
Con el recorrido que trazan los pasos de una persona por la gran ciudad, se van formando letras; invitaciones a la lectura de una historia que da comienzo en Brooklyn, aunque, de momento, su protagonista no lo sepa. Se trata de un escritor que persigue sombras y lo hace envuelto en una piel tan suave al tacto como la niebla. Por ahora, desconocemos su nombre real; se muestra tan poco satisfecho consigo mismo que siempre anda a la búsqueda de otras identidades bajo las que ocultarse. Algo le dice que caminar con su verdadero nombre impediría sus movimientos. Por eso se hace llamar con nombres inventados, seudónimos que le van a dar libertad de acción por las calles de una ciudad que se renueva a cada paso.
De la misma manera que las novelas de caballería le fueron útiles a Cervantes para escribir su parodia, nuestro escritor se sirve de la novela negra para poner en marcha la suya. Se va a titular La ciudad de cristal y la culpa de que todo empiece la va a tener una llamada de teléfono en mitad de la noche.
—¿Quién es? —pregunta Quinn, el protagonista de la novela; un hombre que no merece que nos detengamos mucho en él.
—¿Oiga? —salta la voz al otro lado de la línea telefónica.
—Le estoy escuchando. ¿Quién es? —vuelve a preguntar Quinn.
—¿Es usted Paul Auster? —pregunta la voz—. Quisiera hablar con el señor Auster.
—Aquí nadie se llama así.
—Paul Auster, de la agencia de detectives Auster —vuelve a decir la voz, al otro lado de la línea telefónica.
—Lo siento, debe de haberse equivocado de número —dice Quinn, antes de colgar.
La idea de equivocarse de número de teléfono es, por sí misma, toda una intriga propia de las novelas policiacas que Quinn escribe bajo el seudónimo de William Wilson y que están protagonizadas por el detective Max Work. Por lo mismo, a Quinn no le será difícil comprender que se mueve dentro de un mundo ficticio donde nada es real, excepto el azar.
La suerte está echada y, con el impulso de unos dados sobre el tapete de juego, la novela se entrega a la casualidad. Unas noches después volverían a llamar por teléfono. Pero, esta vez, Quinn no vacila. Descuelga el teléfono y dice:
—Al habla. Yo soy Auster.
A partir de este momento, Quinn acepta un caso que está lleno de trampas y de lenguajes secretos. Un juego de espejos que, por sí mismo, se muestra vacío; el valor lo obtiene por el resultado de imágenes que el espejo contiene. Porque cada espejo es, en sí mismo, lo más parecido a una novela; el único lugar del mundo donde los desconocidos pueden encontrarse con total intimidad. Algo así ocurre cada vez que Quinn se asoma al cuaderno rojo donde va apuntando las observaciones que le salen al encuentro. Ha aceptado el caso y con ello también ha aceptado la irrealidad que lo envuelve.
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El párrafo del yo y del private eye me ha parecido brillante.
Vaya con estas especulaciones que tienen un fondo de verdad. Restando dentro de la fantasía, tiempo atrás escuché decir a uno que, como cualquier hispano parlante, era imposible no sentirse consanguíneo con el Quijote, que hubiera sido un honor haberlo tenido como pariente, pero que no habría dudado en negar tener relaciones algunas con uno que andaba por ahí liberando condenados o presentando batalla a molinos de viento. Y terminaba filosóficamente diciendo que, lamentablemente, siempre hay una oveja negra en la familia. Era el mismo que a su vez afirmaba que Don Quijote fue un personaje histórico real que, no sabiendo escribir y queriendo hacer un poema de amor para su amada, tuvo que confiar en un amanuense, don Cervantes, un vagabundo sin escrúpulo que olfateó el éxito literario y tergiversó todo agregando fantasías. Estrafalarias conclusiones que no hacen más que dar lustre a este pasado común y entrañable. Muy buena lectura.
Lo que Paul Auster no sabe, a día de hoy, 20 de marzo de 2020, es que la llamada telefónica preguntando por la Agencia de Detectives Pinkerton la realizará él mismo, el jueves 3 de febrero de 2028, a las 23:47, segundos después de fallecer.