El pasado te engaña

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Barack Obama, 2013. Fotografía: Pete Souza (DP)

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15

Puedo adivinar el futuro: Barack Obama será mejor valorado como presidente en 2020 que hoy. Y no tengo poderes especiales. Todos los expresidentes americanos recientes son mejor vistos después que durante su mandato. En abril de 2008, meses antes de dejar la presidencia, un 32 % de americanos creía que George W. Bush lo hacía bien. Cinco años después, un 49 % decía que fue un buen presidente.

Durante los ocho años de mandato de Bill Clinton, una media de 55 % creía que era buen presidente. En 2012, un 88 % creía que lo fue. Hasta Carter o Ford, que perdieron sus elecciones, tienen mejor prensa años después.

Es un ejemplo pequeño de que somos condescendientes con el pasado. El recuerdo de una exnovia nunca es tan pesado como fue en realidad. La memoria selectiva es razonable y hasta compasiva. Pero también provoca una admiración a tiempos pasados, que nunca los hubo mejores. Es un mito pesado y persistente.

*

Hay al menos dos nostalgias extendidas: la pureza del primitivo y el recuerdo de la juventud. Ambas son falsas.

George Kennan fue el diplomático americano más influyente del siglo XX. Su hito más célebre es proponer la doctrina de la contención en 1947 para frenar la expansión de la Unión Soviética: la cooperación era imposible y la guerra era un recurso innecesario; la contención era el mejor camino para esperar el derrumbe del régimen.

Se acaban de publicar los diarios privados de Kennan. El 20 de diciembre de 1927, con veintitrés años, escribía:

No puedo dejar de lamentar no vivir cincuenta o cien años antes. La vida está demasiado llena en estos tiempos para ser comprensible. Conocemos demasiadas ciudades, y nuestras salidas y llegadas ya no son momentos de desapego emocional, porque son demasiado comunes. Tenemos también demasiados amigos para tener alguna amistad de verdad, demasiados libros para conocer alguno bien, y la calidad de nuestras impresiones decae en beneficio de la cantidad, así que la vida empieza a parecer una película, con cientos de escenas que aparecen y desaparecen de nuestro campo de percepción, pasadas antes de que tengamos tiempo de considerarlas.

Me hubiera gustado vivir en los días en que una visita era cosa de meses, cuando los países extranjeros eran aún extranjeros, cuando una vasta parte del mundo tenía siempre el glamour del gran desconocido, cuando las guerras merecían aún los combates y los dioses merecían aún adorarse.

Ese verano de 1927, Kennan y un amigo habían viajado a Europa. El 26 de junio tomaron un barco en Nueva York. Habían comprado un pasaje en tercera clase por 97,50 dólares, que serían 1317 en dólares de hoy, a lo que había que sumar visados y «propinas». En total, ir de Nueva York a Southampton en 1927 costaba casi 2500 dólares actuales. Kennan lo pagó con dinero de su padre, que sufragó todo el viaje.

El trayecto duró siete días. Los otros viajeros no eran turistas: «¡Somos una panda de deportados!», dice Kennan. Entre otros, «hay un hombre con un ojo, un viejo diablo barbudo, tísico que parece un Papa Noel en paro en Constantinopla, hay al menos cien espaguetis [italianos] todos iguales, con largos bigotes castaños y varias capas de suciedad».

Al llegar a Inglaterra van a Exeter. Después van a Londres, París y Génova. El 6 de agosto vuelven a Estados Unidos. En el viaje se emborrachan, se quedan sin dinero, regatean con los dueños de las pensiones. Es un viaje largo, pausado, igual y a la vez distinto a la mayoría de los que se hacen hoy. Pero Kennan aún quería otro tipo de viaje, como los del siglo XIX.

Hubo otro detalle distinto en el viaje de Kennan: cogió disentería en Italia. Al volver, además, antes de tomar el barco, debieron vacunarse. Había enfermedades en Europa y en Estados Unidos que requerían precauciones obligatorias.

Kennan quería hace noventa años un mundo distinto, más tranquilo, con menos incentivos. Pero, respecto al mundo de hoy, entonces ir a Europa era un lujo o una paliza, y además peligroso para la salud. Kennan, como muchos hoy, quería más. La satisfacción plena es difícil de lograr y el pasado es un buen recurso para seguir deseándola.

