
Un estudiante de cine que se adentra en las calles de Los Ángeles los fines de semana para filmar su trabajo de fin de carrera y vuelve a clase con una obra maestra bajo el brazo. Killer of Sheep (1977) fue durante treinta años la maravilla del cine americano que nadie había visto.
El director, Charles Burnett (Mississippi, 1944), convencido de que no conseguiría distribución, utilizó la música que le vino en gana y la disputa sobre los derechos de esa soñada banda sonora mantuvo la cinta bajo llave hasta su estreno oficial en 2007. El arte más libre, sin apenas dinero ni normas, con amigos y chicos de la calle como actores, y las bellísimas (y malditas) canciones. «Solo quería sacarme mi título», dijo Burnett en una entrevista.
La historia que aparece en la pantalla y la historia del largo silencio que sufrió la película encajan de una forma casi sobrenatural. La mísera vida de los afroamericanos en el barrio angelino de Watts y la pobreza de medios de la producción —menos de diez mil dólares—. La indiferencia histórica de la sociedad norteamericana ante la lucha de sus vecinos negros y el ostracismo al que ha sido sometido su director. El tabú del racismo en Estados Unidos y el cautiverio de la obra. El alegato de Burnett quedó confirmado doblemente: en el celuloide y en la realidad. Como le dijo un chico negro al escritor James Baldwin: «No tengo país. No tengo bandera».
Sin ánimo de estropear la experiencia de ver una película como esta por primera vez, Killer of Sheep —algo así como ‘Matarife de corderos’— cuenta la peripecia de Stan, interpretado por Henry Gale Sanders con una mirada triste y luminosa, un padre de familia negro que trabaja en el matadero local. Su mujer está en casa con una niña pequeña y un adolescente más gamberro que problemático. Stan pasa una mala temporada; el trabajo es duro y monótono (se dedica a matar y despedazar), está deprimido y algo se ha extraviado en la relación con su adorable y bella mujer. La vida es penosa en el barrio: las tuberías se atascan, no hay rueda de repuesto, los tejados tienen goteras, apenas unos pocos dólares en el bolsillo que se comparten generosamente con los amigos en apuros. Es la penúltima etapa en la larga marcha del hombre negro.
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¿Será que puedan dejar de ofendernos a los americanos y de una bendita vez dejen de identificar América – USA?
Como indígena americano por parte de madre y mestizo español-indígena por parte de padre me ofende inmensamente que ustedes los españoles nos estén niguneando, como dicen uds., constantemente a los pueblos americanos. Es como que hay una América de verdad, la buena, la de «primera categoría», que merece ser llamada América, que es extranjera, europea, invasora, «inmigrante», y luego la de los «indios» y mestizos.
Pues señores, nosotros los indios y mestizos somos mucho más americanos que los blancos y los negros del norte o del sur de América. Si América es los EE.UU, Europa es Francia, Italia, etc, y desde los Pirineos abajo, es África.
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