
Toda gran batalla tiene su narrador. Desde los esdrújulos poemas homéricos a las crónicas desapasionadas de los corresponsales modernos, la historia se ha ido nutriendo de datos fidedignos, ficticios o anecdóticos proporcionados por testigos o fabuladores en una amalgama que solo los especialistas son capaces de cribar. De hecho, es habitual que el común de los mortales no recuerde el relato objetivo de una confrontación ofrecido por un historiador, sino la versión épica —y más o menos brumosa— del escritor o poeta de turno. Por eso tenemos tan presentes los heroicos versos con los que Tennyson nos narró el desastre de la Carga de la Brigada Ligera, pero recordamos a duras penas las circunstancias geopolíticas que provocaron la guerra de Crimea. La fantasía se abre camino, choca contra la historia y, en ocasiones, se impone.
En Los arqueros, Arthur Machen contaba cómo, durante la batalla de Mons de la Primera Guerra Mundial, la Fuerza Expedicionaria Británica se veía reforzada por arqueros fantasmales que aparecían después de que un soldado invocara a San Jorge, en una narración no muy distinta a la leyenda del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo o de la supuesta intervención de la Virgen para detener al astro solar —y así dar tiempo a zanjar la batalla— tras ser convocada por Pelayo Pérez Correa, maestre de la Orden de Santiago, en otro episodio de la Reconquista. Machen ni mucho menos pretendía informar, sino entretener, pero su narración cobró vida y fue aceptada como hecho innegable por muchos lectores. La voz se corrió, los testimonios de supuestos protagonistas se multiplicaron y el relato de los arqueros, los compañeros en la batalla de Agincourt de aquella «banda de hermanos» de Enrique V inmortalizada por Shakespeare, se instaló en la cultura popular y llegó a utilizarse como elemento propagandístico para afianzar en la mente de la población la idea de la conflagración mundial como lucha entre las fuerzas del bien y del mal.
Resulta de perogrullo afirmar que la propaganda es una potentísima herramienta, como nos hacen saber cada día quienes nos hablan de posverdad, ese exitoso neologismo, o nos recuerdan las terroríficas tácticas informativas del EI. Es habitual que la propaganda se apoye en ciertos hechos y los tergiverse para adaptarlos a los fines del bando en cuestión, pero no suele ser tan frecuente que el origen de una maniobra propagandística sea el relato bienintencionado, aunque mal documentado, de un corresponsal de guerra. Ni tampoco que posteriormente se dé la vuelta a la tortilla y el episodio, que en origen era una anécdota oprobiosa para uno de los bandos, se convierta en una reivindicación de su valor nacional. Pero eso fue lo que ocurrió con la leyenda de la batalla de Krojanty, por muchos considerada la última carga de caballería: polacos contra alemanes, caballos contra tanques, con el marchamo de verosimilitud aportado por el periodista Indro Montanelli, el historiador William Shirer y el militar Heinz Guderian, tres narradores aparentemente fiables.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






