Susana Martínez-Conde: «La multitarea es igual para hombres y para mujeres: ninguno podemos hacerla bien»

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Susana Martínez-Conde es neurocientífica, profesora de Neurología y Oftalmología en la State University de Nueva York y directora del laboratorio de Neurociencia Integrativa del Downstate Medical Center. Es conocida también por su trabajo divulgativo en torno a las ilusiones perceptivas en libros como Los engaños de la mente: Cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro. Con ella conversamos sobre la manera en que nuestro cerebro procesa (e incluso reinventa) la información del entorno y los curiosos efectos que su manera de funcionar tiene sobre lo que lo que creemos saber acerca del mundo que nos rodea, que no siempre es como creemos: ilusiones, errores perceptivos, alucinaciones, fenómenos de la memoria como el déjà vu o ese famoso vestido que diferentes personas ven de distinto color. 

¿Es cierto que casi toda nuestra percepción es ilusoria y que el cerebro solamente es capaz de procesar un 5 por ciento de la información visual de nuestro entorno?

O menos, en realidad. Es difícil darte un porcentaje. Digo que la mayoría de nuestra percepción es ilusoria porque la riqueza de detalles de nuestra experiencia perceptual subjetiva es mucho mayor de lo que alcanza a captar nuestra entrada sensorial. Tenemos más de dos docenas de áreas cerebrales que procesan información visual y conocemos medianamente bien quizá las tres primeras. Tomemos el ejemplo visual más simple: una figura geométrica como un cuadrado, un círculo o un triángulo. Al llegar a la tercera etapa de procesamiento, que sería la corteza visual primaria, estas neuronas solo estarían respondiendo a los bordes de las figuras geométricas. Si les pudiéramos preguntar a estas neuronas «¿Qué es lo que ves?», dirían que están viendo solo el marco del triángulo o el contorno del círculo. Las áreas cerebrales posteriores a la corteza visual primaria están rellenando el interior de estos objetos con información procedente de los bordes. Si partimos del hecho de que, para cualquier objeto que veamos, nuestro «cerebro visual» se está inventando el interior simulándolo con información procedente del contorno del objeto, esto te da una idea del ínfimo porcentaje de nuestra percepción que está basado en información sensorial que nos llega directamente del mundo.

Entonces no estamos viendo la realidad, sino una simulación de la realidad.

Nuestro cerebro está simulando la realidad de manera constante. Hay gente que describe el propio proceso del pensamiento como simulaciones: cuando pensamos, estamos analizando diferentes tipos de escenarios que nos llevan a una conclusión o a otra. Hacemos lo mismo con la propia realidad que estamos viviendo. No tenemos acceso directo a esa realidad. Tenemos acceso directo a la simulación que nuestro cerebro está construyendo. Esta es una cuestión algo más filosófica, pero desde un punto de vista científico no podemos concluir, basándonos en nuestra propia experiencia del mundo, que exista una realidad fuera de nuestra percepción. Vamos, yo creo que sí hay una realidad, me parece la hipótesis más plausible desde el punto de vista de la navaja de Occam. Pero no lo podemos saber, porque solamente experimentamos la simulación.

¿Es esta la única manera en que el cerebro puede asimilar el mundo? Recuerdo una metáfora que usabas: si el cerebro tuviese que procesar de verdad toda la información que hay a nuestro alrededor, necesitaría tener el tamaño de un edificio y, aún así, no sería suficiente.

Sí. Ni sería capaz de darte el tamaño de cerebro que necesitaríamos. Pero creo que es una falacia pensar que cuanta más información tengamos, mejor nos va a ir. Una de las grandes ventajas que tiene nuestro cerebro es el sistema atencional. ¿Qué hace nuestro sistema atencional? Elimina información. Nuestra atención no resalta ni mejora la información en la que nos estamos concentrando, sino que elimina la información que no corresponde o no es relevante para la tarea que estamos llevando a cabo. Concentrarse quiere decir suprimir todo aquello que no es relevante en ese momento. A veces, la información excesiva no es una ventaja. Eso está claro desde el punto de vista de la atención, y también de la reacción, de cómo se utilizan los recursos para darnos una respuesta ante una amenaza o una oportunidad. Queremos reaccionar de manera rápida y lo más eficiente es llegar a una decisión —y actuar sobre esa decisión— sin estar meditando durante una cantidad de tiempo ilimitada sobre si la información de la que disponemos es exactamente la correcta. Queremos estar más o menos seguros de que es correcta, pero no al 100 por ciento. ¿Se acerca un león? Pues voy a escapar. ¿Que después resulta que es un tigre? Pues me escapé y me fue muy bien el hecho de escaparme, aunque no hubiera acertado con el animal concreto.

