De los baños de ola al arte de la alta costura

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DP.

Decía Engels que si Bonaparte hubiera muerto en Tolón otro subteniente hubiera llegado a ser primer cónsul. Mientras que el escritor Sainte-Beuve sostenía justo lo contrario: el curso de la historia hubiera cambiado por completo si una bala hubiera matado a Bonaparte. ¿Quién de los dos tenía razón? Establecer una regla general es algo que desborda mi limitado entendimiento, pero sin duda es una cuestión de enjundia que da mucho que pensar. ¿Es el devenir del mundo fruto de unas pocas decisiones individuales o son sus grandes protagonistas solo actores intercambiables? ¿Y qué hay de los que apenas llegamos a peones en ese juego? ¿Somos algo más allá de las circunstancias históricas que nos han moldeado? ¿Qué sería de nosotros entonces si estas fueran distintas? Gracias a internet descubrimos cada día a algún pasajero del metro de Moscú idéntico a cierta celebridad de Hollywood, o a una agricultora gallega con un sorprendente parecido al inquilino de la Casa Blanca… ¡A ver si no va a haber cuerpos singulares para todos y muchos estamos repetidos! Claro que, si hay varias copias de uno mismo en diferentes países, épocas y estratos sociales, ¿cómo les habrá ido? ¿Qué tendrán en común o en particular en sus biografías? El cine y la literatura han jugado a menudo con esta idea del Doppelgänger y las posibilidades son inagotables. Solo queda admirarnos —y estremecernos— ante el vértigo que supone tomar conciencia de cómo la vida de cualquiera de nosotros, también la de los más ilustres, es una bola que toma una u otra dirección tras chocar con otras en una enloquecida mesa de billar donde se juegan millones de partidas simultáneamente. Tomemos el caso del más famoso modisto que nuestro país ha dado al mundo, Cristóbal Balenciaga. Nació en la localidad guipuzcoana de Guetaria en 1895, pero si queremos comprenderlo entonces debemos remontarnos hasta muchos años antes de su nacimiento.

Allá por el siglo XVIII comenzó a difundirse entre la aristocracia inglesa la costumbre de pasar unos días en la costa. Vino alentada por toda clase de recomendaciones médicas en torno a la mayor cantidad de oxígeno de la brisa marina y los beneficios que tal cosa reportaría para diversas enfermedades, desde el raquitismo a la melancolía. Incluso se recomendaba sumergirse en las aguas, costumbre extraña por entonces, en los llamados «baños de ola». Aunque bajo ciertos preceptos, pues por ejemplo un baño en ayunas podía provocar un síncope, según se advertía. La moda comenzó a extenderse por el continente europeo a comienzos del XIX, pero no todas las zonas costeras eran válidas para tan exquisito solaz, pues, según explicaba por entonces Richard Ford, autor del Manual para viajeros por España y lectores en casa, las aguas del Mediterráneo no servían «por las altas temperaturas que se dan en aquellas costas, que hacen insalubre dicha actividad». No así las del Cantábrico, de manera que en una fecha tan temprana como 1806 Guipúzcoa ya contaba con una casa de baños en Cestona y poco después, en 1827, con el balneario de Santa Águeda en Mondragón (que llegaría a hacerse tristemente célebre por ser donde asesinaron a Cánovas).  

Con el pretexto de la salud, y como cualquier excusa es buena para abandonar Madrid en los meses más tórridos del verano, Francisco de Paula Antonio, hermano de Fernando VII, se dejó caer junto a su familia por San Sebastián en 1830. El lugar le debió de gustar, porque poco después regresó y, lo que es más importante, abrió el camino para que en lo sucesivo la realeza lo hiciera también. De manera que una enfermedad de la piel llevó a Isabel II a recalar de nuevo en la ciudad en 1845 y, como ocurre siempre con todas las modas, en el momento en el que las élites hacen algo a todos los que están inmediatamente debajo les falta tiempo para imitarlo. San Sebastián se convirtió así repentinamente en lugar de veraneo preferente para aristócratas, altos funcionarios y una naciente burguesía. La mayoría de ellos provenientes de Madrid, cosa nada sencilla, pues a mediados del XIX ese trayecto requería entre cuatro y cinco días de viaje en condiciones nada cómodas. Al menos así fue hasta la llegada del ferrocarril en 1864, cuando la línea del norte permitió acelerar vertiginosamente el trayecto Madrid-San Sebastián hasta dejarlo en apenas dieciocho horas, que a los viajeros de la época se les debían de pasar volando. Simultáneamente, las murallas que aprisionaban el crecimiento de la ciudad fueron derribadas, lo que le permitió expandirse y crear industrias vinculadas a este turismo de clase alta, desde el chocolate al vidrio, pasando por la confección de ropa y complementos. Como vemos, ya se está creando desde la segunda mitad del siglo XIX un caldo de cultivo idóneo para la aparición de nuestro modisto…

