Gaby Alegret: «Nos llamaban los Rolling Stones españoles y nos jodía bastante, queríamos ser los Who»

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Las canciones de Los Salvajes se compusieron en los años sesenta, pero podrían haberse firmado ayer. Puede que sea por el ritmo, un punto más acelerado que el de sus coetáneos, por su sentido del humor, por el carisma de su cantante o por los tres motivos a la vez. No en vano, el grupo tuvo una estancia en Alemania que no fue muy distinta de la que vivieron los Beatles en Hamburgo. Y los años en los que su cantante, Gaby Alegret (Barcelona, 1944), trajo a España como promotor a los mejores grupos de heavy metal del mundo coincidió con la explosión del género. Años de desparrame difícilmente igualables hoy día, cuando tocar música y hacer deporte cada vez se parece más.

¿Cómo surgen Los Salvajes a principios de los sesenta?

Soy del Barrio Chino de Barcelona, de la calle del Tigre. Estaba lleno de putas y yo era amigo de todas, porque entonces eran señoras putas. Ahora las que hay son unas colgadas, pero antes eran unas mujeres de senos grandes, caderas anchas… me saludaban siempre cuando me las cruzaba. Incluso el día que me casé pasamos con el coche y las putas nos hicieron parar. Mi madre estaba asustada, pero lo que querían todas era darme besos y felicitarme. Era otro rollo. Pero el grupo nació porque mi padre montó un taller en el Poble Sec, allí empecé a relacionarme con Delfín Fernández y Francesc Miralles. Entre los tres surgió el embrión de Los Salvajes haciendo música italiana y todo ese rollo, porque entonces no había otra cosa.

Yo solo tenía catorce años y me gustaba mucho cantar. De hecho, había ganado un concurso de canto en Radio España ¡patrocinado por fajas Jumar! con una imitación de Miguel Aceves Mejía, o sea, cantando rancheras, que era un rollo que me encantaba hasta que apareció Elvis. Desde el principio hicimos honor a nuestro nombre: Éramos salvajes. Entonces en ese rollo solo estaban Los Sirex, que en directo eran la hostia, iban de cuero, con cadenas en el cuello, se tiraban por el suelo unos encima de otros… Yo en cuanto les vi dije: «Hostia, yo quiero hacer esto». Lo que pasa es que luego se volvieron más finos, se pusieron traje y corbata como Los Mustang, Los Pequeniques o Los Sonor, que iban todos muy elegantes. A mí eso no me iba para nada.

¿Cómo fue la llegada del rock and roll, cuando en España se pasa de la canción italiana a Bill Haley y Chubby Checker?

Cuando vino a España Bill Haley tocó en Barcelona y en Madrid se suspendió porque se montó un cirio de cuidado en el Palacio Municipal de los Deportes, el público quemó las sillas y los grises, claro, repartieron leña. Yo todavía no estaba metido en el grupo, pero todo aquel revuelo ya me había puesto el cuerpo a tono. Me empecé a fijar en los grupos italianos más rockerillos, como Peppino di Capri o Toni Dallara. Porque Renato Carosone y esas cosas no me gustaban nada. Hasta que de repente descubrimos el rock and roll y, muy importante, también el rock and roll francés, Johnny Hallyday, Eddy Mitchell… que nos influyeron un huevo. Después, con los Shadows, empezó la fiebre por las guitarras eléctricas.

Vuestros primeros conciertos fueron en El Pinar. ¿Qué era eso?

Era un garaje los días de diario, pero los fines de semana el dueño organizaba conciertos. Sacaba todos los coches a la calle y ponía un escenario. Lo que más había ahí eran peleas entre bandas rivales. Se daban duro, mare de Déu. Sangre, eh. Venía la policía siempre, aquello era acojonante. Tienes que entender que la juventud estaba muy reprimida. Se intentaba imitar lo que veíamos de fuera, lo de las pandillas y todo eso. Y también lo que pasaba es que El Pinar estaba muy cerca de Montjuïc, donde estaban las barracas de los gitanos, que solían bajar, y más sabiendo que había tías. Abajo estaban los del tupé, los rockers, se encontraban y…

Tocar después en la Costa Brava cambió vuestra vida.

Ahí es donde empezó el grupo de verdad. Nos vino a ver a El Pinar un señor que tenía una sala en Malgrat de Mar, le gustó lo que hacíamos y nos llevó. Y allí, a su vez, nos descubrió un manager alemán, un tal Bernardt, y nos dijo que nos quería llevar a Alemania. Pero como iba borracho como una puta cuba, como todos los alemanes, nosotros nos lo pasamos por el forro de los cojones. Lo que realmente queríamos era follar con las alemanas y las inglesas y le dijimos «sí, hombre sí, lo que tú quieras». Le regalamos un disco que habíamos grabado en Marbella, una mierda de disco por cierto, le dimos nuestra dirección y nos olvidamos de él, pero él de nosotros no.

Con la invasión del turismo, ¿es cierto que un país gris se llenó de color?

Qué va. Seguía siendo gris. A nosotros, estuviéramos donde estuviéramos, nos perseguían los cabrones del sindicato vertical de músicos. Si mientras tocábamos la gente bailaba, nos podían cerrar la sala porque lo que estábamos haciendo era «baile», para lo que hacía falta un carné blanco. Los hilos del sindicato los movían un tal Saletas, un amargado que tocaba la batería en El Molino, y el director de la Orquesta Maravella, que creo que se llamaba Valero. En cuanto cogimos un poco de nombre llamaban siempre para que viniera la policía y no nos dejara tocar. Al final nos tuvimos que sacar el dichoso carné, pero tuvimos que hacernos el de «Circo y variedades», como si fuéramos trapecistas, porque para el carné blanco tenías que examinarte de solfeo y nosotros no teníamos ni idea.

En Alemania también descubristeis que teníais mucho que aprender.

De repente llegó a mi casa una carta del alemán ese que te he contado con billetes para irnos a Alemania. Imagínate, con nuestro batería, Delfín, que tenia quince años. Tuvimos que convencer a sus padres. Viajamos y debutamos en Kiel. Allí vimos a un par de grupos tocar y nos quedamos acojonados. Hacían un rhythm and blues de la hostia. El director del local quiso vernos en acción, nos pusimos unos trajecitos que parecíamos toreros y salimos a actuar. Cuando acabamos, el encargado nos dijo que el director quería hablar con nosotros. Fuimos a su despacho y pretendía despedirnos: «Aquí tenéis el dinero y ya os podéis volver para España, este tipo de música hace ya diez años que no se toca aquí, es música de puticlub». El batería empezó a llorar, protestamos desesperados y al final el hombre dijo que, bueno, que algo sí que nos veía, que no sabía lo que era, pero que nos daba un mes más y que volviéramos a verle. Nos envió de gira por pueblos pequeños a tocar con grupos ingleses para que aprendiéramos algo y poder darnos trabajo.

¿Aprendisteis?

Joder si aprendimos. Los trajes de torero los quemamos. Y las alemanas que nos follábamos nos empezaron a enseñar letras en inglés y a educarnos, a pasarnos a Little Richard, Chuck Berry. Al cabo de dos meses la gente ya se creía que éramos ingleses.

¿Tuvisteis problemas en Alemania por ser extranjeros?

Buf… el día de Navidad en Dortmund nos dieron una paliza en un parada de autobús en la que lo mismo podría haber ochenta o noventa personas y ninguna hizo nada. Todo empezó porque, como estábamos tristes porque era Navidad, nos fuimos a comer a un sitio de pollos. De repente, llegaron unos tíos y, sin mediar palabra, al batería le metieron una hostia. Por las buenas. Decían que éramos tías porque llevábamos el pelo largo. Aunque parezca mentira, allí con eso eran peor que en España. Yo cogí la rasqueta de la plancha de los pollos y salté a la cara del tío que había pegado a Delfín y el dueño nos echó a nosotros. Ellos salieron detrás y ya en la calle apareció toda su cuadrilla, todos dispuestos a darnos. Y nos dieron, joder si nos dieron. Yo me asusté y eché patas hasta una cabina de teléfono desde la que llamé a la policía. En menos de cinco minutos aparecieron, no te lo vas a creer, en un descapotable. Y estaba nevando. Eran los coches que utilizaban para perseguir delincuentes por las autopistas. Eran chulos de cojones. Nos llevaron al cuartelillo y el comisario nos dijo que, como éramos españoles, mejor que no denunciáramos nada, que nos fuéramos para casa y que cómo se nos ocurría salir el día de Navidad con esas pintas. ¿Qué te parece?