Entonces ese funcionamiento económico del cerebro ha permitido que sobrevivamos.

Sí, efectivamente. Y también existe un malentendido: que nuestro cerebro está optimizando nuestra percepción. Esto no es así. Nuestro cerebro no está optimizando ni nuestra percepción, ni nuestra acción, ni nada. Nuestro cerebro simplemente ha evolucionado y esa evolución es un proceso que continúa, no quiero decir que hemos llegado hasta aquí y ya está. Los organismos evolucionan, sobreviven y pasan su material genético a la siguiente generación. Son procesos que no están optimizados, sino que simplemente son lo suficientemente buenos como para que el organismo llegue a una edad en la que se pueda reproducir y lanzar la siguiente generación, que tendrá las mismas habilidades y limitaciones.

¿Y hay mecanismos de selección de información que son resultado de esa evolución, por ejemplo, el hecho de fijarnos más en objetos que se mueven que en objetos estáticos?

Sí, efectivamente, y esto se puede ver muy claro en el laboratorio si medimos los movimientos oculares de participantes voluntarios a los que presentamos todo tipo de imágenes, vídeos y demás estímulos. Podemos ver cuáles son los objetos que captan nuestros movimientos oculares, que captan la atención del sistema oculomotor. Son objetos de gran interés para nuestro cerebro y pueden ser, como dices tú, objetos en movimiento. Pueden ser objetos de alto contraste. Y hay mayores complejidades: por ejemplo, en una escena visual que contenga personas, las caras de esas personas van a ser mucho más interesantes para nuestro sistema visual que cualquier otro objeto que se encuentre en la misma escena. 

¿Esta manera de funcionar está impresa en nuestro hardware cerebral, estamos programados para ello?

Esta había sido la idea que se había tenido durante mucho tiempo. Bueno, en cuanto a movimiento, contraste y estas propiedades, quizá pueda ser a nivel de hardware. Pero a nivel de las caras, del por qué las caras captan tanto la atención, no está tan claro. Nos basamos, por ejemplo, en experimentos que ha hecho recientemente Margaret Livingstone en la universidad de Harvard. Ella ha criado a monos de manera que estos animales nunca han observado una cara. Han estado con cuidadores humanos que llevaban una máscara. Por lo que he podido ver en las publicaciones, es una máscara parecida a las que se utilizan para practicar esgrima. Los monos saben que su cuidador es una persona y se desarrollan socialmente bien, pueden interactuar. Escuchan y tienen una reacción emocional con esta persona. Pero esta persona no tiene rasgos y resulta que estos animales no tienen la facilidad ni la disposición para reconocer caras, ni para tener respuestas de las neuronas visuales, como las tenemos quienes sí hemos estado rodeados de caras toda nuestra vida.

En el proceso de criba que usa el cerebro por cuestiones de economía, ¿cómo decide el cerebro cuál información es importante y cuál no?

Yo creo que el cerebro no siempre decide qué información es relevante. A veces sí, a veces no. Hablamos de procesos top-down y bottom-up. Si hablamos de atención, un proceso bottom-up son las cosas que nos «llaman la atención», que ya lo dice la palabra. Si alguien grita mi nombre, me voy a dar la vuelta sin decidir: «Ah, están diciendo mi nombre, eso quiere decir que querrán encontrarme, voy a darme la vuelta para ver qué pasa». No. Es un acto de orientación refleja y ahí no hay pensamiento consciente. Cuando decidimos que hay que prestar atención, sería un proceso top-down, de arriba abajo: «Voy a dar una presentación en este congreso y no me la he preparado, me queda una hora, tengo que concentrarme porque, si no, voy a quedar muy mal». Son las dos maneras de concentrarnos. Y a veces pueden ser incompatibles. 

Dices que las ilusiones demuestran cómo funciona nuestro cerebro a nivel perceptivo. Que las ilusiones son, incluso, la manera en que realmente captamos el mundo. 

Sí. Creo que hay que darle un poco la vuelta a la tortilla. Hasta hace relativamente poco, se consideraba que las ilusiones eran los errores de la percepción. Donde el sistema visual se equivocaba. Y ahora nos estamos dando cuenta de que las ilusiones no son la excepción, sino que son la regla. Entonces, si entendemos las ilusiones, entendemos cómo funciona nuestro sistema visual. Cómo, con cuatro indicios muy limitados de información, puede llegar a crear el tipo de percepción tan compleja que tenemos. 

