Por favor, deja de llorar

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Federico Fellini y Giulietta Masina, 1957. Foto: Cordon.

No podía dejar de llorar. A duras penas se sostenía en pie. Un cuerpo pequeño, frágil, carcomido por el cáncer voraz, y la inmensa tristeza de perder al hombre de su vida. Habían pasado cincuenta años juntos. Medio siglo de complicidades, ternura, risas, esfuerzos, proyectos compartidos, el golpe de un hijo muerto pocos días después de su nacimiento y que definitivamente les convirtió en hermanos antes que en amantes. Así describía Peru Egurbide, en su crónica de El País del 4 de noviembre de 1993, la imagen fracturada de Giulietta Masina en los funerales de Federico Fellini: «Es difícil recordar un rostro tan triste, tan vencido e impotente como el que mostró ayer esta actriz, que en la pantalla ha sido paradigma de vivacidad, de perplejidad, a veces melancólica, y determinación frente al mundo. Y será difícil olvidar que, entre los estragos de una enfermedad y una desolación que la han vuelto casi irreconocible en pocos meses, la actriz aún lograba articular inteligiblemente la palabra amore».

Ese mismo año, conocedores del grave estado de salud de Fellini, los miembros de la Academia de Cine de Hollywood habían decidido otorgar al cineasta italiano el Óscar honorífico a toda una brillante carrera. La presentación y entrega corrieron a cargo de Sophia Loren y de su amigo y alter ego en la pantalla Marcello Mastroianni. Con su inglés macarrónico, Fellini repartió agradecimientos y, sobre todo, pidió a su esposa, que se encontraba entre el público, que hiciera el favor de dejar de llorar. Vana petición.

Sería un llanto emocionado que se prolongaría hasta el final.  

Incompatibilidad de caracteres

Se conocieron en la radio. En el despacho del director de la emisora EIAR. En 1942, Fellini trabaja en prensa, radio y empieza a colaborar como guionista en cine. Para ser un joven provinciano, las cosas no le van nada mal en Roma. Giulietta, por su parte, tampoco puede quejarse. Contraviniendo los consejos familiares, se dedica al mundo del teatro. Sin embargo, su férreo pragmatismo la aleja pronto de las compañías ambulantes y de la farándula precaria e incierta. En la radio protagoniza todo tipo de obras, revistas y operetas. Tiene sueldo fijo y una relativa notoriedad en unos años en los que la vida transcurre con el rumor de fondo de un transistor. Según detalla Tullio Kezich en su sólida biografía sobre Fellini, a la actriz poco le impresiona aquel joven delgaducho, alto, un tanto desgarbado y de maneras amables. Aunque, tras la primera cita, que él se afanó en buscar con el pretexto de un vago proyecto cinematográfico, Giulietta siempre lo recordará como un delgaducho «tierno e ingenioso», con una mirada «vivísima» y «con pinta de faquir».

Así empezó un breve noviazgo que desembocó en un larguísimo y sólido matrimonio. Pese a que en un principio, tal y como explica Kezich, eran mayores las diferencias que las coincidencias:

Por origen, educación y visión de la vida es poco lo que tienen en común. Comparada con él, que no sabe aún adónde va ni le importa, ella es un dechado de juiciosa determinación. Encarna esos valores burgueses de los que el joven Fellini ha venido huyendo en la realidad o la imaginación, pero que curiosamente lo atraen en una posible compañera para toda la vida. Después del torbellino de habitaciones alquiladas, pensiones y apartoteles en los que ha vivido, el joven concibe la ordenada casa de tía Giulia, en Vía Lutezia, como una especie de tranquilo puerto al que resulta reconfortante arribar. Y aunque Federico se pone nervioso cuando Giulietta le insiste en la necesidad de vivir con arreglo a un plan, también se siente protegido. No renuncia a hacer calaveradas, pero sabe que tiene alguien en quien refugiarse.