Y en el terreno sexual  también tuvimos desencuentros. Nuestro guitarra rítmico, Francisco, al que llamábamos Chato porque era más feo que un pecado, debía de tener un rabo de cojones, porque se ligaba unas tías que te caías de culo. Y un día se enamoró de él una tal Margot, que estaba muy buena y tenía mucha pasta. Su marido era el dueño de una marca de caravanas. La señora se venía a una buhardilla asquerosa donde vivíamos para follar con Francisco. Mientras, nosotros jugábamos y entreteníamos a su hijo. Les traía un chófer a los dos. El caso es que en cierta ocasión Margot nos invitó a todos a una fiesta en la que dijo que habría tías y comida abundante. Y claro, fuimos. Al llegar a la casa bajamos al piso de abajo y había tres tíos con un barril de cerveza y Schnapps. Ahí no había ni una tía. Le dije al guitarra: «No bebas nada, que esto me huele a mierda». Y sí, los tres tíos ya iban un poco borrachos y nos empezaron a tocar, los tíos babosos. Porque a los alemanes les da lo mismo, son viciosos de cojones. Entonces yo cogí un cuchillo de cortar embutido que había por ahí y le dije a uno que llamara a un taxi inmediatamente, que a nosotros no nos iba ese rollo. En ese momento apareció Margot disculpándose, diciendo que pensaba que éramos como ellos, que nos iba de todo.

Visitasteis Hamburgo, que acababa de ser la patria pequeña de los Beatles.

Queríamos ver el local donde habían empezado. Dimos una vuelta por St. Pauli, vimos a las putas, y finalmente llegamos al Star Club. Aquello era una mierda, pero mierda, mierda, mierda. Peor que cualquier sitio en el que hubiéramos tocado nosotros. Luego fuimos a otro local en el que dentro había caballos. Sí, podías darte una vuelta a caballo por dentro mientras un grupo tocaba y había una tía haciendo striptease, con los caballos cagando ahí y una peste… Es que, joder, Hamburgo era para verla. Porque además por la calle en cada esquina había alguien dándose palos.

Una vez, en Duisburgo, fuimos testigos de un asesinato. Un mafioso italiano que conocíamos se cargó a un tío delante de nosotros. Era el carnaval y ahí se desmadraba todo dios. Los tíos se disfrazaban de militares, los alemanes por supuesto, y las tías iban todas en pelotas. Nosotros estábamos en la puerta fumando y vimos que se montó una trifulca entre un alemán y el italiano. No sé si es que se estaba tirando a la mujer del alemán. El caso es que aparecieron dos italianos más, sacaron unos estiletes y le cortaron el cuello al tío ahí mismo. Entonces el que se lo cargó vino hacia nosotros directo, nos hizo un gesto pasándose el pulgar por la garganta muy elocuente y se volvió para tirar el cuerpo a un callejón.

¿Y la mujer, la alemana?

Se la tiraron entre los tres y le hicieron de todo. Sí, después de haber matado a su marido. Ella iba completamente borracha, eh.

¿Y…?

Joder, pues muy mal. Luego vino la policía y entró al club pidiendo testigos, pero claro, nosotros callados porque el asesino que nos había amenazado estaba ahí mismo tomando copas tan ricamente.

¿Cómo eran vuestras condiciones de vida allí?

Pésimas, porque mandábamos dinero a casa, a nuestros padres, y hubo un momento en que la cosa empezó a ir mal, pero queríamos seguir mandando para que la familia no nos dijera que nos volviéramos. Así que llegó un momento en el que empezamos a pasar hambre y tuvimos que robar para comer. Al menos, como allí no robaba ni dios, era bastante fácil. Llegó un momento en que teníamos tanta hambre que nos quedábamos tumbados todo el día para no gastar energía. Vivíamos malamente hasta para mear. Por no ver al casero, al que no pagábamos, no íbamos al baño comunitario, meábamos en un sombrero y lo tirábamos por la ventana. De todas formas el baño era un agujero en el suelo por el que veías pasar a las ratas. Éramos unos cerdos, pero éramos felices: tías, follar, rock and roll. No había más.

¿Musicalmente qué aprendisteis en Alemania?

Empezamos a hacer rhythm and blues de verdad. En los grupos ingleses siempre había uno que te enseñaba unos acordes, otro la técnica de la armónica… Coincidimos con Gerry and the Peacemakers, The Searchers, Manfred Mann, con los Pretty Things… Y las pintas. Sin darnos cuenta, al tirar los trajes, ponernos chalecos y dejar de afeitarnos empezamos a parecer un grupo de rock de verdad. Porque en España, solo por ir sin afeitar, con barba de tres días, ya eras un rockero de la hostia, que aquí todo dios iba cortado a navaja. Pero solo fuimos conscientes del cambio al volver a Barcelona.

Los que más alucinaron fueron Los Cheyenes. Nos vieron ensayar un día en la sala Novedades y al terminar nos pidieron que por favor nos cortáramos el pelo, que las melenas era lo único que les quedaba a ellos para competir con nosotros. Nadie tenía nuestra energía en ese momento. Tras el primer concierto que dimos, Los Sírex, Los Mustang y demás se quedaron acojonados, petrificados.

Al sonido le añadisteis acabar los conciertos destrozando los instrumentos y el equipo.

Fue algo que nos surgió de forma natural. Nos calentábamos tanto tocando que empezábamos a darle patadas a la batería y de repente nos dimos cuenta de que la gente se ponía muy cachonda con eso. Para no arruinarnos, sacábamos unos cuerpos grandes como los Marshall que no tenían nada dentro, los podíamos destrozar con los mástiles de la guitarra o el pie de micro. Una vez nos cortaron la luz los curas en el centro moral y cultural o no sé qué de Gracia. Los curas dijeron que cuando nos dio por romper los instrumentos, las chicas se pusieron a chillar y levantarse las faldas. Era mentira, pero…

Al final, con tanto trompazo que les dábamos, no teníamos quien nos arreglara los amplificadores. Buscando, encontramos en el barrio a Corominas, un técnico que reparaba radios y televisores. Vio un Fender y construyó uno similar. Rudimentario, pero que sonaba muy bien. Empezamos a tocar con ellos y, como no sabíamos cómo llamarlos, Delfín dijo «Pues sin marca, Sinmarc». Y Sinmarc se ha quedado hasta hoy. Después quisimos sacar el sonido de «Satisfaction» de los Rolling Stones y este tío nos hizo un pedal distorsionador. Lo llamaron el «sonido mosca», nadie tenía nada semejante en España.

¿Por eso os fichó EMI?

No, porque tocando con Moody Blues, Sebas, que tenía costumbre de tirar el bajo, le dio tal viaje que se cayó por unas escaleras abajo que había al lado del escenario. Como llevábamos unos cables muy largos siguió conectada ¡haciendo un ruido! ¡todo acoplándose! No veas qué escandalera. Por eso firmamos. Nos llamaron para que hiciéramos con los Stones lo que los Mustang hacían con los Beatles. Versiones. Llegamos a un acuerdo para hacer también canciones propias, una mínimo en cada disco. Resultó que luego funcionaron mejor que las versiones, que ya funcionaban mejor a veces que la versión original, como «Todo negro», el «Paint it black» de los Stones. Cuando íbamos a tocar por los pueblos nos decían que había un grupo extranjero que nos estaba copiando [risas]. Pero nuestros grandes himnos fueron canciones propias, «Soy así» y «Es la edad». Además, nos llamaban los Rolling Stones españoles y eso nos jodía bastante, porque a mí no me gustan. Nosotros queríamos ser los Who. ¡Qué cojones los Rolling Stones!

Mi canción favorita de Los Salvajes es «Mi bigote», de esa etapa.

Nos inspiramos en la idea de la psicodelia que tenían los Stones y los Beatles, que estaban con el rollo hindú en esa época. También intentamos hacer lo de los punteos al revés, pero los Beatles ponían la cinta hacia atrás, nosotros no. Nuestro técnico no lo entendía y tuvimos que tocarlo hacia atrás a pelo. Hay que entender que ese hombre un día estaba grabando a una orquesta, otro a Montserrat Caballé y otro a Los Salvajes.

