Ya conocen las noticias. Ahora, les contaremos la verdad

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The Newsroom (2012-2014). Imagen: HBO Entertainment.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 5.

Que el interés de los españoles por la política ha subido mucho los últimos dos años es un hecho, y por lo que toca al entretenimiento televisivo la oferta y la demanda se han retroalimentado. Aunque algunos todavía recuerden con nostalgia La clave, debate moderado por José Luis Balbín que algunos solo conocemos de oídas, solo recientemente la política ha vuelto al prime time de las televisiones. Los matinales como Al rojo vivo o las Mañanas de Cuatro, los late show como El intermedio, La Sexta noche o Un tiempo nuevo indican lo fecundo del género. Programas como Salvados o El objetivo hasta llegan a marcar agenda política por sí mismos. Tal vez El informal o Caiga quien caiga son los programas más cercanos en el tiempo antes de la re-emergencia de la política en nuestras parrillas.

Aunque esta repolitización de la sociedad puede haber parecido algo natural con la crisis, su aceleración es algo relativamente reciente. Todos hemos visto la emergencia de nuevos campeones de la comunicación. Algunos (Pablo Iglesias, Miguel Ángel Revilla o Albert Rivera) haciendo carrera política bregándose en tertulias o regalando anchoas. Otros (Eduardo Inda o Francisco Marhuenda) siendo personajes en sí mismos y produciendo odios viscerales o inquebrantables adhesiones. Así ha sido lo que algunos llaman el reciclado de Salsa rosa en el género político. Incluso dentro de los propios programas ha habido una mutación; mientras que El intermedio o Salvados comenzaron como género de humor o entretenimiento, hoy habría quien podría acercarlos al del informativo.

En otros países, como Estados Unidos, llevan más tiempo viviendo y estudiando este fenómeno. El auge de los late shows se suele explicar por el cambio en el consumo de medios tradicionales, en general porque cada vez menos ciudadanos aguantan viendo Informe semanal frente a un producto de entretenimiento. Además, vistas las jornadas laborales de los españoles, que terminan dejando como único momento de respiro frente al televisor las horas tras la cena, todavía podría entenderse más esta querencia por un género ligero. Muchos de esos cambios son imparables y, como cuenta Geoffrey Baym en From Cronkite to Colbert, hacen que los cómicos de los programas nocturnos hoy sean la principal fuente de información política de muchos ciudadanos. La pregunta es qué implicaciones tiene eso para cómo nos relacionamos con la política.

La democracia de audiencias

Bernard Manin, en su libro Principios del gobierno representativo, fue el primero en introducir el término de democracia de audiencias. Aunque a mi juicio es el concepto más discutible de su obra, puede servirnos de banderín de enganche para arrancar la discusión. Su idea es que la democracia del siglo XXI, con la creciente pérdida de importancia de las ideologías y de los partidos, ha hecho que el marketing sea el elemento central de la contienda política. Su idea es que estaríamos ante un mundo político en el que los partidos ya no son organizaciones, son planes de comunicación. Los grandes proyectos para el país habrían muerto para siempre. Ahora solo existen unos políticos que nos venden asuntos concretos, que nos hablan de aquello que más interesa a cada cual. Es el fin de las ideologías, que dirían los más apocalípticos. Estas grandes transformaciones darían pie a que nuestros sistemas políticos colocaran a los medios de comunicación en una posición todavía más central —aunque diría que lo han estado casi desde que existen—.

En el particular contexto de la crisis económica y política de España, es obvio que la ciudadanía tiene más necesidad de saber sobre los asuntos públicos. Dado este entorno de cambio y la posición central que muchos programas de entretenimiento ocupan en las parrillas, ¿cómo no pensar que Pablo Motos o El Gran Wyoming terminan moldeando lo que piensan muchos españoles sobre cuestiones políticas? Para intentar desentrañar esta cuestión solo podemos repasar alguna evidencia de Estados Unidos. Esperemos que pronto la ciencia política y los expertos en comunicación se pongan manos a la obra para saber en qué medida estos hallazgos se pueden aplicar a nuestro entorno.