Entonces, lo que vulgarmente llamamos ilusiones ópticas, ¿no son errores perceptivos, sino los momentos de un sistema normal en que existe mayor disparidad entre la realidad y lo que nuestro cerebro capta de ella?

Yo creo que sí podemos hablar de errores. Lo que se considera error o no está en función de la tarea. Si mi tarea es distinguir entre tigres y leones, y me equivoco al distinguir un león de un tigre, pero he escapado… pues sí, he cometido un error, pero ese error me ha salvado la vida. Creo que hay varias razones por las que percibimos ilusiones. Hay veces que percibimos ilusiones por una economía de recursos. También, por qué no, puede haber ilusiones porque no ha sido importante para nuestra supervivencia el desarrollar una percepción más exacta en ese dominio; ocurren esas ilusiones, pero como no interrumpen la transmisión de material genético a nuestros hijos, qué más da. No existe presión evolutiva para suprimirlas. Y puede haber otras ilusiones porque existe presión evolutiva para mantenerlas y desarrollarlas. 

¿Las ilusiones se dan en los primeros niveles de procesamiento visual, en el ojo, o se dan también a niveles más profundos?

Se dan en todos los niveles del procesamiento. Tenemos más de dos docenas de niveles, si hablamos de áreas cerebrales. Tienes ilusiones que puedes explicar, más o menos, basándote en la anatomía del ojo y de la retina. Y hay ilusiones que implican atención, memoria. Eso quiere decir que las bases neurales de esas ilusiones se encuentran en estadios más elevados de procesamiento. Creo que hay una regla, no sé si se cumple siempre, pero que me parece una buena heurística. Hay ilusiones que sabemos cognitivamente que lo que estamos viendo no es así en realidad, pero, por mucho que lo sepamos, no somos capaces de verlo de otra manera. Hay otras ilusiones que sabemos que lo que vemos no es así y, si nos esforzamos, conseguimos verlo como es en realidad. Y hay otras ilusiones que solo vemos de manera errónea al principio, pero después, una vez sepamos el «truco», lo vemos siempre bien. Entonces, yo diría que una buena manera de pensar en ello es que las ilusiones que nos resulta imposible ver de otra manera son las que están más hardwired [programadas o innatas] y que son más cercanas a la entrada sensorial. Que están dentro del ojo, o cercanas a él.

Como aquel famoso vestido que circulaba por internet y que hacía que la gente discutiese sobre sus colores.

Sí.

Ofrecías una explicación muy interesante: tenía que ver con la manera en que interpretamos los entornos naturales, la luz del sol y el azul del cielo. 

Sí, sí, efectivamente. Es otro tipo de presiones evolutivas de las que hablábamos. De una forma simplificada, porque la historia es mucho más compleja, podemos decir que más o menos la mitad de las personas ven el vestido como de color dorado y blanco, y la otra mitad lo ve como azul y negro. Lo que apunta la investigación hoy en día es que a algunas personas su cerebro les dice que el vestido está en la sombra y a otras personas su cerebro les dice que está a plena luz del sol.

Esto implica que para el cerebro no existen absolutos. Ni blanco ni negro, ni grande ni pequeño.

La manera en que están construidas nuestras conexiones neuronales es que todo funciona a base de contrastes. Entonces, lo que nos parece negro en una situación es negro dependiendo de aquello con lo que lo contrastes. El mismo estímulo visual puede parecerte oscuro o claro, dependiendo del contexto. 

¿Y por qué el cerebro de distintas personas elabora estas diferentes versiones ante una misma imagen?

Esta es la pregunta del millón [ríe]. Eso no lo sabemos, de momento. Suele pasar con las ilusiones. Conocemos primero la parte fenomenológica, la descripción del fenómeno, la cuantificación. Encontrar las bases neurocientíficas es lo que tarda más tiempo, lo más complicado. Conocemos algunas ilusiones que tienen décadas de antigüedad y todavía no sabemos exactamente por qué funcionan de la manera en que lo hacen. 

Décadas o incluso siglos; has escrito que los magos hace mucho que conocen ciertas ilusiones que la ciencia está ahora empezando a desentrañar. 

Sí, es curioso porque, de alguna manera, creo que la ciencia y la magia ya nos hemos acabado de encontrar. Los científicos, trabajando en el campo cognitivo, hemos llegado a describir fenómenos con otros nombres —la ceguera al cambio, la ceguera por inatención— que los magos han llamado misdirection en inglés.

