
Grimas y leyendas
El origen de la palabra «trol» es algo difuso. Su versión castellanizada ha perdido una ele por el camino del original «troll» del nórdico antiguo, una lengua germánica utilizada por los escandinavos cuando los vikingos eran algo más que una serie de televisión protagonizada por gente con barbacas, trencitas y peinados canis. Aquel «troll» ártico parecía ser una derivación del sustantivo neutro «trullen» del lenguaje protogermánico, una palabra que los lingüistas no tienen del todo claro de dónde ha salido.
En el caso de los troles escandinavos las raíces se encuentran firmemente plantadas en los mundos fantásticos, y la propia palabra «troll» (o «tröll») adquiere diferentes significados dependiendo de a qué historia mitológica uno se asome. Porque según el texto consultado el término puede referirse tanto a un hombre lobo, como a un demonio e incluso a un jotun, siendo este último a su vez un vocablo capaz de englobar a gigantes pero también a criaturas increíblemente feas o a deidades de diversa naturaleza entre las que se encuentran Skaði o Gerðr.
Algunos textos redactados en nórdico antiguo definen al trol como una «criatura gigante que no pertenece a la raza humana, un monstruo de espíritu maligno». El islandés Snorri Sturluson, en su Edda prosaica (una especie de greatest hits de la poética mitológica), mencionaba la que se había considerado como una de las primeras apariciones del gen trol en la historia: el encuentro, allá por el siglo IX, entre el poeta Bragi Boddason y una trol fémina donde la segunda se presentaba como devoradora de soles, fangirl de profetisas, succionadora de energía de gigantes y guardiana de los nafjarðar. Una definición que te dejaba un poco igual porque aquello no tenía ni puto sentido y en el fondo nadie acababa de ponerse de acuerdo sobre la traducción ideal de la lírica en nórdico antiguo.

En el ecosistema de las fábulas nórdicas, los troles comenzaron a colarse en los cuentos adoptando la forma de seres longevos, fuertes, agresivos, que gustaban de devorar de un bocado tanto rocas como señores desprevenidos y cuya piel se convertía en piedra cuando era salpicada por la luz del sol. En algunos casos estos seres poseían cola y eran capaces de cambiar de forma a voluntad para transformarse en perros, gatos o incluso troncos de árboles caídos. A los troles los espantaban los rayos (como consecuencia de haber sido históricamente hostigados por Thor y su martillo), el hierro y todo lo que tuviese relación con el cristianismo, desde los crucifijos hasta la palabra «Jesús». Actualmente, hay quien incluso justifica la escasa presencia de troles en la sociedad por culpa de tanto rayo certero como tenemos hoy en día y tanta iglesia agitando las campanas.
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Muy buen artículo.
Genial este artículo!!
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