
En el aire helado, tenues vahos de vapor se elevaban de la materia vomitada, cual maloliente ofrenda. Karras se sentía inquieto. Luego se le empezó a erizar el vello de los brazos al ver que poco a poco, con una lentitud de pesadilla, la cabeza de Regan giraba como la de un maniquí, crujiendo igual que un mecanismo oxidado, hasta que los fantasmales ojos en blanco se quedaron fijos en los suyos.
El exorcista. William P. Blatty.
Ellos habían quedado en jugar a la güija debajo del puente y yo me inventaba que no iba a salir porque me dolía la tripa.
Ellos me contaban que el vaso había estallado cuando la sesión se puso interesante y yo me tomaba la leche.
Ellos contaban la historia de las tijeras de Verónica y yo mordía muy fuerte la capucha del Bic.
No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.
Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre.
(…)
Por entonces mi hermano y yo dormíamos en la misma habitación de General Ricardos, un habitáculo decorado con pósteres del Atlético de Madrid, Samantha Fox y Rosendo. Cuando en la televisión del salón salían los dos rombos, cuando llegaba la hora de la carta de ajuste, cuando mis padres nos mandaban a la cama, escuchábamos la radio o nos contábamos historias antes de dormir. Y en un afán adolescente de atraparlo todo, nos daba por grabar nuestros programas favoritos de la radio.
En la Cadena del Water —aquella emisora alternativa de los ochenta donde nada estaba prohibido—, el programa de aquella noche iba sobre posesiones diabólicas. A mi hermano y a mí se nos ocurrió el siguiente plan: grabarlo todo entero, seleccionar luego las partes más terroríficas con una doble pletina, acojonar a nuestra hermana el sábado. A toda pastilla.
Así que le dimos al rec.
Y ya nunca más cerramos los ojos.
Grabamos el debate demonológico y oscuro. Grabamos los testimonios de familiares anónimos que explicaban sus exorcismos. Grabamos diálogos de películas de posesiones infernales, los ojos como platos. Grabamos las bromas que hacían los comentaristas al respecto y cuando se ponían extrañamente serios. Grabamos y grabamos: recuerdo aquella noche entre sudores. Hasta que el locutor advirtió de que el «Ave Satani» de Jerry Goldsmith —el tema central de la película La profecía que acabábamos de escuchar— era utilizado en rituales satánicos para invocar al mismísimo demonio.
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Como siempre, un artículo espectacular…no hay mayor terror que el que genera el maligno.
El maligno? Un aficionado, si a lo que se dedica es a hacer bromas pesadas y trucos de feria. Lo que da terror de veras son la gente que cree en el y en dios. Como la madre de la niña Ana Rosa Gonzálvez, que intentó exorcizarla destripándola. Como los padres de David K., de Ekaterimburgo, que lo mataron de una paliza para quitarle al diablo. Como Vanessa Aparecida Ramos, que dejó a su hija en el maletero de un coche hasta que murió, para «echar a los demonios y hacer la voluntad de dios». Como los padres de Anneliese Michel, enferma de epilepsia y psicosis, a la que sus padres dejaron morir de hambre pensando que estaba poseída, y de cuyo caso unos malparidos hicieron luego una película de miedo y espectros para hacer caja. Y tantos curas que aún quedan y que se dedican a tratar enfermedades mentales con ritos gilipollas, dañando aún más a los enfermos. Eso sí que acojona..
JD tendría que considerar que hay lectores que, aun teniendo una cierta cultura que los galvaniza contra supercherías absurdas, no por eso dejan de ser impresionables. Entiendo que hay que hablar de todo porque de otra manera no seríamos jamás libres, pero hago llegar mi solidaridad a esa indefensa hermanita espantada (siempre nuestras víctimas preferidas) por un hermano mayor desconsiderado y que merecería, como en el film Pulp Fiction estar encerrado y encadenado dentro de un baúl y aireado cada tanto. Lectura de difícil digestión. Gracias.
La niña de poltergeist no murió de un paro cardiaco. Murio de estenosis aguda derivada de la enfermedad de chron.
Cualquier leyenda urbana se puede desmontar buscando un poquito. Pero es cierto que el miedo es algo irracional, y aún sabiendo que algunas cosas son completamente mentira e imposibles, las tememos. Tememos lo que no podemos ver, entender o controlar. Y haciendo apología de esos miedos algunos (bastantes) llevan viviendo de puta madre más de 2000 años…
Como el supuesto fantasma de un niño que aparece en un fotograma de la peli ‘Tres hombres y un bebé’ que es en realidad una figura de cartón de ted danson que sale además en otra parte de la película. Alguien se la dejó olvidada tras la cortina del plató que simulaba una casa y ya está la leyenda circulando. Da igual que se vea claramente que es un cartón de ted danson un poco inclinado y que no rodó en ninguna casa donde un niño muriese sino en un estudio en Vancouver, es un fantasma y sanseacabó.
Mucho amargado veo…. Al que le gusten los relatos de terror, lo habrá disfrutado. Yo lo he hecho. Para quejas sobre la Iglesia, sobre comportamiento de adolescentes que putean a hermanas pequeñas, etc, diríjanse a la Conferencia Episocopal o al Defensor del Menor, gracias.
Un gran artículo
Bravo, gracias.
Vaya soberana sarta de patrañas y majaderías. Aunque reconozco que el tío tiene talento para la inventiva. Es una historia entretenida.
Todo eso de las muertes coincidiendo con rodajes de determinadas películss son eso :PURAS COINCIDENIAS Y CASUALIDADES.
Pero ya vemos cómo estos trileros tienen su público.
Jojojo, debe ser que el demonio se cabreó porque rodaran El Exorcista y se vengó cargándose a todas esas personas.
Mezcla verdsdes con mentiras y medias verdades. Todo lo que relata tiene explicaciones racionales.