La ceguera al cambio supongo que incluye aquel experimento que mencionabas en el que se pedía al sujeto que eligiese, de entre dos fotos de dos personas A y B, aquella que le pareciese más atractiva físicamente. Después, al mismo sujeto le enseñaban la foto de una persona C diciéndole que era esa la que en realidad habían elegido. Le pedían que explicase por qué les había gustado más esta persona. La mayoría de los participantes ni siquiera se daban cuenta de que se había cambiado la foto original y, aun así, explicaban los motivos de su preferencia. 

La ceguera al cambio consiste en no darse cuenta del cambio. Te cambian una persona por otra y no te das cuenta. Y te da igual. Este experimento en concreto no se queda en la ceguera al cambio, sino que continúa hacia lo que llaman «ceguera a la elección». Es decir, el ser ciego a tu propia toma de decisiones. En la segunda parte del experimento, cuando les preguntan: «¿Por qué te parece esta persona más atractiva que la otra?», los participantes empiezan a explicar los motivos. Se están inventando esos motivos, en realidad. Lo que explican no fue lo que los llevó a tomar la decisión. Son completamente inconscientes de no haber llegado a esa decisión, porque nunca llegaron a ella. 

Entonces, ¿ocurre con frecuencia que las personas actuamos sin pensar y después nos inventamos las motivaciones?

Sí, efectivamente. Nuestro cerebro siempre está intentando buscar el porqué de las cosas. Normalmente es una característica muy buena porque podemos juntar causa y efecto, lo cual, evidentemente, suele ser muy beneficioso. El pequeño problema es que a veces vamos a juntar causas y efectos que no tienen nada que ver entre sí. A veces vamos a intentar dar sentido a eventos que son aleatorios o que no guardan ninguna relación entre ellos. Esto da lugar a supersticiones, pseudociencias y todo lo que te puedas imaginar, incluyendo el hecho de que nos contamos mentiras a nosotros mismos. A veces actuamos de manera impulsiva y luego lo razonamos perfectamente bien: «Yo hice esto, y no hubo otra manera de hacerlo, y tuvo que ser así». 

¿También nos engañamos con respecto a los recuerdos de nuestra propia vida?

Sí. Son datos que están ya demostrados científicamente. Cuando almacenamos algo en la memoria a largo plazo, la manera para recordar es extraer este recuerdo de la memoria a largo plazo y ponerlo al frente del almacenamiento a corto plazo. ¿Qué ocurre? Que cuando extraemos este recuerdo y lo situamos ahí, de repente se vuelve versátil. El propio hecho de acceder a ese recuerdo hace que lo cambies. Es decir, cuando recuerdas una vivencia que te ha ocurrido y te pones a meditar sobre ella o te pones a revivirla, cuando después la vuelves a guardar en el almacenamiento a largo plazo no es exactamente la misma. 

La retocas siempre que la recuperas. 

Siempre la retocas, aunque sea de una manera mínima. Pienso que es un poco triste en cierto sentido, porque quizá aquellas vivencias que pensamos que son más significativas para nosotros, que nos definen como personas a lo largo de los años, que son las experiencias que recordamos una y otra vez, seguramente serán muy distintas de las experiencias originales por el hecho de estarlas recordando tanto. 

Hablando de engaños a uno mismo, las ilusiones son útiles, pero ¿hay algún tipo de relación entre lo que es una ilusión habitual y una alucinación visual producto de una enfermedad mental? ¿O con las alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas que pueden producirse entre el sueño y la vigilia? ¿Son efectos secundarios del sistema perceptivo o son fenómenos cognitivos?

Una vez que salimos del ojo, yo diría que ya no puedes hablar estrictamente del terreno visual y no cognitivo. Porque influyen la atención, la motivación, etc. Claro, existe un procesamiento visual, pero no es un procesamiento visual aislado porque ahí entra la cognición. Entonces, los ejemplos que tú me nombras de la visión normal, la imaginación, las alucinaciones hipnagógicas y demás, no quiero decir que sean un continuo, pero forman parte del mismo mecanismo. Son las mismas áreas las que están activadas en estas situaciones. Lo que llamamos alucinación y lo que no, lo que resulta patológico y lo que no, es relativo en cierto sentido y depende de si la mayoría de la gente lo experimenta o no. Porque también podríamos decir que todos experimentamos alucinaciones cada noche, cuando soñamos. Pero, como lo hacemos todos y no nos importa, pues no es una alucinación, es un sueño. Sin embargo, ¿cuál es la diferencia?