Pese al éxito, seguisteis teniendo problemas en TVE.

Por el pelo y por las pintas. Como la EMI tenía mano, cada vez que sacábamos un disco teníamos que ir a promocionarlo, y cuando llegábamos era: «Joder, otra vez Los Salvajes estos, los peludos, venga, a la peluquería». Nos engominaban, nos ponían pinzas en el pelo, hacían de todo para que no se viera que lo teníamos largo, incluso hacían variación de luces para que no se nos pudieran ver las caras. Un desastre. España era así. Mira a los Pop Tops, que en Pamplona en el Larraina se les ocurrió salir con el cuerpo pintado y un bañador pequeñito y les dio una paliza el público por ir medio desnudos.

Me hace gracia que con esa fama llegarais a tocar en un cuartel de la guardia civil.

Sí, pero eso fue porque nos hicimos falangistas.

¿Falangistas?

Nos gustaba mucho disparar con armas de fuego y un enlace sindical de la Falange nos dijo que si nos hacíamos el carné de militantes podíamos tirar e incluso tocar allí alguna vez. Nos lo hicimos en el acto y terminamos tocando para la guardia civil el día de su patrona. Y muy bien. Oye, que en la guardia civil hay gente maravillosa. Nos respetaron y no hubo malos rollos. Luego por esta historia a mí se me ha tachado de facha. Hace poco Salvador Domínguez me dijo que en Madrid se comentaba que yo era ultraderechista. Pues no lo soy.

¿Por qué se hundió esa escena de tocar en clubes cada fin de semana?

Porque tenía que hundirse. En Montjuïc pusieron la primera discoteca, Lord Black. Fui allí y me dio un mal rollo que alucinas porque vi que podían funcionar sin música en directo. Otra vez fui a Playa de de Aro, donde estaban el Maddox y el Tiffany’s y ya tenían las gogós medio desnudas y todo la historia montada. Eso es lo que pasó, se pusieron de moda las discotecas y se acabó lo que se daba. Ya no te ponían a tocar. ¿Cómo ibas a sonar en directo con los equipos de sonido tan buenos que había para poner discos?

En los años disco, te detuvieron acusado de homosexual.

Como éramos unos golfos teníamos amigos de toda clase; gais, travestis… Un día por la noche iba por la calle con un par y nos pararon en plaza Cataluña, nos pidieron la documentación y, claro, yo también iba enseñando el ombligo, con tacones y la melena, así que me dijeron: «Venga, pa dentro». Me llevaron detenido a la comisaría de Vía Layetana y por protestar me dieron dos hostias, pero bien dadas.

¿No te salvó el carné de la Falange?

Me salvó bastante.

La policía se encontró que había detenido a un falangista con tacones.

Les expliqué que iba así porque era músico. Cuando vino mi manager me soltaron, a los otros dos no. Era muy grave. En Barcelona había un grupo de policía de represión que se dedicaba a detener a homosexuales. Un policía me contó que si cogían a un ladrón, iba esposado de la mano al calabozo. Pero a los homosexuales les ponían la pistola en la sien. Decía que era porque los maricones eran como tías histéricas y llevaban siempre encima un terrón de azúcar o un peine, si te rayaban la cara se te quedaba la marca para siempre. La policía, me dijo, les tenía pánico.

¿Por qué os separasteis?

Cuando la discográfica empezó a pedirnos pop ligero como Fórmula V vimos que ya eran las trompetas de la muerte. Grabamos una canción, «La nana», en esa onda ñoña tipo Los Diablos o Fórmula V, y nos separamos. Yo no quería seguir, los demás lo intentaron sin mí, hicieron un par de actuaciones, pero creo que ni les pagaron.

Antes de esto, dices que José María Íñigo os la jugó.

Nos hizo una putada. Estaban todos en la mili, menos el batería y yo. Así que llevamos suplentes e íbamos haciendo bolos como podíamos. Tocamos en Bilbao, llevábamos metales para hacer soul, e hicimos de todo menos nuestro estilo. Íñigo vino a vernos y nos dijo que se había quedado encantado, pero es un falso de tres pares de huevos. Nos felicitó al acabar la actuación, pero al día siguiente escribió en la prensa que Los Salvajes no habíamos grabado ningún disco, que éramos un fraude, un grupo de mentira. Nos hundió. Nos anularon quince o veinte contratos por su culpa.

¿Os habéis vuelto a ver?

Sí.

¿Y?

Años después monté una agencia de contratación y llevé a artistas como Bordón 4 y me volví a topar con él en la televisión pública, pero no te puedo contar lo que pasó porque no lo puedo demostrar ante un juez y sería delito decirlo. Solo estoy en condiciones de decir que a cambio de salir en su programa en la televisión pública, cuando él hacía salas de fiestas, tenías que llevar a tus grupos a actuar gratis. Lo mismo que me hizo Uribarri, pero este no era tan chorizo. Aunque para llevar a un grupo tuyo a Aplauso, el mío era Goma de Mascar, que les producía Tino Casal, teníamos que ir también a tocar gratis a sus discotecas. No te pagaba ni los viajes. Y claro, o ibas o no salías. Los 40 Principales no eran mejores. Aquí, Salaverri tenía una editorial. De modo que cuando le llegaba un disco de Los Salvajes, elegía cuál iba a ser el éxito y se lo quedaba para su empresa, es decir, todos los royalties para él. Lo que generaras de esa canción se lo tenías que ceder. A cambio, te la ponía y te hacía promoción. Había una serie de puntuaciones según las cuales te radiaban cuatro veces cada hora o una vez al día, pero al final solo te llevabas lo que vendiera el disco, lo de la SGAE era para él. Se hizo millonario.

¿Por qué decidiste dejar Los Salvajes?

Estaba agotado. No quería saber nada de tanto sinvergüenza. El de la compañía de discos que nos descubrió, el muy cabrón, quiso un 10 % de lo que ganáramos. En caso contrario, no nos llevaba a la televisión ni a ningún lado. Añádele el 20 % del representante. Solo con esos dos ya perdíamos el 30 %. Aquí chupaba todo dios. También me afectó que en el grupo al principio éramos como hermanos y luego ni nos hablábamos. Era muy triste.

Tu suegro te colocó en su empresa.

Antes obligaron a mi novia a abortar. Se quedó embarazada y como no teníamos plan para casarnos su madre dijo que lo teníamos que perder. Buscamos dónde y fuimos a parar a uno de esos pisos clandestinos. Fue una carnicería. Estuvo a punto de morir. Se empezó a desangrar y no lo podían parar. Tuvimos que salir a buscar plasma por toda Barcelona. Se salvó de milagro.

Mi suegro era un constructor muy conocido en Barcelona que trabajaba para el Ayuntamiento, el Banco Popular, la Caixa, etc. Me hizo cortar el pelo, peinarme e ir para allá. Quería ponerme en un despacho a escribir cartas a máquina. No me trataba nada bien, pero me educó de la hostia. En cuatro meses llegué a ser director general de la empresa y me hice aparejador bajo mano, sin estudiar. Estuve con él hasta el 73, cuando descubrí que le gustaban cosas muy raras. Digamos que era un millonario con aficiones un poco extrañas. Me dio pánico toda la situación y me fui. Monté una constructora por mi cuenta, me engañaron unos alemanes y lo perdí todo.

¿Por eso te metiste en un monasterio?

Tenía mucha amistad con el padre abad. Me vio muy mal y me dijo que me fuera a descansar allí. Tenía unas depresiones de caballo, dejar la música no es fácil. Para un tío que ha sido tanto es un cambio muy bestia. Al monasterio fui para una semana y acabé dos meses, y porque mi ex vino a buscarme. Estaba de puta madre. Cantaba con los del coro y nunca me hablaron de Dios ni nada de eso. Comía de puta madre, me reía y me encontré a mí mismo. Es decir, tomé la decisión de volver a la música. Era 1979.

Trabajaste, como has dicho antes, llevando el management de grupos producidos por Tino Casal.

Tino había producido a los rockeros Tebeo y a un grupo para niñas, Goma de Mascar, de los que fui representante. Fui a comprarles ropa a Londres y les puse guapísimos, porque ni tocaban ni cantaban. Era todo falso. En su disco yo llegué a cantar algunas partes y otras Tino Casal. Pero logramos sacarlos en Aplauso, ya sabes con qué tratos, y se hicieron muy populares. Claro que, cuando la gente empezó a querer contratarlos, pensamos ¿y ahora qué hacemos con esto? Montamos una banda que pusimos detrás del escenario a tocar y cantar y ellos solo bailaban con los micrófonos apagados. Cuando vi el tinglado en marcha, me dije: nos van a matar.

