Le llamaban loco

Publicado por
Fotografía: Cordon.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 3

Tanta gente abarrotaba el vestuario que abstraerse del alboroto era imposible. Salvo para él, que poco antes había salido de la ducha y ocupaba empapado su taquilla con la mirada perdida. Una toalla cubría sus piernas, sobre las que apoyaba los codos cruzando las manos como en lunática oración. Estremecía descubrir sus tatuajes, el mayor de los cuales le rajaba el pecho desde los hombros. Permanecía inmóvil, ensimismado, y no parpadeaba. Era como si no estuviese allí. Me impresionó tanto que me quedé observándole. Y con tan poca discreción debí de hacerlo que cuando levantó la mirada lo hizo hacia mí, clavándome sus ojos y dejándome helado. Encerraban un doloroso misterio. Y esa misma escena se repitió sin falta la decena de veces que pude ser testigo. No era que tuviese prohibido hablar. Era algo más inquietante que toda prudencia, algo que solo le pertenecía a él.

Puede que todo empezara a torcerse dos años atrás. En la pretemporada de 2008, de estreno con los aspirantes Cavaliers, explotó contra un inocente árbitro de instituto que alquilaban para regular partidillos de entreno. Aquel repentino estallido de furia por el que tuvieron que detenerle era tan anormal que despertó una fuerte sospecha. Desapareció varios días, fue sometido a psicoterapia y el diagnóstico devolvió un trastorno bipolar. Su mal venía de atrás, había buscado ayuda, echado valor y confesado abiertamente el problema a los micrófonos. Pero hacerlo en aquella jungla viril le condenaría, poco a poco, al prejuicio, el rechazo y la distancia, una mezcla que lejos de mejorar las cosas alentó el polvorín que latía en su interior.

Ni blanco ni negro, Delonte West no era como los demás. Descendiente de los indios piscataway de la bahía de Chesapeake, hoy Maryland, era uno de los apenas dos centenares de miembros que en el censo de 1980 aparecían ya mestizados. Esa diferencia étnica imantaba las crueldades tempranas, interiorizando las burlas en edad escolar por su ardiente pelo rojizo, las orejas de soplillo, su piel moteada y una enorme verruga en la nuca que eliminó con su primer dinero profesional en los Celtics de 2004. Para aliviar la primera soledad pidió a su hermano mayor, Dmitri, que se trasladara a Boston con él. Hacía no mucho que Dmitri había conocido a una mujer, pero ahora contaba con todas las facilidades que un hermano en la NBA puede proporcionar. Una tarde, al volver del entrenamiento, Delonte supo que se había largado dejando una nota: «Esta vida no es para mí». Al cabo, Dmitri contrajo matrimonio en Washington para formar una familia normal. Costaba entender que Delonte envidiara a su hermano. Pero con el tiempo lo haría, aprendiendo que el dinero y la vida en la NBA actúan de freno a la madurez hasta incluso detenerla. Hacen olvidar todo cuanto uno sabía hacer antes, hasta freír un huevo.

Después de tres años en Boston, donde nada apreció más que el trato cercano y adulto de su técnico Doc Rivers, fue enviado a Seattle para padecer medio año de vacío. Hasta que en febrero de 2008 el destino le brindó la oportunidad. Recaló en los entonces vigentes subcampeones junto a la guardia principal de LeBron James en su obsesión por el anillo. Zurdo, agresivo y técnicamente limpio, Delonte ejerció de utilísimo combo que tanto coartaba rivales como reparaba la escasez anotadora de los Cavaliers. Presentaba también una extraña falta de empatía con toda aquella agitación que, antes de frustrarse con tres sucesivas eliminaciones, gustaban de lucir sus compañeros en los largos meses de viento a favor. En pista Delonte era un tipo oscuro, introvertido y solitario. Y solo la gravedad de la derrota ante Orlando en las finales del Este de 2009, en las que disputó más minutos que nadie, avivó en su interior un silencioso sentimiento de culpa por no haber podido hacer más que sufrir ante el mejor Turkoglu en vida. El largo verano ayudó a olvidar. Pero no a esquivar la fatalidad.

