Eros Ocio y Vicio

Las máquinas del sexo

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Barbarella, 1968. Imagen: Dino de Laurentiis. Distribuida por Paramount Pictures.

(Viene de «El sexo de las máquinas»)

Desde su aparición en 1962, pero sobre todo a raíz del éxito internacional del lujoso álbum publicado por Éric Losfeld y de la adaptación cinematográfica de 1968, Barbarella se convirtió en la gran heroína de la ciencia ficción erótica, que, sobre todo en el cómic, alcanzó su máximo desarrollo en la década de los setenta del siglo pasado, coincidiendo con la impropiamente denominada «revolución sexual» y la irrupción del feminismo en la escena cultural y política.

Entre las muchas y muy variadas aventuras eróticas de la incombustible Barbarella, cabe destacar dos coprotagonizadas por sendas máquinas: su coyunda con el robot Diktor y su confrontación con la «máquina excesiva» del perverso doctor Duran Duran. A destacar que Diktor, aunque vagamente antropomorfo, no es un androide propiamente dicho: está más cerca del Hombre de Hojalata de El mago de Oz que de los replicantes de Blade Runner.

En cuando a la «máquina excesiva», inspirada en el acumulador de orgones de Wilhelm Reich, es un «órgano sexual» en el sentido más literal de la expresión: cuando se pulsa su teclado, la víctima atrapada en el interior de la máquina recibe una sinfonía de impulsos eróticos tan intensos que acaba muriendo de una sobredosis de placer. A no ser que la víctima sea una superheroína sexual como Barbarella, que acaba cortocircuitando el artilugio.

Las máquinas eróticas no antropomorfas no han tenido mucho éxito en la cultura de masas —aunque no se puede dejar de mencionar el orgasmotrón de Sleeper (1973), de Woody Allen—; pero los robots amorosos ocupan un lugar muy destacado y muy suyo tanto en la literatura como en el cine de ciencia ficción.

Los replicantes de la serie Nexus-6 de Blade Runner (1982) siguen siendo los androides más inquietantes del cine, y uno —una— de ellos se define de forma explícita como «modelo básico de placer»: la implacable Pris, heredera directa de Coppelia y de Hadaly (la protagonista de La Eva futura, de Villiers de L’Isle-Adam), los primeros súcubos mecánicos capaces de seducir a los incautos humanos.

Menos voluptuosa que Pris, pero aún más perturbadora e implacable, la Ava de Ex Machina (2015) utiliza su poderosa inteligencia artificial para burlar a su creador y enamorar al joven programador encargado de determinar, mediante una versión actualizada del test de Turing, si la ginoide tiene conciencia, en un claustrofóbico juego especular en el que al final no se sabe quién —o qué— está evaluando a quién.

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14 comentarios

  1. Interesante aunque respecto a su visión de «No hay androides sexuales masculinos porque Patriarcado» discrepo completamente. Algo como los robots sexuales interesa a hombres y no mujeres, porque estos suelen ser los perdedores en el mercado sexual (para que se haga una idea, una mujer en Tinder, incluso si no cumple con los estándares de belleza, recibe 10 veces más respuestas que un hombre). Sencillamente, las mujeres tienen muchísima más facilidad para encontrar pareja, el que consideren a dicha pareja a «su altura» ya es otra cosa…

    • Pero es precisamente la lógica patriarcal la que hace que se vea a las mujeres como objetos, y por eso hay más demanda. Por la misma razón, hay mucha más prostitución femenina que masculina: porque se considera mucho más normal que un hombre «use» a una mujer que lo contrario.

      • Hombre, una razón menos rebuscada puede ser que las mujeres se abren de piernas y ya, mientras que a ver quién es el guapo que erecciona delante de un adefesio o una momia de 80 años. ¡A veces, ambas cosas a la vez!

        • No es tan simple como abrirse de piernas «y ya», y, además, las mujeres corren muchos más riesgos en su relaciones con los clientes. No en vano hay un Jack el Destripador (muchos, en realidad) y no una Mary la Castradora.

