Cine y TV

El incomprendido Monsieur Hulot

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Jacques Tati en Mon oncle, 1958. Fotografía: Cordon Press.

Viste gorro, gabardina por encima de un traje de pantalón encogido, calcetines de rayas y zapato lancha. Le cuelga un paraguas, tiene andares desgarbados y fuma en pipa. Se llama Monsieur Hulot y es un señor francés tímido, casi mudo, amable, respetuoso y bienintencionado pero malhadado, que encara todo tipo de situaciones inopinadas y con ellas crea, involuntariamente, un festival de gags en las películas de Jacques Tati, director y actor que a su vez interpreta a Hulot. Tati ha pasado a la historia del cine francés —y mundial— como uno de sus grandes cómicos, pero un repaso a sus películas lleva su figura más allá de la carcajada, y permite brindarle atención a lo que queda tras la risa. A lo que narra y lo que deja a la libre interpretación. A lo que describe y lo que critica. Y, por supuesto, a todo lo que parodia. Ahí sí, a través del gag y su personaje vertebrador. Es el cine de Tati, conocido por su maestría cómica heredada —en parte— del cine mudo y la comedia física, una oda a las cuitas del anónimo frente a una sociedad que muta y que lo deja fuera de foco. Un individuo extemporáneo, un superviviente frente a un mundo del que no forma parte y que es representado por Monsieur Hulot. 

Nacido cerca de París en 1907, Tati, cuyo verdadero apellido era Tatischeff, apocopado en tiempos de entreguerras —es nieto de militar aristócrata ruso, hijo de francorruso y francoholandesa—, se aficiona pronto a la interpretación. Lo hará en el music hall, luego en cortometrajes. Ya ha traspasado la treintena cuando empieza a escribir guiones y no es hasta los cuarenta cuando se estrena como director de cortos. En el medio, la historia: Segunda Guerra Mundial, ocupación, liberación, posguerra. Y entonces llega su primer largo. Es 1949. Jour de fête tiene como protagonista a un cartero, François, durante un día de fiesta, ya lo dice el título original, en un pueblo del valle del Loira. A través de gags relata una historia en la que el costumbrismo ejerce de cincel con el que va esculpiendo su imagen de sociedad, vislumbrando, muy a lo lejos aún, lo que vendrá en siguientes filmes. A pesar de no compartir estilo ni características con el posterior Monsieur Hulot, François sí coincide en algo que marca la trayectoria de Tati: el personaje forma parte del pueblo, pero no es valorado. A veces, incluso, es burlado, como hacen sus vecinos después de ver en el cine una película sobre el correo en Estados Unidos. Ahí aparece también uno de los mensajes recurrentes, la crítica —descacharrante— al progreso entendido como el american way of life

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4 comentarios

  1. Armando Bulla

    No me extraña nada el relativo fracaso de Tati porque la gente, en general, no quiere ver películas mudas. Esto es así aunque le pueda escocer a más de uno o una. Sí, naturalmente quedan ahí Chaplin, Keaton y Lloyd que me encantan, pero por ejemplo, no puedo soportar cosas como El acorazado Potemkin, Intolerancia, o Amanecer, las firme quien las firme y esto es compartido por muchísimos millones de personas en el mundo.

    • Tienes razón. ¿Quién va a leer a Cervantes, que escribía en un idioma tan absurdo, pudiendo disfrutar de la muy actual Lucia Etxebarria?

  2. Àlex Álvarez

    Yo creo que las películas de Tati no son «mudas». Eso sí, no tienen ruido.

  3. Mon Oncle, pura perfección.

    Ojiplático me dejó cuando la vi por primera vez, en La 2 antes de llamarse así, hace la tira de años, de madrugada. Sería en Cine Club o así.

    Ni sabía lo que estaba viendo, pero me captó hasta el final.

    Hasta el cartel de la película es una obra de arte.

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