Diego Martínez Barrio, el ilustre y olvidado republicano

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Retrato de Diego Martínez Barrio. (DP)

París, 14 de abril de 1946. En una lujosa residencia de la Avenida de Poincaré se celebra una fastuosa conmemoración, el quince aniversario de la proclamación de la Segunda República Española. Terminados los efluvios característicos de una fiesta con numerosas personalidades, tanto extranjeras como españolas, el protagonista de nuestra historia escribía en su diario la siguiente reflexión:

Mal haríamos los republicanos achacando nuestras desgracias únicamente a la acción de nuestros adversarios. Mal haríamos si fuéramos incapaces de reconocer nuestros propios errores. Ocho meses después de instaurado el régimen republicano se rompieron las treguas políticas, y cada partido quiso hacer una República a su hechura y semejanza… Sobre la cumbre del Estado se desató la lucha iracunda de quienes querían galopar hacia lo desconocido y quienes procuraban sestear en las frondas del pasado. Extendida la enfermedad por el cuerpo social, la izquierda organizó una sedición popular y la derecha una rebelión militar. Así, entre Escila y Caribdis, navegó el bajel republicano hasta 1936…

Con esta elocuencia plasmaba el ya anciano don Diego Martínez Barrio, desde el exilio o como gustaba llamar, «su destierro», una visión cubierta por la amargura de lo que pudo ser y nunca llegó a suceder, la salvación de la República. Aquella por la que tanto luchó desde joven tanto en los círculos republicanos como en las logias masónicas de su amada Sevilla. Una trayectoria vital que le llevaron a ser uno de los más afamados referentes políticos durante los años treinta.

Ese régimen ansiado por el republicano respetado de izquierda a derecha de forma unánime, solo pedía algo que ahora nos puede parecer sencillo, pero que en el mundo de entreguerras era una quimera: la defensa de los ideales democráticos bajo el gorro frigio republicano como símbolo de libertad, igualdad y fraternidad, valores que el sevillano Diego Martínez Barrio verá quebrarse ante la impotente mirada de quien tantos esfuerzos hizo por asentar en su amada patria, España.

El objetivo de este artículo es acercarnos a una figura olvidada de la memoria colectiva, que no de la historia, gracias a las investigaciones del catedrático de Historia Contemporánea Leandro Álvarez Rey, que puso luz a un referente del republicanismo histórico amen de uno de los sevillanos más ilustres que no figura en el recuerdo vivo de sus conciudadanos. Entienda el lector/a que ilustre es aquel que llegó alcanzar las tres altas magistraturas del Estado (presidente de las Cortes, presidente del Gobierno y presidente de la República), a pesar de sus humildes orígenes en una ciudad atrasada social y económicamente como era la Sevilla de finales del XIX e inicios del siglo XX.

Infancia y juventud

Nacido en Sevilla el 25 de noviembre de 1883, a las dos y media de la madrugada, en una casa situada en el número 4 de la Plaza de la Encarnación. Se crio en el seno de una familia modesta, su padre, Juan Manuel Martínez Gallardo, de profesión albañil, era del pueblo sevillano de Utrera y su madre, Ana Barrios Gutiérrez, vendedora en el mercado de la plaza de la Encarnación era natural de Bornos (Cádiz). Se le conoce un hermanastro, por parte de madre, fruto de un matrimonio anterior del que enviudó.

Diego Martínez Barrios —aunque él siempre quiso que se le llamase por Barrio—, como era costumbre en las familias obreras de la época, comenzó a trabajar de aprendiz en diversos oficios, ganándose la vida desde muy joven, con más razón si cabe teniendo en cuenta que con tan solo once años quedó huérfano de madre.

Trabajó de panadero, pasando por el oficio de impresor, tipógrafo y auxiliar administrativo de un procurador. Pasado el servicio militar consiguió colocarse de empleado en el Matadero Municipal de Sevilla. Años en los que ya comenzaba el bueno de don Diego a labrar «la obra de mi autoeducación». Cumplidos los cuarenta años montó, con ayuda de amigos masones, la imprenta Minerva, situada en su propio domicilio de la sevillana calle Lirio nº 5.