*

Cien años antes, a principios del XIX, un joven británico viaja a Brasil. En una ciudad portuaria, el británico entra en un café donde hay dos mesas ocupadas: un grupo de brasileños escucha a otro tocar la guitarra y cuatro norteamericanos hablan mal de Inglaterra.

«Ningún hombre, incluso el más cosmopolita, puede digerir violentas críticas sobre el país de su nacimiento», escribió años después el británico en un periódico de Detroit, pero «no creo que yo deba ir haciendo de Don Quijote y enfrentarme a todos los que deciden difamar a su majestad de Inglaterra». Pero los norteamericanos siguieron y empezaron a meterse con él. Acabó por retar a un duelo a uno.

Quedaron a la mañana siguiente, dieron un revólver a cada uno. Para el inglés era su primer duelo. Se separaron dieciséis pasos. Se giraron y dispararon. Una bala atravesó el sombrero del inglés y otra dio en el hombro del norteamericano. Pero sobrevivió. Era otra pega del mundo antiguo: el honor servía para jugarse la vida. Hubiera sido divertido verlo, pero no vivirlo: tener que jugarse la vida por unos cuernos —y más si te los ponen— es penoso.

Aún más atrás, en 1787, en la Francia casi revolucionaria, los locos eran poseídos. Así describe el científico italiano Enrico Rossi en una conferencia en Nápoles en 1901 el trabajo del gran médico francés Philippe Pinel:

Dos años antes de la caída de la Bastilla, Pinel entró en el manicomio de Salpêtrière y cometió el valiente acto de liberar a los locos de las cadenas que les oprimían. Demostró en la práctica que los locos, cuando son liberados de sus cadenas, son más tranquilos, en lugar de crear desorden y destrucción.

A finales del siglo XIX, Mark Twain viajó a Hawái. No pudo desembarcar en Honolulu porque había cólera. A pocas millas de allí estaba Moloka‘i, una isla para leprosos. Es el único lugar de Estados Unidos donde vivieron dos futuros santos, el padre Damián de Veuster y la madre Marianne Cope.

El diplomático Kennan quería volver precisamente a la simplicidad de aquellos días, cincuenta, cien años antes de que él naciera. Twain dice que en 1894 Honolulú se había vuelto más rica que en su otra visita, unas décadas antes. ¿Las mejoras? «Alfombras, hielo, cuadros, libros del mundo».

Esa presunta simplicidad de los primitivos tenía un precio: la salud. Cuando alguien eche de menos el pasado, solo debe pensar por ejemplo en ir al baño. Para hacerse una idea, no hay que ir de hecho al pasado. Aún hoy hay ejemplos. Así es el extraordinario principio del libro The Big Necessity, de Rose George:

Necesito un baño. Asumo que hay uno, aunque esté en un restaurante austero en Costa de Marfil, en un pequeño pueblo lleno de refugiados de la vecina Liberia, donde el agua llega en cubos y puedes comprar toallas de segunda mano. El camarero, un joven liberiano, solo asiente cuando pregunto. Me lleva por la oscuridad a un edificio de una habitación, enciende la luz y se va. Hay baldosas blancas en el suelo, baldosas blancas en las paredes, y ya está. Ningún baño, ningún agujero, ninguna idea. Salgo a buscarle de nuevo y le pregunto si me ha enviado al lugar adecuado. Sonríe con sarcasmo. Los refugiados no se divierten a menudo, pero ahora se divierte. «Hazlo en el suelo. ¿Qué esperas? ¡Esto no es América!». Me siento tonta. Digo que me conformo con usar los arbustos, que no es que sea fina. Pero ya se ha ido, riendo en la oscuridad.

El problema no era solo la sanidad. Había uno más grave: el precio barato de las vidas. El honor no se arreglaba, como ahora, con un insulto o un empujón o una rabieta. Había duelos. En el siglo XIV el exiliado no era Salman Rushdie sino Dante Alighieri, que si volvía a Florencia lo hubieran quemado vivo.

La violencia ha descendido también de manera extraordinaria. No voy a repasar las guerras y asesinatos del pasado aquí. Todos los datos y gráficas están en el libro Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. «La mente humana tiende a calcular la probabilidad de un acontecimiento a partir de la facilidad con que puede recordar ejemplos, y las escenas de carnicerías tienen más probabilidades de llegar a los hogares y grabarse en la mente de sus habitantes que las secuencias de personas que mueren de viejas», dice Pinker. Por eso nuestra época siempre será peor.

