
París, 14 de abril de 1946. En una lujosa residencia de la Avenida de Poincaré se celebra una fastuosa conmemoración, el quince aniversario de la proclamación de la Segunda República Española. Terminados los efluvios característicos de una fiesta con numerosas personalidades, tanto extranjeras como españolas, el protagonista de nuestra historia escribía en su diario la siguiente reflexión:
Mal haríamos los republicanos achacando nuestras desgracias únicamente a la acción de nuestros adversarios. Mal haríamos si fuéramos incapaces de reconocer nuestros propios errores. Ocho meses después de instaurado el régimen republicano se rompieron las treguas políticas, y cada partido quiso hacer una República a su hechura y semejanza… Sobre la cumbre del Estado se desató la lucha iracunda de quienes querían galopar hacia lo desconocido y quienes procuraban sestear en las frondas del pasado. Extendida la enfermedad por el cuerpo social, la izquierda organizó una sedición popular y la derecha una rebelión militar. Así, entre Escila y Caribdis, navegó el bajel republicano hasta 1936…
Con esta elocuencia plasmaba el ya anciano don Diego Martínez Barrio, desde el exilio o como gustaba llamar, «su destierro», una visión cubierta por la amargura de lo que pudo ser y nunca llegó a suceder, la salvación de la República. Aquella por la que tanto luchó desde joven tanto en los círculos republicanos como en las logias masónicas de su amada Sevilla. Una trayectoria vital que le llevaron a ser uno de los más afamados referentes políticos durante los años treinta.
Ese régimen ansiado por el republicano respetado de izquierda a derecha de forma unánime, solo pedía algo que ahora nos puede parecer sencillo, pero que en el mundo de entreguerras era una quimera: la defensa de los ideales democráticos bajo el gorro frigio republicano como símbolo de libertad, igualdad y fraternidad, valores que el sevillano Diego Martínez Barrio verá quebrarse ante la impotente mirada de quien tantos esfuerzos hizo por asentar en su amada patria, España.
El objetivo de este artículo es acercarnos a una figura olvidada de la memoria colectiva, que no de la historia, gracias a las investigaciones del catedrático de Historia Contemporánea Leandro Álvarez Rey, que puso luz a un referente del republicanismo histórico amen de uno de los sevillanos más ilustres que no figura en el recuerdo vivo de sus conciudadanos. Entienda el lector/a que ilustre es aquel que llegó alcanzar las tres altas magistraturas del Estado (presidente de las Cortes, presidente del Gobierno y presidente de la República), a pesar de sus humildes orígenes en una ciudad atrasada social y económicamente como era la Sevilla de finales del XIX e inicios del siglo XX.
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Hoy día los masones ya no son ni la sombra de lo que llegaron a ser. Tienen demasiada competencia y el mundo se ha vuelto mucho más complejo.
Creo que es un panegírico realizado con datos reales pero donde se cometen bastantes errores más producto de la visión elogiosa del autor que de la realidad de los hechos. Tomando un tema bien concreto: el desconocimiento de la figura de Santiago Casares Quiroga, tambien figura destacada de la Masonería Española, al que se despacha como «político de bajo perfil», siendo el baluarte del republicanismo gallego y del galleguismo durante muchos años anteriores a la propia república y a través de su padre Santiago Casares Paz desde finales del siglo XIX.
Sería interesante que el autor de este artículo leyera el libro de Emilio Grandío que enlazo aquí, antes de lanzarse calificaciones apresuradas para defender el buen nombre de su protagonista.
https://www.amazon.es/Forja-lider-Santiago-Casares-Quiroga/dp/8495427281