¿Cuál de estas secuencias resume mejor la magia del cine?

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Nada para mantener el ánimo alto como el Buen Cine. Y me refiero al cine de mayor calidad, al más excelso, al que solaza nuestros espíritus. Esos clásicos irrepetibles e incomparables que todos conocemos y amamos: Donga, Supersonic Man, Mad Warrior, Süpermen Dönüyor. Hay escenas que condensan toda la magia del cine en breves minutos. Y no son solamente pretexto para alegrar esta época que nos toca sobrepasar, sino verdaderas canalizaciones del Talento materializado en Arte (porque la Jeta cinematográfica, amigos, es un talento exclusivo de algunos verdaderos genios). Por supuesto, esta lista de secuencias excelsas no es más que una humilde muestra y usted puede contribuir con otras maravillas similares. Cinéfilos del mundo, unámonos en estos tiempos difíciles; consideren estas escenas como un abrazo a todos ustedes.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Golimar! (Donga, 1985)

Una de mis secuencias favoritas y supongo que también la favorita de algunos de ustedes: la versión india del «Thriller» de Michael Jackson. Titulada «Golimar!», no es realmente una versión, sino que reproduce el fraseo principal de la canción de Jackson —también imita el videoclip— y lo utiliza como base para una maravillosa melodía indoochentera que se clava directamente en el cerebro. Créanme, después de haberla oído resulta imposible de olvidar.

La secuencia pertenece a la película Donga, que consiste en dos horas y media de mezcolanza típica de Bollywood: drama, comedia, romance y acción. Y, por encima de todo, números musicales psicodélicos que, aunque no tan trabajados como los de ciertas superproducciones posteriores, siempre son dignos de contemplar. Eso sí, «Golimar!» es el número más elaborado y el resto suele limitarse a los dos protagonistas cantando y bailando en mitad de un parque, rodeados de pistolas de lentejuelas o, como mucho, en un decorado de cartón piedra. Siempre, por descontado, con canciones y coreografías dignas de una boda arrabalera y con un epiléptico montaje cuyos cambios de plano podrían desorientar a un murciélago.

Toda la película Donga es una experiencia, si bien es bastante difícil aguantarla de un tirón porque está hablada en un idioma local, el telegu. Aun así, revisitar escenas sueltas de vez en cuando es todo un placer. Con todo, «Golimar!» es la que se ha hecho legendaria y con razón. Por el arrollador carisma del actor Chiranjeevi caracterizado como ¿zombi vampiro?, por sus espasmódicos movimientos, por su manía de berrear como un descosido cuando llega el estribillo. Y por ese falso eco, efecto sonoro de primer nivel conseguido mediante la avanzada técnica de repetir «¡golimar!» mientras se va alejando del micrófono. Grandioso.

Nota político-folclórica: Chiranjeevi, el protagonista, es inmensamente popular en la India y no solo por su trabajo en el cine, sino también por sus organizaciones filantrópicas (en especial una dedicada a las transfusones de sangre). Terminó metido a político y llegó a ser nombrado nada menos que ¡ministro de turismo! Su carrera política no duró mucho. Milita en el Congreso Nacional de la India, el partido de la saga Gandhi. Resulta que ese partido está mal visto en la propia tierra natal de Chiranjeevi, Andhra Pradesh. La India está dividida en estados federales autonómicos y un presidente territorial del partido de Golimar dejó el estado de Andhra Pradesh sumido en una terrible deuda pública. El propio hermano de Chiranjeevi militaba en un partido regionalista y hacía fiera campaña en contra del suyo. Nuestro amigo, temiendo una debacle electoral, renunció a presentarse al parlamento estatal, lo cual supuso que sus compañeros de partido empezasen a acusarlo de cobarde y traidor. El partido perdió un 95% de los escaños que había tenido en la anterior legislatura. A él no se lo ha vuelto a ver en la sede. Pobre Golimar.


Chúpate esta, Lawrence Olivier (Kareteci Kiz, 1973)

El cine turco es, por descontado, el principal proveedor de momentos cinematográficos portentosos. Es una fuente inagotable. Una de las escenas que ha alcanzado mayor fama es la ya apodada «peor muerte de la historia del cine» y es una auténtica delicia para los sentidos. La describo con brevedad: disparan a un tipo y el actor se tira un puñetero minuto de reloj berreando sin parar —pero ¡berreando más que Golimar!— y «muriéndose» dando tumbos de un lado a otro de la habitación. Ya saben, lo que Peter Sellers hacía en El guateque como parodia de los actores secundarios con excesivas ansias de atención. Pues aquí sucede en serio, con el aparente beneplácito del director turco Orhan Aksoy, autor de decenas de largometrajes de todos los géneros, desde dramas quinquis (sí, el género no fue inventado en España ni mucho menos) hasta «documentales» sobre body building.

