Arte y Letras Filosofía

Breve historia de la vanidad

1920px John William Waterhouse Echo and Narcissus Google Art Project
Eco y Narciso, de John William Waterhouse.

No deja de haber cierta ironía en que del libro Masturbación del poeta Ibn-ash-Shah at-Tahiri solo nos haya llegado hasta hoy el título. Tal vez únicamente su autor llegó a conocer el contenido de la obra antes de que resultara destruida por un incendio, inundación o cualquiera que fuese el desastre que se llevó para siempre unas páginas que imaginamos muy inspiradas y sentidas. Ese libro que nadie pudo leer dedicado al vicio solitario se convirtió así de forma inesperada en un acto de vanidad y onanismo intelectual, el mejor homenaje que pueda concebirse al tema abordado. Y decimos inesperada, pero sospechamos que de haberlo previsto lo habría escrito igualmente. ¿Cuántos discos duros y cajones de escritorios tendrán su novela, cuento, carta o artículo inédito de alguien que encontró en la escritura una forma de alivio y después no necesitó o no se atrevió a compartirla? ¿No son los diarios personales al fin y al cabo una forma de tocarse el ego en la intimidad? ¿Habrá ojeado el propio César Vidal los veinte libros que publicó solo durante 2005 para ver de qué tratan o estamos ante el insólito caso del escritor que ni siquiera es leído por él mismo? Suman legión los autores que destruyeron parte de su obra o, a la manera de Kafka, solicitaron a alguien de confianza que lo hiciera tras su muerte (solo nos queda constancia de aquellos que no cumplieron su promesa, qué se habrá perdido…). ¿Pero lo hicieron por autodesprecio o por considerar a la humanidad indigna de su obra? Esa pretensión de destruir la propia creación para escapar así de la posteridad a la que están convencidos que les condenaría tiene algo en común con la paradójica firma que empleaba el dictador Obiang Nguema: «Mi Humilde Persona». Así con mayúsculas, que él no merecía menos.

Decía el Eclesiastés que todo es vanidad y en aquella película en la que Al Pacino se gustaba especialmente como encarnación del diablo, este concluía su última escena diciendo que la vanidad era su pecado favorito. Quizá por ser el más frecuente. Ahora bien, ¿el vanidoso se deleita con su propia mismidad o, por el contrario, lo suyo es consecuencia de cierta insatisfacción personal con lo que realmente es? Decía Nietzsche que «la vanidad es el temor de parecer original; denota por lo tanto una falta de orgullo, pero no necesariamente una falta de originalidad». Una distinción entre orgullo y vanidad que también encontramos en Jane Austen, para quien el primero sería la opinión que tenemos de nosotros mismos mientras que la segunda consistiría en la opinión que nos gustaría que los demás tuvieran de nosotros. La vanidad sería la escalera entre lo que somos y lo establecido socialmente como ideal, entre ser un preso drogadicto de permiso y vestir Emidio Tucci. La escritora Candida McWilliam por su parte daba esta definición:

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14 comentarios

  1. Como las paradojas autorreferentes son fractalmente infinitas, hablar de la vanidad de los demás es la vanidad definitiva. Ops.

  2. Cimex Lectularius

    El que niega su propia vanidad suele poseerla en forma tan brutal, que debe cerrar los ojos si no quiere despreciarse a sí mismo.

    https://youtu.be/7AP0B806Eo4

  3. El Eclesiastés infinito. Los pecados y la culpabilidad universales son fallos básicos en la misma conciencia del ser humano contra los que luchamos de forma caótica y falsamente autoconsciente. Todos somos iguales de una forma tan profunda y básica que nos aterra y no podemos asumirla racionalmente. Toda nuestra cultura, sexualidad, religión y creencias se basan en lucha interna contra una paradoja autorreferente inasumible.

  4. No cuela, pero buen intento

    Formalmente muy bien escrito. Original, divertido, instructivo y tal … pero a veces tergiversado en el contenido, no sé si accidental o deliberadamente. Un par de botones como muestra:
    – El hecho de que Feynman dedicase ese libro al tema citado solamente denota su interés por evitar una actitud ajena que él considera equivocada, y no necesariamente en la actitud que se critica. Por esa regla de tres, la Biblia defiende el pecado y Darwin el creacionismo.
    – «Si solo se dieran limosnas por piedad, TODOS los mendigos hubieran muerto de hambre» no puede ser una frase verdadera, sencillamente, por estadística.

    Eso sí, el final circular volviendo a citar a at-Tahiri es genial formalmente. La pega, de nuevo, es el contenido. Es evidente que Orígenes hizo lo que hizo por evitar hacer lo que at-Tahiri podría haberle sugerido (tal sugerencia no hubiera sido ni posible, por una incompatibilidad cronológica muy probable, ni necesaria, por la tendencia natural que todos experimentamos al vicio solitario).
    Por cierto, no he encontrado ni una sola referencia en internet del supuesto poeta.

  5. Servidora también opina

    ¿Por qué no te iban a dejar? El Opus Dei tiene enemigos incluso en la curia romana. Y ahora, con un jesuita de Papa, sumado a la precaria situación económica que han empezado a atravesar (véase el préstamo millonario que han tenido que pedir para mantener a ese gigante con los pies de barro llamado «CUN Madrid»)… no creo que se preocupen por lo que de ellos escribamos tú y yo.
    Ah, imagen y dinero: dos de los tumores sociales más frecuentes hoy en día.

  6. Luis Manteiga Pousa

    Toda vanidad es absurda. Si acaso, lo que tenemos que ser es agradecidos.

  7. Luis Manteiga Pousa

    No tenemos mérito de nada.

  8. Luis Manteiga Pousa

    No se si hay vanidad, supongo que muy sutil, de haberla, en los ascetas, mártires y altruístas. No se si también hay egoísmo en los altruístas, de un modo muy sutíl, como manera de satisfacer una necesidad propia. No se si todo es, simplemente, distintas maneras de llamar a las cosas, juegos del lenguaje. Quizás depende de las personas, de cada persona, de las situaciones, de los momentos. No se nada, en realidad.

  9. Luis Manteiga Pousa

    Pero quizás cierto grado de vanidad, moderado, sea bueno, recomendable.

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