Las alas perdidas de Shirley Slade

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No necesitas leyes para convertir tus deseos en realidad… tú puedes ser cualquier cosa que tu corazón te dicte que seas, y no debes dejar que nadie te diga que no puedes, porque mil setenta y ocho mujeres se convirtieron en pilotos femeninas de caza durante la Segunda Guerra Mundial. (Anelle Henderson Bulechek, una de ellas). 

Qué va. Las mujeres no pilotaban aviones de guerra. Desde luego no en ese cine épico, dirigido por Hollywood, donde héroes americanos decidían desde el aire el rumbo de la historia. Figuraban en los libros, entonces. Tampoco. Ahí se cuenta que ellas estaban en las fábricas, haciendo piezas, o que eran enfermeras. Lo más próximo a una mujer aviadora en la Segunda Guerra Mundial eran las pin-ups, dibujos de tías tetonas y culonas, ligeras de ropa, pintadas en los morros de los cazas. La cultura lo sabía, esto de pilotar es cosa de tíos, y así lo reflejó en Top Gun, 1986. Cuatro años después la película histórica Memphis Belle perdió la oportunidad de mencionar que en la contienda hubo mujeres piloto. Lástima, porque trataba sobre la última misión del bombardero B-17, un cacharro que sobrevivió a veinticinco misiones —la mayoría no alcanzaba la decena sin ser derribado o quedar inservible—, y que disparó la venta de bonos de guerra estadounidenses. El americano medio se rascó el bolsillo para financiar la guerra seducido por las hazañas de los aviones patrios pilotados por hombres. Y supo que había hecho muy bien cuando vio publicada la foto de Richard Pete.

Es una imagen que ha circulado miles de veces por internet, tomada desde el ayuntamiento de Dresde después de ser bombardeada hasta los cimientos. Una estatua extiende una mano y mira las ruinas con gesto de desaliento. En algún lugar allí abajo había sobrevivido Kurt Vonnegut, el escritor que sí estaba mientras caían las bombas, autor de Matadero cinco, donde el histórico huracán de fuego y la ciencia ficción se mezclan en una sátira inclasificable. 

El Memphis Belle fue uno más de los que arrojaron bombas sobre Dresde, y era como sale en la peli, con la pin-up vestida de rojo en su morro, las ocho cruces gamadas correspondientes a enemigos nazis abatidos, y las veinticinco bombas por sus veinticinco misiones. Pero ni en aquel metraje, ni en sitio alguno, se mencionaba que fueron mujeres quienes testaron aquel B-17, perdieron la vida probando prototipos, se aseguraron de que los reparados volvían a funcionar correctamente, y trasladaban los aparatos a las bases de despegue, listos para partir hacia el frente. Claro que este pequeño detalle era información clasificada desde 1944, y no dejó de serlo hasta 1977. 

El gobierno estadounidense no permitió que apareciese en prensa una sola foto, entrevista o testimonio de las mujeres piloto. En 1943 rompieron su propia norma, y permitieron que la revista LIFE dedicara un reportaje de veintidós páginas a las WASPS, Woman Airforce Service Pilots. Una de ellas, Shirley Slade, sentada sobre el ala de un caza, ocupó la portada. 

Shirley Sade era una niña pija de los años treinta, que fue enviada a un internado de señoritas llamado Hacienda del Sol en Tucson, Arizona. Cuarenta mil dólares al año en precios actuales costaba que una hija de la élite política o económica se educara en aquel rancho escuela, que se preciaba de ser una de las opciones educativas no universitarias más caras de Norteamérica. No admitían a cualquiera. En su declaración de intenciones pedían chicas a las que les gustara ponerse sombreros de cowboy, botas vaqueras y cabalgar sin miedo a romperse las uñas. Normal, iban a vivir en el escenario de Duelo al sol, de King Vidor, 1946, en pleno desierto de Sonora. 

No se sabe si el recio carácter de Slade se forjó en la Hacienda del Sol o le venía de serie, pero lo que sí tenía muy claro, ya desde su estancia en el internado, es que no deseaba ser ama de casa. Había decidido ser jockey, y ganar campeonatos nacionales compitiendo contra hombres. Solo abandonó esa intención cuando el ejército estadounidense convocó mil doscientas plazas para crear la WASPS. Un trabajo atractivo, muy bien pagado, que las convertiría en veteranas de guerra, con todos sus beneficios, al acabar el servicio. No es que los militares se hubieran vuelto feministas o creyeran en la igualdad, sino que tras el ataque a Pearl Harbour necesitaban pilotos desesperadamente. 

