MIES: La página es una arquitectura

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MIES. Agustín Ferrer Casas. Grafito Editorial, 2019. (Click en la imagen para ampliar).

«La página es una arquitectura». Esta sentencia de Jessi Bi en Architecture et Bande Dessinée (2007) muestra de una forma rotunda, para el arquitecto Enrique Bordes, que existe una relación estrecha entre el cómic y la arquitectura que va más allá del soporte visual que la segunda ha tenido para la narración de historias. La arquitectura no es solo el telón de fondo en el que se desarrolla la acción. Han existido obras en las que la representación de espacios tiene una importancia clave, en autores como Moebius o en las recreaciones de Gotham para las diversas encarnaciones de Batman. Pero entiende Bordes que son dos disciplinas que tienen mucho en común, principalmente la representación de un mundo, en la decisión de cómo ocupar un espacio. Y mientras que en la arquitectura el tiempo se recorre en la obra construida, en el cómic hay que representar esa cuarta dimensión en el papel.

Y en la relación entre la estructura narrativa de la página del cómic, entendida como espacio en el que se ubican los elementos esenciales relacionados con un entramado de reglas formales en los que se desarrolla la acción, y la arquitectura, varios autores citan la figura de Ludwig Mies van der Rohe. El maestro del minimalismo, pero también de la fluidez espacial, de la definición del espacio mediante planos ortogonales dispuestos libremente sobre el plano horizontal, del cuidado máximo por el detalle incluso en las obras de gran escala. Las enseñanzas de Mies, herederas de las vanguardias de principios de siglo, servirán tanto a arquitectos como a dibujantes para hacer avanzar sus disciplinas.

Agustín Ferrer Casas tiene formación de arquitecto, y es conocedor de estos mecanismos de representación y de generación de espacios. Se acercó a la arquitectura a través de su pasión por el dibujo y al dibujo de cómics a través de la carrera. Desde entonces la arquitectura siempre ha estado presente en sus cómics. En su primera obra, Las apasionantes lecturas del Sr. Smith (Libros.com, 2014), recreó una vivienda inspirada en la obra de John Lautner a toda página. En su siguiente trabajo la representación de la arquitectura iba un paso más allá. Incorporó el color y supo crear el ambiente en el que se desarrolla Cazador de sonrisas (Grafito Editorial, 2015). La recreación de una ciudad de la costa californiana y de la importante base militar a la que servía eran el fondo omnipresente en que trascurría la historia. Los tonos de los ladrillos, los ocres de los revocos y los colores de las vestimentas de los protagonistas ayudaban a trasladarnos a los primeros años sesenta, previos al asesinato de Kennedy y a la irrupción de las drogas psicodélicas como fenómeno cultural, sustancias que toma el protagonista para conjurar sus recuerdos de la guerra de Corea. Tanto Arde Cuba (Grafito Editorial, 2017) como Cartas desde Argel (West Indies Publishing Company, 2018) fueron un paso adelante en la trayectoria de Ferrer Casas. Dos historias de acción en las que se vuelve a repetir la exquisita ambientación, en especial del casco urbano de La Habana, con dibujos tan magníficos como el que retrataba el hotel Habana Hilton.

Y mientras entregaba estos trabajos ya estaba preparando la obra que aquí se reseña. Tras leer un reportaje de Anatxu Zabalbeascoa sobre Mies van der Rohe, el autor se propuso el reto de contar la vida y obra de uno los arquitectos más importantes del siglo XX, transformador de la arquitectura contemporánea y cuya influencia se extiende hasta nuestros días. Reflejar en formato cómic una trayectoria sobre la que existen decenas de monografías, trabajos académicos e incluso obras de ficción era una tarea de la que no era fácil salir con éxito. Pero Agustín Ferrer Casas contaba a su favor con una gran capacidad para armar la trama de sus tebeos. En Arde Cuba armó un guion muy sólido que alterna varias historias en paralelo e introduce de forma muy verosímil elementos históricos engarzados con avance del relato.

Pabellón de Barcelona. (Click en la imagen para ampliar).