Volviendo a la secuencia, el actor que nos legó esta Obra Maestra del Método Stanislasvki se llamaba, a ver si lo escribo bien [Nota insertada por el autor del texto: el autor del texto mira Google en pleno ataque de desesperación], Bülent Kayabaş. Durante su larga carrera trabajó en muchas películas, aunque nunca en papeles de relevancia. Eso sí, tuvo tiempo para gozar de un periodo de celebridad en su país gracias al éxito cibernético de esta antigua escena, redescubierta y subida a internet por algún usuario turco. Kayabaş se tomó esta repentina fama como humor: en un programa de la televisión turca lo entrevistaron y le proyectaron la secuencia; él miraba a su antiguo yo con cara de flipe total, aunque también quedaba claro que entendía la hilaridad de quienes estaban viendo la escena junto a él. Por desgracia, el simpático Kayabaş murió en 2017; era un tipo bastante querido y su entierro fue multitudinario.


Apenas puedo teclear de la emoción (Tough Guys Don’t Dance, 1987)

Vamos con algo serio, amigos y amigas. Estamos hablando nada menos que de una de las escasas incursiones tras la cámara del escritor Norman Mailer. Algunas de esas incursiones fueron más bien intrascendentes, ejercicios experimentales de finales de los sesenta, cuando esnobs de medio mundo estaban intentando ser Godard. El propio Mailer aparecía «actuando». Simples anécdotas. Pero en 1987 Mailer escribió y dirigió una película protagonizada por dos estrellas en horas bajas. Por un lado, Ryan O’Neal, que para toda una generación de madres y abuelas era «el chico de Love Story», el drama romántico más célebre de los setenta (no el mejor, pero fue un fenómeno social en su día). La fama de O’Neal se estaba diluyendo. Por otro, Isabella Rossellini estaba consiguiendo quitarse, gracias a Blue Velvet, el sambenito de ser solamente «la hija» de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, aunque esta película de Mailer bien pudo haberle hundido el prestigio (la actriz recibió el premio Razzie a la peor interpretación del año).

Pero bueno, todo esto podría haberse resumido diciendo que Tough Guys Don’t Dance estaba producida por Cannon Films. Y ya saben, los controles de calidad de Cannon Films eran completamente inexistentes.

La escena más antológica es la demostración definitiva de que Ryan O’Neal era incapaz de actuar, pues se había pasado toda su carrera poniendo cara de que se le acababa de morir el periquito. Pero también de que Norman Mailer no debería haberse acercado a una cámara ni para pasarle el plumero. No sé qué les pasaba a ambos por la cabeza, La secuencia consiste en que O’Neal se va a una playa para leer una carta (¿por qué a la playa? ¡Bienvenidos a la nave del misterio!). En esa carta le dicen que su mujer le está siendo infiel. Y la reacción de O’Neal es ponerse a repetir «¡Oh, tío! ¡Oh, Dios!» mientras Mailer, que por lo visto no había superado la etapa godardiana de su crecimiento personal, pone la cámara a dar giros sin sentido. Supongo que tratando de expresar la angustia del personaje. No lo sé. No consigo descifrar esta escena. Está más allá de mis capacidades.

Eso sí, O’Neal, que no iba a ser menos que su compañera de reparto, fue nominado al Golden Raspberry a la peor actuación del año. En aquella edición de los Golden Raspberries, Tough Guys Don’t Dance fue nominada a siete categorías. Además de las de peor actor (O’Neal) y peor actriz, estuvieron las de peor guion (Mailer), peor actriz secundaria, peor talento emergente y por supuesto peor película. Eso fueron solo nominaciones; Norman Mailer, cómo no, consiguió llevarse el trofeo a peor director.

Gloriosa secuencia. El resto de la película se la pueden ahorrar.


