El sexo con las máquinas

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Una científica revisa la primera robot sexual con inteligencia artificial. Foto: Sergi Reboredo / Cordon Press.

(Viene de «Las máquinas del sexo»)

Mundo, demonio y silicio

Como todos los seres vivos, los humanos tendemos a evitar el dolor y a buscar el placer. Tan es así que toda la conducta animal —incluida la nuestra— podría describirse en función del binomio dolor-placer. Un binomio elemental y que genera conductas muy predecibles en el caso de los organismos más primitivos, pero que puede alcanzar enormes grados de complejidad con la irrupción de la consciencia, y, sobre todo, con la emergencia de esa anomalía evolutiva que es la metaconsciencia, o sea, la consciencia de la propia consciencia y del propio albedrío.

En el caso de los humanos, la búsqueda del placer individual (valga el pleonasmo, puesto que el placer y el dolor, aunque puedan compartirse, son experiencias subjetivas) se enfrenta a dos problemas básicos: la elección entre placeres mutuamente excluyentes y los intereses de los demás individuos, que también buscan su propio placer, y esta doble economía del bienestar —la individual y la colectiva— se gestiona mediante la religión, la ley, la ética y el control social, que ponen límites a la satisfacción plena e inmediata a la que en principio tendemos. Estos mecanismos de regulación se concretan en una serie de mandatos y prohibiciones, cuyo incumplimiento se puede denominar —según que el marco de referencia sea religioso, legal, ético o sociocultural— pecado, delito, inmoralidad o indecencia.

Puesto que nuestras pulsiones básicas, como las de los demás animales, son el hambre, la libido y el miedo, la economía del placer y sus mecanismos de regulación se centran muy especialmente en lo relativo a la comida, el sexo y la seguridad. Y por ello las principales religiones y sistemas filosóficos advierten contra el apetito desordenado de bienes materiales (seguridad) y placeres físicos (sexo, comida); de ahí que la avaricia, la lujuria y la gula sean «pecados capitales» que generan un amplio rechazo moral incluso entre los no creyentes. Epicuro —y con él los estoicos, los cínicos y otras escuelas filosóficas— propugna la moderación como forma de alcanzar la ataraxia o sosiego del cuerpo y el espíritu. Y el Evangelio cristiano insiste en este mismo punto, elogiando la continencia y advirtiendo de los peligros de un mundo que nos deslumbra con sus efímeras riquezas, una carne débil que busca el placer sensual inmoderado y un taimado demonio que nos tienta con sus falsas promesas de felicidad. 

Pero ¿qué ocurre en los casos en que desaparecen los otros como variables de la ecuación del placer y, por tanto, la economía del bienestar individual ya no ha de tener en cuenta los intereses ajenos? Incluso desde un punto de vista religioso, es difícil mantener el concepto de pecado si no se hace daño a nadie (el propio Jesús dijo: «Un solo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»). Y es aún más difícil, desde el punto de vista legal, hablar de delito cuando no hay víctimas.

Este largo preámbulo, que no parece tener mucho que ver con el sexo de las máquinas, pretende servir de introducción a la siguiente cuestión: ¿qué tipo de consideraciones éticas y/o legales serían aplicables a las posibles relaciones de humanos con robots sexuales?

Es tentador adherirse automáticamente al principio de que no hay crimen sin víctima y afirmar que ninguna consideración ética o legar es aplicable, en principio, a tales relaciones (siempre que hablemos de robots no conscientes, por supuesto). Pero la cuestión es bastante más compleja de lo que podría parecer a primera vista, y está dejando de ser puramente teórica. Ya se están fabricando —y comercializando— robots sexuales infantiles, y algunos alegan que tales «sucedáneos» pueden disminuir el riesgo de que los pederastas abusen de niños y niñas de carne y hueso; pero este falaz argumento parte de una visión extremadamente simplista de la sexualidad, que ignora sus fundamentales motivaciones psicológicas. Un abusador es, por definición, alguien que disfruta abusando de los débiles y sometiendo a sus víctimas, por lo que un muñeco de silicona o un sexbot infantil es una incitación a la pederastia, más que un sustituto desactivador. Y lo mismo cabe decir de los dibujos animados pornográficos con personajes infantiles (o de fácil acceso para niñas y niños): su realización no causa víctimas directas, como la grabación de abusos reales, pero sí indirectas, en la medida en que estimula a los pervertidos y confunde a los ingenuos.

El mundo-mercando con su incesante producción de artículos superfluos, el omnipresente demonio de la seducción publicitaria y el proteico silicio, en su doble vertiente de silicona que imita la carne y chips que imitan la mente, constituyen la nueva e inquietante versión del viejo trinomio evangélico mundo-demonio-carne, y tanto los creyentes como los no creyentes tendremos que enfrentarnos a problemas psicológicos, éticos y legales que hace apenas unas décadas no podíamos ni imaginar, y cuyas consecuencias a medio y largo plazo no son fáciles de prever.

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13 Comentarios

  1. La verdad es que este artículo da para muchos enfoques. No sé qué pensar. A veces pienso que un chip-cyborg nos dehumanizaría y a mí tanta técnica me horroriza, otras veces pienso que quizá podría servir para acabar con aspectos repugnantes del ser humano: afán de dominio, explotación, crueldad… que parecen inextirpables. No sé, no lo tengo claro. Por otro lado, me gustaría comentar una reflexión de Zizek: aludió a la postura contraria de la Iglesia a la posibilidad de que se instalaran cyborgs en los seres humanos; y decía Zizek: ¿pero no es esta la prueba de que quizá ni en la Iglesia creen en el alma o en Dios, teniendo en cuenta que los cyborg sólo afectan al cerebro, o sea al cuerpo, no al alma? Si el alma es lo que es inmortal, lo que es importante, y no el cuerpo, ¿por qué tanto recelo ante la alteración de un aspecto del cerebro, si el alma es independiente del cerebro?