Resucitaste a Los Salvajes y los pusiste a hacer heavy metal.

Oía cosas de heavy y me empezó a gustar. Cuando fuimos a Londres a por ropa también pillé para nosotros. Mallas, chupas de cuero, cadenas, tachuelas… aquí no había nada de nada. En los sesenta al menos teníamos una sastrería, la del Garby, que nos copiaba lo que veíamos en las fotos de los discos, pero en la primera época del heavy, imposible. Casi nos ficha Zafiro, pero al final se decantaron por Barón Rojo. Nos cogió Belter y no hicimos nada. Aunque teníamos canciones guapas escritas por Tino Casal, «Plastic Lady» y «La bruja», lo que querían era que grabáramos versiones de grupos ingleses otra vez. Las hicimos y no funcionó. Solo tiraba en directo. Una vez me corté con un clavo que había en el escenario, me rajé toda la mano, empecé a sangrar a lo bestia, pero acabé el concierto y los heavys estaban encantados. Se volvieron locos y a mí, claro, me tuvieron que poner la antitetánica.

¿Por qué lo dejaste esta vez?

Atravesé una época chunga, un año bastante negro, con mucho alcohol y drogas, en el que empecé a ver que se iban muriendo mis amigos y decidí cambiar de vida. En una noche de ciego se nos cayó una chica por la ventana de casa, la novia de un músico del grupo. No sé qué estaban haciendo, pero se mató. Me dije que eso no podía seguir así, se me escapaba todo de las manos. También porque sobre el escenario me gustaba hacer las cosas bien, o muy bien, mejor dicho, y cuando estás así ya no eres tú. Así que me metí a promotor, a organizar conciertos con la empresa Play Sounds.

Empezamos a traer heavy metal. No porque me gustara, sino porque ningún promotor gordo de aquí quería hacer conciertos de heavy. Ni Gay Mercader ni nadie. No eran rentables. El marido de la tía que llevaba Play Sounds era uno de los jefazos de La Piara y los millones iban y venían, porque si no… En aquella época no se podía sacar del país tanto dinero y teníamos que pagar las fianzas en Inglaterra. Había que hacer maravillas. Me llevaba los millones en los calzoncillos. Nunca había llevado encima semejantes cantidades de dinero. Pero los conciertos tampoco nos salieron bien.

¿El heavy no lo petaba entonces?

Qué va. Lo cogimos porque no exigían nada. Los ingleses para darte un grupo lo primero que miraban es que tuvieses un pasado como promotor. Eso estaba todo muy controlado, no bastaba con tener dinero. Nosotros empezamos a traer estos grupos perdiendo pasta hasta que dimos el pelotazo con los Judas Priest. Antes pinchamos con Wishbone Ash, que vinieron sin los dos líderes y ya estaban cuesta abajo. Y Motörhead, otro desastre, porque no era el momento de traerlos y era gente muy peligrosa.

¿Por qué?

Iban muy pasados. Cuando vinieron conmigo me dijeron que querían dar una vuelta por Barcelona. Iban ellos tres y los seguratas, pero se paseaban con sus cinturones de balas, unos machetes enormes y metiéndose con todo el mundo por el centro de Barcelona. Les advertí de que por aquí no se podía ir así, que había guardia civil. Iban muy ciegos. Y luego en el Palacio de los Deportes tuvimos un problema mucho mayor porque se lio una pelea monumental con el guitarrista que llevaban, Brian Robertson.

Sí, el de Thin Lizzy.

Iba puesto de heroína. Y cuando llegaron al Palacio montaron el puesto del merchandising delante de la puerta principal. Les dije: «No, aquí no lo montéis, porque cuando abramos las puertas, entran como toros, van a arrasar». Me dijeron que no, gritando. Y vale, pensé: «Pues iros a tomar por culo, ponedlo ahí, ponedlo». Eso hicieron y, cuando abrieron la puerta… Mira, había dos tías que llevaban la tienda, ¿no? Pues la marabunta les pasó por encima, les pegaron, les arrancaron el pelo, no las violaron porque Dios no quiso, les quitaron toda la ropa… Y bueno, el problema fue que una de esas era la novia de Brian Robertson. El tío se puso histérico.

¿A quién quería pegar?

A todo el Palacio de los Deportes [risas]. Todas las camisetas que veía en el público se creía que eran de las que le habían robado a su novia. Empezó a escupir, a insultar, mientras tocaba. Entonces la gente se cabreó y se la devolvió tirándole monedas, hasta una pata de jamón le cayó. ¡Una pata de jamón seco! Total, que cogió, se sacó la guitarra y se tiró. Ya sabes cómo era Brian Robertson, una mierda de tío, y con la heroína imagínate cómo andaba. Pues se lanzó a pegarse con el público. Salieron los técnicos, los pipas de Mötorhead, los seguratas, todos dándole a los chavales con los pies de micro, con todo… Le tuve que decir a Lemmy: «Nene, frena a este tío porque acaba en la morgue». Lo cogió, se lo llevó a un rincón, habló con él y siguió el concierto. El tío estaba tocando muy cabreado, pero acabando el show.

Sin embargo, el técnico de sonido seguía mosqueado con el público, pensaba que le iban a pegar. Entonces, de golpe y porrazo, zas, se fue la luz del Palacio. Todo el pabellón a oscuras en mitad del show. El técnico creyó que la habían cortado para pegarle, así que cogió un hacha, se fue a los cuadros de luz del Palacio y se puso a darles hachazos. Claro, la luz le pegó un leñazo que… Le arrancó toda la piel del brazo. Se fue la luz de todo el Poble Sec. Un barrio entero. Jodió el generador principal que valía tres millones de las pesetas antiguas. Hubo que suspender todo.

Excelente.

Y menos mal que habían hecho ya casi todo el show, porque hubo unas broncas con el público que no veas. El técnico de sonido que casi pierde el brazo, se puso encima unas gasas y tan contento. Estaban muy colgados. Fue todo una mierda total. Luego cogieron un avión y se fueron a Madrid. Cuando llegué yo le dije al manager que lo que había pasado en Barcelona, si se repetía en Madrid, iban todos a la cárcel. «Tú, el Lemmy, el Phil Animal Taylor, todos», le dije. Porque estos jaleos en Inglaterra no los montaban. ¿Qué se creían que era esto? Dejé claro: «Al concierto y callaícos, porque si no paramos y se va a tomar por culo toda la gira». El manager les convenció de que se comportaran y acabamos el tour. En Madrid el concierto fue bien, pero eran tan cerdos… Tanto ellos como los pipas. Los ingleses llevaban con los grupos lo peor de cada casa. Se ve que decían: «Hay una gira, ¿quién se viene?», y toda la chusma que había tirada por Londres se apuntaba.

Mira, ponían una olla con agua hirviendo para hacer café y té. Pues una vez entró el manager y preguntó: «¿Está hirviendo ya el agua? ¡A ver!». Y metió el puño en el agua. Hasta el sobaco, nen. La que se llevó la peor parte fue el agua, que se le quedó flotando toda la roña que llevaba encima [risas]. Luego su autobús, un Pullman, iba todo lleno de tías. Las iban cogiendo por ahí, groupies y hostias, y salía una peste cuando abrías una puerta… Hostias, madre de dios… Después hice a UFO, que dejó un poco más de pasta, pero tampoco estuvo bien. El Phil Mogg se sacó la chorra, se puso a mear y se cayó del escenario.

¿En mitad del concierto?

Sí, hijo. Lo tuvimos que subir nosotros al escenario y cuando estábamos por la rampa iba gritando asustado «¡¿Dónde estoy?! ¡¿Dónde estoy?!?». Le dije al manager: «¿Este tío va a cantar?». Hostia puta, era para cagarse. Luego se puso a mear, hizo no sé qué con el pie de micro y se cayó al foso; hubo que volver a subirlo.

También hiciste a Saxon.