Respecto al consumo de late shows, la sabiduría convencional ha tendido a señalar dos cosas. Primero, que sus telespectadores tienden a ser gente de menor edad y, segundo, que además ven estos programas de comedia como un sustituto de las noticias tradicionales. Por lo tanto, los programas cómicos serían el único formato que atraería a los jóvenes a la política como sustituto de aburridos informativos. Sin embargo, la evidencia más reciente que señalan Dannagal Young y Russell Tisinger es más optimista. Por un lado, los autores señalan que el consumo de este tipo de programas ni mucho menos está restringido. Llega a todo tipo de edades, de estatus e incluso, con sus sesgos según el programa que se vea, de ideologías. Por otro lado, su nueva evidencia dice que no parece que quien ve esos programas deje de ver noticias. Más bien lo que hace es engancharse a las noticias «serias» gracias a ver la política, al principio, en un formato más satírico.

Además, otros autores como Kristen Landreville también han señalado que el visionado de estos programas genera algunos elementos positivos desde el punto de vista democrático. Aunque este efecto sí es más fuerte entre los jóvenes, ver late shows hace que luego también se tienda a ver más debates políticos entre candidatos o a hablar más a menudo de política.

Ahora bien, las investigaciones también dicen que a la hora de valorar este tipo de programas el nivel educativo importa. Aquellos que tienen un mayor nivel de conocimiento político, educación o interés entienden que los programas de la noche son un formato de entretenimiento. Visitar la casa de un político para echar un futbolín es básicamente una manera de entretenerse y, de paso, fisgonear. Ver montajes de vídeos con tomas falsas de candidatos es para echarse unas risas y sacar cuatro vídeos virales en Facebook.  

La cosa es diferente para los ciudadanos más desinformados previamente. Lo que se apunta es que aquellos espectadores con menos interés o con menor nivel educativo tienden a concebir estos programas como uno más de información. Es más, hasta los consideran mejor que muchos de los informativos tradicionales. Probablemente este hecho, la propia presión de las audiencias, está detrás de la transformación de estos formatos para darles un contenido más serio. En CQC (que no es late show pero era una institución) o en El informal se iban desgranando las noticias para generar el comentario satírico. Lo mismo que pasa en El intermedio o El hormiguero, que casi son un para-informativo. Esto último implicaría que los ciudadanos con menos información previa serían mucho más vulnerables, si se quiere decir así, al marco creado por los programas de humor. La pregunta es si esto no ocurre ya con según qué informativos convencionales.

Juego de tronistas

Es complicado arriesgarse a hacer un diagnóstico de esta nueva política show, de esta importancia creciente de los programas de entretenimiento vinculados directa o indirectamente a la cosa pública. Además sería muy cínico que, cuando la mitad de la ciencia política española está dando vueltas por los platós de televisión justo gracias a esos programas, se los censurase por banales. Sin embargo, a riesgo de provocar, merece la pena discutir un poco sus luces y sus sombras.

Una de las críticas más frecuentes a este tipo de formatos es que el debate no es demasiado elevado. Esto muchas veces hace que nos lamentemos de la «espectacularización» de la política, de que cualquier argumento valga cuando toca hablar de cosas que son bien serias. Esta crítica tiene cierto fundamento pero quizá pueda matizarse a partir de una pregunta sencilla: ¿La gente que ve esos programas se informaría sobre política si no existieran? O, dicho de otro modo: si suprimimos este tipo de formatos, ¿tenemos la garantía de que esos espectadores aumentarían su nivel de conocimiento político? Aunque no existe respuesta inmediata, hay buenas razones para pensar que no. Lo más probable es que el tipo de formato también sea lo que hace más atractivo a determinado tipo de ciudadano, que normalmente está desconectado de la política, engancharse de alguna manera.

Alguna idea en este sentido tenemos, aunque tal vez excesivamente optimista. En Sátira televisiva y democracia en España José Luis Valhondo habla directamente de estos programas como un subgénero capaz de aportar una crítica elaborada a nuestro sistema político. La «infosátira» es revisada en el contexto de las elecciones generales de 2004 en el caso de políticas concretas como fueron el Plan Hidrológico Nacional o la guerra de Irak. Por lo tanto, por principio es un formato que permite que se enganche gente a la política y, como comentaba más arriba, eso puede tener externalidades positivas para todo el sistema.