A eso de las diez de la noche del 17 de septiembre, Delonte volaba por una autovía de Maryland a lomos de su Can-Am Spyder de tres ruedas cuando una brusca sucesión de cambios de carril llamó la atención de una patrulla de policía. Minutos después el arcén era testigo del incómodo encuentro con los agentes, que al revisar el interior de la moto encontraron un arsenal difícilmente creíble: una pistola Beretta de 9 mm, un revólver Ruger .357 Magnum, una escopeta corredera Remington 870 dentro de una funda de guitarra, un enorme cuchillo de caza y munición suficiente para resistir un asalto. El frío de las esposas fue la señal que partiría su vida en dos. El juicio quedó fijado para el mes de julio y su abogado le prohibió cruzar una sola palabra del caso con la prensa, que estrenó las portadas de temporada con aquel sórdido episodio y de cuyas terribles interpretaciones Delonte cometió el error de saciarse. Ni tres semanas después, en los prolegómenos de otro trivial partido de pretemporada, una decena de periodistas aguardaba en el vestuario la presencia de LeBron cuando uno de ellos se adelantó hasta la taquilla de Delonte pronunciando un tímido «Hola». Según testigos, el jugador se incorporó como un resorte vociferando una retahíla inyectada en furia: «¡Tu puta madre, hijo de puta, y vosotros, basura de mierda…!». Compañeros y técnicos se apresuraron a contenerle, momento en que escapó a pista a calentar. Alguien le advirtió allí de no jugar el partido y Delonte desapareció del mundo. Lo hizo durante días y bajo nuevo tratamiento.

El incidente era serio y el asunto muy delicado. «No disponemos de ninguna guía —resumía una línea local— para tratar a un deportista con enfermedad mental». De manera que la franquicia acabó rogando, uno por uno, a los periodistas que cubrían su actualidad no tanto ocultar lo sucedido como evitar abordarle durante la temporada que estaba a punto de comenzar. Y como se mezclaban a diario con los foráneos, era cuestión de correr la voz. Pero no todos respetaron el pacto. La trama era muy tentadora y hubo quien quiso elevarla a niveles de alarma social. Mientras Scott Raab alegó que Delonte había detenido su medicación, Peter Vecsey inquietaba a los lectores del New York Post con la posibilidad de que se presentara en cualquier pabellón NBA armado hasta los dientes y acabara un mal día con quien tuviera delante. Porque a esas alturas se había extendido por el orbe de la liga un estigma inapelable: «Delonte West está loco». Y aquel aislamiento forzoso fue exactamente el escenario que encontré aquella primera vez en el Izod de Nueva Jersey.  

Habiendo certeza clínica, sabiendo que alternaba despertares de total abatimiento con otros de saltar de la cama a comerse el mundo, los doctores creían más en la depresión transitoria que en un caso crónico. Pero coincidían en reconocer aquella fase como la de mayor riesgo. En los meses siguientes al arresto, meses de intensa presión deportiva, el temor a la cárcel y un divorcio en ciernes martilleaban diariamente su cabeza hasta hacer incluso peligrar su presencia en pista. «Me voy a mi casa, no merezco jugar este año, siento vergüenza». Los mismos compañeros que trataban de aliviarle ignoraban que los sentimientos de humillación y culpa venían azotándolo desde niño. Su técnico de instituto nunca olvidaría haberlo encontrado llorando a solas en el banquillo. Lloraba por haber perdido (por dos puntos). Como universitario en St. Joseph, bastaba una mala tarde de tiro para quedarse a solas en el gimnasio ametrallando el aro hasta caer agotado de madrugada y acurrucarse a dormir en un rincón de la grada. Contaba Mike Malone que entrenando con Cleveland interpretaba un silbato en su contra como una cruel injusticia universal. Y no había forma de quitárselo de la cabeza. «Déjalo ya, tío», le gritaban ya hartos. Ese torturante anhelo de perfección tenía como origen combatir el menosprecio. Pero también la promesa que se había obstinado en cumplir desde que, siendo un crío, antes del divorcio de sus padres, salió a recibir al autobús de los Bullets, de corto y con un balón en las manos, y una fuerza incontenible le hizo arrojarlo a las ventanillas para que alguien se fijara en él, que supieran que también jugaba al baloncesto y que, de no ser un niño, sería tan bueno como ellos. Aquella carga de frustración saldría después por la menor fisura. Durante una charla digital en la página de los Cavs, un chico le hizo saber que era objeto de burlas por el solo hecho de llamarse Delonte. «Yo también las sufrí —respondió—. Pero siéntete orgulloso. Es gente infeliz y tienes que tratarlo con humor. Y si no, dales un puñetazo en la cabeza».

