
Corea del Norte es uno de los últimos regímenes comunistas que quedan en el mundo. En su capital, Pionyang, entre plazas gigantescas y monumentos dedicados al líder, hay uno que destaca por su significado. Delante de la Torre Juche que domina la ciudad se puede ver una escultura de tres figuras de bronce. Un obrero vestido con su mono de trabajo que levanta un martillo, y una campesina que sostiene una hoz. Hasta ahí, normal dentro de la típica iconografía comunista. Pero la tercera persona, con traje y corbata, alza un pincel. Ese detalle marca la diferencia.
Fue una idea de Kim Il-sung, primer líder de la república socialista, con la que quería incluir en la ideología oficial del país a los intelectuales. El mensaje que pretendía dar a los artistas, escritores o filósofos, era que desde ese momento su papel en la sociedad iba a estar plenamente al servicio del partido. Su función consistiría en dedicar sus obras y trabajos a describir la grandeza del partido y del líder. Entre los gremios incluidos estaba, por supuesto, el de los arquitectos. Una de las profesiones más importantes para alcanzar el radiante porvenir, ellos reconstruirían las ciudades.
Actualmente, el recuerdo que han dejado estos proyectos grandiosos es de bloques de viviendas sin ninguna ornamentación, una arquitectura monótona y triste. Ese es el estereotipo extendido de la ciudad comunista. Un modelo tan gris que ni siquiera se ha estudiado al detalle en los propios países socialistas. Jelena Prokopljević, arquitecta serbia, investigadora de la arquitectura de las repúblicas populares y soviéticas, vive en Barcelona. Nos encontramos en su casa y nos lo explica: «A nosotros nos enseñaban cómo hacer un edificio prefabricado, cómo funciona el sistema de prefabricación del hormigón, en madera o en metal, pero no nos hablaban de la historia de estos edificios, no había asignaturas de esto».
Prokopljević creció en Novi Beograd (Nuevo Belgrado). El lugar donde Tito planeó construir una gran capital para la República Socialista Federativa de Yugoslavia. En el proyecto, que tardó treinta años en llevarse a cabo, trabajaron ciento cincuenta mil voluntarios. Movieron treinta millones de toneladas de arena para levantar el terreno cinco metros sobre los ríos Sava y Danubio y evitar inundaciones. Allí establecieron la planta de la nueva ciudad.
«Los principios entonces pasaban por la zonificación urbana. Este proceso también se tenía presente en Occidente, pero en los países comunistas resultaba mucho más visible. Dividieron las zonas de trabajo, las zonas de viviendas y las zonas verdes sin que hubiera mezcla de funciones, que es lo que hay en Occidente, donde debajo de casa tienes comercios, también hay centros de trabajo y una mezcla que hace que la vida sea más agradable y divertida. En Nuevo Belgrado había: vivienda, vivienda y vivienda. Igual tenías que caminar media hora hasta la primera tienda. En las zonas de oficinas era igual», explica.
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Muy interesante: ojalá sigan más artículos profundizando y ampliando este tema.