Un balcón sobre mil guerras

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El impresionante teatro de Leptis Magna, en la costa libia.

Siempre había una poderosa razón para no ir: una guerra en curso, un visado que no llega o, simplemente, una carretera demasiado imprevisible como para tentar a la suerte. Leptis Magna, esa preciosa ciudad romana a orillas del Mediterráneo, también es el tesoro mejor guardado de Libia.

Sabía de su existencia antes de que empezara la guerra de 2011, más o menos como todo el mundo. Cuando el país comenzó a desaparecer entre el escombro, Leptis Magna, «Leptis» a secas, pasó de ser un sustantivo a una mera interjección, un «¡Ay!» que resumía la preocupación de que las bombas llegaran a destruirlo. O un lamento por la pérdida del futuro, de lo que ese rincón del Mediterráneo nunca volvería a ser. Leptis es hoy angustia y melancolía a partes iguales.

—Está a cuarenta kilómetros de aquí, cuando quieras te llevo —escuché en Trípoli de boca de Wail, un treintañero que había trabajado como guía turístico en ese y otros muchos lugares. Hablaba inglés con un acento americano perfecto, tanto que pensé que sería uno de tantos libios que volvían a casa en 2011 tras años de exilio. Resultaba difícil de creer que Wail nunca hubiera viajado fuera de Libia. No recuerdo si la excusa para no ir a Leptis entonces fue que la carretera entre Trípoli y Misrata aún sufría ataques de los últimos leales a Gadafi, o que a Wail le habían robado el coche. Leptis lleva ahí dos mil años y ahí seguirá cuando vuelva, creo que le dije por teléfono antes de despedirme. 

Dos días antes habíamos comido juntos en una terraza literalmente a la sombra del arco de Marco Aurelio, en la ciudad vieja de Trípoli. No habrá en la capital, ni en toda Libia, restaurante más icónico que el Al Athar. Sobre un plato de pescado cocido dentro de un ánfora que el camarero rompió cuidadosamente ante nosotros, Wail me contó cómo funcionaba lo del turismo en los días de Gadafi. Los turistas eran escoltados desde que ponían el pie en el aeropuerto de Trípoli hasta que volvían a subir al avión. Aun así, no era suficiente: cada guía debía mandar un informe diario a la policía, sobre todo si los visitantes eran británicos o estadounidenses. A pesar de la estrecha vigilancia, casi siempre había alguien que conseguía librarse de la disciplina del grupo agarrándose al derecho de todo viajero a perderse cuando le de la gana. Las callejuelas de la ciudad vieja de Trípoli eran un lugar ideal para hacerlo, pero significaba una sentencia de muerte para la agencia turística involucrada. Wail decía que conoció a unos cuantos que tuvieron que cerrar tras un incidente similar.

Era realmente una pena. En Libia hay inmensas playas de arena blanca y desiertos en los que, dicen, aún se conservan huellas de vehículos de la Segunda Guerra Mundial gracias a un curioso fenómeno natural: nunca circula el viento. Debajo de esa arena hay mares de agua fósil y, sobre ella, ciudadelas de montaña como la de Nalut, ciudades-oasis como la de Gadamés, y ciudades romanas como las de Sabrata. O Leptis, claro. Y luego está Trípoli, con su fascinante medina y su Castillo Rojo desde el que Gadafi arengaba a los suyos. Y ese decadente aire colonial italiano que lo impregna todo, desde las vetustas cafeteras hasta la fantasía romana de su antigua catedral (hoy es una mezquita). «Una encrucijada de continentes y antiguos imperios, un lugar donde la historia cobra vida a través de extraordinarios monumentos a orillas del mar», decía una popular guía turística sobre Libia. Solo falta añadir que todo está a tiro de piedra. Roma está más cerca de Trípoli que de Berlín.

Pasear por Leptis es una buena manera de desconectar de la guerra.