Otro rasgo sorprendente (o no tanto si atendemos al catolicismo de Fellini) es que Giulietta se encuentra en las antípodas del modelo felliniano de mujer/oscuro objeto de deseo sexual. Aquellas hembras exuberantes y tórridas, de curvas vertiginosas y carne candente:

Además, como les confiesa a sus compañeros de bohemia, a los que pronto sorprende su idilio con una mujer de físico tan distinto al que él siempre prefirió (el físico de la que en Roma llaman bona, luego conocida como el «tipo felliniano»), Giulietta, con su aspecto de duendecillo, lo alegra: si por un lado es consciente de haber encontrado a una mujer fuerte que constituirá un apoyo, por otro tiene la impresión de mantener una relación surrealista con un personaje de cuento de hadas. Y es que ambos se descubren mutuamente una serie de rasgos infantiles que perdurarán toda la vida y harán que se sientan, más o menos inconscientemente, hijo e hija uno del otro. Y otra importantísima afinidad electiva los unirá más tarde: la del trabajo. Ambos son infatigables y perfeccionistas, ambos se sacrifican para dar lo mejor de sí mismos. Así que también en el plano artístico será su unión indisoluble: entre las emisiones de Tresillo y Ginger y Fred transcurren más de cuarenta años.

Fotografía: Cordon.

Hijo el uno del otro

«Como no tuvimos hijos, nos convertimos en hijo el uno del otro». Así resumía la actriz esa parte infantil de su relación. Pero había más. El hijo que murió un mes después del parto. Pier Federico. En 1945. Contribuyó a que la pareja consolidara una compenetración afectiva, aunque muy probablemente afectara a sus relaciones sexuales, teniendo en cuenta además las frecuentes fiebres puerperales que Giulietta sufrió desde entonces. Tanto amigos como enemigos coincidían en la sospecha de que, a partir de la muerte del hijo, el matrimonio selló un acuerdo tal vez más implícito que explícito que otorgaría manga ancha en materia sexual al director. Siempre desde la discreción y evitando humillantes escándalos.

Después de la Segunda Guerra Mundial (de la cual Fellini consigue escaquearse), este intensifica su trabajo como guionista. Trabaja como colaborador a la sombra del maestro Cesare Zavattini. Se está creando una nueva sensibilidad cinematográfica, un acercamiento desinhibido a la realidad inmediata. El neorrealismo. Es por aquel entonces cuando Fellini conoce a Roberto Rossellini. Colabora en el guion de Roma, città aperta, Paisà —en esta Masina hace de extra— y L’amore. A lo largo de una década se curte en la escritura cinematográfica. Trabaja para directores consolidados como Luigi Comencini, Pietro Germi o Alberto Lattuada, con quien codirige su primer film, Luces de variedades.  

Con El jeque blanco y Los inútiles (una de los films fellinianos que mejor ha aguantado el cruel paso del tiempo), Fellini demuestra su vena más cáustica, costumbrista a la par que extravagante, apegada a la realidad pero dejándose seducir por la fantasía desatada. De aquellos años también destaca el trabajo con su mujer: La strada y Las noches de Cabiria, así como el inicio de una fructífera colaboración con el compositor Nino Rota. Gracias a esos personajes tiernos, tan aparentemente frágiles como capaces de sobreponerse a la intemperie más arisca y cruel, inocentes, excéntricos y marginales, Giulietta se ganó el sobrenombre de la «Chaplin femenina».

Pero sin duda el escándalo, la consagración y la rúbrica personal del director llegaron con La dolce vita, un fresco/crónica de la Roma inquieta, noctívaga y canalla. También este film propició una rivalidad/enemistad con Luchino Visconti que duraría décadas. De hecho, durante el visionado del polémico film de Fellini, el director de Rocco y sus hermanos comentó: «Esos son los nobles vistos por mi criado». Curiosamente, la filmografía del aristócrata Visconti era venerada por los comunistas, mientras que al provinciano (así también calificó el antiguo maestro Rossellini el film) «con mirada de criado» Fellini se le achacaba exceso de humanismo cristiano, cierto escapismo burgués y una visión de la realidad propia de un reaccionario. En fin, cosas del Partido…