Superman y Spider Woman (Dariya Dil, 1988)

Joya clásica del Bollywood ochentero dirigida por K. Ravi Shankar (que, no se asusten, no es el virtuoso del sitar que dejó a todo el mundo flipado en el festival de Monterey). Como de costumbre en este tipo de cine, es un pastiche de géneros —comedia, melodrama, acción— con la consabida dosis de cancioncitas dignas del expositor de casetes de una gasolinera. Las coreografías son por momentos dignas de una función de escuela primaria, aunque supongo que estaban pensadas así para que el público las pudiera imitar, ya que el actor protagonista había sido bailarín profesional; desde luego, se lo ve más suelto que a Golimar.

Y bueno, qué decir: nada, absolutamente nada de lo que hagan Marvel o DC puede superar esta maravilla. La secuencia lo tiene todo: efectos especiales hechos con papel cebolla, superhéroes bailando en las afueras de Mumbay, besos más propios de periquitos que de personas, y un Superman al que le sudan las axilas porque claro, no sé cuánto calor hacía en el planeta Krypton, pero parece ser que no tanto calor como en el verano de la India.

Una completa delicia.


El héroe disco (Supersonic Man, 1979)

No piensen ni por un momento que España no puede competir en la escena internacional. Puede que Turquía, India, Italia o Filipinas sean potencias productoras de morralla cinematográfica, pero nosotros también hemos ofrecido al mundo productos verdaderamente fabulosos. Uno de los más reconocidos por los connoisseurs de otros países —cabe aclarar que esta película fue emitida en muchas televisiones— es Supersonic Man, nuestra particular iniciación en el género de los superhéroes. Fue dirigida por Juan Piquer Simón, cineasta valenciano responsable de una filmografía que solamente puedo calificar como monumental. Y Supersonic Man es su particular pirámide de Keops.

Es una película que lo tiene absolutamente todo. Podemos ver a nuestro héroe levantando con fuerza sobrehumana un tractor de madera; quien hizo el trabajo de las maquetas debió de pasarse las jornadas en un bar cercano o es que le dieron el mismo presupuesto que se le da a un escolar para sus trabajos manuales. Tenemos al ínclito Cameron Mitchell, actor estadounidense que es toda una leyenda en la serie B internacional y creo que cualquier degustador de bodrios exquisitos estará familiarizado con él. También podemos contemplar escenas tan aparentemente inconcebibles como aquella en que el entrañable José María Caffarel es atacado por un robot que parece salido de algún mercadillo dominguero. Y los más mayores quedarán sorprendidos por este dato, pero hasta sale Quique Camoiras encarnando un personaje típico de Quique Camoiras.

Mi intención inicial era poner la escena del tractor, pero no la encuentro por ningún lado, así que haremos dos cosas: una, recomendarles que intenten ver entera esta alucinante película. Y dos, les mostraré el inicio de la película, porque una de sus armas secretas es su indescriptible canción principal. Como se ve que no tenían un John Williams a mano (sí existían algunos grandes compositores cinematográficos en España, pero claro, supongo que no veían claro lo de trabajar en esto), los productores decidieron tirar por lo que estaba de moda en 1979: ¡música disco! La canción principal, combinada con las primeras imágenes del film, es una vivencia artístico-sensorial comparable a la música de Strauss en la obertura de 2001: Una odisea del espacio. Algo que no se analiza, se experimenta.

Esa música, por supuesto, hace que visto desde hoy todo parezca mucho más irreal, como haberse encontrado con un artefacto extraterrestre, pero yo ¡reto a los jefes de Marvel Studios, esos aficionadillos del tres al cuarto, a que pongan este tema en una de sus películas!


Acción trepidante (Süpermen Dönüyor, 1979)

Una vez más, también con los superhéroes, Turquía fue una dura competencia. Le tengo más cariño al Superman indio porque baila y hace el gilipollas, pero el turco no se queda muy atrás. Como de costumbre en el cine otomano de la época, en esta Süpermen Dönüyor, no solo plagiaban el personaje, sino que se apropiaban de la música del original estadounidense. Vamos, que si tuvieran que pagarle a John Williams los derechos por lo mucho que han usado su música en el cine turco, aquel país nunca remontaría su deuda pública ni aun encontrando yacimientos de petróleo en todas las esquinas.