Esto hace que el cómic MIES se asiente sobre una estructura muy estudiada, con influencias reconocibles, que hacen que nos sintamos en territorio seguro. Es el propio Ludwig Mies van der Rohe quien ejerce de narrador. En un viaje en avión que le lleva de vuelta al Berlín del que tuvo que huir tras el ascenso de los nazis al poder, el arquitecto conversa con su nieto Dick Lohan y le desgrana diversos recuerdos de su carrera. Desde la inauguración del pabellón de Barcelona de la Exposición Universal de 1929, donde arranca la historia, hasta la Neue Nationalgalerie de Berlín, para cuya ceremonia de colocación de la primera piedra realizan el viaje en el que transcurre el cómic. Mies revisa episodios de su vida, y pronto podemos apreciar que la ambición personal, su deseo de ser un gran arquitecto, es el motor de sus decisiones. Sus relaciones personales y profesionales estarán influidas por ese anhelo, que se sitúa por encima de todo y al que nada detiene. El hijo de un cantero que quiere tratar de igual a igual a los arquitectos que han recibido una formación académica tradicional. El deseo de ascenso social que le lleva a añadir el holandés Van der Rohe a su nombre para diluir su origen artesano.

Como señala la periodista y crítica de arte Anatxu Zabalbeascoa en el epílogo, la vida personal de los arquitectos es una faceta que no ha sido contemplada a la hora de explicar la evolución de la arquitectura, y menos la del siglo XX. Lejos de la figura estereotipada que tiene su culmen en el Howard Roark al que Gary Cooper dio vida en El manantial, los intereses de los arquitectos solían ser más mundanos: poder, sexo, éxito profesional a costa de quien fuera. Y olvidar eso es perder matices de la historia, incluso protagonistas que estorban para mostrar una trayectoria sin mácula. En el caso de Mies van der Rohe, su estrecha colaboradora Lilly Reich es una de las grandes perjudicadas por este modo de contar la historia del arte y de la arquitectura, al ver reducida al mínimo las referencias que se hacen a su aportación al trabajo que realizaron en común. Pero Ferrer Casas hace que todos estos personajes aparezcan en su cómic. El autor no rehuye todas las contradicciones del maestro alemán, pese a narrar la historia desde su punto de vista. El dibujo le ayuda a situarse fuera de él y mostrar sus reacciones, sus seducciones y sus abandonos y lo que provoca con éstos a los que tiene alrededor. Así que, aunque sea la voz de Mies la que nos desgrana los episodios de su vida, el dibujo ayuda a poner contexto, incluso a contradecir, esa visión subjetiva. Esto nos permite apreciar sus remordimientos por no ver lo que el nazismo comportaba, incluso su coqueteo con los jerarcas nazis, su relación con las mujeres, sus autojustificaciones, los recuerdos que no verbaliza.

Y es en el dibujo donde está el mayor mérito de este trabajo, si no era suficiente esta buena estructura narrativa. Como se señalaba al principio, «la página es una arquitectura». Y en la organización de las páginas el avance de la técnica de Agustín Ferrer Casas con respecto a trabajos anteriores es digna de destacarse. Como si fuera un homenaje a la arquitectura de Mies van der Rohe, la retícula se rompe donde la historia lo requiere y la narración queda liberada de la rigidez que puede aprisionarla. En muchas ocasiones la página, incluso la doble página, está ocupada al completo por un dibujo, generalmente de una perspectiva de alguna de las obras del protagonista, sobre el que se superponen distintas viñetas que introducen a los personajes y hacen que la narración fluya en el tiempo. Esta forma de organización lo emparenta con el lenguaje cinematográfico. Los cortes, planos, contraplanos, solapados sobre un fondo general, son las herramientas con las que el autor dota de ritmo a la historia. Y esto le permite jugar con el tiempo, que se acelera o pausa según convine al desarrollo de la trama. También son cinematográficas las transiciones entre las distintas etapas de la vida, engarzadas mediante la relación visual entre viñetas de páginas consecutivas, o bien por la repetición de escenas, a las que se añaden detalles que complementan la historia o terminan de desarrollarla. El uso del color, que ya habíamos alabado en Cazador de sonrisas, permite aquí al autor conseguir representar de forma fiel los materiales que Mies elegía cuidadosamente, con lo que aporta verosimilitud y calidez a la representación de la arquitectura, muchas veces conocida a través de dibujos técnicos que la retratan fría e impersonal.

Por el libro desfilan todas las obras claves de la carrera de Mies. Se abre con el Pabellón de Barcelona y se cierra con la Neue Nationalgalerie de Berlín. La primera obra, una construcción efímera que representaba a la república de Weimar en el extranjero, y la última, que no pudo ver finalizada, en el Berlín occidental, junto al muro que partía en dos la ciudad y a toda Europa. En la ciudad en la que empezó su carrera y en la que finalmente pudo construir una obra maestra del siglo XX.

