
Durante años hemos aprendido y leído con placer y admiración Materia, la sección de ciencia de elpaís.com. Por eso cuando el otro día apareció en portada un artículo titulado «No puedes convencer a un terraplanista y eso debería preocuparte» automáticamente nos preocupamos. Tras leerlo con la máxima atención el resultado fue todavía más preocupante. Por ello decidimos tomarnos el tema muy en serio y analizarlo minuciosamente.
En primer lugar, ese mismo día en la edición digital de elpaís.com el artículo comentado compartía importancia con otros dos artículos que llamaban la atención. En uno el activista James Stern, afroamericano, explicaba cómo había convencido al líder de un grupo neonazi de cederle el puesto, con el objetivo de hacer desaparecer dicha organización. En otro, Cynthia Petrigh, experta en derecho internacional y género, y cuyo trabajo es negociar con criminales de guerra, contaba que tras una charla con rebeldes de República Centroafricana en 2012 uno de ellos le había dicho «También hemos hecho esas cosas, pero ahora que tú nos enseñas que está mal, dejaremos de hacerlo». Si era posible convencer a líderes neonazis y a criminales de guerra, algunos incluso con delitos de sangre a sus espaldas, pero no a un terraplanista, efectivamente estábamos ante un tema preocupante que debía ser estudiado con detalle.
La seriedad del problema quedaba plasmada a lo largo y ancho del artículo: «Es un fenómeno global, […] al que cuesta asomarse sin bromear»; «Es el caso más extremo, el más puro»; «buena parte de los terraplanistas son a su vez antivacunas». Terrible. Era necesario entender con el máximo rigor el fenómeno para poder buscar soluciones o defendernos del tremendo peligro acechante.
En primer lugar, ¿qué provoca que ocurra todo esto? Uno de los motivos y problemas que, al parecer, impiden convencerles, son «mecanismos sicológicos muy poderosos, como el pensamiento motivado» y que «si la ciencia me desdice, es que la ciencia está comprada». Debe ser cierto, porque Adam y Sean, antiguos flat earthers, comentan en las entrevistas que les hacen en el canal de YouTube «Fight the Flat Earth» cómo era estar dentro de dicho movimiento. Sí, el tiempo verbal «era» es correcto. Hablamos del pasado porque ambos contaban cómo lo dejaron. Adam, por cierto, tenía un canal promoviendo el terraplanismo. Ya lo ha cerrado. Lo curioso es que no es complicado encontrar más casos de personas que han abandonado el terraplanismo. Estos hechos resultan extraños. ¿Cómo es posible que hayan dejado el movimiento si no se les puede convencer? ¿Quizá fue de manera espontánea? En el vídeo ambos lo explicaban, pero ¿les convierte eso en un contraejemplo de la premisa de partida del artículo? Ahora teníamos dos vías de preocupación: los mecanismos esos y los fallos en las estrategias de fidelización terraplanista.
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Gracias por enlazar :)
El terraplanismo es un camelo diseñado por los del falso alunizaje y el atentado al World Trading Center, para descalificar por extensión a los investigadores serios que les destapan sus vergüenzas.
Curioso, la relación terraplanista-antivacunas igual la selección natural hará su trabajo solo.