Ya por entonces era el líder indiscutible del incipiente republicanismo sevillano, pero antes tuvo tiempo de militar en el anarquismo. A pesar de la ya citada formación autodidacta, a través de las lecturas históricas, novelas y periódicos, nuestro protagonista era un excelente orador que participaba, siendo un adolescente, en mítines y reuniones anarquistas con publicaciones de varios artículos en semanarios donde plasmaba su pensamiento ácrata y revolucionario. Sin embargo, desde 1903-1904 el anarquismo sevillano entró en decadencia por la dispersión de sus militantes y fue entonces cuando Martínez Barrio puso fin a su «pecado de juventud» y comenzó su idilio vital con los ideales de la democracia republicana.

La forja de un republicano

La trayectoria de Diego Martínez Barrio en el republicanismo es una historia de éxito personal, ya que, como indicamos anteriormente, llegó a serlo todo durante los años de la Segunda República. Corría el año 1905 cuando tuvo un impulso «sentimental y romántico» que acabaría llevándole tras los pasos del republicano Alejandro Lerroux, el «Emperador del Paralelo», famoso demagogo agitador de masas populares en los barrios marginales de Barcelona como el Paral·lel, que abanderaba el republicanismo durante los años de la Restauración Borbónica.

Sus primeros años de militancia republicana no le trajeron pocos infortunios. En 1907, a pesar de estar en la reserva, pero al fin y al cabo estando bajo disciplina militar, fue procesado por realizar propaganda subversiva y ese mismo año sufriría dos meses de calabozo en algunos cuarteles andaluces, además de ser procesado hasta en treinta ocasiones por verter opiniones contra la monarquía constitucional de Alfonso XIII.

Huelga decir que, a pesar del régimen constitucional de 1876 y la aprobación del sufragio universal masculino a fines del XIX, la monarquía alfonsina mantuvo un sistema supuestamente liberal y democrático bajo los pilares de la corrupción electoral y la influencia de los caciques rurales.

Pese a todo, a la altura de 1908, cumplidos los veinticinco años, Martínez Barrio fue elegido por vez primera concejal del Ayuntamiento de Sevilla, afianzándose de ahí en adelante como el líder del republicanismo lerrouxista en la Baja Andalucía, a la par que iba reorganizando la masonería sevillana y andaluza. Tras algunos conflictos en el seno del republicanismo local, durante la década de los años diez quedó apartado de las instituciones sevillanas, pero llegado el año 1920 fue de nuevo elegido como concejal en una candidatura que unía a todas las fuerzas republicanas de la provincia.

Sin embargo, su renovado impulso se vio truncado con el golpe de Estado protagonizado por el general Miguel Primo de Rivera y la consiguiente instauración de una dictadura militar que, amparada por la Corona, censuró a todos los partidos políticos y ordenó de forma fulminante el cese de los ayuntamientos.

Referente de la masonería andaluza

Durante los años de la dictadura primorriverista, Martínez Barrio fue consolidando su posición como uno de los masones más relevantes del panorama andaluz y español. A los veinticuatro años inició su andadura en la masonería ingresando en la Logia Fe de Sevilla, adoptando el nombre de Justicia, que años más tarde cambiará por el de Vergniaud, en referencia a uno de los líderes moderados de la Revolución Francesa, un guiño quizás a su propia evolución ideológica.

En 1915 obtuvo su primer éxito como masón al conseguir unificar a todos los talleres sevillanos en una única entidad, la Logia Isis y Osiris, que estaba adscrita a la Federación Masónica del Grande Oriente Español.

Estas logias masónicas funcionaban como círculos donde poder compartir ideas y experiencias culturales fundamentalmente adscritas al republicanismo democrático y liberal, aunque durante años, el franquismo se encargase de que esta fuese vista como un nido de «conspiradores judeizantes y marxistas». Nada más alejado de la realidad.

Las logias cumplían con su misión: difundir los valores republicanos durante los años de la monarquía y, con más ímpetu, desde la clandestinidad durante la dictadura militar de los años veinte, década que sirvió para catapultar a nuestro protagonista así como a su partido —Partido Republicano Radical— y logia en los referentes del republicanismo sevillano y andaluz que estaba ya preparando su asalto al poder.

Y por fin ¡llegó la República!

Llegaba el año 1930 y Primo de Rivera era invitado por Alfonso XIII a dimitir del poder ejecutivo. La monarquía se veía presa del apoyo que había otorgado al dictador y decidió emprender una huida hacia delante con la pretensión de una vuelta a la normalidad constitucional, colocando para tal misión a otro militar, el general Dámaso Berenguer. Esta etapa, conocida como la Dictablanda, no consiguió tal objetivo. Mientras, en España crecía como la espuma el fervor republicano, que quedó perfectamente expresado en la sentencia que el filósofo Ortega y Gasset publicó en El Sol en su famoso artículo «El error Berenguer»: «Delenda est Monarchia».