Casa Farnsworth. (Click en la imagen para ampliar).

La casa Tugendhat en Brno, emparentada con el Pabellón, las viviendas de ladrillo y las casas patio, que no se construyeron pero que ayudaron a desarrollar la espacialidad de la arquitectura moderna. La casa Farnsworth, y la aparición del americano Philip Johnson, discípulo que imita y se nutre del maestro pero que a la vez contribuye a su consagración en los círculos de poder. Todo esto atravesado por la convulsa situación de la Alemania de la primera mitad del siglo XX.

El hilo que enhebra la historia es el anhelo del arquitecto alemán por construir su carrera. Y lo que mejor lo representa es la portada del cómic, que se repite a doble página en su interior. En la época en la que se incorporó definitivamente al desarrollo de la modernidad soñó con un rascacielos de vidrio en la Friedrichstrasse berlinesa. ¿Cómo dibujar una arquitectura que se ha representado una y otra vez? ¿Cómo dotar de vida a unos dibujos que han sido estudiados (y venerados) por generaciones de arquitectos? Ferrer Casas supera el reto con creces y logra la que es una de las cumbres del cómic. Transforma el croquis al carboncillo de Mies en el que esbozaba el perfil del rascacielos, un hito de la arquitectura moderna, en un dibujo lleno de vida, al insertar ese rascacielos perfectamente definido, con Mies cruzando la calle ensimismado, con la torre en su mente, en un paisaje nublado que muestra la difícil etapa que pasaba en aquel momento, preludio del desastre que asolaría Europa. Emparenta este rascacielos en un gris Berlín con la imagen de un Nueva York soleado sobre la que recorta el edificio Seagram, obra cumbre de su autor. Estos dos sensacionales dibujos aparecen apaisados, girados respecto a la posición vertical del resto del cómic, lo que resalta la relación que existe entre ellos. El sueño del arquitecto y su obra finalmente construida. Los dos son ficción y realidad. En uno la ficción es la arquitectura. En el otro es Holly Golightly levantando un brazo para pedir un taxi la que aparece frente a la realidad. El cine, del que bebe toda la obra de Ferrer Casas, se cuela en las páginas del cómic. El esbozo expresionista de la Friedrichstrasse se materializó en una obra en al que el detalle constructivo se elevó a la máxima perfección. Un rascacielos de carboncillo frente a la torre con perfiles de bronce, depuración máxima del modelo.

La vida se entrelaza con la arquitectura. Que es protagonista del cómic, pero no destaca sobre la historia que se cuenta.

¿Nos explica Agustín Ferrer Casas que la Nationalgalerie apoya una cubierta cuadrada de sesenta y cinco metros de lado (medio campo de fútbol) en solo ocho pilares? ¿Que la Villa Tugendhat tenía un mecanismo que hacía que se ocultara toda la fachada de vidrio que se abría al jardín? ¿Que la casa Farnsworth se eleva sobre un podio a la manera clásica, generando así un nuevo horizonte? No nos lo explica, lo dibuja, y con una precisión en el color y en la línea que transmite la parte táctil de la arquitectura.

En este trabajo monumental no se ha dejado ningún hito arquitectónico sin reflejar, aunque sea en una pequeña viñeta. Pero es cierto que una obra así puede llegar a eternizarse y el autor señala que era preciso que el cómic estuviera finalizado en 2019, una fecha redonda por varios motivos: el centenario de la fundación de la Bauhaus, el nonagésimo aniversario de la exposición de Barcelona y, por tanto, del pabellón que Mies van der Rohe diseñó, y el quincuagésimo del fallecimiento del arquitecto. Con motivo del Salón del Cómic de Barcelona se ha presentado en el lugar en el que comienza, en el pabellón reconstruido (en un momento del cómic el nieto de Mies le pregunta por esta posibilidad, que finalmente se llevó a cabo en 1986), un merecido premio a Agustín Ferrer Casas tras años de trabajo. Esta obligación de cerrar el trabajo  a tiempo hace que haya episodios que apenas quedan hilvanados e historias que merecerían un mayor desarrollo. Esperamos el montaje del director, pero tal y como se ofrece a nuestras manos es una obra imponente que seguro será referencia para trabajos posteriores. De momento nos ha confirmado la talla de un autor con estilo y lenguaje propios, del que esperamos grandes momentos.

Villa Tugendhat. (Click en la imagen para ampliar).

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