El fatal comienzo de aquella temporada presagió un desenlace aún peor. Los Cavaliers cayeron ante los Celtics en semifinales del Este. Y el Garden estalló de júbilo por el pase y por un gozoso sadismo hacia LeBron James, que camino del túnel se arrancó premonitoriamente la única camiseta que había conocido. Nunca vi mayor hundimiento en un vestuario, como tampoco imaginé que sería testigo por última vez de aquellos ojos turbados de pesadumbre y menos aún del sucio golpe que estaban a punto de recibir. Porque al día siguiente comenzó a circular un rumor que tenía como base un correo anónimo que decía: «Sé a través de mi hermano que una fuente muy fiable ha confesado a mi tío que Delonte lleva tiempo follándose a la madre de LeBron». Como era de esperar, aquel veneno se extendió por las redes como la pólvora causando el daño previsto en el seno del equipo, y, a la dramática huida de LeBron mes y medio después, se disolvió como el humo.

Víctima entonces de algo más poderoso que él, Delonte quedó descolgado de todo asidero, deambulando por una travesía nómada que suplicaba un nuevo hogar donde establecerse. Fue enviado a Minnesota para volver a Boston y pagar, de entrada, diez partidos de suspensión y la prohibición de salir del país al ser declarado culpable por transporte ilegal de armas. Hundido en la agencia libre como un nombre maldito, solo el humanismo de Mark Cuban, el hombre que dio a Dennis Rodman una última oportunidad once años atrás, aprobó su fichaje por los vigentes campeones, Dallas Mavericks, con los que Delonte no se presentó a la tradicional cita en la Casa Blanca. Para entonces su mujer le había abandonado y, con serios problemas para alquilar un apartamento, durmió semanas en su furgoneta, en el oscuro parking bajo el pabellón. Una noche, desvelado con el móvil, encontró su nombre manchado en un foro y reaccionó con un enfurecido chorro de tuits que al cabo acabó borrando antes de eliminar su cuenta de la red social. En abril, un bizarro incidente en la pista de Utah remataría sus cenizas cuando acabó metiendo un dedo en el oído del joven Gordon Hayward. Molesto con una renovación por el mínimo fue suspendido en pretemporada, otra vez pretemporada, por una fuerte discusión de vestuario tras una derrota. A través de un SMS el presidente del equipo le ordenó no presentarse al siguiente entrenamiento. Alegaba que Delonte se había enfrentado a dos compañeros. Él no desmintió la trifulca. Solo defendió que no había sido parte de ella. Dos semanas después era despedido. De pronto se había apagado la luz. Descendió a la D-League, emigró a China y regresó un año después a la liga de verano de los Clippers para acabar volviendo a China y tener que parar a los cuatro partidos. Supimos de él ya en Venezuela, donde ni pudo debutar. El pasado marzo regresaba a los Legends de la D-League y, sin cumplirse un mes, una lesión le apartó del equipo. «Mi santuario, mi rincón de paz, se convirtió en una broma. Solo quiero que dejen de reírse de mí», confesaba a David Haglund, autor de uno de los mejores perfiles jamás escritos sobre un jugador marginado.

Mientras se va gestando uno de ellos, prevalece en la NBA una farsa que repite al vacío «ya se arreglará» y que la realidad traduce como lavarse las manos. «Nadie me enseñó a sentarme, reconocer mis sentimientos y saber exactamente qué me afligía». Tampoco nadie contó qué había precedido al fatal arresto en carretera. Ocurrió que varios primos pasaban unos días en casa de Delonte. Y que una noche su madre le despertó alarmada porque había visto a los críos abrir un armario y encontrar las armas. «Tienes que sacarlas de aquí». Delonte se incorporó, metió su arsenal en la moto y cumplió la orden camino de alguna otra casa. Había tomado su dosis de Seroquel, un fuerte antipsicótico que produce aturdimiento en la conducción. Y por algún motivo el destino se la tenía guardada.

En mayo de 2012, con tan solo veintiocho años, disputó su último partido en la NBA, una NBA que lo repudió mucho antes y a la que sigue luchando por volver mientras emplea hoy parte de su tiempo en aliviar el sufrimiento de jóvenes aquejados, como él, de trastorno bipolar.

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

FOR EVER

120Para siempre
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
PARA SIEMPRE (en un solo pago)
 

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.