El republicanismo estaba cogiendo forma y más si cabe tras el pacto de San Sebastián firmado en agosto de 1930. Un acuerdo que proyectaba un manifiesto revolucionario en el que Martínez Barrio, inserto plenamente en esa Alianza Republicana, debía encabezar en Andalucía el levantamiento antimonárquico. Tras el fracaso estrepitoso de los planes golpistas que los republicanos llevaron a cabo —sublevación de Jaca en diciembre de 1930— nuestro protagonista tuvo que huir del país hacia tierras galas, un presagio desalentador de lo que el futuro le aguardaba.

Desde su exilio de Hendaya, don Diego ya advertía que el monarca estaba «herido de muerte» y que era cuestión de meses la llegada de la ansiada República en España, y que esta debía formalizarse a través de las elecciones municipales que el Gobierno de la monarquía, dirigido por el almirante Aznar, había convocado para el 12 de abril de 1931. Unas elecciones que como el propio Martínez Barrio advertía eran «una manifestación plebiscitaria sobre la continuación o licenciamiento de la monarquía».

Cuando los comicios electorales arrojaron el resultado a favor de los republicanos en las grandes ciudades, es decir, aquellas que estaban exentas de la influencia de caciques rurales y el amaño electoral, se produjo lo inevitable. Alfonso XIII, desprovisto de todo apoyo, entiende que debe abandonar el país y así lo comunica a la nación. Era 14 de abril de 1931, se proclamaba la Segunda República Española y comenzaba una fiesta popular en las calles de España, fundamentalmente protagonizada por las clases populares que veían en el advenimiento republicano la panacea que resolvería todas sus penurias existenciales.

Durante los primeros meses de la joven república, Diego Martínez Barrio, firmante del Pacto de San Sebastián, fue confirmado como ministro de Comunicaciones del Gobierno Provisional de la Segunda República. Y como advertimos anteriormente, su carrera política siempre fue en paralelo con su proyección como masón, así como en el partido de Lerroux. De esta forma, también fue nombrado gran maestre del Grande Oriente Español —la más alta distinción de la masonería en España— y número dos del Partido Radical.

Es aquí cuando decide hacer pausa a su agitada vida madrileña y visitar su amada Sevilla, recibiendo de sus convecinos una fastuosa bienvenida, como solo sabe hacer esta ciudad cuando quiere agasajar a uno de los suyos. Y es que en 1931 don Diego era una de las personas más influyentes del país. El Ayuntamiento le nombró —con el voto a favor de los concejales monárquicos— hijo ilustre y predilecto de la ciudad de Sevilla. Fue tal el homenaje que hasta sus rivales políticos fueron a recibirlo, miembros de la patronal y hasta el arzobispo de la ciudad, el cardenal Ilundain, famoso por sus ideas cercanas al tradicionalismo, que fue personalmente a mostrar sus respetos acudiendo al hogar de Martínez Barrio.

Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña. (DP)

El republicano moderado

Conforme iba consolidándose como una de las figuras claves del nuevo régimen, comenzó a mostrar disconformidad con los postulados más radicales de sus colegas de gabinete, en el que, además de republicanos de izquierda a derecha, también había una gran presencia de socialistas.

Su posicionamiento fue la defensa de una futura constitución que debía alejarse del inmovilismo, que según él caracterizaba a las derechas tradicionales, así como los extremismos del signo contrario. Una clara convicción laicista que no debía interpretarse con vejaciones ni manías persecutorias contra la Iglesia católica, al tiempo que hacía una defensa de la familia perfectamente compatible con la implantación del divorcio.

A pesar de militar en el Partido Radical, que ocupó el centro político durante estos años, su republicanismo democrático tenía una fuerte convicción social, algo que le situó siempre en el ala progresista dentro del partido. Esto se veía en su defensa de la propiedad privada —amenazada por la fuerte presencia entonces de anarquistas y socialistas de índole revolucionaria— pero considerando que esta estuviera subordinada a su función social. En el plano territorial, otro de los temas candentes por entonces en España, apoyaba el reconocimiento de las regiones históricas sin que ello supusiera un perjuicio a la unidad española. En definitiva, el bueno de Martínez Barrio preconizaba el establecimiento de una República democrática que fuera ante todo eficaz, un Estado fuerte que fuese capaz de atraer y ser amada por todos los ciudadanos.