Estos eran majos. Bueno, majos, a ver. Todos son creídos, chulos y prepotentes. Todos los guiris, al menos antes, venían como figuras. Pero de estos lo único que recuerdo discordante fue que llevaban aquellos pantalones ceñidos, elásticos, y el cantante se ponía un paquete de algodón. Pero bien, nada que ver con Black Sabbath.

¿Qué pasó con Black Sabbath?

Venían con Diamond Head y las Girlschool. Triple cartel. Iban a tocar en la plaza de toros Monumental. Venían de sacar el Born Again. El cantante era Ian Gillan y el batería Bev Bevan. Originales solo iban el guitarra y el bajista, Tony Iommi y Geezer Butler. Nos pidió el manager que los sacáramos por ahí de marcha, que eran unos tíos de puta madre. Nosotros estábamos ilusionados, traíamos a Black Sabbath, que nunca habían pisado España, y me los llevé a la mejor discoteca de Barcelona, Up&Down. Fuimos, nos pusieron un palco, Ian Gillan iba como una nena, con un moño. Pero bueno, hasta ahí todo bien. Entonces Gillan se empezó a desnudar y me vino uno de seguridad a decirme que ese hombre hiciera el favor de comportarse. Luego se puso a beber levantando el brazo con la copa, se la volcaba en el antebrazo y bebía el chorro cuando le llegaba al sobaco. ¿Te parece normal?

Total, que los camareros estaban mosqueados como monas. Cuando nos íbamos, uno le dijo a Gillan que el vaso no se podía sacar y se lo quitó de la mano. Como si le hubiera arrancado la vida se puso. Por una mierda de copa. Llamó a dos gorilas, llevaban cuatro, y se pusieron a pegar al camarero. Salieron seis camareros más con las patas de las cubiteras y la cosa cambió. Se pusieron a repartir y ahí recibía todo dios. No podíamos pararlos. Y con una pata de una cubitera puedes matar a un tío. El primero que salió corriendo de ahí fue Gillan. Ya no lo vimos más al hijo de la gran puta.

A un gorila le pegaron con rocas. Vino la policía, yo metí a Tony Iommi en mi coche, a Geezer Butler le rompieron un dedo… Al final todos al juzgado. El manager llamó corriendo a Inglaterra esa misma noche y a las siete de la mañana había aquí un tío con cinco millones en una cartera. Claro, si no, nos metían en la cárcel a todos y se acababa la gira europea. Y eso no era un accidente nocturno, eran millones en pérdidas. Se llegó a un acuerdo, pero todavía en la comisaría estaban sentados los de Black Sabbath y los camareros al lado. Recuerdo que uno tenía una marca de un zapato en la cara, se miraron y ¡boh!, en comisaria pegándose otra vez. Fue la noche más larga de mi vida.

¿Y cómo tocaron?

No querían tocar por lo del dedo de Butler y les dije que ni se les pasara la idea por la cabeza, y ahí sí que aluciné. Estaban en el Hotel Diplomático, de la Vía Laietana, y a la mañana siguiente pidieron cuatro limusinas, una para cada uno. No podían ir los cuatro en una, no. Como en España no había, les puse cuatro Mercedes de puta madre, con chófer. Pensé que querían ir así a hacer la prueba de sonido, pero no. Se largaron. Se fueron al aeropuerto. El manager me dijo que tranquilo, que solo iban a por un encargo. «¿Un encargo?». No me lo podía creer. Pero sí que aparecieron. Vinieron con cuatro alemanes que habían salido de la cárcel, uno para cada uno. No te puedes imaginar cómo eran. ¿Has visto La jungla de cristal?

Sí.

Pues como el rubio con melena guaperas aquel. Tenían miedo de que los matara la gente. Claro, después de la que habían liado. Total, que estos tíos probaban hasta la comida cuando les traían el catering. Y la verdad es que hicieron un show de puta madre, aunque Ian Gillan fue una mierda pinchada en un palo, porque esta no era su historia. Él cantando «Paranoid» y luego los Sabbath tocando «Smoke on the Water»… No pegaba. Después fueron a Madrid y me robaron todo lo que había en los camerinos.

¿Sí? Qué miserables.

Solo por joder. Se llevaban los ventiladores, las botellas, los whiskies, todo lo que quedaba. Y esta fue la aventura con ellos. Las Girlschool eran unas tías de puta madre, drogadas todo el día, pero majas. Y Diamond Head, unos chavalillos. Con estos si pasaba algo ni prestabas atención. Pero los otros eran figuras, nen.

Kiss.

Vinieron con Eric Carr, el batería que se murió por un tumor. Y el guitarrista era Vinnie Vincent, era mariquita. Y no lo digo por decir, iba con tacones de tía y era igual que una tía. Eso sí, tocaba que te cagas. La producción que llevaban me sorprendió. Vino un mes antes. Tuve que ir con un tío sitio por sitio a ver cuántas puertas había, presentarle al jefe de seguridad de cada local. Los americanos no tenían nada que ver con los ingleses, eran verdaderos profesionales. El tío me dio instrucciones. Todo perfecto, pero hubo una cosa que no me dijo: que los Kiss no iban a venir maquillados.

En mis carteles anunciando el concierto sí estaban pintados. Empezó la gira y, tras las primeras fechas por el norte de Europa, salió en la prensa que venían sin maquillaje, era aquello del disco Unmasked o no sé qué, se habían sacado la pintura. Toda la gente empezó a devolver las entradas. Y tenían derecho. Encima, en el contrato, que era un tocho enorme, venían los detalles perfectamente especificados, pero no había ningún artículo que acordara con qué maquillaje tenían que venir. En Madrid, de nueve mil que íbamos a meter en el Palacio de los Deportes, fueron mil y pico. La mitad de ellos por la base americana de Torrejón.

Pinchazo brutal.

Palmé trece millones de pesetas. La Piara era potente, pero me rogaron que no les volviera a hacer un roto así [risas]. De los Kiss, con Simmons hice algo de amistad. Me acuerdo que vimos a sus teloneros, los Tigres, juntos desde un lado del escenario. Me estaba diciendo que tocaban muy bien cuando se dio cuenta de que todos los chavales de la primera fila iban pintados como él. Se le saltaban las lágrimas. «Cómo hemos hecho esto», decía. Pero luego el manager, cuando me quejé de que no había venido ni dios por la broma de venir con la cara limpia, me soltó que eso era culpa mía, que era un mal promotor.  

Encima en San Sebastián tuvimos problemas con el tanque, con cañón y todo, que llevaban para poner encima la batería. Cuando hicieron las pruebas y el tanque se movía para disparar, el escenario se hundía. Tuvieron que llegar cuarenta tíos con vigas y palos para sostenerlo mientras se movía el dichoso tanque. Por cierto, después del concierto en el hotel, en San Sebastián, ¿sabes quién me llamó?

¿Quién?

La ETA.

¿Te llamó ETA?

Sí, que fuera preparando la pasta que había sacado del concierto, que iban a recogerla. Yo les dije que no, aparte de que habíamos palmado dinero. Me contestaron que podía tener problemas y les pedí que viniera alguno a verme y hablábamos. Apareció uno, mira, me acordaré toda la vida. Le dije que yo no les iba a dar mis beneficios, pero que los próximos conciertos que hiciera, porque yo sabía que ellos estaban en el negocio, se los vendía y ellos hacían las fechas en el País Vasco. Yo sacaba algo y lo que diesen en taquilla, para ellos. Les encantó el trato. Nos dimos la mano y los dos siguientes conciertos míos los hizo la ETA.

¿ETA sociedad anónima o qué?

No te puedo dar nombres. Un promotor que hay allí muy conocido. Yo hasta ese día trabajaba con Santi Ugarte, un chaval muy majo que se murió, y tuve que dejarlo y coger al nuevo. Lo entendió. Le expliqué que o hacía esto o me cortaban el cuello. Y no veas cómo eran estos señores. Depeche Mode lo montaron ellos. Me dieron un 50 % el día de la contratación y otro 50 % me lo tenían que entregar cuando llegaban allí los tráilers. Aparecimos y me dicen los etarras que no les había llegado el dinero, que lo sentían. Dije que vale, que nos dábamos la vuelta y no tocábamos. Y el de la ETA: «No jodas, no, danos una hora». Salieron con pistolas y no sé qué hicieron que debieron reventar medio San Sebastián. Me pagaron hasta con monedas.

¿Se fueron a dar palos?

