxias escribieron sobre otra de las estrellas huérfanas un «Carrie Fisher, may the Force be with you». Porque en el fondo Mark Hamill tenía razón, al fin y al cabo nadie sabe mejor que él de qué va eso de pasearse por las estrellas.

Carrie Fisher. En esta casa solo tenemos una diosa y reina. Imagen: The Walt Disney Company.

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