Sin embargo, su posicionamiento iba a ir reculando hacia posiciones más centralizadas ante las decisiones que el Gobierno Provisional iba adoptando. A finales de 1931 abandona su función gubernamental y pasa a la oposición. En estos momentos su peso en el Partido Radical aumenta, es sin lugar a dudas el lugarteniente de Lerroux. Juntos iniciarían una fuerte oposición al nuevo gabinete que se conformó una vez fue promulgada la Constitución de 1931, que ya dejó muchas grietas entre los propios republicanos.

El nuevo Gobierno presidido por Manuel Azaña estuvo conformado por una coalición de republicanos izquierdistas y un PSOE que entonces apostaba por la colaboración con la democracia burguesa que defendía Indalecio Prieto. Precisamente Martínez Barrio protagonizó grandes desencuentros con el socialismo, fundamentalmente con los miembros más revolucionarios liderados por Largo Caballero.

Su postura era clara, la República acabaría desbordada por la izquierda si el PSOE no se apartaba del gobierno. Su oposición se hizo cada vez más dura, ya que de forma permanente atacó sin remilgos las reformas estrellas del gabinete republicano-socialista como fueron el proyecto de Reforma Agraria y el Estatuto de Cataluña.

Durante aquel 1932, Martínez Barrio iba sintiéndose cada vez más incómodo con la crispación política de la que era participe directo, amén de las sospechas que vinculaban al líder de su partido con el intento golpista que protagonizó el general Sanjurjo en agosto de ese mismo año desde Sevilla. Aun así, llegado el año 1933, su férrea labor opositora no se vio reprimida, su nombre iba asociado al del obstruccionismo parlamentario hacia todas las medidas que el gabinete Azaña pretendía ejecutar. Llegó a calificar dicho gobierno como «una verdadera dictadura que nada tiene que envidiar a la fascista». Una postura que él mismo no tuvo reparo en considerar años más tarde como equivocada.

Un hombre de Estado

Tras los terribles sucesos de Casas Viejas (Cádiz) el Bienio republicano-socialista cayó en desgracia, Azaña presentó su dimisión y el presidente de la República, el conservador Niceto Alcalá Zamora, nombró a nuestro protagonista ministro de la Gobernación en un gabinete de transición formado exclusivamente por republicanos, que apenas duró veintiséis días. Pero inmediatamente recibió de nuevo la llamada del jefe del Estado para que el 9 de octubre de 1933 accediese a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros —actual presidente del Gobierno— pero solo con un fin: disolver las Cortes y convocar elecciones generales. De este modo Martínez Barrio ocupó de forma circunstancial una de las más altas magistraturas estatales, y no sería la única.

Tras unos comicios considerados como los más limpios de la Segunda República, las derechas, al inicio noqueadas por el advenimiento republicano y ahora perfectamente organizadas, ganaron las elecciones bajo una coalición de católicos y agrarios integrados en la CEDA liderada por Gil Robles. El Partido Radical obtuvo la segunda posición en las Cortes, algo que no impidió al viejo republicano Lerroux ser llamado por Alcalá Zamora para que formase un gobierno presidido por él mismo, ya que no se fiaba de Gil Robles y su falta de lealtad hacia la República.

El nuevo gabinete radical tendría el apoyo parlamentario de los ciento quince diputados de la derecha católica de Gil Robles. Martínez Barrio aceptó formar parte del gobierno de Lerroux, al inicio como ministro de la Guerra —actual ministro de Defensa— y posteriormente retomó la cartera de ministro de la Gobernación. Fue entonces cuando comenzaron las fricciones con su idolatrado líder Alejandro Lerroux, al que durante tantos años fielmente siguió.

El andaluz no toleraba de buen grado la hipoteca que suponía para el gobierno y su propio partido el apoyo de la CEDA, a la que consideraba como el gran enemigo de la República. La ruptura definitiva llegó en mayo de 1934. Martínez Barrio anunciaba a Lerroux por escrito su salida del gabinete y su filiación del Partido Radical ¿Los motivos? Han sido muy debatidos, pero fundamentalmente su postura frente a una acción gubernamental, que consideraba alejada de los principios republicanos, en parte debido a la presión que ejercía la CEDA y una relación demasiado intoxicada con el viejo líder republicano, que en palabras del sevillano: «Lerroux quería deshonrarme, quería comprometerme en alguna operación política deshonrosa, como fue después la represión de Asturias. Por eso me fui». 1934 supuso un nuevo giro político en su carrera. Rompía con Lerroux para acercarse a quien tanto había criticado, Manuel Azaña.