Pero aún faltaba el empujón definitivo, que vendría de la mano de la reina María Cristina. Llegó por primera vez en agosto de 1887 a San Sebastián, cuya sofisticación, infraestructuras y situación geográfica tan próxima a Francia hicieron de ella una ubicación ideal para la corte en la temporada estival. Claro que no fue solo un cálculo racional, en realidad se enamoró perdidamente de la capital guipuzcoana y unió su nombre a ella para siempre. Ya desde ese año la playa de La Concha recibió el título de «Playa Real», y la reina inauguró el casino que es ahora sede del Ayuntamiento, ordenó al año siguiente la construcción del palacio Miramar y con su nombre pasaron a conocerse el hotel que ha acogido a toda estrella del cine que se precie así como un puente que está entre los más bellos del mundo. Su visita anual se mantuvo ininterrumpida (salvo en 1898, cuando la agenda política se impuso) durante más de tres décadas y le valió ser nombrada alcaldesa honoraria. Con su presencia hizo de San Sebastián y su entorno algo tan íntimamente unido a la realeza que hasta la reina Victoria de Inglaterra llegó a visitarla. Fue la época de la belle époque, el tiempo y el lugar perfectos para que una persona con talento para la alta costura pudiera prosperar. Alguien que fue a nacer en una familia en la que el padre, pescador, murió faenando cuando él apenas tenía once años. Quizá eso determinó su futuro y en universos paralelos Cristóbal Balenciaga siguió la profesión familiar manteniéndose en el anonimato, quién sabe… Lo cierto es que en este nuestro protagonista pasó a depender por completo de su madre, costurera, que trabaja para la marquesa de Casa Torres. Ya desde muy niño supo captar la atención de la aristócrata al aprender la profesión de su madre y eso supuso para él un formidable trampolín a una vocación que vio muy clara desde el primer momento, en la que además estuvo acompañado por sus hermanos, que le ayudaron en cuanto emprendió el vuelo en solitario con un negocio propio. Incluso el momento en el que empezó, en plena Primera Guerra Mundial, era comercialmente muy propicio, al residir en un país neutral en una Europa que se desangraba.

A estas alturas podemos imaginarnos el veredicto de Engels frente a este caso: si él no hubiera ocupado esa posición en el firmamento de la moda, otro diseñador guipuzcoano lo hubiera hecho, nos explicaría con desdén. Pero entonces un Sainte-Beuve hubiera dado un paso al frente para darle réplica con firmeza. Tal vez citando a los clásicos, que algo también sabían, «Audentes fortuna iuvat», y es que no basta con estar el en el momento y lugar adecuados si no se es la persona indicada, la suerte no es una cuestión de azar. Puede que Sainte-Beuve señalara además que Balenciaga navegó a veces con vientos propicios, ciertamente, pero de la misma forma vio truncado todo lo que había hecho con el estallido de la guerra civil y aún fue capaz de reinventarse y comenzar de nuevo en París, donde otra guerra aún más mortífera también terminaría llegando. Las circunstancias le ayudaron, pero su pasión por lo que hacía no era circunstancial. Se tomaba tan en serio su labor que tomó inspiración en genios como Goya y Zuloaga, anteponía su criterio al de su distinguida clientela (las mayores celebridades de su tiempo, que tenían que «ganarse» el poder llevar sus vestidos) y, en definitiva, no es que considerase el diseño de moda un arte, sino que lo tenía incluso por una confluencia de artes: solía decir que un buen modisto era escultor para las formas, músico para la armonía, pintor para los colores y arquitecto para las líneas. Acercarse a su obra es, también, conocer la vida social en el siglo XX.

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1 comentario

  1. Es asombroso como ciertas ideas estrafalarias vean la luz gracias a las sensibilidades de distintas personas. Me refiero a los universos paralelos, una absurdidad hasta no hace tanto pero que ahora, además de despertar mi curiosidad me crea cierta inquietud porque, según la ciencia, sería factible. Aparte de usted, y supongo que tantos otros, también la polaca Wislawa Szymborska conjeturó esa posibilidad en una sugestiva poesía. Se imaginaba qué tipo de hija hubieran tenido sus padres si se hubieran casado con otro, y no con los reales en tres ocasiones. El resultado eran tres niñas que cursaban el secundario con ella y con distintos caracteres: una retraída y poco incline a los estudios, otra medio machona, con el gusto por el fútbol y los tortazos y para nada sometida, y la tercera hábil para las matemáticas e idiomas. Al final de cada descripción la poeta, por tres veces repite “… la cual no sería yo”. Y como tienen que hacer la foto de fin de curso, ante la pregunta del fotógrafo “¿Están todas?”, ella, después de asegurarse de que aquellas tres ocupen sus respectivos lugares según la altura, responde: “Sí, señor. Estamos todas”. Bella y desconcertante. Con respecto a estos universos paralelos, y por consiguiente a los agujeros negros que tienen todas las galaxias, me llamó la atención la conjetura de una científica: según ella se podría esperar de estos, llegado un momento crítico la “implosión o explosión” generado otra realidad. Este universo marea. Además, volando bajo y trayendo metáforas de los pelos, esos objetos celestes se parecen tanto a las semillas de cualquier fruto: densos y duros, ya listos para crear otra cosa, pero ¿dónde? Excelente lectura. Gracias

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