
Al ojo humano le gusta la distancia. Nuestro cerebro se siente a gusto con un campo visual profundo y despejado, y es normal que disfrutemos más paseando por un espacio abierto que por un pasillo. Mirando una pantalla de cine, aunque no siempre nos demos cuenta, un escenario interior se nos antoja pobre y poco estimulante.
Esto era un serio inconveniente en el cine de épocas pasadas. Las cámaras no eran fáciles de mover en los interiores reducidos y el problema se agravaba en géneros como el cine neorrealista de los años cuarenta y cincuenta, que pretendía capturar la estrechez de las viviendas habitadas por la gente común. Si no se empleaban ciertos trucos visuales, una película con muchos interiores podía terminar pareciendo muy monótona. Existían estrategias diversas para afrontar ese problema, aunque los directores de todo el mundo usaban casi siempre las mismas y de manera similar (otros no lo hacían y, en algunos rodajes, nadie se molestaba en paliar la monotonía de los interiores, creando un aspecto llano que ya resultaba pobre entonces y que resulta descorazonador cuando vemos ciertas películas hoy). Pues bien, hubo un cineasta que combatió la pobreza de los interiores, pero que lo hizo de manera distinta a todos sus contemporáneos: Yasujiro Ozu.
Los años del auge del neorrealismo fueron también los de la edad dorada del cine japonés, sobre el que hay bastantes cosas que explicar porque es frecuente leer y escuchar ideas preconcebidas que no siempre son ciertas. Hay quien piensa, por ejemplo, que el antiguo cine japonés se desarrolló desconectado del resto del mundo y que era una plasmación de su particular sentido de la estética, muy alejado de los cánones occidentales. Esto no es verdad. Se usaban, claro, vestimentas, objetos y decorados muy japoneses, pero el lenguaje cinematográfico estaba muy occidentalizado desde los inicios. Antes de 1939, Japón producía más películas per capita que los Estados Unidos y era, con mucho, la industria más activa del mundo. Es verdad que aquel material no llegaba a Occidente y que existía una barrera cultural que se levantaba en un solo sentido, pero los japoneses estaban muy familiarizados con el cine occidental. Charlie Chaplin, por ejemplo, era un auténtico icono de masas en Japón. Cuando Chaplin visitó el país en 1932, miles de personas lo esperaban en el puerto de Kobe y el cineasta inglés recordaría con asombro que «los aeroplanos hacían círculos sobre nuestro barco y dejaban caer octavillas de bienvenida».
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Hacía tiempo que no leía una crítica tan completa, gracias.
Magnífico.
Qué análisis exhaustivo y además cautivante. Muy bueno. Y es verdad que el cine blanco y negro tiene ese encanto único. Muchas gracias por la lectura.
Gracias, el cine de Ozu es tan complejo, dentro de su aparente sencillez, que se merece un estudio de este tipo
Vuelvo a escribir porque no he hecho otra cosa que rever los fotogramas cada día. Son hipnotizantes. Confieso que poco sé del cine japonés, no va más alla de dos o tres películas (la versión de un drama de Shakespeare, esa delicia de un violonchelista transformado en tanatologo y pedazos cortísimos, de increíble profundidad de espacios, en ese otro capo lavoro de La elegancia del erizo). Si alguna vez la subjetividad inevitable de una descripción coincidió con la mía, bueno, tengo que decirle que la suya es una de estas. Esas sencillas líneas verticales y horizontales y la velada profundidad mediante paredes transparentes (Y hasta la de un tragaluz!) en espacios reducidos han sido los motivos del por qué volví a admirarlas. Pareciera que este director, consciente de la pequeñez de su isla se rebelara a su destino geológico. Tendré que agenciarme sus trabajos. Y será dura. Gracias nuevamente.
Gracias por un texto exhaustivo, ordenado, didáctico y sin embargo apasionante. Una curiosa similitud con la obra que analiza.
¡Gracias!