    • Nos enfrentamos, una vez más, aunque de manera especialmente drástica, a la ambivalencia de la tecnología avanzada. Tus reflexiones son aplicables a la televisión, sin ir más lejos: magnífico instrumento de comunicación y difusión de la cultura, en potencia, y en la práctica lavadora de cerebros e incitadora al consumo desaforado. En cuanto al discurso contradictorio de la Iglesia, lo más sorprendente -y alarmante- es que aún lo compre anta gente.

      • Sí, estoy de acuerdo en la ambivalencia de la tecnología. Aunque también debo decir que soy de los que piensan que la tecnología no siempre es neutra; no sólo depende de si «se utiliza bien». El reloj, como recordaba Fromm, trajo la puntualidad, y ésta, la eficiencia en la sociedad industrial; la tecnología tiene un punto perverso en el sentido de que nos «administra las vidas». Y además creo que quizá quita un poco de poesía a la vida: creo que dar la vuelta al mundo en globo y en barco de vapor era más poético que darla en avión. Claro, que el barco era la tecnología de la época, pero aún así… me parecía más poético. Perdón, ya me he alejado del tema mucho… como siempre.

        • De eso se trata, de alejarse del tema para explorar otros. Sobre la intrínseca negatividad de algunos avances tecnológicos, creo que, en todo caso, iría ligada a un contexto determinado. A veces consideramos «románticas» ciertas cosas precisamente porque las hemos superado (del mismo modo que puede ser divertidococinar si no es una obligación diaria).

  2. Comentas que es difícil mantener el concepto de pecado si no se hace daño a nadie y añades la cita: «Un solo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». Pero cuando se trata del aislamiento de un individuo (no solo a nivel sexual), si bien no haces daño activamente a los demás, sí que estas dejando de amar al otro, simplemente pasas de los demás. La negligencia es una forma de maltrato y no ver al otro, que no nos importe lo que sientan los demás, es una forma de no querer y de dañar indirectamente. Como cuando sale en las noticias que han muerto un montón de niños en la otra punta del mundo y nos quedamos indiferentes.
    Creo que el problema de usar robots sexuales que emulan a personas a las que se puede dominar e incluso maltratar sin consecuencias ni remordimientos, es precisamente que se normalizan y validan esos sentimientos y conductas, cuando son síntomas de problemas mentales que habría que tratar en la medida de lo posible.

    • Efectivamente, esa es la clave: la normalización de actitudes y planteamientos que, aunque no dañen directamente a alguien en concreto, favorecen, facilitan o relativizan acciones -u omisiones, como bien señalas- nocivas.

  3. Por un lado Eintein decía «Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad; el mundo solo tendrá una generación de idiotas», y por otro lado el humorista Louis C.K dice en uno de sus shows «Somos la peor humanidad con la mejor tecnología de la Historia». Se me han venido a la cabeza porque creo que hay relación entre ellas y con lo que se expone en el artículo. Parece que cuanto más eficiente es la tecnología más estúpida y prosaica es la humanidad, pero claro, cuanto más evolucionada es una civilización mejor tecnología desarrolla (en teoría). No sé… quizás el desarrollo tecnológico tiene la facultad de dividir en dos a la población (o mejor, en 2/3), y mientras a unos les hace elevarse y tener un mejor pensamiento crítico a otros solo consigue estupidecerlos y adormecer todas sus facultades, ya sea un SexBot o un microondas.

    • Así parece, y lo vemos, sin ir más lejos, con los medios de transporte: entre coches, ascensores y escaleras mecánicas, mucha gente casi no se mueve por sí misma. Einstein, Hawking y Clarke eran pesimistas; yo confío en que ese sector de la población que, como señalas, crece con la tecnología salve a la humanidad. Con ayuda de las máquinas inteligentes, como vaticinaba Asimov.

  4. Es perturbador este artículo, Frabetti. Tanto, y me perdone, que hasta llegué a dudar de la veracidad del contexto de la foto: no necesariamente tiene que ser un objeto sexual esa muñeca. Pero no hay dudas de que el sexo mueve hasta montañas. El único consuelo que me queda para no adherir a una indignada campaña moralizadora, es la certidumbre de que estaría condenada al fracaso como cualquiera otra. ¿Tendremos que vivir compartiendo esta realidad de la misma manera que han tenido que hacerlo los estratos más conservadores de frente a la normalización de la homosexualidad? ¿O puede haber un límite? No lo sé. Pero es muy perturbador todo esto.

    • Si tenemos en cuenta que hay países donde la prostitución infantil es tolerada y donde los abusos a menores son habituales y quedan impunes, ya nada puede sorprendernos en este sentido. Pero estoy de acuerdo en que ver la tecnología más avanzada al servicio de las perversiones más abyectas resulta especialmente perturbador.

  5. Perdón que me meta tarde a la discusión. De entrada me declaro también asustado por la posible potenciación que tengan estas perversiones de cuenta de la tecnología. Pero, continuando con la mirada freudiana que se percibe en la explicación de la economía del placer, ¿podría caber la posibilidad de que estos medios tecnológicos que permiten jugar con las perversiones, sean justamente los que a su vez abran un horizonte para su elaboración, resignificación y posterior terapia?

    Podría ser paradógicamente una oportunidad para evitar que personas reales resulten lastimadas.

    • Podría ser, desde luego; pero en un mundo mercantilizado y regido por el afán de lucro, por desgracia es más probable lo contrario. Los opiáceos pueden ser valiosos medicamentos, pero la producción está mayoritariamente orientada hacia el fomento de la drogodependencia.

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