¿Cuál es el mejor lugar para una escapada fuera del mundo?

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Hay días en los que mandarías todo y a todos al carajo y te largarías a Saturno para no volver. Hasta que se pueda desparecer de la faz de la tierra sin perder el aliento, siempre nos quedará el consuelo de salirnos del mapa. Hay lugares que no existen, pero que están; auténticos imposibles cartográficos cuya visita otorga esa estimulante sensación de no estar en ninguna parte. Piensen que Ninguna Parte está formada por rincones que siempre estuvieron ahí, pero también por otros que desaparecerán dentro de cinco o diez años. Aprovechen para visitarlos. Aunque solo sea con la imaginación. Y aprovechen para votar su favorito o ampliar la lista en los comentarios. 

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Marlandia

Foto: Ryan Lackey (CC).

El país más pequeño del mundo (1,6 kilómetros cuadrados) es una mole de cemento a diez kilómetros de la costa inglesa. Fue fundado en 1967 por Roy Bates, un exmarine radioaficionado que encontró en esta antigua plataforma militar de la Segunda Guerra Mundial un lugar para cultivar su hobby sin violar las castrantes restricciones de Londres sobre las ondas. Y hasta hoy.

Marlandia tiene sellos, moneda, su propio himno y al que probablemente es la aristocracia más inclusiva del mundo: por unos cincuenta euros se puede comprar un título de Lord por internet, y uno de conde por poco más de trescientos. En cualquier caso, el proceso de construcción nacional en Marlandia nunca fue un camino de rosas. Un año después de su declaración de independencia, el hijo de Bates fue procesado tras un incidente en el que se abrió fuego contra un buque de la Armada Británica. La nobleza de Marlandia aseguró que la habían intentado desalojar, mientras que los ingleses decían estar haciendo reparaciones en una boya cercana. En 1978, mientras Bates se encontraba fuera del país, su primer ministro, Alexander G. Achenbach, intentó dar un golpe de Estado con ayuda de varios ciudadanos alemanes y neerlandeses. Achenbach tomó por la fuerza la torre manteniendo a Michael Bates cautivo, para liberarlo varios días después en Holanda.

Haciendo uso un helicóptero de asalto, Bates retomó la fortaleza metiendo en sus calabozos a los golpistas. La mayoría fueron repatriados tras la guerra, pero Gernot Pütz, un abogado alemán portador de un pasaporte de Sealand, fue acusado de traición contra Marlandia y mantenido cautivo. Su liberación se produjo en el marco del Tratado de Germano-Marlandés, con el que Alemania reconocía su soberanía de facto. Por su parte, Achenvbach estableció un «gobierno en el exilio» en Alemania. El problema de una escapada a Marlandia es que sus pilares submarinos difícilmente pueden sostener el peso de tanta historia, y menos aún ofrecer una alternativa de ocio a quitar el óxido de la sufrida plataforma. Sigan leyendo antes de precipitarse.


Zona Desmilitarizada Coreana

Foto: DP.

Tras el armisticio que acabó con las hostilidades entre las dos Coreas se creo la llamada Zona Desmilitarizada Coreana, una franja de doscientos kilómetros de largo por cuatro de anchura en la que ambos países solo podían mantener un único núcleo de población. El sur escogió Daeseong Dong («Pueblo de la Libertad»), hogar para doscientas residentes locales. Nadie más puede entrar y salir del pueblo y sus habitantes, todos granjeros, tienen que pasar por innumerables controles para llegar a sus casas. Eso sí, no hacen el servicio militar y están exentos de impuestos. Si tienen intención de visitar el lugar sepan que han de pedir escolta militar con dos semanas de antelación, y que a las once de la noche hay un toque de queda y un recuento, como en Alcatraz.

Justo enfrente, a poco más de un kilómetro, se encuentra Kijong Dong, mucho más grande y con tres centros urbanos. Hay una guerra entre ambos pueblos sobre quién despliega la bandera más grande sobre el mástil más alto, así como por el volumen de las soflamas patrióticas en sus altavoces. Los del sur enseguida entendieron que había trampa: Kijong Dong es una localidad vacía nunca antes habitada, y construida para impresionar al vecino del sur. Aun así los del norte siguen encendiendo las luces de su ciudad-maqueta cada noche. Suponemos que merecerá la pena trasnochar para ver el espectáculo, e incluso madrugar para ver cómo se apaga la ilusión. El problema es que el acceso a la zona está muy limitado con lo que, al menos aquí, tendremos que tirar de la imaginación.


Barentsburg

Foto: M_H.DE (CC).

Si son de los que sueñan con una larga noche ártica en un pueblo minero ruso, su opción es Barentsburg. Búsquenlo, eso sí, en el archipiélago noruego de Svalbard, un lugar en el que el concepto de «remoto» pierde todo su significado. A mil kilómetros del Polo Norte, Svalbard es el asentamiento humano más septentrional de la Tierra. Acoge a unas dos mil personas en dos localidades (la otra es Longyearben), y el doble de osos polares en su helada inmensidad. En Barentsburg, la mayoría de sus quinientos habitantes son mineros rusos o ucranianos que trabajan a turnos en una mina de carbón. Fue en la década de los veiente cuando los holandeses empezaron a extraer mineral aquí; en los treinta, la concesión pasó a manos de Arktikugol, el mismo consorcio ruso que sigue explotándolo a hoy día.

