La paradoja de Eliot: la batalla de Eros y Hermes

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Hermes Logios, atribuido a Phidias. Posible copia romana (ca. siglo II d. C.) de un original griego (siglo V a. C). Fotografía: Jastrow (CC).

No dejaremos de explorar, y al final de nuestra búsqueda llegaremos al punto de partida y conoceremos el lugar por primera vez. (T. S. Eliot).

En cierta ocasión le preguntaron a T. S. Eliot: «¿Qué ha querido decir con estos versos?», y él contestó: «Si lo que he querido decir con estos versos hubiera podido decirlo mejor de otra manera, lo habría dicho de esa otra manera en lugar de escribir estos versos». Es una respuesta perfecta para neutralizar al consabido pelmazo hermenéutico, pero no debe entenderse de forma demasiado restrictiva o disuasoria. No tiene sentido explicar un verso, como no tiene sentido explicar un chiste (con perdón de los catalanes, que usan «explicar» como sinónimo de «contar»); pero tanto los chistes como los versos pueden ser analizados, y no solo es lícito sino necesario buscar las claves de sus mecanismos metalingüísticos y su singular función ética/estética.

«El medio es el mensaje», afirma McLuhan, lo cual, aplicado a la poesía, se podría traducir como «la forma es el fondo». Pero si la distinción aristotélica entre forma y fondo es un tanto esquemática, no lo es menos su negación radical, y las dos sentencias anteriores serían más realistas sin el segundo artículo determinado: «el medio es mensaje», «la forma es fondo».

Entendida literalmente, la frase «el medio es el mensaje» significaría que el medio es todo el mensaje, o el mensaje principal, y eso solo es cierto cuando el contenido es banal o mero pretexto, como en esas vistosas cajas de caramelos de metal repujado en las que el verdadero regalo es la caja; pero, normalmente, lo más importante de un alimento no es —o no debería ser— el envoltorio, y lo mismo ocurre con los mensajes dignos de ese nombre.

A modo de inciso, cabe señalar que, autoparafraseándose irónicamente y sin cambiar más que una letra, el propio McLuhan convirtió su sentencia más famosa en «The medium is the massage»: el medio es el masaje, pues el efecto del bombardeo mediático sobre nuestro cerebro, que a menudo relaja su capacidad de análisis abrumado por la sobrecarga informativa, es comparable a la relajación muscular provocada por un masaje. Fin del inciso.

La forma es fondo, es decir, significado, incluso en los mensajes puramente informativos, si es que tal cosa existe; pero la forma solo es «el» fondo —el contenido único o principal— en algunos poemas experimentales. Podemos estar de acuerdo con Verlaine cuando dice «De la musique avant toute chose» porque lo dice en un poema; pero como afirmación literal no se sostiene, y, de hecho, el liróforo celeste —como lo definiera Rubén Darío— cuidaba el significado de sus versos más que el melodioso significante: su propia «Art poétique», que comienza con la citada frase, paradójicamente postula la prioridad de la música con una canción en la que lo más importante es la letra.

La paradoja de Verlaine es precursora de la de Eliot, que cultivó con asiduidad no solo la crítica (y la metacrítica), sino también el tipo de comentario literario que no quiso dedicar a sus propios versos. El iracundo Dante, uno de sus poetas más «comentados», podría espetarle: «Deja de interpretar mis versos: si lo que digo hubiera podido decirlo mejor de otra manera, lo habría dicho de esa otra manera en lugar de escribir la Divina comedia».

La paradoja de Sontag

No se puede hablar del furor interpretativo y sus detractores sin mencionar a Susan Sontag, cuyo ya clásico ensayo de 1966 Contra la interpretación propugna, frente a la fría hermenéutica al uso, una erótica del arte. Y gracias a ensayos como este, la enemiga jurada de la interpretación es considerada una de las grandes intérpretes de la cultura de nuestro tiempo. Ella misma fue consciente de la paradoja y, treinta años después de escribir Contra la interpretaciónmatizó:

Apelar a una ‘erótica del arte’ no significa menospreciar el papel del intelecto crítico. En consecuencia, ensalzar una obra a la que de forma condescendiente se alude como cultura ‘popular’ no significa conspirar en el repudio de la alta cultura y su peso de seriedad y profundidad.