Esta secuencia es tan compleja que no sé cómo describirla. Los pescadores saludan a la cámara. El director usa varias veces un mismo plano (aunque bueno, esto es habitual en la serie B). La cabeza de Superman resuena como un diapasón cuando le pegan (¿es para darnos a entender que no tiene cerebro?) y sus superpuñetazos no dejan inconsciente a nadie. Los malos atacan con cuchillos de goma hasta que consiguen reducir a Superman dándole abrazos (¿?) y bailando el corro de la patata (¿¿??). Esto es demasiado intelectual para mí.


El mundo mágico del oso hormiguero (Los nuevos extraterrestres, 1983)

El apoteósico éxito internacional de E. T. el extraterrestre tuvo un impacto descomunal sobre la industria internacional del espectáculo. La película era y sigue siendo absolutamente sensacional, pero sus efectos secundarios (que no fueron culpa de la propia película) fueron indescriptibles, incluyendo aquel videojuego de Atari que contribuyó entusiásticamente a hundir el sector en los Estados Unidos.

Otro de los efectos fue la oleada de imitaciones en las industrias cinematográficas de medio mundo. Imitaciones que solían adolecer de dos problemas principales. Uno, la falta de presupuesto. Dos, la visible falta de ganas e inspiración de guionistas y directores. Y tres, la jeta de los productores de turno a quienes les bastaba con poner ante la cámara a un niño que se hiciera amigo de algún bicho repugnante para pretender conseguir un efecto parecido al que había conseguido Spielberg. Y claro, no era la manera de conseguirlo.

En España, una vez más, fue nuestro querido Juan Piquer Simón quien estaba de guardia para recoger el guante. Es decir, también estuvieron los hermanos Calatrava con El ete y el oto (¿el título más inteligente de la historia del cine? ¡Quizás!), pero Piquer realmente buscaba la ternura, no una parodia. En esta secuencia se resume como ninguna otra la evocadora magia de la amistad entre el niño protagonista y una especie de oso hormiguero que, al menos, no es tan aterrador como los pseudo E.T. de otros países. Y cuando hablo de «magia» me refiero a que, más allá de la psicótica música circense, nos entran mágicos temblores porque esto parece digno de Poltergeist.


La ternura (Badi, 1983)

Siguiendo con las oportunistas copas de E.T., la versión turca fue, por descontado, la que tumbó al resto de la competencia (incluyendo a los Calatrava). Porque dudo que se haya vuelto a ver algo tan horripilante en una pantalla de cine. Es decir, el marcianito de Spielberg era feo, de acuerdo, pero su diseño estaba muy bien estudiado: inspiraba ternura con sus ojos grandes, sus expresiones infantiles, etc. Cosa que no puede decirse de esta abominación surgida de las pesadillas de algún diseñador turco. Si los perpetradores de esta película pretendían inspirar «ternura», supongo que acabaron en alguna institución psiquiátrica. Es decir, en comparación con esta criatura aberrante, el xenomorfo de Alien parece un simpático caniche. Tampoco ayuda a permanecer tranquilo el —por otra parte sensacional— sonido de la secuencia, que parece concebido para conseguir la rendición de los davidianos de Waco.

Como detalle complementario y en la mejor tradición de las producciones turcas, donde el concepto copyright era sistemáticamente ignorado (quizá porque copyright eran letras extranjeras) el cartel publicitario de Badi incluía a la nave USS Enterprise. Sí, la de Star Trek.


Mazorquing is sexy (Troll 2, 1986)

Troll 2 es, ya lo saben ustedes, una de las películas malas más célebres del planeta. Mucha culpa la tiene la interpretación más sobrecogedora de todos los tiempos. Aunque yo creo que hay películas malas mucho mejores —si esto, dicho así, tiene algún sentido—, admito que Troll 2 es una joya. Hay cosas bastante originales en ella. Por ejemplo, en la serie B es fácil asociar los subtonos homosexuales a subgéneros como el peplum de los años sesenta, pues los romanos musculosos en taparrabos eran una de las pocas maneras en que el público gay podía recrearse la vista sin que interviniese la censura. En los años ochenta seguía existiendo estigma cultural en torno a la homosexualidad; menos, sí, pero lo había (en cine más que en la música), así que todavía se necesitaban subterfugios para lanzar ciertos mensajes. Pues bien, Troll 2 está repleta de subtexto homosexual, aunque casi siempre sutil. De hecho, esas secuencias son las más normales de una película que, en casi todo el resto de su metraje, parece concebida (y rodada) con todo el personal en pleno viaje de LSD.