Shirley Slade fue una de las elegidas entre las veinticinco aspirantes que se presentaron, y tras superar su entrenamiento consiguió sus alas de plata, convirtiéndose en piloto militar. Destacó como encargada de probar el prototipo del Bell P-38 Airacobra, nuevo modelo dee caza que en sus manos se demostró excelente en ataques a baja altura, rapidísimo en giros para el combate, y más rápido en el despegue gracias al tren de aterrizaje en triciclo. Al menos hasta que los modelos de fábrica llegaron al ejército inglés. En el mal tiempo del canal de la Mancha los motores se desempeñaron pobremente, y las pistas de aterrizaje irregulares destrozaron los trenes de aterrizaje. El avión funcionaba de forma excelente en el clima seco de Texas, sobre bien trazadas pistas de asfalto y con Slade a los mandos. En el primer combate de los Airacobra los nazis derribaron seis de los doce del escuadrón de ataque. Pero desde luego a los oficiales no se les ocurrió que si enviaban a las WASPS las cosas irían mejor. 

De hecho las Fuerzas Aéreas Estadounidenses nunca reconocieron a las mujeres como pilotos de pleno derecho. Aunque integradas en el ejército, estaban destinadas a labores de aviación civil, sin derecho a participar en misiones de guerra. Igualmente cumplieron un papel fundamental para ganar la contienda. Eran las primeras en volar un avión recién fabricado, testarlo, asegurarse de su correcto funcionamiento y plenas capacidades. Los modelos que habían sido reparados —casi todos después de uno o dos vuelos, si no eran derribados— volaban de nuevo en sus manos para corroborar que podían volver al combate. Y, naturalmente, se encargaban de transportarlos desde las bases de reparación hasta las de despegue para las misiones. Dicho así parece sencillo, pero de su diagnóstico dependía decidir si un avión de guerra servía o no para ganar a la Lufwaffe. Si las pruebas del Airacobra hechas por Slade no hubieran sido tan exhaustivas, el desastroso diseño de los ingenieros de Boeing hubiera propiciado un desastre aún mayor.

Pero en la sociedad norteamericana de los años cuarenta no era admisible que las mujeres se encargaran de un trabajo tan importante. Menos aún lo era para los pilotos masculinos, que organizados en un lobby apoyado por veteranos y personal de apoyo en tierra reunió fondos para financiar una campaña de propaganda en contra de las pilotos femeninas. Su argumentación era simple: no lo podían hacer igual de bien porque eran mujeres. El ejército, la administración y el gobierno coincidían con ellos, y si sacaron adelante las WASPS fue por pura necesidad. 

Y es que la decisión de sacar el reportaje en LIFE, una revista leída por el 63% de los combatientes masculinos, no iba dirigido a ellos sino a las mujeres. El gobierno necesitaba más fondos para seguir la lucha contra Hitler y en el Pacífico, y estaban convencidos de que amas de casa y jóvenes trabajadoras comprarían más bonos, como así fue. Desde 1941 la publicación había dedicado muchos artículos a alabar el trabajo de las mujeres en las fábricas, y hasta dedicaban páginas a los militares negros, en un momento en que la segregación seguía activa, y la lucha por los derechos civiles estaba muy lejos de producirse. 

Nadie cuestionaba que los negros pudieran trabajar o servir en el ejército, pero que las mujeres desplazaran a los hombres de ese trabajo era otra cosa. Por eso el tono del reportaje estuvo muy lejos de defender la igualdad o tener visos revolucionarios. De hecho la pose escogida para la portada, con Slade en ella, es muy semejante a la de las pin-ups pintadas por los pilotos en el fuselaje. Pero no la escogieron por su belleza, y ni siquiera tomaron la decisión los periodistas. Fue el general Hap Harnold, general de las Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien pidió que fuera ella porque tenía la rudeza que se esperaba de una señorita dedicada al oficio militar. Lo que en su antigua escuela, la Hacienda del Sol, hubieran definido como «atracción por calzar botas de cowboy». Una badass woman, y como se observa en la foto, sin maquillar.

Pero ni las poses de modelo ni las caras sonrientes de las páginas interiores gustaron a los hombres. La dirección recibió miles de cartas de combatientes que se quejaban. Una muy significativa la firmaba el soldado raso James D. McGilvaray, exponiendo que, por muy comprensible que fuera utilizar mujeres en tiempo de necesidad, estaba seguro de que los cadetes recién entrenados también servían para probar y trasladar los aviones. Así que no tenía sentido robarles esa oportunidad para dársela a ellas. El militar usaba un argumentario casi idéntico al que manejó el Congreso de los Estados Unidos, al finalizar la guerra, para disolver las WASPS. Detrás de aquella decisión estuvo también la enorme influencia que ejerció sobre los políticos el lobby organizado por la asociación de pilotos civiles. Terminado el conflicto, temían que el bien retribuido puesto de piloto de líneas aéreas tuviera espacio para mujeres. Los pilotos militares, por su parte, con mayor experiencia en vuelo y combate, querían quedarse en el ejército, aspiración complicada, dado su número, si buena parte de ellos no eran destinados a las academias de entrenamiento y a los campos de prueba. Ocupados por las WASPS. El ejército prohibió a todas las mujeres piloto comunicarse con la prensa mientras el Congreso decidía sobre su futuro. 