Pero, además, puede generar que ante la competencia los propios programas tiendan a especializarse en ofrecer formatos diferentes, en algunos casos mejorando el debate público. A lo largo del texto he empleado de manera indistinta programas más orientados a la tertulia, a la sátira, a la entrevista o, incluso, al periodismo de datos. Sin embargo, el que se pueda distinguir entre ellos ya nos apunta a que los propios medios saben que tienen que segmentar a las audiencias para competir mejor. Por lo tanto, la propia competencia puede ayudar a mejorar la calidad de los programas y del tipo de política de la que se habla en ellos. Juzgar cuál de ellos es una pelea en el barro o bien ofrece ideas interesantes corresponde al telespectador.

Además, también es interesante ver cómo los partidos han entendido esto para competir por nuestro voto. Hasta donde llega mi memoria, el político que inició este desplazamiento hacia los platós de televisión con una finalidad claramente electoral fue José Montilla, candidato del PSC a la Generalitat, acudiendo a una edición de La noria antes de las elecciones catalanas de 2010. Eso generó algo de revuelo pero hoy nadie considera extraño tener a Pedro Sánchez llamando a Jorge Javier, a la vicepresidenta bailando en El hormiguero o un debate entre Albert Rivera y Pablo Iglesias moderado por Jordi Évole.

Sin embargo, también es cierto que este tipo de formatos ofrecen sombras. Obviamente, no es lo mismo colocar a un político frente a un periodista —que conoce los datos, tiene información y sabe cómo ponerle contra las cuerdas— que frente a ciudadanos  —la mayoría de las veces aterrados por los nervios— o a un cómico —que muchas veces premia el ingenio, no la coherencia—. Esto tiene el problema de poder debilitar la rendición de cuentas de nuestros políticos si al final los tenemos más tiempo bailando en un plató que dando la cara por su gestión en formatos más convencionales. Probablemente haya algo de falso dilema sobre a dónde acudir (se puede ir a debates electorales, a entrevistas a fondo y a casa de Bertín Osborne) pero conviene tener presente que, para el control de nuestros políticos, distan con mucho de ser géneros equivalentes.

La televisión política, ¿solo de paso?

En el cuadro actitudinal de los españoles José Ramón Montero y Mariano Torcal nos señalan como ciudadanos desafectos. Este tipo de perfil es el de aquel que apoya el sistema democrático pero que por sistema desconfía de sus políticos e instituciones y no se interesa demasiado por la política. Sin embargo, algo parece haber cambiado desde que comenzó la crisis en España. La duda es si este cambio es algo temporal, ligado al nivel de tensión política de los últimos años, o bien algo que marcará cómo será nuestra percepción de la democracia de manera irreversible. Quizá cómo se desenvuelva esta legislatura nos dé algunas pistas en este sentido.

En cualquier caso, la respuesta a esta pregunta también tendrá implicaciones para la televisión. Del mismo modo en que han emergido rápidamente, en menos de cinco años puede que no quede en pie ningún programa de entretenimiento «político» o terminen a horas intempestivas en las parrillas. Así es la oferta y la demanda, que para algo las cadenas (privadas) tienen que vivir. Sociólogos, economistas y politólogos volverán ordenadamente a sus despachos y, aunque habrá una generación marcada por todos estos acontecimientos, las aguas volverán a su cauce. O tal vez no, tal vez el nivel de politización de los españoles será siempre más alto que durante la crisis y seguiremos viendo a nuestros políticos desfilar por los programas de entretenimiento de la noche.

No hay respuesta todavía para esas preguntas, a si dentro de cinco minutos habrá otro late show menos y una «teletienda» más. Sin embargo, sí creo que este tipo de formatos han servido para que mucha gente se enganche con su sistema político. Es cierto que con sus luces y sus sombras, pero al menos como un primer paso después de tantos años de apatía política. Sin ciudadanos informados no puede haber buena democracia, pero casi como condición necesaria está que haya algo de interés en tenerla. Y si unas carcajadas sirven para esto, aunque no siempre ofrezcan una mirada enfocada de la realidad, quizá no sea mal balance.  

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1 comentario

  1. Alberto

    Me sorprende mucho que se equipare El Intermedio, claramente más politizado, con El Hormiguero. Un programa se dedica a comentar y opinar sobre noticias de actualidad mientras que el otro recibe invitados que por lo general promocionan algo. Cada presentador es de una ideología pero no la muestran con la misma frecuencia. Lo dicho, me sorprende.

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