
Si el cine era una enfermedad, como decía Frank Capra, la televisión de los últimos años se ha convertido en un tratamiento de choque. Según Los Soprano, Mad Men, House of Cards y Breaking Bad, no solo no sabemos quiénes somos ni a dónde vamos sino que ya no sabemos distinguir entre el bien y el mal y, cuando sabemos, elegimos el mal.
Ya se lo dice el psiquiatra a Carmela, con Tony no podemos decir que nadie nos lo advirtió. Esos patos en la piscina (un truco sucio robado de J. D. Salinger) son un punto de fuga para Tony Soprano y nuestra excusa para simpatizar con el padre angustiado que no sabe compatibilizar la familia y el trabajo, pero es que su trabajo es el asesinato, el tráfico de drogas y la extorsión.
Es parte de nuestra cultura emocional el pensar que alguien que tiene un código de conducta y alguien a quien proteger no puede ser tan malo. Esto es porque nosotros no nos identificamos con Tony sino con los suyos y nos creemos la excepción. Al igual que Carmela, tenemos la misma doble moral que las viudas del asesino en masa (¡Tenía un gran sentido del humor! ¡Amaba mucho a sus hijos!). Desde el primer día vemos a Tony matar a sus rivales y golpear a sus mujeres pero, hasta que no rompe el código y traiciona a los suyos, nos afectan más los abusos de su madre, cuyo nombre tampoco es casual (Hallo, Yo Claudio) y nos caen peor la juzgadora psiquiatra Dra. Melfi y su petulante exmarido. Por eso, cuando llega la sesión de terapia de Carmela, el guantazo que se lleva ella nos lo llevamos nosotros también: nos hemos enamorado del malo y, si seguimos a su lado (o seguimos viendo la serie), somos tan cómplices de sus crímenes como el resto de la familia DiMeo. Pero, como sabe Matthew Weiner, que escribió la primera temporada de Mad Men cuando aún trabajaba en Los Soprano, esa es una lección que todos sabemos y que nos negamos a aprender.
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«A una primera temporada deslumbrante le ha seguido una larga travesía del desierto en la que hemos visto sus ciclos de reinvención, del prostíbulo a Vietnam, del concesionario de coches a Sterling Cooper.»
Don estuvo en Corea, no en Vietnam. Y vendía abrigos de piel, no coches.
Por lo demás, gran artículo, Marta. Bien lo decía David Mamet en su Masterclass de escritura dramática: nos han hecho creer que esto va de personajes cuando no existen los personajes. Sólo existen las acciones visuales. En otras palabras, somos lo que hacemos.
Añadiendo a lo anterior ni la profesora de los niños ni Faye le dejan a él sino al revés. Es buena la comparación Don – Peter pero no creo que el primero sea para nada predecible o falto de dimensión: sólo hace falta ver los capítulos en los que le da por escribir tras su separación:
When a man walks into a room, he brings his all life with him.
He has a million reasons for being anywhere. Just ask him.
If you listen, he’ll tell you how he got there,
how he forgot where he was going and then he woke up.
If you listen, he’ll tell you about the time he thought he was an angel,
or dreamt of being perfect. And then he’ll smile with wisdom,
content that he’d realized the world isn’t perfect.
We are flawed because we want so much more.
We’re ruined because we get these things and wish what we had.
Superfluo, misántropo y con una idea vaga de Los Soprano… Seguro sustituyes las vocales por «x» o «e».