
Vamos, protestad, haced algo sobre esto, id al taquillero del cine, pedid vuestro dinero de vuelta.
«French Subtitled Film» en Monty Python’s Flying Circus, Londres, BBC, diciembre de 1970.
«¿Puedo mostrar tu culo en mi próxima película?», preguntó una vocecilla femenina al periodista Hunter Davies en enero de 1967. Ante la petición de mostrar el trasero, el reportero se negó respondiendo que «antes debería contactar con su agente». Davies era el «columnista estrella» de Londres gracias a la columna Atticus en el Sunday Times y pensó, en inicio, que esa llamada podría ser una broma de un «periodista borracho del Observer». Ella le insistió al menos para que cubriera la filmación de esa obra puntera del séptimo arte. Davies concretó, así, al menos una visita al rodaje de esa pieza experimental, intuyendo que podría dar juego en su columna del periódico.
El corto, donde solo aparecían culos, se realizaba en un pequeñito apartamento en Park Lane, cerca de Hyde Park, y lo pergeñaban dos figuras que al periodista, en el texto original, le cuesta recordar del todo. Unas semanas después, a inicios de febrero del mismo año, Hunter Davies tituló un texto en el periódico con un juego de palabras con el nombre de la artista conceptual que ideó esta pieza: «Oh no, Ono».
Dandy, Dandy, Where you gonna go now? Who you gonna run to?
La revista Time publicó el 15 de abril de 1966 un artículo donde definía de este modo la capital del Reino Unido:
En este siglo cada década tiene su ciudad. El fin de siècle perteneció a la ronda de ensueño de Viena, capital natal de los Habsburgo y el vals. En los movidos años veinte, París supuso una fiesta sin fin para Hemingway, Picasso, Fitzgerald y Joyce, mientras que, luego del gran crac, Berlín emergió fugazmente gracias a la salvaje iconoclastia de Brecht y la Bauhaus. Durante los años cuarenta, muy emocionantes, una Nueva York segura de sí misma dirigió el camino y en los difíciles años cincuenta es fácil elegir a la Roma de La dolce vita. Hoy esa ciudad es Londres.
Yoko Ono había llegado a Londres atraída por la escena cultural, la cual había comenzado a forjar extrañas alianzas con los artistas pop del momento. Exmiembro de Fluxus, un colectivo neodadá, utilizaba la deconstrucción artística para idear piezas de arte conceptual siempre bajo la protección de luminarias como La Monte Young. Entre la obra política sin ambiciones y el sentido situacionista de dar un golpe de Estado contra la realidad, la trayectoria de Ono consiguió éxito desigual. No ayudaba tampoco una vida privada caótica y que a mediados de los sesenta compartía esforzadamente con el productor de cine Anthony Cox.
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