A ver, lo de currar en una mina ártica suena muy mal, pero lo cierto es que los mineros aquí son más figurantes que otra cosa. Los yacimientos están ya rebañados desde hace tiempo, pero solo la explotación de recursos naturales permite a Rusia mantener este enclave permanente en el fin del mundo, al menos de forma legal. Los mineros no deben de hacer gran cosa ahí abajo, pero lo cierto es que en 2006 casi provocan la evacuación de toda la isla, cuando se declaró un incendio subterráneo que podía haber provocado una catástrofe medioambiental. Al final los vecinos noruegos arrimaron el hombro y, a día de hoy, los osos siguen disfrutando de compañía humana. Sabemos que Barentsburg puntuará alto en este ranking porque los voyeurs de los sectores primario y secundario en zonas árticas son legión, lo mismo que los de las series hiperbóreas (Fortitude se rodó en Svalbard) y, por supuesto, los nostálgicos de la roña y el cemento soviéticos.


Bir Tawil

Foto: Omar Robert Hamilton (CC).

Terra nullius es el término latino para «tierra de nadie», y probablemente ningún lugar lo ilustre mejor que Bir Tawil, un territorio de forma trapezoidal y de la superficie de Gipuzkoa enclavado entre Egipto y Sudán. Ya se sabe que las fronteras por allí se trazaron con escuadra y cartabón tras unos whiskazos, algo que sigue provocando guerras aún hoy o, cuando menos, algún que otro quebradero de cabeza. Egipto reclama el trazado de 1899, mientras que Sudán prefiere el de 1902. No hay quorum y, por lo tanto, tampoco base jurídica para plantar ninguna bandera en Bir Tawil.

Más de uno lo ha intentado, como aquel americano que lo bautizó como el «Reino del Norte de Sudán» en 2014 para poder convertir a su hija en princesa. Antes de aquello ya hubo crisis más serias, como cuando Sudán concedió permisos de explotación petrolífera en los noventa. No solo no se perforó, sino que Egipto ocupó el territorio amparándose en las fronteras de 1899. El siguiente órdago de los del sur fue intentar que los apátridas de Bir Tawil tomaran parte en las elecciones sudanesas de 2010, pero aquello tampoco escoró el territorio a uno u otro lado de la frontera. En el impasse la sequía ha acabado prácticamente con todo lo poco que producía aquel erial, haciendo que hasta los Ababda —esa es la tribu local— se acaben largando de allí. Los rigores del clima unidos a la pobreza paisajísitica son dos factores que pueden echar para atrás a visitantes potenciales, pero ahí lo dejamos.


Baarle-Nassau

Foto: Baarle Nassau (CC).

Sentarse en una terraza con un pie en Bélgica y otro en Holanda es uno de los atractivos de Baarle-Nassau o Baarle-Hertog. Es más, hablamos de un lugar en el que uno puede caminar en línea recta por Baarle y atravesar cinco fronteras internacionales sin enterarse, todo en cuestión de minutos. El noble y arbitrario arte de la cartografía se volvió loco en este lugar de Europa en el que existen incluso fragmentos aislados de los dos países a ambos lados de la frontera: el mayor tiene una superficie de 1,5 kilómetros cuadrados, y 2000 metros el más pequeño. En Baarle, algunas de esas líneas están marcadas sobre el pavimento mientras que otras se pierden entre todas esas casas de ladrillo. Cuando uno las ve es cuando se plantea cómo de anchas han de ser las líneas fronterizas. La mayoría aquí tienen más o menos un pie de grosor pero, ¿bastaría con diez centímetros? ¿Y con un par? Por supuesto, ambos municipios se esfuerzan en mantener las rayas bien pintadas con el fin de atraer el turismo porque, como ya imaginarán, tanto belgas como holandeses aquí hablan al misma lengua, tienen las mismas caras y los mismos apellidos. O lo que es lo mismo, hablamos de una frontera tan intrincada como absurda. De acuerdo, probablemente Baarle sea el destino más tourist friendly de esta lista, pero poco más podemos añadir.


Nipterk P 32

Foto: DP.

Las islas de hielo rociado son uno de los desafíos cartográficos más alucinantes de todos los tiempos. Mientras las diseñadas por la naturaleza —en forma de icebergs o placas de hielo más o menos grandes— vagan erráticas y sin propósito alguno, las creadas por la mano del hombre en el Ártico están hechas para permanecer en un lugar concreto. Ya a principios del siglo XX, la flotabilidad del hielo atrajo el interés de los ingenieros, y fue en la década de los treinta cuando un ingeniero alemán, el doctor Gerke, se presentó con un proyecto para construir aeropuertos helados en mitad del Atlántico. Si bien la idea fue desechada en Alemania en su momento, se retomó diez años más tarde por un británico que acabó construyendo el prototipo de un portaviones de hielo y pasta de celulosa en un lago canadiense. Aquello aguantó en invierno, pero la temperatura del agua durante el resto del año hacía insostenible el proyecto.

Hubo que esperar a la década de los setenta para que se patentaran las primeras islas de hielo. Una vez probado que la idea funcionaba en el entrono correcto, Exxon Mobil se lanzó con la construcción de Nipterk P 32 en el mar de Beaufort (norte de Canadá) en 1989. Se hicieron otras de grava, sí, pero los costes se reducen a la mitad cuando se usa hielo. El procedimiento es relativamente simple siempre que se den las condiciones atmosféricas adecuadas: el agua de mar se rocía al aire bajo cero desde mangueras gigantes y vuelve a caer en forma de hielo; este se amontona y, voilá!. Fueron cincuenta y tres días de aspersión ininterrumpida unida a la labor titánica de los bulldozers que compactaban el hielo y daban forma a todo aquello. Así es como Exxon consiguió una plataforma sobre la que instalar una perforadora alrededor de la cual se levantaron casas para los trabajadores. Como ya se imaginarán, el calentamiento global no ayuda. El Ártico se calienta irremisiblemente, y puede que sea ya demasiado tarde para disfrutar de esta maravilla. ¡Corran!


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