Se fueron a buscar la pasta. Aquella España era así. Y lo mejor de los etarras era la seguridad que montaban en los conciertos. Había unos tíos con unas barras de hierro enormes. Allí no se pasaba ni Cristo. Yo me iba a cenar, me ponían una limusina, con teléfono y todo, que no las había en España, me reservaban en un hotel de Monte Igueldo. Estaba como un marqués. Con ellos hice Depeche Mode y Judas Priest. Aquí sí que hicimos dinero.

El heavy ya vendía.

Claro. Y a nosotros nos respetaban. Estuve en Londres en una fiesta con Keith Richards, por ejemplo; me invitaban porque era un promotor con una trayectoria que reconocían. Pero en España tuve problemas con los promotores locales. En una de estas fiestas me llamó Gay Mercader al hotel. El cabrón había puesto a su secretaria a llamar a todos los hoteles de Londres preguntando por mí. Me dijo: «Hola, sóc el Gay». Quería verme. Me fui a su hotel y se quejó de que no podía ir por ahí de promotor quitándole conciertos. Contesté que con mi dinero hacía lo que quería. Pero el problema que tenían es que cogí una sala de Barcelona, el Studio 54, en exclusiva, entonces ya no la podían usar ellos. Pero decidí dejarlo igualmente. Porque al final llegué a la conclusión de que era más fácil meter el dinero en el banco que hacer un concierto. A la larga salías ganando.

¿Qué traía la lista de peticiones de Kiss?

No era muy ambiciosa en lo que concernía a ellos. Para empezar, porque los cuatro eran vegetarianos, de eso sí que me acuerdo. No querían carnes ni hostias. Me dieron una lista con lo que comían cada día de la semana, tenías que ver cuál te caía a ti y cocinarlo.

¿Puerros y brócoli?

Sí, sí. Lo más raro fue que Gene Simmons fumaba tabaco Abdullah, pero en la redacción del contrato le dije que esto era España y aquí se fumaba Ducados. También tenía problemas con el agua Perrier, que entonces no la había en España ni de coña, y tuve que poner Vichy. Todos estos detalles lo importante era tenerlos por escrito previamente porque si no venían y si faltaba algo te montaban un cirio de cojones.

Lo gracioso es que los Kiss, con el equipo de seguridad que llevaban, se fueron otra vez a la Up&Down. No sé cómo el dueño lo aceptó. Me acuerdo de sus pintas. Unos trajes de piel cruzados, la hostia. Impecables. Eran además unos señores, educados. Eran la hostia. Además, solo sabían follar. El Simmons debía de tener una polla de oro porque no paraba. Todo el día tías, tías, tías. Había que verlo. Un tío de uno noventa de estatura, vestido de cuero, con el pelo crepado y brillante, con la cartera llena de billetes, porque era archimillonario, ¡tenía cola de tías! Eric Carr tres cuartos de lo mismo. Y los otros dos nada, eran gais.

¿Qué tal con los Judas?

Muy bien. Hombre, eran caprichosos, histéricos, como todos. A mí me encantó esta gira porque el manager de los Judas era el manager de los Who, Bill Curbishley, que le había salvado la vida dos veces a Keith Moon. Le invité a cenar y le dije: «Venga, cuéntame todo sobre los Who». El problema que tuvimos con Judas es que, de repente, a mitad del concierto en el pabellón del Real Madrid, me dijeron que K. K. Downing, el guitarrista, no podía respirar. Había una humareda acojonante, asfixiante. Fui corriendo a ver si había oxígeno en la enfermería y se lo habían acabado todo porque tenían a por lo menos mil tíos ahí tirados. Le dije que no tenía y me contestó que sin oxígeno había que parar el concierto. Al final tuve que llamar a una ambulancia que me cobró un dineral y, cuando llegó, me suelta el manager: «Gracias, ya no hace falta, se ha recuperado». Pero los Judas no eran unos tíos conflictivos. Aparte de que cuando les traje ya tenía unas tablas y no me metía en ningún fregado. No me los llevaba a ninguna parte, para eso tenían a la discográfica y a la prensa. La pena con Judas fue que cuando firmé la gira puse que Barcelona tenía nueve mil de capacidad, Madrid cuatro mil y San Sebastián siete mil. Lo que equivalía a tanto dinero. Todo muy bien, muy correcto, pero el problema es que San Sebastián no lo organizaba yo, que se lo vendí a…

A ETA.

A los cabrones estos, sí. Y se lo dije: «No metáis más de siete mil personas porque si ven que hay más tendremos problemas». Y efectivamente los tuvimos. El que llevaba a los Judas ponía a los conductores de los tráilers uno en cada puerta con un contador. Me llegó Bill Curbishley y me dijo «big problems». Cuénteme, contesté. «En Barcelona, ok; Madrid, ok, San Sebastián, no, me dijiste siete mil y han entrado catorce mil. Me debes un millón más de pesetas y lo quiero ahora».

Fui corriendo a pedírselo a los de La Piara y dijeron que no, que ya había cobrado. Si no le dábamos ese millón nos íbamos a quedar sin tres contratos buenos, uno de ellos AC/DC, que ya suponía que pegábamos el salto, pero la directora de Play Sounds era también una millonaria histérica y que no, y que no, ¡y que se joda! Y los que nos jodimos fuimos nosotros, que nos cancelaron AC/DC en el acto. Luego traje algunos grupos modernos y lo dejé. Depeche Mode, que ya te lo he dicho, Classic Nouveau y Ultravox. Los Depeche llevaban mucho grabado, pero los Ultravox, joder, cómo tocaban. Y el Midge Ure cantaba de puta madre. Después de esto ya no hice más.

No sé si antes o después, pero a Iron Maiden los trajiste.

¡Ah, sí! Con Michael Schenker de telonero. Los Maiden bien, pero Schenker, no. A la sexta o séptima canción colgó la guitarra, se metió entre el público y… se fue. Ya no lo vimos más [risas]. Se debió ir al hotel o yo qué sé. Iba muy pasado. Completamente borracho. Gary Borden me contó que los del grupo estaban hasta los huevos de él. También tuvo problemas antes con UFO, es un tío al que se le gira la noria y…

Y a Def Leppard también.

¡Hostias! Me lo he dejado. En aquellas fechas Def Leppard no eran muy conocidos aquí. En realidad formaban parte de un paquete de grupos que tuve que comprar por huevos para poder traer a Kiss. Eran Black Sabbath y Def Leppard; si no hacía estos dos, no me daban Kiss. En Barcelona la cosa fue bien, pero perdimos pasta porque no los conocía la gente. Fue en el Palau Blaugrana y sonaron de puta madre.

Bueno, me tocaron la moral los técnicos. Es que siempre los ingleses venían con borrachos, hijos de puta y mala gente. Nada más entrar me dijeron que «fucking, fucking, fucking», que todo era mierda [risas]. El tour manager me dijo que ahí no podían montar el sonido, ¡en el Palau Blaugrana! Decían que no había 220. Se lo tuve que ir a demostrar, a enseñarles la toma de tierra y todo. Venían con la mentalidad de que en los Pirineos se acaba Europa. Aunque tengo que decirte que algo de razón llevaban a veces, lo de que montes un escenario para el tanque de Kiss y se hunda no pasaba en el resto de Europa.

El caso es que ese día recuerdo que en Barcelona los Def Leppard no llegaban a la prueba de sonido y pregunté dónde estaban. El manager, que era hermano del batería que luego perdió un brazo, me dijo que venían en limusina del sur de Francia. Pregunté qué hacían allí y resulta que entre concierto y concierto un millonario les había dejado un castillo y estaban allí, no te lo pierdas, descansando [risas]. Cuando estaban llegando me dijeron que preparara cinco inyecciones de tal y cual y un médico para que les pinchara. Yo aluciné. Que estaban muy constipados me dijeron. Hice todo, entró el médico al camerino cuando llegaron, y al salir me contó: «¿Unos constipados? tienen unas purgaciones de cuidado, van todos llenos hasta el culo de hemorragias. Pero todos, eh, los cinco, ¡que no se tiren a ninguna tía!, ¡que no se les ocurra!».

¿Y se follaron a alguien?

