Política y Economía Sociedad

«¿Que quién era mi padre?»

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Con sus padres en Belgrado, en 1978. Fotografía cedida por Heela Najib.

Heela Najib recuerda aquel apartamento en el quinto piso de un bloque soviético de Kabul. Y encaramarse a la ventana para ver salir el sol por encima de las montañas. «Siempre me ha encantado madrugar», dice. Pero todo cambió cuando su padre se convirtió en presidente de Afganistán. Incluso antes. 

Damos con Heela a través de un amigo común. «¿Quieres que te ponga en contacto con la hija de Najibulá? Vive en Zürich». Pocos días después nos contará cómo era ser niña en aquel Afganistán del que aún se conservan postales en las librerías de Kabul, o cómo se convierte la hija de un presidente en refugiada. Pero volvamos al «año 0».

Heela dice que nació «en un día frío de noviembre» de 1977. Su madre es profesora y su padre acaba de completar estudios de ginecología, aunque lleva ya años de compromiso político muy activo. Se había incorporado al Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) en 1965 a través de la entonces ilegal Unión Democrática de Estudiantes. Mohamed Najibulá es conocido tanto por su poderosa oratoria como por su talento físico para el levantamiento de pesas y la lucha libre. Le llaman «toro». Heela será la primera de sus tres hijas pero no es más que un bebé de dos meses cuando los comunistas se hacen con el poder tras asesinar a Mohamed Daud Khan. Este, a su vez, había derrocado a la monarquía cinco años atrás, aprovechando que el rey recibía tratamiento médico en el extranjero. Así es como se escribe la historia en Afganistán, donde ningún soberano es elevado al trono siguiendo la voluntad de sus súbditos. Shas, emires, reyes, presidentes y primeros ministros se suceden en el poder tras guerras, asesinatos o elecciones en las que los votos se recuentan durante meses hasta que le dan la razón al favorito. Nunca hay sorpresas. A los afganos solo les queda rezar para que su gobernante sea justo y clemente. 

Transcurre el año 1978 cuando Najibulá se convierte en miembro de la junta comunista que gobernará el país, pero las luchas internas del partido lo acaban enviando de embajador a Irán para privarlo después de su cargo, e incluso de su ciudadanía. Se refugia con su mujer y su hija en Belgrado, y ahí es donde nace Onai, la segunda de las tres hermanas. Permanecerá en Yugoslavia hasta la entrada de los soviéticos en Afganistán en el 79; en enero de 1980 es nombrado director de los servicios secretos afganos, cargo que desempeñara durante seis años. Mientras tanto, Heela va al colegio en autobús «como cualquier otro niño». También roba tomates y pepinos a la salida en las huertas de enfrente de casa, antes o después de que su padre la lleve al Club de los Soldados, donde aprende a jugar al pingpong o al billar. Eso o pasar las tardes jugando al fútbol en su barrio de prefabricados soviético. Se llama Mikrorayon y dispone de los mejores restaurantes y supermercados de la ciudad. En la televisión hay dibujos animados rusos, pero también están Tom y Jerry, y hasta Los Barbapapa. O aquella popular serie sobre la mafia siciliana. «Octopus, creo que se llamaba. La veíamos todos juntos en casa los domingos». 

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2 comentarios

  1. Nunca han vivido en mejor situación las mujeres afganas que en el régimen comunista.

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