La Unión Republicana

Llegando a finales de 1934 parecía que el bueno de don Diego daba por concluida su meteórica carrera política; nada más alejado de la realidad. En septiembre de ese mismo año fundó su propio partido que estaría liderado por él mismo. Según recogía El Liberal: «Este partido de Unión Republicana es más que un partido, una soberbia excitación a la fraternidad liberal democrática de España y al mantenimiento de la constitución de 1931».

En efecto plasmó todas las esencias de su pensamiento en la Unión Republicana, un partido democrático-liberal que anhela la justicia social, el reconocimiento de la diversidad regional siempre «dentro de la unidad indestructible de España». En definitiva, se presentaba como el máximo defensor del orden constitucional y sensible a las desigualdades sociales, que el Estado republicano debía contribuir decisivamente a soslayar, siempre dentro de la ley y alejado de los desvíos revolucionarios de la extrema izquierda.

Precisamente estas ideas que preconizaba Martínez Barrio empezaban a quedar desfasadas ante la progresiva radicalización de las derechas e izquierdas españolas. Tras los sucesos de octubre de 1934 —revolución en Asturias e intento de independencia en Cataluña— la política republicana quedó dañada ante la tentativa golpista y revolucionaria de la izquierda más extremista y de la durísima represión ejercida por una República en manos de conservadores y sus antiguos compañeros de partido. Los mismos que iniciaron una campaña persecutoria contra los seguidores del político sevillano, que además de cerrar sus centros de forma arbitraria trataron de involucrarle inútilmente en los sucesos de octubre de 1934.

Fue su amigo personal, aunque rival político, el conservador monárquico Juan Ignacio Luca de Tena, propietario del ABC, quien permitió que Martínez Barrio pudiese desmentir su involucración en los sucesos de Cataluña. Fue precisamente esta torpe política persecutoria de las derechas la que ocasionó su entendimiento con otras formaciones del centro-izquierda que acabarían desembocando en la coalición del Frente Popular a comienzos de 1936.

Del Frente Popular a la rebelión militar

Llegaba el año 1935 y Diego Martínez Barrio, cada vez más cercano a Manuel Azaña, contemplaba como el gabinete de Lerroux caía en desgracia ante los escándalos de corrupción que comenzaron a destaparse. Ante esta situación, Alcalá Zamora disolvía las Cortes y convocaba elecciones para febrero de 1936.

En dichos comicios Martínez Barrio volvió a ser elegido diputado por Madrid bajo la coalición electoral del Frente Popular. Esta era una estrategia que emplearon distintas fuerzas de izquierdas burguesas junto a las organizaciones obreras como freno al avance fascista en algunos países europeos —véase el caso de Francia— y en España se optó por seguir dicha estrategia, teniendo en cuenta que la propia ley electoral republicana premiaba a los partidos que se presentaban en coalición. En este sentido, la izquierda había aprendido la lección de 1933 y se volvió a presentar más unida que nunca. Sin embargo, lo planificado no acabaría resultando tan idílico.

Las izquierdas ganan las elecciones, no exentos de polémica los comicios, y los militares planean un golpe de Estado. El panorama era de una creciente tensión entre las distintas fuerzas políticas, muchas se radicalizaban cada vez más y/o directamente acudían a la violencia política abandonando el parlamentarismo.

Pero en febrero de 1936 no tenían la suficiente fuerza como para pensar que en España la democracia estaba del todo quebrada, solo hay que atender al ínfimo peso electoral que obtuvieron comunistas —diecisiete escaños de cuatrocientos setenta— o los fascistas de Falange Española —la friolera de cero diputados—, por tanto había cierto margen de maniobra antes de que el proyecto de 1931 se fuese a pique.

Y para ello, Diego Martínez Barrio, junto al líder moderado del PSOE, Indalecio Prieto, y el líder de la Izquierda Republicana, Manuel Azaña, orquestaron un plan de estabilidad para apuntalar el régimen republicano. La Presidencia de la República debía caer en manos de Azaña, la Presidencia del Gobierno en manos del socialista Prieto, mientras que la Presidencia de las Cortes en las del político sevillano.

