Gracias, Ingmar

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Sommarnattens Leende (Sonrisas de una noche de verano), 1956. Fotografía: Svensk Filmindustri Productions.

En 1955, después de haber puesto en escena Don Juan de Molière y La casa de té de la luna de agosto en el Teatro Nacional de Estocolmo, Ingmar Bergman se retiró a descansar a un hotel de lujo llamado Monte Verità, en la frontera italosuiza, con la idea de escribir el guion de una comedia romántica y ligera. Los Alpes no le atraían lo más mínimo, bien al contrario: le deprimían. Cerca del hotel había un hospital para sifilíticos, y Bergman los veía salir a pasear cada mañana, desde la ventana de su habitación, en fila, con máscaras de cuero, como un desfile de cuervos que él mismo podría haber filmado. Cuando no podía más del aburrimiento, conducía hasta Milán para escuchar óperas, que tampoco contribuían a elevarle el ánimo. Detestaba los montajes pomposos de la ópera italiana. En su biografía, cuenta que en aquella época padecía insomnio y se planteaba a menudo la posibilidad de quitarse la vida. Estaba, como casi siempre en su vida, entre dos amantes; no acababa de decidirse por ninguna y sospechaba que ellas tampoco iban a decidirse por él. Empezó con desgana, por fin, el guion que se había propuesto escribir aquellos días en su habitación de hotel frente al Monte Verità.

Hay noches, en estos días, en las que, sin razón aparente, te despiertas empapada en sudor a las tres de la mañana. Te levantas, miras el teléfono, te entretienes mirando las noticias un rato, consultas tus correos, estás incómoda, te colocas otro cojín detrás de la nuca. Te invade una desazón extraña que no se sabe de dónde viene: otras noches, con desazón o sin ella, has dormido sin problema hasta una hora razonable, pero no esta noche, en la que empiezas a pensar si tu buena suerte con los ciclos del sueño se ha acabado. Ninguno de los libros que tienes en la mesilla te atrae especialmente, y anoche terminaste la última novela que te interesaba: La extranjera. Bella, oscura, impredecible, inclasificable. Te levantas, sales al patio, todo está tranquilo, el aire muy quieto. Parece que hasta las lagartijas del jardín están agotadas y duermen. Repasas mentalmente la lista interminable de las obligaciones que se suponía que ibas a tener los próximos días: textos que escribir, correos que responder, mudanzas, traslados, viajes, recados, encuentros, llamadas, médicos. Nada es especialmente grave ni urgente, aunque, en la nebulosa del insomnio, todo se agranda y se complica y se tuerce antes de haber empezado. Uno de los consejos supuestamente infalibles que alguien te dio para combatir el insomnio es no hacer nada: dejar la mente en blanco en un estado próximo a la meditación. Lo que antes se llamaba «contar corderos», algo que siempre te ha costado horrores, porque empiezas a pensar en el acto físico de contar corderos y a imaginártelos, con sus balidos y sus lanas colgando y sus caras aviesas y torcidas, y ya no te funciona el truco. Pero ahora, el insomnio tiene que ver con que mañana, y probablemente pasado y el otro, y hasta no se sabe cuándo, no habrá viajes, ni encuentros, ni rodajes, ni nada; solo otro día de incertidumbre y empacho de noticias, y los únicos traslados serán a la nevera, que ya grita cuando te ve. Ahora el insomnio es una tundra de niebla espesa y vértigo: no hay meditación que te sustraiga de ella. Miras las ventanas que dan al patio y te preguntas cuánta gente yace dando vueltas en sus camas, pensando en cómo cruzar la niebla y salir de la tundra e imaginar la rara normalidad de mañana.

Decides poner un DVD en el maltrecho reproductor. Es curioso cómo, todavía, un acto físico tan tonto como meter un disco en un aparato a la hora de ver una película te sigue pareciendo mejor, más humano y menos raro que el streaming. Cómo te agarras a estos pequeños actos atávicos, cómo te resistes a tirar tus mil deuvedés que crían polvo en las estanterías. Una película de Ingmar Bergman, en blanco y negro, que viste hace muchísimos años y que apenas recuerdas. En la pantalla, un rondó amoroso, divertido, sensual y poético te hace olvidar el insomnio y bendecir el momento en que Bergman combatió el suyo, escribiendo esta bellísima película. Sonrisas de una noche de verano. Esa noche duermes ocho horas de un tirón. Gracias, Ingmar.

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4 Comentarios

    • Vaya nivelazo, tu comentario.
      El texto está muy bien escrito y es muy interesante, de una, por lo demás, excelente cineasta, de la que deberíamos sentirnos orgullosos, en vez de fijarnos en esas tontadas.
      Como diría Forges, País…

  1. Vivimos tiempos difíciles, de cambios y que Isabel muestra muy bien en este artículo. Cómo el ser humano, en la más complicadas de las situaciones debe canalizar todo su empeño en crear arte. Bergman lo hizo. Cualquiera de nosotros podemos.

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