¿Y el déjà vu? ¿Es una ilusión, es un fallo de almacenamiento cognitivo, qué es? 

Eso es un fallo de Matrix [ríe].

Ya puestos, ¿sería admisible la idea de que vivimos en una simulación?

No sabemos. Puede que sí. Hay astrofísicos que consideran en serio el posible escenario de la simulación. En cuanto al déjà vu, yo lo categorizaría como una ilusión de la memoria. Es la ilusión cognitiva de haber experimentado previamente una situación en la que nunca has estado, pero se da también la situación contraria, el jamais vu, la ilusión de estar experimentando por primera vez algo que has experimentado muchas veces. Me pasó una vez en mi antigua universidad; entré en el baño y me pareció un baño rarísimo. Un baño al que iba todos los días. Dije: «¿Me he metido en el baño de hombres? ¡Me salgo rápidamente! ¡Qué vergüenza!» [ríe]. ¿Me había metido en el baño que no era? Lo miré bien y no, era el correcto. 

¿A qué se debe eso? ¿A que el cerebro de repente reinterpreta lo que ya conoce, pero de otra manera?

Son fallos ocasionales de la memoria. Creo que no tenemos una explicación neural completa de cualquiera de los dos fallos. 

Se podría explicar simplemente diciendo que no somos máquinas y que somos imperfectos.

Sí, efectivamente. Quién sabe, puede haber habido algún tipo de fluctuación en las neuronas porque existe «ruido». Somos un sistema biológico y hay ruido en el sistema. A lo mejor es una fluctuación temporal que puede haber afectado cualquier conexión, hasta que se recalibra y vuelves a lo de siempre. 

Volviendo al uso de las ilusiones por magos y carteristas y demás, se dice que los psicópatas son personas manipuladoras, incluso encantadoras, etc. ¿Pueden llegar a usar este tipo de mecanismos como recursos para manipular de manera intuitiva?

Yo creo que estos recursos los utilizamos todos. Con nosotros mismos, como decíamos hace un momento. Con familiares, amigos, vecinos. El hecho simplemente de ser educado y tener buenas maneras; no estás diciendo todo lo que se te ocurre, estás creando un tipo de ilusión. Muchas veces hacemos esto de manera inconsciente. Es importante resaltar que lo que hacen los magos no es aprovecharse de circuitos «especiales» que tenemos en el cerebro, sino que utilizan la circuitería normal que ya tenemos instalada para usarla en cualquier otro tipo de ocasiones. Ahora, como tú dices, sí hay gente que tiene una gran habilidad para explotar, o hackear, estos sistemas que dan lugar a ilusiones. Y no hablamos de magos solamente, hablamos de especialistas en marketing, políticos y demás. Embaucadores, pseudocientíficos. 

¿La publicidad visual recurre mucho a las ilusiones?

Sí. Creo que la publicidad y el marketing siempre han utilizado ilusiones de manera implícita, como el hecho de presentar un producto con unos colores muy brillantes o en movimiento. Van a intentar siempre captar la atención de una manera u otra. Se han usado implícitamente de la misma manera en que podemos decir que un pintor o un artista las ha usado implícitamente. Es más reciente el fenómeno de que publicistas y demás van a por las ilusiones a propósito. 

¿Alguna vez se te han acercado de alguna empresa con este objetivo?

Sí. He trabajado con alguna empresa. No puedo dar nombres, pero esta empresa se me acercó y me dijo que quería que pareciese a primera vista que los envases que exponían en el supermercado contenían más producto del que había en realidad [ríe]. Fue muy simpático porque le eché un vistazo a los productos que tenían, los envases, etiquetas y demás. Lo que pudimos concluir, además de darles un buen consejo, era que los envases que ellos usaban, que eran muy bonitos y sofisticados visualmente, estaban produciendo la ilusión contraria. Parecía que hubiera menos producto en el envase del que en realidad había. Les pude aconsejar, sin ninguna culpabilidad, que lo que tenían que hacer era corregir esa ilusión para dar lugar a la percepción verídica del producto. 

Siempre se ha dicho que los pasillos de un supermercado son una especie de laboratorio, con la música, los estímulos visuales, etc.

Sí, sí. Bueno, existen laboratorios así. Estas grandes empresas tienen laboratorios en forma de supermercado, tan grande como uno normal, y allí se hace todo tipo de investigación de productos. 

Hablando de que somos sistemas biológicos, no crees que haya nada en el cerebro que no se pueda llegar a reproducir de manera artificial. 