No lo hubo. El comité consideró a esta rama de la fuerza aérea innecesaria, e injustificablemente cara, y recomendó que se dejara de reclutar a mujeres piloto. El general Hap Arnold, acatando la orden, recordó en su discurso de despedida el alto sacrificio que se las había exigido. No solo por la muerte de treinta y ocho de ellas, sino por el coste que ahora iban a asumir, ser licenciadas con honores. A novecientas quince pilotos, incluida Shirley Slead, les fueron retiradas sus alas de plata. La insignia concedida por la USS Air Force cuando completaron su entrenamiento. Tampoco se les reconoció la condición de veteranas del ejército, y por tanto no pudieron optar a las ventajas económicas que aparejaba. Toda una generación de jóvenes humildes pudieron, gracias a las becas de veteranos, convertirse en estudiantes universitarios y ascender en la escala social. Y si así lo deseaban, ser enterrados con honores a su muerte en el cementerio de Arlington. Ellas no. Incluso se ordenó calificar de material clasificado todo el expediente relativo a la WASP, a fin de que ni los historiadores ni la prensa supieran de estas mujeres pilotos, ni ellas reclamaran sus derechos como veteranas. 

Las subestimaron. Una vez fuera del ejército se organizaron en un grupo denominado Orden de Fifinela, destinada en origen a ayudarse a encontrar trabajo. Pero pronto se transformaron en una asociación que luchaba para que las mujeres tuvieran el mismo papel que los hombres en la aviación militar y civil. Y a la que se unieron muchas personas que no habían sido WASPS. Su primera victoria la obtuvieron en 1977, cuando el Congreso de los Estados Unidos desclasificó sus expedientes, reconociendo que no se las había tratado como personas. 

La victoria no solo fue legal. Aquellas mujeres obtuvieron por primera vez el reconocimiento que merecían por su labor en la guerra, y por la decisiva contribución a la derrota del nazismo. Shirley Slead comenzó a recorrer universidades y colegios para transmitir el mensaje de que cualquier mujer podía ser lo que se propusiera, como cualquier hombre. Y la lucha continuó.

Hasta 2009, cuando Barack Obama concedió la Medalla de Oro del Congreso a las WASPS, y permitió que se las enterrara en el cementerio de Arlington. En ese momento, conseguidos todos sus objetivos, la Orden de Fifinella decidió disolverse. Pero en aquella gran ocasión Shirley Slead ya no estaba, y ninguna lápida blanca la recordará en Arlington. Sus alas habían volado, años antes, hasta el cielo de la eternidad.

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7 Comentarios

  1. Emocionante. Es esencial acabar con el brutal sesgo de género en los ámbitos laboral y profesional. Quizá pareciera que hoy es cosa del pasado, pero no, aquí sigue, como lo demuestra el mero hecho de que, en tantas profesiones, como la de pilotar aviones o controlar vuelos, la participación femenina sea casi testimonial. Como en las ingenierías y profesiones científicas, las Fuerzas Armadas y el transporte.

  2. Si fueron capaces de aprender un oficio lejanísimo de sus inclinaciones naturales, bien podría ser posible enseñarles desde chiquitas a que aprendan a ser Políticas, de la misma manera que nosotros, por instinto, aprendemos a ser Políticos. (Me suena extraño el género de aquel sustantivo que la RAE define adjetivo), con todo lo que implica: dedicación a la cosa pública más que nada, despojándose de las frivolidades, niñerías, ingenuidades y coqueterías a las que son obligadas por su condición de género. Tal vez puedan ser dignas sucesoras de todo ese montón de machos encabritados que ocupan los parlamentos.
    Emocionante lectura. Muchas gracias.

    • ¿Inclinaciones naturales? ¿Enseñarles desde chiquititas a que aprendan a ser políticas? ¿Nosotros, por instinto? Uga, uga, uga…

  3. Si no fuera por esos uga, uga, uga, sería un comentario que a pesar de su reducción daría para nuevas reflexiones, sobre las inclinaciones, sobre la enseñanza, sobre el instinto.

  4. Los generales norteamericanos no permitieron que los combatientes franceses negros del Norte de África, los que más experiencia en combate tenían frente a los alemanes, desembarcaran en Normandía, pues no deseaban ver «hombres de color» liderando el contra-ataque. También dejaron a los afroamericanos en la retaguardia el día D. Jesse Owens, al volver a EEUU tras conseguir records mundiales, no fue recibido por Roosevelt. Sin embargo, Hitler le había felicitado. Al volver a casa, tampoco se le permitía hospedarse en hoteles, salvo «para negros», etc.
    Quiero decir que EEUU no segregaba sólo a las mujeres. Iba bastante más allá. No era un rollo de machos, sino más bien de lña cultura protestaste WASP, ¿no?
    Tampoco con las «minorías» étnicas era muy benevolente. Latinos e indios norteamericanos siempre fueron segregados.

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