Y así fue, Martínez Barrio sumó otro peldaño más a su carrera política y ostentaba otra alta magistratura estatal siendo nombrado presidente de las Cortes con el voto unánime de izquierdas y derechas. El 8 de abril de 1936, por orden de las Cortes, se decidió destituir a Alcalá Zamora de la Jefatura del Estado y sustituirlo por Manuel Azaña. Este juró su cargo el 11 de mayo de 1936, ya que durante ese mes Diego Martínez Barrio fue quien asumió la Jefatura del Estado de forma interina, alcanzado así la máxima distinción política.

Sin embargo, el plan se frustró en el último momento con la negativa de Largo Caballero —ala revolucionaria del PSOE— a que su partido entrase en el ejecutivo. El Gobierno recaería en el republicano Casares Quiroga, cuyo bajo perfil político no contribuyó precisamente al freno de la creciente violencia política que se desataría durante la primavera de 1936. Para Martínez Barrio, la acción del gobierno era nefasta y ya auguraba por entonces sus malos presagios: «Me ratifico en el juicio, un poco pesimista, que tengo en este momento de la historia. Aquí todo el mundo propende a la exageración, como si entre las posiciones diversas, y aun antagónicas, no hubiera predicados comunes, los bastantes para facilitar al país una larga temporada de reposo. Destino, fatalidad, ¡vaya usted a ver! Procuraremos que julio sea benigno y favorable al propósito».

Apenas semanas después de dirigirle estas palabras al exministro católico Giménez Fernández, en la noche del 12 al 13 de julio, se produjo el asesinato del líder ultraconservador de Renovación Española, José Calvo Sotelo, a manos de agentes de la autoridad —guardias de asalto que vengaron así el asesinato la noche anterior de su compañero el teniente coronel Castillo por fuerzas derechistas—, algo que sobrecogió el alma de Martínez Barrio.

Su preocupación iba en aumento ante lo irreversible del suceso y se dispuso a ejercer como autoridad. Para ello convocó una reunión de la Diputación Permanente para el 15 de julio, con objeto de discutir la aprobación de la prórroga del estado de alarma en el que se encontraba en esos momentos España motivada por la creciente violencia callejera. La reunión fue un fracaso y sirvió para dejar constancia que las fuerzas políticas ya no podían resolver sus diferencias mediante la palabra.

Ante tal evidencia, Martínez Barrio trató de presionar a Azaña para que sustituyera al timorato Casares Quiroga del Gobierno, ya que este consideraba que no existía ningún tipo de peligro que acechara a la República. Los rumores de un golpe militar eran crecientes, Martínez Barrio lo sabía, los servicios secretos también, el Gobierno no se daba por enterado y la Jefatura del Estado no actuaba, la desesperación iba en aumento y lo peor estaba aún por llegar.

El frustrado Gobierno Martínez Barrio

El 17 de julio de 1936 las tropas de Marruecos se sublevan contra las autoridades legítimas de su país y Martínez Barrio recibió la llamada de Azaña para que formase un gobierno de conciliación nacional que evitase una hipotética guerra civil. La misma noche del 18 de julio telefoneó a los cabecillas de la rebelión militar para intentar convencerles de que depusieran las armas y se sometieran al imperio de la ley. Pues esta era su misión gubernamental, la unión del mayor número de fuerzas republicanas para someter a los extremismos bajo obediencia constitucional y controlando el orden público. Sin embargo, aquel intento estaba condenado al fracaso desde el primer minuto. Ya era demasiado tarde.

Acusó su frustrada e inocente esperanza a las presiones a las que fue sometido su efímero gobierno por parte de los elementos más izquierdistas. En una carta dirigida a Salvador de Madariaga en 1943 afirmaba que «el gobierno Martínez Barrio murió a manos de los socialistas de Largo Caballero y los comunistas. Y de algunos republicanos irresponsables. Seguramente pasó lo que más convenía, porque el 19 de julio ya estaba el poder en medio del arroyo y no era tarea humana, careciendo de fuerzas organizadas, la de combatir en dos frentes, el de los enemigos declarados y el de los amigos tibios dispuestos a convertirse en enemigos».

La deslealtad mostrada por el PSOE se hizo manifiesta con las ácidas críticas de Prieto al «gobierno de los catafalcos», el diario socialista lo calificaba de «marrullero de la baja política» mientras que Largo Caballero veía el momento idóneo para armar al pueblo. Los anarquistas de la CNT denominaban al político sevillano como el «enemigo del proletariado» y las masas populares eran agitadas para presionar a las puertas del Palacio Real, donde Martínez Barrio despachaba con el presidente de la República.