Con una gloriosa excepción: la escena en que una bruja seduce a uno de los protagonistas. Ahí, el subtexto homosexual (o bisexual, si quieren) no solamente ya no es sutil, sino que es presentado de la manera más hortera imaginable: ¡con una mazorca de maíz! El juego de seducción de la bruja no solo consiste en emplear el maíz para un más que evidente «compartamos un pene», sino que termina ¡con una eyaculación a base de palomitas!

Ya le hubiese gustado a Tarkovski tener esta finura para encapsular conceptos profundos y convertirlos en Arte.


El café (Fateful Findings, 2013)

Neil Breen es un cineasta único. Es decir, es único porque está trastornado y se ha convencido a sí mismo no solamente de que es un genio, un espécimen diferente al resto de la raza humana, sino un factor de cambio en la historia. Quizá se explica mejor este alocado concepto de sí mismo si recordamos que, antes de cineasta, Neil Breen fue arquitecto. En cualquier caso, ha financiado sus propias películas y lleva cinco «estrenadas» desde el año 2005. Todas ellas, por supuesto, giran exclusivamente en torno a él mismo. Ajeno a las modas, ajeno a la industria y ajeno al hecho de que medio mundo se está riendo de él, Neil Breen escribe, dirige y protagoniza largometrajes en los que interpreta a superespías con poderes mágicos, a enviados proféticos modificados por los extraterrestres o a mesías cyborg llegados desde sabe Dios dónde.

La temática siempre es la misma: él, Neil Breen, está aquí para hacer una purga y eliminar todos los males del mundo, con especial énfasis en políticos, banqueros y multinacionales. Sí, admito que esto suena bien. Pero hay dos problemas. Uno, que Breen pretende emplear soluciones a lo Thanos. Y dos, que es imposible tomarse su mensaje en serio porque su incompetencia cinematográfica llega a extremos nunca vistos. Sin exagerar, a su lado Tommy Wiseau parece Stanley Kubrick.

Neil Breen tarda entre tres y cuatro años en estrenar cada película, pero siempre parece que las ha rodado en una semana. Y no por la falta de medios porque hay gente que sin medios hace grandes cosas; algunas muy buenas películas han sido rodadas hasta con móviles. El problema de Neil Breen (sin contar el aspecto mental) es que está anclado en recursos de producción más propios de un «niño rata» de los años noventa. Por ejemplo, transparencias cutres sobre fondos de stock; ya saben, imágenes gratuitas que cualquiera puede usar en sus vídeos de cumpleaños y demás chorradas intrascendentes. O efectos especiales dignos de Windows 95, ese tipo de cosas.

Todo esto carecería de importancia si no fuese por el punto fuerte de sus películas: él. Lo que voy a decir podrá parecer una paradoja irresoluble, pero Neil Breen se sobrepasa a sí mismo con su propio carisma. Actúa tan espantosamente mal que uno no puede apartar la mirada de la pantalla y se produce una singularidad en la que su trabajo como «actor» termina siendo magnético, hipnótico. Mi sueño dorado es que le concedan un Óscar y lo veamos en la gala soltando un discurso como el de sus películas: «Me ha decepcionado vuestra raza, la raza humana, he venido aquí para cambiar el planeta», etc. Pero nunca le darán el Óscar porque Breen expondría, en el breve lapso de treinta o cuarenta minutos —que calculo es lo que duraría su discurso—, todas las hipocresías de Hollywood y de la Casa Blanca y de la CIA.

Emociónense con esta sobrecogedora interpretación, y después intenten localizar todas sus películas. No tienen desperdicio.


El motocarro (Mad Warrior, 1984)

Más injusticias: que en las listas de los vehículos más memorables del cine nunca figure el motocarro de Mad Warrior. Me explico: Mad Warrior es una de las incontables imitaciones de Mad Max que se rodaron durante los años ochenta. Dado que Mad Max fue hecha con poco presupuesto y se convirtió en la película más rentable de toda la historia del cine (ahora lo es Paranormal Activity), hubo decenas de productores que se lanzaron a la piscina de la acción apocalíptica. Surgieron decenas de largometrajes desde todas partes del mundo aunque, en realidad, la única acción realmente apocalíptica es la de sentarse a verlos.