Sí. No creo que el cerebro, por ser un material biológico, sea un sustrato mágico que no pueda ser replicado en el futuro. Claro, hoy por hoy es ciencia ficción. Pero, en principio, no veo una razón teórica que imposibilite el que nuestro código neural pueda implementarse en un sustrato artificial. 

Tampoco se sabe aún dónde reside la consciencia, pero tú eres optimista y crees que se llegará a averiguar. 

Sí, claro. No estamos ahí, pero sí hemos conseguido ciertos avances significativos en ese terreno. No me cabe la menor duda de que la consciencia esté generada por la actividad neural de nuestro cerebro. 

Supongo que, salvo para quien crea en el alma, esa es la única explicación posible. 

Para mí, es la única explicación posible. Y el cerebro es un órgano que cabe dentro de nuestro cráneo. Sí, contiene muchas conexiones neuronales, evidentemente, pero tiene unas dimensiones que podemos contabilizar y que en el futuro seguramente podremos simular. Quiero decir que es un problema concreto, es un problema que está delimitado. De momento no estamos ahí y quizá ni siquiera tengamos las herramientas, pero es un problema soluble. 

De todo esto se deduce que una inteligencia artificial podría llegar a tener consciencia. 

Sí, claro. Por qué no.

Hablando de religión, mucha gente ha tenido experiencias místicas desde siempre, lo cual está relacionado con creencias muy íntimas. Pero hay otros fenómenos curiosos que quizá no son experiencias místicas per se. Por ejemplo, que personas que no suelen tener creencias sobrenaturales ni nada parecido afirmen que han visto cosas extraordinarias. No sé, por ejemplo, naves extraterrestres.

Yo creo que es un fenómeno similar a lo que puede ocurrir en los espectáculos de magia. En nuestro libro Los engaños de la mente hablábamos del famoso truco de la cuerda india, que se levanta, se sube por una nube y baja un niño… vamos, una cosa que es imposible que alguien de verdad haya visto. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué puede haber motivado esto, pero lo que sí sabemos es que la gente se va de los espectáculos de magia con unas ideas que no tienen nada que ver con lo que de verdad acaba de ver. En el caso de las personas que ven platillos volantes, lo primero es que posiblemente no tengan una gran formación en, por ejemplo, aspectos meteorológicos que puedan explicar estos fenómenos. Por otro lado, claro, una experiencia así va a tener un impacto emocional, y la emoción afecta a la memoria. Volviendo al ejemplo del mago, lo que le interesa al mago durante el espectáculo es no solo que los espectadores no adivinen el truco, sino que no puedan ser capaces de reconstruirlo a posteriori. El mago va a plantar una serie de pistas falsas. Muchas veces me pasa que viene alguien y me dice: «He visto a este mago y ha hecho desaparecer esto, ha cortado por la mitad a su ayudante, ¿cómo lo ha hecho?». Pues no te puedo decir cómo lo ha hecho, en primer lugar, porque he prometido bajo juramento que no puedo desvelar secretos mágicos [risas]. Y, en segundo lugar, lo más importante, porque lo que me estás contando y lo que en realidad sucedió pueden ser cosas completamente dispares. Creo que el fenómeno de los ovnis puede ir también por ahí. 

Lo contrario de ver cosas que no existen es olvidar que hemos visto cosas que sí existían. Como en la amnesia de la carretera. Yo conduzco de Alicante hasta Valencia y, si no hay incidentes en el camino, después me preguntas: «¿Qué has visto durante el viaje?», y no sabría decirte.

Sí, eso está relacionado con lo que llamamos los «comportamientos zombis» [ríe]. Nos parece que somos conscientes la mayor parte del tiempo, pero esto no es así. En realidad, nos pasamos la mayor parte del día siendo inconscientes de lo que hacemos. De hecho, hay experimentos famosos; esto era antes de los teléfonos móviles, a los sujetos les daban pagers [buscapersonas] y cada vez que sonaban tenían que pensar si en ese momento habían estado conscientes o no. En conclusión: realmente estamos conscientes del momento que estamos viviendo solo una proporción bastante mínima del día. Esto, al final, también se trata de economía de recursos. Me explico: si estamos aprendiendo a jugar al tenis o a conducir, porque esto pasa mucho con comportamientos motores, solo al principio somos muy conscientes de todo. 

¿Porque son comportamientos nuevos?