Porque la paradoja de Sontag, como la de Eliot, como la de Verlaine, como cualquier paradoja que se precie, es, en palabras de Hegel, una verdad cabeza abajo: para verla con claridad hay que darle la vuelta o hacer el pino, un acto de vigor o de agilidad mental siempre provechoso y en ocasiones revelador. Poniendo en pie la vieja paradoja del mentiroso y echándola a andar, Gödel revolucionó la matemática —y de rebote la filosofía— del siglo XX con sus teoremas de incompletitud; dándole una vuelta de tuerca a la paradoja del barbero, Bertrand Russell obligó a reformular la teoría de conjuntos.

Y, una vez puesta en pie, la paradoja del poeta que rechaza la interpretación pero no puede avanzar sin ella —igual que la paloma de Kant no puede volar sin el aire que frena su avance— se resuelve, volviendo a Hegel (de momento: ya escupiremos luego sobre él, como propone Carla Lonzi), en la síntesis de la tesis erótica y la antítesis hermenéutica: la batalla de Eros y Hermes no es —no puede ser— la batalla de Eros contra Hermes, sino la de ambos unidos —juntos y revueltos— contra el simplismo interpretativo de los cazadores de significados ocultos y el ingenuismo acrítico de quienes creen que «sobre gustos no hay nada escrito» porque ellos no lo han leído.

La buena interpretación es una odisea: nos aleja momentáneamente de la obra artística —el lugar amado— para, al final de la búsqueda, devolvernos al punto de partida y permitirnos conocerlo por primera vez.

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11 comentarios

  1. No me gustaría formar parte de los críticos que tratan de desmenuzar cada verso, por cierto, con válidos instrumentos. Sospecho que no gozan de las frases, el ritmo, la melodía que llevan implícitas, y, sobre todo, paradoja cruel, de la falta de un mensaje. Seguiré pensando que la existencia de las cosas y de la vida es un goce, y como tal va absorbida en todas sus manifestaciones, aun aquellas más oscuras. Tal vez sea una forma de temor a que me digan que las emociones que siento al leer ciertos versos se deban a algo que desconozco, ya que me despierto y vuelvo al sueño con emociones. Como siempre una espléndida y estimulante lectura, caro Carlo. Muchas gracias…. “Que las aves vuelen no sería un problema, / porque, después de todo, sería fantástico volar, /así libres y leves, escasos de carne /y con poco esfuerzo no llegar a ninguna parte, / lejos de esta tierra y de su gravedad. / El problema es que existan las aves.

    • Frabetti

      Parece ser que hay un tipo de goce que no es compatible con el análisis minucioso, al menos de forma simultánea. Haciendo el amor se aprende anatomía; pero plantear un encuentro amoroso como una lección de anatomía no parece una buena idea. Gracias a ti, Eduardo, por tus asiduos y enjundiosos comentarios.

    • Cimex Lectularius

      El buen crítico es aquel que cuenta las aventuras de su alma en medio de las obras maestras… ¿verdad?

      • Frabetti

        Me parece una excelente definición -o descripción- del buen crítico. Gracias, amable hemíptero. Cabría añadir que, entre las aventuras de su alma, sabe distinguir las individuales de las colectivas.

        • Cimex Lectularius

          Las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco…

          • Gusto

            Suena bien, pero no lo entiendo. ¿Adónde van los puntos suspensivos?

            • Cimex Lectularius

              Bueno… la frase es de Miguel de Cervantes, cuya vida misma estuvo llena de aventuras y desventuras, y su gran protagonista literario, don Quijote mismo, después de su periplo regresó a casa para recuperar la cordura. O sea que los puntos suspensivos son en este caso para recordar al que sea que siempre… siempre, siempre.

  2. ¿Por qué los chistes dejan de tener gracia si se explican?

    • Frabetti

      Yo no diría que dejan de tener gracia; incluso puede haber un valor añadido en la explicación. Lo que se pierde es el factor sorpresa, como ocurre cuando vemos una película por segunda vez (aunque, según qué película, a lo mejor la disfrutamos más que la primera vez).

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