  2. Que es el sexo? ¿Cuando simplemente se estimulan los nervios de los órganos sexuales sin que haya una asociación mental con personas o ideas, eso es sexo? ¿O es simplemente una reacción fisiológica casi refleja?
    Mi opinión es que el sexo es una forma de buscar i manifestar afecto o amor. Cuando nos damos placer a nosotr@s mism@s mediante la estimulación sexual, puede ser una forma de autocuidado, de autoamor.
    Cuando tenemos sexo con otra persona también hay esa necesidad afectiva subyacente.
    Lo que pasa es que a veces, desde pequeñ@s, con mucho dolor aprendemos que querer es hacerse daño, que querer es discutir, poseer, ignorar, agredir, etc. Y eso también se manifiesta en el sexo. Si hemos aprendido que relacionarse de forma íntima con los demás es peligroso y hace sufrir, una consecuencia puede ser el miedo a la intimidad con los/las demás y eso se puede traducir, por ejemplo, en una frialdad o en algunos casos egoismo en el sexo con los demás.
    Lo mismo pasa con algunos roles hombre/mujer de nuestra sociedad, lo que hemos interiorizado a veces nos limita.
    Ojalá consigamos ser más libres, y poder querer más y mejor. ;)

    • Así es, por desgracia, y eso explica fenómenos tan extremos como el de los «herbívoros» japoneses, heterosexuales que rechazan las relaciones con mujeres, o los hombres que se casan con hologramas, las muñecas de silicona…

  3. Creo que para “ser más libres y poder querer más y mejor” en cierta medida vale la respuesta que un desconocido dio a la encuesta <“Qué es para usted vivir? <Prescindir del sexo, contestó ese iluminado sufriente. No sé cómo lo llevan las mujeres, pero para nosotros es un “fardello ingombrante”. Nos arrastran hasta las más altas y sublimes vetas del arte y desde allí caemos en horrores de todo tipo: desde el aburrimiento, el desorientamiento, los agravios, la displicencia, el abandono, los celos, las traiciones hasta el crimen. Si estamos en este mundo para cambiar, ya llegarán los tiempos en los cuales veremos nuestras prácticas, ritos, poses y actitudes de cortejo solo en los animales inferiores que, espero, lograremos preservar del desastre actual, y en el zoo de turno indicaremos a nuestros descendientes con un mixto de asombro y pena, cómo nos reproducíamos. Bien vengan los robots con sexo, y que se las arreglen ellos. Comentarios geniales.

    • Y sin embargo Walt Whitman afirma: «Mas todo falta si falta el sexo». No cabe duda de que causa problemas, pero también puede darnos algunas alegrías.

    • Interesante reflexión Eduardo Roberto, podríamos ver el sexo como algo que hay que erradicar para poder evolucionar, o como una herramienta para relacionarnos que podría evolucionar junto con nosotros y hacernos mejores.

  4. The Lady of Shalott

    Quizás la carencia de un imaginario de robots sexuales masculinos, aparte de todo lo explicado en el artículo, responda – como tantas otras cosas- a la falta de acceso que las mujeres tuvieron a la Ingeniería y las carreras científicas en general. Imagino que si el número de mujeres en este tipo de carreras estuviera equilibrado al de los hombres muchas cosas que nos rodean serían muy diferentes. A saber: ya no tendríamos la regla (porque se habría avanzado enormemente en suprimir este malestar), no se dilapidarían las ayudas al I+D en desarrollar aunténticas chorradas (una parodia de esto lo vemos en la película Idiocracia), los tratamientos químicos para neutralizar algunos comportamientos estarían avanzadísimos, y casi seguro que tendríamos al alcance una gran variedad de SexDolls masculinos que cumplieran su función sin miedo a que se pongan violentos… No es casual que la visión que Hoffman tuvo de Coppelia sea diametralmente opuesta a la que Shelley tuvo de La Criatura Frankenstein.

  5. Frieda Boher

    ¿Donde queda el satisfyer en esto del sexo y las máquinas?

    • Es otro tema muy interesante; pero creo que habría que distinguir entre instrumentos y robots. Expresándolo en forma de regla de tres, el Satisfyer sería al robot sexual como un calzador a Robby calzando a la chica en la ilustración de «El sexo de las máquinas». La clave está en la imitación de la humanidad.

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