Son comportamientos nuevos, tomas de decisiones que nunca hemos tenido que hacer. O si estamos aprendiendo a tocar un instrumento, como mis hijos, que están aprendiendo a tocar el violín y pasan mucho tiempo viendo cómo tienen que poner los dedos exactamente. Tienes que usar tus procesos conscientes para determinar tu acción. Pero ¿qué es lo que se pretende al tocar un instrumento, o al jugar al tenis, o al realizar cualquier otra actividad motora un poco repetitiva? Se pretende que este comportamiento se automatice completamente, que se convierta en un comportamiento zombi. Una vez que el comportamiento esté enteramente zombificado, se libera cualquier otro tipo de recursos. Los magos son otro ejemplo de comportamientos zombis, aunque a lo mejor ellos no los llaman así. Juan Tamariz dice que todos los espectadores son telépatas. Esto quiere decir que si el mago está pensando: «Aquí es donde yo meto la trampa», el espectador lo capta. El mago nunca puede estar pensando: «Aquí es donde hago el truco». Todo lo que hace tiene que estar completamente automatizado o zombificado. Una vez que este comportamiento manual sea completamente automático, sus recursos se liberan para tareas más complicadas y puede entrar la parte más psicológica y artística del mago. Así que la amnesia de la carretera no quiere decir que hayamos conducido mal durante ese trayecto. Quiere decir que es un comportamiento automatizado y que no ha ocurrido nada que sea digno de mención. Y es muy interesante que sea automatizado porque, si hubiese ocurrido una situación crítica, no tendríamos que estar pensando: «¿Giro el volante para la izquierda o para la derecha?».

Entonces, si no ha ocurrido nada digno de mención, la memoria RAM del cerebro, por así decir, es borrada.

Sí, no es necesario almacenarlo a largo plazo. Date cuenta de que en el proceso de almacenamiento de memoria juegan un papel la atención y la emoción. Realmente solo tendemos a recordar a largo plazo las cosas que tienen un impacto emocional. Si no nos han afectado, nuestro cerebro decide que no merece la pena conservarlas. 

Entonces es un funcionamiento normal del cerebro desechar la mayoría de la información sensorial tras un viaje, pero ¿qué sucede en casos como el de este pintor autista inglés, Stephen Wiltshire, que solo con echar un vistazo breve a una ciudad es capaz de dibujarla después con mucho detalle usando solo su memoria?

Sí, hay casos aislados de gente con memoria de tipo fotográfico. Hay personas que tienen esta capacidad, que es verídica. No sabemos por qué. También hay gente capaz de realizar cálculos mentales o, sin tener formación previa en matemáticas, contar los números primos hasta muchas cifras. ¿Por qué estas personas pueden realizar estas hazañas casi sobrehumanas y el resto de nosotros no podemos? De momento, no tenemos ninguna explicación buena para ello. Evidentemente, en el nivel de lo que es la anatomía gruesa no está la respuesta. Ha de estar en el nivel de la circuitería y el código neural de estas personas. 

¿Estas capacidades extraordinarias se producen al coste de mermar otras capacidades que el resto de la gente sí tiene y que se dan por supuestas en casi cualquier individuo?

En ciertos casos sí, aunque este no es exactamente mi campo. A. R. Luria [médico y neuropsicólogo ruso] escribió sobre este hombre que tenía una memoria prodigiosa y nunca olvidaba nada, como en la historia de Borges «Funes el memorioso». Si has leído esa historia, lo que cuenta Luria como neuropsicólogo es básicamente lo mismo. Aquel hombre, por la imposibilidad de olvidar las cosas, no era capaz de llevar una vida normal. Porque necesitamos el acto de olvidar y la función de la atención es suprimir información. Claro, hay recuerdos que nos gustaría conservar para siempre, pero si tenemos una información excesiva, la mayoría de los recuerdos estorbarían el procesamiento de la información. A este hombre le resultaba muy difícil el acto de abstraer; el proceso de pensamiento normal y de abstracción que a todos nos resulta natural, para él era muy complicado. 

Entonces cabe enterrar el mito de que solo usamos un porcentaje del cerebro. 

Sí. Lo usamos todo. 

Hay otro fenómeno que los deportistas, por ejemplo, llaman «la zona». Varios jugadores de baloncesto han explicado cómo hay determinados momentos en los que, de repente, entran en «la zona» y la canasta les parece más ancha. Son conscientes de que están en racha y tienen la seguridad de que van a encestar. Son periodos muy cortos que duran pocos minutos, pero, en efecto, aciertan en un grado excepcional. ¿Cómo se explica?