Delirios de Casanova

En la psicoanalítica y tantas veces homenajeada e imitada Ocho y medio, el cineasta arrastra y vuelca miedos, ansiedades, culpas y tormentos. Inmerso en una crisis que bordea la depresión, este film le permite exorcizar demonios mediante la máscara insomne de Mastroianni. Su amigo Marcelo, al que siempre reprocha esa mirada cristalina, esa bonhomía sonriente, la sensualidad sencilla y feliz, la carencia de azotes espirituales. Fellini quiere mostrar su lado sombrío y torturado. No falta el remordimiento por sus infidelidades. El deseo por una carnalidad barroca, excesiva y fatal. Si atendemos al relato de Kezich, «nunca hubo una mujer, por atractiva que fuera, que hiciera peligrar ni por un momento la solidez de un matrimonio que llegó a las bodas de oro. La elección de la compañera con la cual fundó un hogar con poco más de veinte años no la reconsideró nunca Federico. Pese a las tensiones, peleas y ocasionales desavenencias que caracterizan la vida en pareja, la necesidad de tener al lado a Giulietta fue una permanente condición de su existencia».

En 1995 —hacía dos años que había muerto el director—, apareció una tal Anna Giovannini concediendo entrevistas y mostrando a los medios dibujos, fotografías y cartas apasionadas. «Tuvo la satisfacción de aparecer como “la verdadera compañera de Fellini” en un titular de periódico, aunque eso es mucho decir. Lo que sí es cierto es que la dama, por su físico rotundo y su manera de vestir, fue el modelo de personaje de Sandra Milo en Ocho y medio».

Así nació la leyenda del casanova voraz. Un tanto exagerada y siempre al borde del ridículo: «La vida secreta de Fellini fue siempre, por lo demás, algo casi cómico, llena de llamadas telefónicas, misivas y citas en los lugares más absurdos, que los distintos equipos de rodaje comentaban con discreción y buen humor. Nuestro personaje hizo más o menos apasionadamente la corte a actrices famosas y no tan famosas, y se complacía en pasar por el gran seductor que no era».

Como muestra de ese carácter cómico de las ínfulas seductoras del director del Satyricon, Amarcord o Casanova, la anécdota apócrifa que refirió Indro Montanelli a Tiziana Abate en el libro póstumo Memorias de un periodista: «Cuando Anita Ekberg llegó a Roma para rodar La dolce vita, lo primero que hizo fue llamar a Fellini e invitarlo a su habitación de hotel, donde lo recibió desnuda en la cama y pronta al sacrificio. Pero Fellini no era de esos de “aquí te pillo, aquí te mato” y, presa del pánico, nada mejor se le ocurrió para salir del paso que fingir un ataque de apendicitis, y tan bien lo hizo que lo operaron de verdad».

Pero, más allá de los escarceos que tanta guasa causaron, estaba Giulietta para siempre. En el misceláneo Fellini por Fellini, el director confiesa: «No solo es la actriz de algunas de mis películas, sino que, y en un sentido muy sutil, es también la inspiradora. Y esto es bastante comprensible, desde el momento que es la compañera de mi vida. Giulietta, repito, no es el rostro que he elegido, sino una verdadera alma dentro de la película».

Y cuando se acabaron las películas, el cine, la vida misma, la inspiración se convirtió en un hondo luto que no dejaba de llorar y que también se esfumaría silenciosa al cabo de poco tiempo. Fellini dejó tras de sí una filmografía singular, ondulante e irregular, genial en algunos casos, en otros fallida y estupenda, pero siempre leal a su única inspiradora.

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2 comentarios

  1. Qué pena —o qué alegría— que el amor absoluto no le dé la mano a la sexualidad absoluta. Enhorabuena por el artículo. El tono y el ritmo son los que uno espera cuando lee, máxime cuando leemos cosas que sólo deberíamos escuchar.

  2. Cristian

    Recuerdo el profundo dolor de ella tras el fallecimiento de Federico. Su inacabable llanto nos llegó a todos los amantes del cine.
    Este artículo me ha vuelto traer aquellos días llenos de emoción compartida.

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