Mira, se llevaron unas diez o doce tías al hotel. Pasaban de todo. Pero esto solo fue el incidente del primer día. En Madrid también nos fue bien y entonces fuimos a San Sebastián. Resultó que estaba ahí Joe Elliot cantando cuando alguien del público le tiró una moneda y le pegó en plena cara. Se llevó las manos a la cabeza, tiró el micro, y tenía la cara llena de sangre. Yo estaba viendo el concierto detrás con el hermano del batería y salió volando por encima de las cabezas del público, corriendo por encima de la gente, algo que yo no había visto nunca. Cogió a Joe Elliot y lo metió dentro. Al cabo de un rato salieron con un gorila, Joe señaló a alguien del público y dijo: «Ese me ha tirado la moneda». Mira casi lo matan. Le pegaron una paliza… menos mal que llegué y pararon, les dije que iban a tener problemas con la ley. Qué paliza le dieron al tío, tú.

¿El concierto se interrumpe, se bajan a darle una paliza a uno del público y sigue luego todo como si nada?

Sí, se puso una tirita y a seguir. Al jefe de seguridad que me había llevado yo para toda la gira le echaron la culpa. Una moneda te la puede tirar cualquiera y no puedes hacer nada, pero a ellos les daba igual. Al despedirnos, le dieron la mano y el hermano del batería le dijo «Gracias por todo», y al chocar los cinco hace: «crec». Y le pone unas esposas de esas de la policía y le deja esposado a una valla de hierro. «¡Adiós!», le dijo.

El otro se quedó gritando, pero ¿qué podíamos hacer, cómo se abre eso? Cuanto más tirábamos más se cerraba. Tuvimos que llamar a la guardia civil [risas] que, claro, cuando lo vieron esposado en la calle pensaron que pasaba algo gordo. Y nosotros dando explicaciones: «No, no, han sido los Def Leppard». Al final le sacaron pero tuvo que estar horas para aclararlo. Qué cabrones. Pero quédate con esto: tuvo suerte.

¿Por qué?

En un concierto de los que venían de hacer en Francia fue todo mal; la seguridad, el catering, todo. ¿Sabes al promotor qué le hicieron?

¿Qué?

Lo crucificaron.

¿Cómo?

Lo crucificaron en una torre de luces. Lo ataron en el jodido puente de luces, nen. Todo el concierto lo tuvieron ahí colgado [risas].

¿Qué te pasó con Miguel Ríos en Londres? 

Tuve una reunión con él y Carlos Marea, que era su asesor, en Madrid. Me dijeron que querían hacer un concierto en Londres para los emigrantes. Me ofrecieron montarlo. La verdad es que hacer algo en Inglaterra me hacía gracia, a eso no había llegado ni Gay Mercader. Fui, se lo monté con las mismas luces que habían usado Iron Maiden. Toda la preparación fue muy buena, con mucha profesionalidad. Era la hostia. Si hubiese hecho a Manolo Escobar me habría hinchado, pero Miguel Ríos… Había muchos emigrantes españoles, pero mayores. Al final llenamos la parte de abajo, pero los pisos los cerramos porque no hubo gente suficiente. Entonces el acuerdo que tenía yo era de mitad y mitad, en beneficios y en pérdidas. Pagamos dos millones por montarlo, él puso un millón y yo otro, pero no me dieron mi parte de la taquilla. Me echaron además la culpa de que saliese mal. Vamos, no cumplieron su parte del trato.

En los noventa volviste con Los Salvajes con la formación original.

Limamos asperezas y volvimos con un disco, Hace treinta y cinco años que soy así, regrabando todas nuestras canciones. Fuimos funcionando hasta que nos volvimos a topar con la mala suerte.

En el Purpe Weekend de León.

En este festival nos fue bien, de puta madre. Estábamos en una fiesta en una discoteca después de haber tocado y a Francesc, cuando entró, se le echaron encima los fans. Pero no sabes cómo, estaban por los suelos besándole los pies, literalmente, y eran tíos normales, solo que enloquecidos. A Francesc le dio un infarto.

Se emocionó, se tomó cuatro copas y por la noche en el hotel le dio un jamacuco; se lo tuvieron que llevar en helicóptero a Barcelona, un infarto. Ya no estaba para esas cosas. Luego yo tuve problemas con Sebastián, porque estaba tocando con otros grupos a la vez, le dije que eligiera y se marchó. Y Delfín tuvo problemas en el trabajo, depresión y ansiedad en una empresa en la que era el jefe, y lo tuvo que dejar. No obstante, yo quise que siguiera a nuestro lado. Se venía a todos los conciertos que hacíamos sin pagar ni una Coca-Cola. Hasta que un día fui a mirar cómo estaba legalmente lo del nombre del grupo para que no se me pasara renovarlo, ¡y lo había puesto a su nombre! Yo me lo había cogido en el 79 cuando intenté rescatar el grupo, pagué los impuestos correspondientes y me puse a trabajármelo, pero por lo visto eso les había sentado tan mal que estuvieron esperando para poder quitármelo. Al final hablé con mi abogado y me dijo que podía actuar como Los Salvajes cuando me diera la gana, pero grabar discos no podía. Me subió el azúcar, porque soy diabético. Lo quería matar, pero luego dije: que le den por el culo.

Charlie Watts dijo que erais un gran grupo.

Cuando Jordi Tardà, el hombre que más sabía de los Stones y amigo íntimo de Keith Richards, trajo a Charlie Watts a tocar a Barcelona con su grupo de jazz se llevó a Delfín para presentárselo, le hacía ilusión. Estuvieron juntos, hablaron y dijo que éramos un grupo muy bueno. Pero cuando tuvimos la movida por el nombre pensé que ya había hecho todo lo que tenía que hacer y decidí dejarlo definitivamente. En realidad, irte por ahí a tocar a tomar por culo y que te den cincuenta euros, comer mal, dormir peor, es muy duro. Si te vas a Almería por dos mil euros te dejas la mitad en el camino. Todo eso con setenta años te mata. A la vuelta tenía que estar tres días descansando. Así que decidí olvidarme y ponerme a escribir, que es lo que me gusta, y leer. He leído en este tiempo lo indecible. Como un animal, como un salvaje [risas].

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31 Comentarios

  1. Gracias mil por tan magnífica entrevista, mejor por tan estupendo entrevistado, porque él lo pone todo. GRANDE GABY.

  2. Enorme, desproporcionado, sobrenatural, dios, qué jodidamente grande es este hombre, cómo se pasa por el forro de los cojones la puta corrección política actual, dice lo que piensa aunque esté equivocado en algunas cosas pero qué importa, solo por decir lo que le pasa por el tarro sin la más mínima autocensura, tiene todo mi respeto. Que ya lo tenía desde hace décadas, pero después de leer esta… esto no es una entrevista, es otra cosa más grande, una especie de masterclass de lo que es el auténtico rock and roll. No creo que tarde mucho esto en llenarse de comentarios despectivos «Homófobo, misógino, racista, facha, pro-etarra» etc. etc. si es que el hombre es tan grande que se las ingenia para que le arreen de un lado y de otro y se la pela.

    Ya no quedan auténticos rockeros de esta magnitud en el mundo en general. De la generación que triunfó en los 50, solo queda en pie Jerry Lee, cuando se vayan los de los sesenta y los setenta se habrá terminado todo y lo que quedará es lo que ya puede verse en casi cualquier grupo: todo muy profesional, con la lección de rockstar bien aprendida pero con sustancia cero y aparatos de gym en el backstage. Y los que intentan emular a las vacas sagradas, implosionan en cinco minutos porque no aguantan una semana de gira.

    Cuánto le debe España a grupos como Los Salvajes, Lone Star o Los Sirex y qué poco reconocimiento han obtenido ni obtendrán jamás, lamentablemente. Aquí parece que el rock empezó con Tequila pero no, quince años antes como muy bien ha explicado Gaby, hubo una generación de bandas que se partió y les partieron la cara para que este país tuviese un poco de color aunque en pleno siglo XXI aún no hemos logrado ni el Technicolor.

    • Totalmente de acuerdo con todo lo que has escrito. Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto leyendo una entrevista. Larga vida a Los Salvajes, a Lone Star y a todos los pioneros del rock’n’roll de este bendito país.