Yo creo que está relacionado con lo de la amnesia de la carretera. Si los deportistas lo llaman la zona, también en inglés se le llama flow. Es ese estado en el que eres uno con la tarea que estás realizando. Pero no puedes tener este estado de flow si no es una tarea que esté automatizada a un alto nivel. Si estás aprendiendo a jugar al fútbol, no vas a tener flow, no vas a ver la portería de color brillante, o lo que sea. No vas a tener este tipo de experiencia. Se forma sobre la base de la automatización. 

¿Es la misma experiencia que tienen los músicos cuando están tocando, cierran los ojos y desconectan de todo? Como si no existieran ni ellos mismos, solo existe el instrumento y el lenguaje musical

Creo que está todo relacionado. Yo no toco ningún instrumento, pero tuve una experiencia similar relacionada con el bilingüismo. Cuando llegué a Estados Unidos —en el año 1997, llevo mucho tiempo por allí— hablaba inglés, pero no lo hablaba con soltura. No lo hablaba sin pensarlo, pensaba lo que tenía que decir. Llevaba por allí unos seis meses, más o menos, y en un momento dado me di cuenta de que estaba hablando en inglés sin pensar. Y eso me descolocó de tal manera que en ese momento no sabía qué idioma estaba hablando, si inglés o español [ríe]. Por primera vez estaba hablando en inglés sin traducir internamente. Creo que es la misma situación: una vez que ya no tenía que pensar en la traducción del inglés, podía centrarme mejor en conversaciones, conversar a otro nivel. 

¿También son mitos afirmaciones como que las mujeres son mejores en la multitarea y los hombres en el razonamiento espacial?

Nada de esto es cierto. A veces, después de alguna charla, me preguntan sobre las mujeres y la multitarea. Yo lo que les digo es que es igual para hombres y para mujeres, que ninguno podemos hacer bien la multitarea. Lo podemos ver en la magia: no hay espectáculos de magia separados para hombres y para mujeres. Lo que los magos suelen intentar es que hagamos multitareas y ahí es donde se basan los trucos, en dividirnos la atención. Si las mujeres fueran capaces de dividir la atención mejor que los hombres, verían los trucos de magia mucho mejor, y este no parece ser el caso. Pero ya no tengo que especular sobre este tema porque, de hecho, la semana pasada salió un estudio que ha comparado por primera vez si las mujeres y los hombres hacen la multitarea de manera distinta. Y la respuesta es que no hay diferencia. Con respecto a las habilidades espaciales, matemáticas y demás de los hombres, también estamos viendo que se están acercando mucho más hombres y mujeres, o niños y niñas, y creo que esta diferencia se va a perder en el futuro. 

Un ejemplo que usabas para explicar el funcionamiento la percepción, que me llamó mucho la atención, es cómo relacionabas el hecho de que una rana no pueda ver una mosca inmóvil en una pared con el hecho de que un ser humano esté buscando las gafas por toda la casa cuando en realidad las lleva puestas. 

Tiene que ver con lo que llamamos la adaptación neural. Es decir, el dejar de percibir un estímulo cuando llevamos un tiempo habituados a él. Es un tema de recursos neurales porque no nos interesaría estar siempre diciendo: «Esto no cambia. Esto no cambia. Esto no cambia». Nuestros sistemas sensoriales están codificados para señalar cuándo existe cambio, y eso es mucho más económico que estar siempre diciendo: «No hay cambio». Entonces, claro, cuando algo no cambia durante mucho tiempo dejamos de percibirlo. Hasta que cambie, y entonces lo volvemos a percibir. Esto le ocurre a la rana con la mosca inmóvil en la pared. El único motivo por el que los seres humanos sí podemos ver la mosca inmóvil en la pared es que nosotros tenemos ojos que se están moviendo constantemente, incluso cuando fijamos la mirada. En nuestro sistema visual, cuando no hay cambios en el mundo, nosotros producimos nuestro propio cambio. Una anécdota de lo que es la adaptación neural la experimenté anteayer mismo en el centro comercial al otro lado de este palacio de congresos. Tenían estos tanques de ictioterapia, ¿la conoces?

No.

Yo antes tampoco la conocía. Son estos pececitos, no sé de qué especie, que pones los pies en el agua y vienen pues, no sé, a quitarte la piel muerta [ríe]. Son como veinte o treinta pececitos. Y me hacían unas cosquillas… era una cosa horrible. Metía los pies y los tenía que sacar otra vez. Me daban unas cosquillas y un repelús, que me ponían nerviosísima. Yo me recordaba a mí misma: «Si mantengo los pies y no los quito, al final la adaptación neural me salvará». Tardé unos cinco o seis minutos, pero al final lo conseguí. Y se convirtió en una experiencia relajante.

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