Que la sede del Ministerio de Turismo durante la guerra de 2011 estuviera ubicado en un edificio brutalista soviético de color ocre era una metáfora bastante elocuente del espacio reservado al sector. En un despacho sin vistas al puerto por culpa de unas cortinas de lamas verticales que ya no giraban, un hombre enjuto sudaba junto a un cenicero enterrado en colillas. Se llamaba Mohamed Facron y se presentó como el director de Cooperación Internacional del Consejo Nacional de Transición. Fijando la mirada sobre el hueco dejado por el retrato de Gadafi —en Libia se colocaba siempre frente a la mesa, por lo de no darle la espalda al líder— Facron se quejaba de que este hubiera mantenido cerrado el país al turismo hasta 1990. —¿Es usted consciente de las enormes posibilidades de Libia? —soltó antes de arrancar una entrevista sobre el futuro del sector. Podía parecer un tema frívolo en mitad de una guerra, pero era otra forma de preguntar a los libios sobre lo que esperaban del futuro más próximo.

Facron era el hombre mejor situado para convertirse en ministro de Turismo de la Libia revolucionaria pero todavía no se le acumulaba el trabajo sobre la mesa. Era por culpa de la guerra, pero también el legado del modelo rentista instaurado por el rey Idris y que heredó el propio Gadafi. Según datos oficiales, el 85% de los asalariados en Libia pertenecía al sector público. Aún hoy siguen siendo legión los guías turísticos que reciben un salario en un país en el que el turismo es ya un recuerdo del pasado. Como los ochocientos funcionarios del servicio de ferrocarril. Nunca importó que Libia sea el único país del Magreb sin línea férrea. Apenas habían pasado dos semanas desde que lincharan a Gadafi (el 20 de octubre de 2011) pero el ministro en potencia insistía en que el nuevo Ejecutivo sería capaz de garantizar la seguridad a principios de 2012. —Una vez lo hayamos conseguido, los turistas llegarán en masa —sentenció justo antes de encender otro cigarrillo.

No ocurrió ni lo primero ni lo segundo. La euforia tras el final de la guerra aún duró unos meses, pero todo se empezó a torcer a mediados de 2012. El consulado americano ardiendo en Bengasi fue el pistoletazo de salida hacia una nueva etapa en la que cada año sería peor que el anterior. Las disputas intestinas empezaron a desgarrar Trípoli y Bengasi —las dos ciudades principales de Libia— en 2013; en 2014 sería el país el que se partiría en dos: la Libia del este y la del oeste, cada una con su gobierno propio. El Estado Islámico no perdería la ocasión de colarse por la «tierra de nadie» entre ambas en 2015 y levantar la capital mediterránea del califato en Sirte, la ciudad donde nació y murió Gadafi. La operación para extirpar el tumor yihadista llegó a su cénit a finales de 2016, cuando lo acorralaron en un barrio central de la ciudad del que solo se podía huir nadando. Los cadáveres de unos y otros se cubrían con pesados cortinones arrancados de aquella hilera de villas cubiertas de azaleas a pie de playa. Era como si las flores hedieran. 

Al día siguiente me subí a un coche y me planté en Leptis poco después de salir el sol. Justo en la zona de aparcamientos había un puesto de recuerdos donde compré un mapa de la ciudad con el texto en inglés, italiano y francés impreso antes de la guerra. Resulta que Leptis es la adaptación romana del bereber «Lbqy»; lo de «Magna» era para distinguirla de la Leptis Minor tunecina. La libia había sido construida sobre un asentamiento fenicio del siglo VII a. C. y llevada a su máxima expansión ocho siglos más tarde por Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma. La ciudad creció alrededor de un puerto desde el que se exportaba aceite de oliva, oro, marfil, animales salvajes para el circo y esclavos para lo que fuera hacia el resto del imperio. Únicamente Alejandría podía soñar con hacerle sombra entonces, pero aquello duró hasta el siglo V, cuando el rey vándalo Genserico la convirtió en su capital. Justiniano la recuperaría para Roma y luego los bereberes reclamarían lo que siempre había sido suyo. Sin ir más lejos, los romanos acabaron bautizando a todo un continente con el nombre de la tribu cartaginesa local de los Afri. «África» es la «tierra de los Afri». Leptis iría perdiendo su antiguo poderío comercial y, para cuando llegaron los árabes en el siglo VII, apenas quedaba nada. No me extiendo con información que se puede encontrar en la Wikipedia.

Cuesta distinguirlo porque se trata de un camaleón.