*

Hay más violencia económica, dicen otros. El filósofo John Gray escribe en El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos que «la desigualdad en Estados Unidos a principios del siglo XXI es mayor de lo que lo era en la economía esclavista de la Roma imperial del siglo II». Bill Gates es tan rico que podría ser un causante de esa desigualdad: los millonarios lo son tanto que la diferencia quizá llegue a ser mayor, lo que no implica —como parece decir Gray— que era mejor ser esclavo en Roma que empleado en Ohio.

Gates se dedica ahora a donar buena parte de ese dinero. Cada año publica una carta con sus conclusiones y expectativas. En 2014 decía:

Para desmentir el mito de que los países pobres están condenados a seguir siendo pobres no hay más que apelar a los hechos: no han seguido siendo pobres. Muchos de los países que considerábamos pobres (aunque ni mucho menos todos) ahora presentan economías fuertes. Y el porcentaje de personas extremadamente pobres se ha reducido a menos de la mitad desde 1990.

La gente de Roma o de la Edad Media no era menos codiciosa y más pura y simple. Solo hay que ver el infierno de la Divina comedia de Dante. Pero hay algo que seguro que era la mayoría: analfabetos. Hoy más leen, aunque el progreso es lento: El alquimista de Paulo Coelho lleva más de cinco años entre los más vendidos en Estados Unidos.

En 2116 algunos creerán que 2016 era mejor: se hacían aún cosas en papel. Pero otros destacarán que en 2016 aún no era posible que cinco titulares del Real Madrid fueran gais declarados y nadie les gritara «maricones». En 2016 un 34 % de europeos no sabe que la Tierra da vueltas al sol o un 48 % de americanos no sabe que los hombres vienen de otros animales.

Nosotros sabemos que 2016 es un año normal, agradable, irregular, tortuoso, como debe ser. Quizá lo está siendo más de lo normal y de aquí a cien años lo verán como el principio de algo. El problema del presente es que debe vivirse entero. Del pasado recordamos o imaginamos los fragmentos que queremos, como si fuera una película, donde los protagonistas no deben aguantar camareros estúpidos o lunes por la mañana o la pesadez de ir de un lugar a otro.

Pero no por eso el pasado es mejor. Tampoco el personal. La juventud está bien, pero solo mientras se vive. Es imposible disfrutar de los veinte años con la experiencia de los cuarenta. Veo a jóvenes hoy y está claro que echarán de menos en el futuro las mismas tonterías de su vida que los demás.

Buzzfeed es un medio norteamericano que hace a menudo listas sobre nuestra juventud: «Veinte cosas que demuestran que naciste en los setenta», por ejemplo. Cuando abrieron su versión británica, el director creía que ese tipo de nostalgias no funciona en el Reino Unido: «Somos más escépticos al recordar nuestro pasado con cariño».

Los británicos conocen los límites de nuestras construcciones del pasado. No hubo tiempos mejores —excepto algún rato—, tampoco es seguro que los vaya a haber. Pero es bastante más probable.

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1 comentario

  1. Maestro Ciruela

    Estoy muy de acuerdo. No volvería atrás por nada del mundo y eso que ya enfilo la senectud. Quizá lo que sí sería estupendo fuera tener ahora mismo 33-35 años, que es la edad que tenía en unos específicos momentos de mi vida en los que hubiera congelado el tiempo porque era razonablemente feliz o por lo menos, a mí me lo parecía. Aún así, no volvería a ese tiempo y circunstancias y no sé muy bien por qué; creo que hay algo siniestro y desazonante en el pasado, cualquier pasado. A pesar de que la vida de un humano es muy corta para apreciarlo, siento que las cosas mejoran aún con retrocesos intermitentes y que ninguno de nosotros resistiría, no ya aparecer de golpe en la corte de María Antonieta (por no hablar de los dinosaurios), sino en nuestro pasado no tan lejano. Por ejemplo, no quisiera retroceder ni cinco años, cuando aún bajaba las escaleras corriendo y ganaba mucho más dinero que ahora; aunque lo cierto es que estoy escribiendo esto y aún sintiéndome algo idiota, no quiero volver y la verdad es que sigo sin saber por qué…

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