Esta película es la magnum opus del director filipino Wilfredo de la Cruz, más conocido como Willy Milan, pseudónimo que, ya lo sé, parece el nombre artístico de un animador de cumpleaños. El caso es que, en los inicios de su carrera, Willy Milan fue un actor carismático que siempre, incluso cuando fue cumpliendo años, tuvo un aire a Toshiro Mifune. Y claro, parecerse a Toshiro Mifune es un plus automático de carisma en cualquier circunstancia. Pero Milan terminó reconvertido en director de películas, generalmente de acción que, bueno, no podemos decir que se hayan convertido en ejemplos a imitar. Al menos en su mayoría.

Mad Warrior, esta sí, debería ser imitada. Hay demasiados detalles psicodélicos como para enumerarlos todos, pero lo que seguro nunca han visto es una «trepidante» persecución protagonizada un motocarro. Para que se hagan una idea del nivel de la producción, el motocarro es el elemento estelar. Usado en varias escenas y con varios propósitos, cobra vida por sí mismo y debería estar expuesto en algún museo del séptimo arte.


El entrenamiento (Dünyayı Kurtaran Adam, 1982)

Doy por hecho que ya conocerá usted la famosa «Star Wars turca», película que se dedicó no solo a plagiar, sino a reutilizar con apoteósico descaro metraje original y fragmentos sonoros de La guerra de las galaxias y otras películas (¡Huy! Alguien no previó el advenimiento de internet). El director Çetin Inanç justificó el robo de secuencias por la pura necesidad, ya que una tormenta destruyó muchas de las maquetas que tenía preparadas y se vio «obligado» a usar material ajeno para completar ciertas escenas. Bien, demos el pretexto por bueno. Por qué no íbamos a confiar en un cineasta que incluía estrangulamientos de niños en sus películas.

Toda Dünyayı Kurtaran Adam (que se traduce «El hombre que salvó el mundo» aunque, incomprensiblemente, no aparece Neil Breen) es una absoluta maravilla, una absorbente traslación del universo Star Wars a un universo paralelo donde no se cumplen las leyes de la lógica, un agujero negro de cuyo campo gravitatorio no escapan ni la luz ni la vergüenza. Nada, en ninguna de las trilogías de Lucasfilm, puede compararse a este entrenamiento jedi que, no bastando con ser absolutamente apabullante por sí mismo, sucede ¡con la música de Indiana Jones de fondo!

Çetin Inanç, que la jeta te acompañe.


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9 comentarios

  1. Jose A.

    Revisad el cuadro de votacion: no aparece la peor muerte de la historia del cine (y quiero votarla)

    • blunsburibarton

      No hay nada que revisar. Es cuestión de nomenclaturas. Lo que usted denomina la peor muerte de la historia del cine figura en la caja de voto como chúpate esta. No obstante yo le pediría que revisase su opinión con un visionado adicional a El entrenamiento. Cierto es que su elección es notable pero El entrenamiento desafía nuestros sentidos en tantas formas (acción y tensión amorosa a raudales) que apenas puedo entender por qué motivo no es la secuencia ganadora.

  2. Me he partido el ojete…Muy bueno.

  3. daniaaaa

    Echo en falta la escena del cagarro en Caotica Ana, por lo demas gran seleccion.

  4. PiliWanKenobi

    Golimar entraría en el rubro “vieoclip” y no en “secuencia de cine”.

  5. Lareon Falken

    Decir que me he hartado de reír no es descripción adecuada. Y mi ganador es, indudablemente Badi. Y es que si eso es dar ternura (esa banda sonora que deja a la de “Psicosis” en pañales, ese amantísimo padre turco a punto de calzarle un h*sti*n al que cree que es su hijo, ese ente que deja a Sadako Yamamura como una dulce cría aficionada a visitar pozos) el día que ese equipo de dirección-producción quiera asustarnos, la palmamos todos de forma agónica. Por dios, que MOMENTAZO.

  6. Bueno, bueno…tengo que detener por hoy la lectura y el visionado (y la risa…) Es realmente un placer culpable y exquisito mirar estos bodrios del cine. Me guardo el resto para disfrutarlo otro día. Gracias por el trabajo, Emilio !

  7. Dash Rendar

    La música del comienzo del clip del Star Wars turco es además una versión pastabasera de los primeros acordes de Battlestar Galactica. Estos turcos sí que saben.

  8. elmer homero

    yo propondría la escena de la violación en “Intrepidos Punks” (con banda de rock salida de quien sabe donde incluída) o de esa misma pelicula, la pelea con cadenas (de plástico)

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