Enfilé en el silencio más absoluto por la avenida que Severo construyó para unir la ciudad al puerto, intentando imaginar cómo sería todo aquello. No era difícil porque ya se dice en todas partes que se trata de una de las ruinas romanas más impresionantes y mejor conservadas del mundo. Las columnas de mármol de la basílica, el arco de Trajano, el mercado… Y luego estaban los pequeños detalles, como esa polla tallada en piedra que indicaba que aquella fue un día la calle de las prostitutas. En cualquier caso, lo más impresionante es ese precioso teatro que había visto en tantas fotografías. Desde la grada superior se abría una vista panorámica desde la que podía ver a un grupo jugar un partido de fútbol en la playa y a otros tres chavales haciendo kite surf. La de gente disfrutando de algo, lo que sea, es otra de las muchas imágenes de Libia que raras veces nos llega. Y es una lástima porque son precisamente esas las que nos recuerdan que los libios, lo mismo que los sirios, los afganos y todos los que sufren las guerras, se parecen mucho más a nosotros de lo que solemos pensar.

Poco a poco se dejaban caer los primeros visitantes. Eran parejas locales caminando a una distancia prudencial como marcan los cánones del cortejo en estas latitudes, y también familias con niños de la ciudad vecina de Khoms. Todos parecían querer perderse entre avenidas y callejones que sin duda conocen mejor que nadie. Hay camaleones capaces de fundirse con el color de la piedra por la que trepan sigilosos. Alguien recoge una botella de plástico de la calzada antes de un selfi en el templo de Serapis: agarrado a una columna o de pie sobre ella el más valiente. Desde el templo de Roma y Augusto se escucha hip hop libanés. Llega del teléfono de un adolescente que hace parkour, a pocos metros una repisa contra la que rompen las olas. Libios poco mayores que él estaban en ese preciso momento luchando contra el Estado Islámico a tres horas de coche hacia el este. Costaba creerlo. Únicamente el martilleo sobre nuestras cabezas de los helicópteros evacuando a los heridos más graves a Trípoli nos recordaba que había una guerra en curso. También que, a diferencia de la malograda Palmira en Siria, Leptis quedaba fuera del alcance del cáncer yihadista. 

Buscando la salida me topé con una marea de niños que habían llegado en varios autobuses desde Trípoli. A la sombra del arco de Septimio Severo, cinco profesores entregados intentaban juntar al grupo para darle las instrucciones: tras la visita guiada, los críos tenían una hora para explorar la ciudad por su cuenta antes de volver a reunirse en el mismo sitio. —Les traemos aquí todos los años para que conozcan su historia y la sientan como suya —me dijo uno de los responsables. Era una frase poco original que podría haber escuchado de cualquier profesor en un viaje de fin de curso en cualquier lugar del mundo. Su valor añadido era escucharla en Libia, un país cuya historia más reciente parecía una vulgar secuela de la más antigua. Los turcos, los rusos, los franceses, los saudíes y el resto de los que se disputan hoy este rincón del Mediterráneo no han hecho sino tomar el relevo de romanos, vándalos y árabes.

No he vuelto a Leptis desde entonces por las mismas razones que enumeraba al principio. Cuando escribo estas líneas, se acaba de zanjar la última de las mil guerras libias con una sonora derrota del gobierno del este. Cuesta, no obstante, hacer el corte entre los distintos conflictos, más que nada porque cada uno es la consecuencia del anterior. ¿Cuándo acaba este y empieza el siguiente? Probablemente sea más ajustado a la verdad decir que la guerra que arrancó oficialmente el 17 de febrero de 2011 y que puso fin a cuatro décadas de una dictadura delirante sigue sin apagarse. Eso sí, me dicen que Leptis sigue indemne, que no hay ningún cráter nuevo desde tiempos de los vándalos. Realmente es un milagro.

El arco de Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma.

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2 Comentarios

  1. Gran artículo, gracias. Leptis Magna es uno de esos sitios que antes tenía marcado en la agenda y que la cruda realidad lo ha vuelto casi imposible, al menos hasta dentro de cierto tiempo. Como curiosidad, para los que vivan en el Reino Unido o vayan de visita, parte de uno de los templos y varias columnas de Leptis Magna se pueden ver en Savill Gardens, junto a Windsor. Las “tomó prestadas” el British Museum en 1816 y las colocaron allí poco después.

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