Tras cuarenta y ocho horas sin descanso y abatido por los acontecimientos, el 19 de julio presentó su dimisión y se trasladó a Valencia para dirigir la Junta Delegada del Gobierno para la región del Levante, zona que tras el golpe de Estado fallido había permanecido leal a la República.

Guerra civil

España estaba divida en dos bandos ahora irreconciliables, y Martínez Barrio se sentía incómodo en esa tesitura, como tantos republicanos moderados que se vieron desbordados por la tragedia que suponía el estallido de la guerra civil.

Durante los años que duró la contienda permaneció en territorio español, tratando de ayudar allí donde pudiera resultar útil su labor. Incluso realizó varios desplazamientos al extranjero para tratar de recabar ayuda para la República, pero las potencias democráticas ya habían decidido dar la espalda a la democracia española, mientras las potencias fascistas intervenían directamente en el conflicto y la República caía bajo una creciente influencia comunista por el apoyo de la Unión Soviética.

En Figueras (Girona) el 1 de febrero de 1939 presidió las últimas Cortes que se celebraron en suelo español. Franco, líder supremo de las fuerzas sublevadas, ocupaba Barcelona y Martínez Barrio, como miles de españoles, emprendía un exilio hacia Francia que le consumiría sus últimos veintitrés años de vida.

El exilio

Instalado en París el 27 de febrero de 1939 y manteniendo su condición de presidente de las Cortes, recibió la dimisión de Manuel Azaña como presidente de la República. Unos meses más tarde la guerra había acabado y Franco instauraba una dictadura fundada en su poder omnímodo y elementos que iban desde el fascismo más superficial al tradicionalismo ultracatólico.

En definitiva, a España se le reservaba todo aquello contra lo que siempre luchó nuestro protagonista, que como él mismo refirió poco antes de morir, se veía a sí mismo como el mítico personaje de Pérez Galdós, Gabriel de Araceli, que una y otra vez tropezaba con la vieja España oscurantista.

La misma que en 1942 le condenó a través de los nuevos instrumentos de represión que instauraba la dictadura franquista. En el caso de Martínez Barrio fue condenado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo por rebeldía a treinta años de cárcel e inhabilitación perpetua.

Una vez estalló la Segunda Guerra Mundial, pasado el verano de 1939, Martínez Barrio tuvo que partir hacia Cuba e inmediatamente después a México, donde gracias al gobierno de Lázaro Cárdenas colaboró para hacer llegar a muchos españoles exiliados. Por entonces ya vivía con estrechez económica, algo que no le impidió mantenerse activo por el bien de una hipotética restauración democrática en España.

Durante aquellos años se dedicó a visitar países latinoamericanos para recabar apoyo de los gobiernos para la República Española en el exilio, a la par que mantenía contactos con la masonería americana. En 1943, junto al socialista Indalecio Prieto, organizó la Junta Española de Liberación, con el propósito de agrupar a todas las organizaciones del exilio republicano. Y el 17 de agosto de 1945 fue nombrado oficialmente presidente de la República Española en el exilio.

Un año más tarde, finalizada la guerra en Europa, Martínez Barrio regresa a París, donde el Gobierno francés le cede una lujosa residencia en la Avenida Poincaré. Durante un año estuvo trabajando por la restauración republicana sin éxito alguno. Pronto fue consciente de que las potencias aliadas no intervendrían en España para expulsar a Franco.

De ahí en adelante, hasta su fallecimiento, vivió con penurias económicas a las afueras de París, en un modesto piso donde recibía visitas de antiguos colegas y rivales políticos, como el propio Gil Robles, quien reconoció que la gran dignidad que emanaba aquel viejo republicano y masón sevillano le causaba su gran respeto y admiración. Una figura que nunca aceptó ayudas económicas de los antiguos partidos republicanos y sí de sus hermanos masones, ya que ello no le traería dificultades éticas ni morales.

Y añorando a Sevilla llegó el final

En 1960, tras el fallecimiento de su esposa Carmen, caerá en profunda depresión. En sus últimas cartas don Diego añoraba «los días felices de nuestra Sevilla, perdida y amada». Se preguntaba si algún día podría volver a caminar por sus calles. Posiblemente recordaba la última vez que estuvo en su amada ciudad.