  3. Soy el hijo de Delfín. Lo que dice Gaby sobre mi padre no solo es mentira sino que me parece repugnante.

  4. Como decía antes soy hijo de Delfín Fernández (batería de los Salvajes) y me gustaría matizar unas inexactitudes de lo que Gaby explica sobre mi padre.
    En primer lugar hay que reconocer que Gaby es un monstruo del escenario con una voz espectacular y que es obvio que los Salvajes sin él no hubieran sido los Salvajes, pero tampoco lo hubieran sido sin la pasión de Francesc Miralles y su idea (casi obsesiva) de crear una banda, ni sin el carisma de Sebas (el Keith Richards de los Rolling españoles no toca la guitarra toca el bajo) ni el tándem rítmico que formaba con mi padre que quería parecerse a Charlie Whatts pero le salía Keith Moon. Y sobre todo Los Salvajes no hubieran sido los Salvajes sin Andy González, que no solo era el compositor de la banda sino que con su virtuosismo y singularidad a la guitarra creó (en mi opinión) la esencia del sonido Salvaje.
    Ahora las matizaciones. Sí, mi padre vivió un proceso depresivo. Sí, en la empresa en la que trabajaba las cosas no funcionaban. Sí, viajó a Gijón con la banda ya no siendo el batería en activo (en términos futbolísticos se estaba recuperando de su lesión) pero por iniciativa del manager. No, mi padre no dejó los Salvajes como consecuencia de su enfermedad ni registró el nombre en aquella época ni lo hizo por motivaciones económicas.
    Por las razones que fueran mi padre y Gaby se distanciaron y dejaron de tener contacto (nota:Gaby ha dejado de tener contacto con la mayoría de músicos que forman la larga lista de profesionales que formaron parte de la banda tras su disolución a finales de los 60) .
    Fue tiempo después y estando ya jubilado cuando a mi padre le llaman dos músicos de bandas de los 60 y le dicen «Delfín hemos estado poniendo al día el registro de los nombres de nuestra banda y hemos visto que el de los Salvajes está sin propietario» a lo que uno de ellos añadió «Si no lo pones a tu nombre lo hago yo al mío» Así pues y con el objetivo de proteger el nombre de la banda Delfín Fernández registró el nombre de los Salvajes.
    Años después se reunió con Sebas y Julián Moreno y fundaron la Delfín Fernández Band para tocar el repertorio de los Salvajes. Casi sin quererlo empezaron a contratarles ¡Hasta Andy subió al escenario en contadas ocasiones!. Aún siendo mi padre el propietario legal del nombre no lo utilzaban (Gaby seguía en activo y no querían solaparse, solo tocar) pero los organizadores de los bolos añadían el nombre de Los Salvajes al de DFB y obviamente el público se refería a ellos con el nombre de los 60.
    Debido a esto y al conocer de la retirada de Gaby es cuando empiezan a utilizar abiertamente el nombre original.
    Otro tema que se omite en la entrevista es cuando años después de la disolución de la banda original Gaby refunda Los Salvajes y no solo registra el nombre sino que se pone como autor de las canciones que en su momento las firmó la banda como Los Salvajes porque no era obligatorio hacerlo en nombre de los Salvajes. Es por ello que en los créditos de Soy Así aparece como autor Gaby Alegret en lugar de su autor real Andy González. Pero eso es otra historia

    • Estupendo libro » Es la edad» escrito por Delfín. Por otra parte creo que Gaby se ha venido arriba en más de una anécdota, quizá también » es la edad».

  5. La entrevista es brutal, pocas veces ( por no decir ninguna vez) he leído una en la que el entrevistado diga todo sin filtro,sin importarle ya nada lo que piense en m resto.
    Lo dicho, espectacular por sincera.

  6. En la entrevista hay palabras malsonantes que pueden molestar a más de uno. Se pueden decir de otra manera y no tan grosera. Veo que tampoco tiene respeto hacia los que fueron sus compañeros de fatigas en Alemania y posteriormente en su exitosa historia musical hasta su disolución.

    • Hombre yo creo que cuando un tío llega a estas alturas de su vida (76 tacos), y el viniendo del mundo del rock, se ha ganado el derecho ha hablar como quiera….

  7. En la parte donde habla de Iñigo, donde no le deja muy bien parado, me acorde de otras movidas que tambien le achacaban al colega, como las visitas a restaurantes. Parece ser que el famoso presentador vasco no tenia muy buena reputacion.

    • Falangista no sé, pero me da que efectivamente fantasioso.

      Con el riesgo de equivocarme, lo de ETA no hay por donde cogerlo, y las aventuras y desventuras de los grupos ingleses…un poco exagerados me parecen, pero bueno nunca se sabe.

      Lo cierto es que cuanto más entrada estaba la entrevista, menos creíble se me hacía lo que contaba.

  8. Próximo capítulo: «Jimi Hendrix nos copió lo de dar patadas a la batería y cómo retamos a los Stones a una pelea a puños en la Plaza de los Cubos»… Madre mía, cuántos estragos causó la droga en aquella época.

  9. En el 69, yo hacía cuarto, y los de sexto de Bachillerato los trajeron a tocar a mi cole de La Salle en Horta, fue despues de lo de Gracia y tenían tirón, para mi fue todo un espectáculo, después la Rosi, una rubita delgada del barrio se enrolló con el cantante supongo que sería Gaby, el tío en el escenario era una especie de Jagger en plan sexi, después de esta actuación, a los de sexto los curas no les dejaron hacer más festivales, se acojonaron.

  10. Suena todo mucho a fantasía y a ganas de notoriedad. Supongo que la nostalgia por los buenos años y el ego hacen que los recuerdos acaben siendo una mezcla de deseos y realidad.

    Leer a Gay Mercader y luego esta entrevista es como la noche y el día. Eso sí, los dos tiran de Keith Richards en un momento dado.

    Aun así es interesante

  11. He leído muchas entrevistas en Jot Down, varias de ellas, con anécdotas espectaculares. Sin embargo nunca hasta esta ocasión, no sabría decir muy bien por qué, me he llevado la sensación de que me están contando una trola. No se. Todo parece tan exagerado, tan aleatorio, a veces estereotípico… En fin, es solo una sensación.

    • Fui a muchos de estos conciertos , en los 80 , un conciertos Heavy era una batalla campal , entre kinkis , pasma , yonkis……vi muchas navajas , peleas , atracos……O sea todo lo que cuenta , en parte lo viví , un saludo

  12. No entiendo eso de que el público dejase de ir a ver a los Kiss porque no llevaban maquillaje, mientras que en la entrada salía Gene Simmons maquillado. La gente sabía perfectamente, por la portada del Lick it Up y por el videoclip del tema, que los Kiss ya venían desmaquillados, así que sorpresa y cabreo ninguna. Yo estuve en el Pabellón del Madrid el primer día y la sala no estaba demasiado llena. La realidad fue que pusieron dos días para un grupo que es de público adolescente, o sea que la pasta la pagaban los papás, cobrando la friolera de 1.700 pesetas por la entrada, tarifa sólo superada el año antes por los Rolling, un mito mundial y con público de mucho mayor espectro de edades que Kiss. Por lo tanto hubo un pésimo análisis de mercado antes de traer a los Kiss. Un año después, repitieron la doble jugada con Scorpions pero ya les funcionó, porque el Still Lovin You y el lp entero eran éxitos planetarios… Y aún así había que llamar a un teléfono a reservar la entrada; te daban un número (etc) : Todo la enésima chapucilla que recuerda que los trajeron por lo pelos, last minute, aunque éste fue Jesús Caja, no Gaby. De AC/DC nos dejaron con las ganas en Madrid y Barcelona y ello con carteles pegados y hasta el último minuto esperando… Y cuando fui a ver si al menos podía copmpensar yendo a los Jethro, éste ya estaba agotado: Sólo quedaba la fecha de Donosti, como para pensar que ETA debía gestionar mejor este negocio que un promotor ufano.

  13. «Le regalamos un disco que habíamos grabado en Marbella»
    Se refiere al disco que grabaron para el sello Marbella, no en el municipio malagueño de igual nombre.

  14. Que chorrada el desanimarse y creer que se dejó de tocar en Clubs porque empezaron a ponerse discos y se habrieron Discotecas, lo que le paso creo que fue más psicológico que otra cosa, yo creo que siempre ha habido público para ambas cosas, de hecho entonces habian muchisimas menos discotecas que ahora, y más al principio que solo había una en Montjuic, hoy en día incluso hay más grupos y siguen actuando grupos y conviviendo con las discotecas.

  15. Bares, Pubs y Discotecas en Barcelona más que en ningún lado, y grupos musicales a doquier, y no sé cómo ocurre, pero hay cabida para todo.

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