Eran los días 21 y 22 de abril de 1936 y el por entonces presidente interino de la República acudía en compañía del presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys, con el objetivo de rebajar la tensión que había inculcado en él las fuerzas conservadoras tras los sucesos de 1934. Además de la fastuosa recepción en el ayuntamiento de la ciudad y la visita por los Reales Alcázares, coincidió con la celebración de la Feria de Abril, algo que aprovechó el bueno de don Diego para que el presidente Companys tuviera ocasión de conocerla. Los sevillanos, al verlos juntos, gritaban vivas a la República y Cataluña. Aquellos días de abril, absorto entre el júbilo que le proferían sus conciudadanos y el típico olor a azahar de la primavera sevillana, fueron la feliz despedida de su ciudad, sin presagiar el dramático desenlace que el futuro le reservaba.

El 1 de enero de 1962 fallecía de un repentino ataque al corazón y sería enterrado en París cubierto con la bandera republicana bajo una modesta lápida que rezaba: Diego Martínez Barrio. Sevilla, 1883 – París, 1962.

En 1960, pocos días después del fallecimiento de Carmen, redactó su testamento en el que incluyó lo siguiente: «Creo en Dios. Pido que cuando muera se trasladen nuestros restos al cementerio de San Fernando de Sevilla y en él se procedan a la definitiva inhumación. Creo tener derecho a sepultura perpetua como concejal que he sido de la ciudad. Deseo que al morir se envuelva mi cuerpo en la bandera de la República. Durante mi larga vida he sido leal a la patria, a la libertad y a la república. Los servicios prestados pertenecen al juicio de la historia. Los propósitos fueron rectos y desprovistos de odio hacia el adversario. Esa ha sido y es mi tranquilidad».

Regreso del hijo ilustre y predilecto

Así pues, siguiendo sus últimos deseos y gracias al Ayuntamiento de Sevilla y diversas asociaciones, Diego Martínez Barrio pudo regresar a Sevilla treinta y ocho años después de haber fallecido. El 15 de enero de 2000 fue inhumado en el cementerio de San Fernando de Sevilla, donde le esperaban miles de sevillanos, como en tiempos pasados cada vez que don Diego decidía acudir a su amada ciudad. Y ahí, junto a los sones del «Himno de Riego» y las banderas republicanas se cerraba el círculo histórico de uno de los más ilustres españoles, masones, demócratas-republicanos y sobre todo, sevillanos de nuestra historia. Sirva esta humilde contribución para menguar el olvido y rescatar la memoria colectiva de sus conciudadanos y compatriotas.


Bibliografía

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ÁLVAREZ REY, Leandro (1993). Diego Martínez Barrio y el partido de Unión Republicana en Sevilla. Trocadero. Revista de Historia Moderna y Contemporánea volumen (5): 555-580

ÁLVAREZ REY, Leandro (2000). «La forja de un republicano: Diego Martínez Barrio (1883-1962)». Ayer (Madrid: Asociación de Historia Contemporánea; Marcial Pons Ediciones de Historia) (39): 181-205. ISSN 1134-2277

MARTÍNEZ BARRIO, Diego (1983). Memorias. Editorial Planeta.

MARTÍNEZ BARRIO, Diego; (2014). Del Frente Popular a la rebelión militar. Centro de Estudios Andaluces. Editorial Renacimiento.

TUSELL, Javier; (1999). «Historia de España en el siglo XX», Madrid: Taurus Ediciones.

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2 Comentarios

  1. Hoy día los masones ya no son ni la sombra de lo que llegaron a ser. Tienen demasiada competencia y el mundo se ha vuelto mucho más complejo.

  2. Creo que es un panegírico realizado con datos reales pero donde se cometen bastantes errores más producto de la visión elogiosa del autor que de la realidad de los hechos. Tomando un tema bien concreto: el desconocimiento de la figura de Santiago Casares Quiroga, tambien figura destacada de la Masonería Española, al que se despacha como «político de bajo perfil», siendo el baluarte del republicanismo gallego y del galleguismo durante muchos años anteriores a la propia república y a través de su padre Santiago Casares Paz desde finales del siglo XIX.
    Sería interesante que el autor de este artículo leyera el libro de Emilio Grandío que enlazo aquí, antes de lanzarse calificaciones apresuradas para defender el buen nombre de su protagonista.
    https://www.amazon.es/Forja-lider-Santiago-Casares-Quiroga/dp/8495427281

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