Un camino entre las nubes

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Fotografía: Unukorno (CC).

Los primeros pasos los dimos en la más absoluta negrura, entumecidos después de dos días de marcha por las montañas. Un mal racionamiento, fruto del agotamiento y del mal de altura, nos había dejado sin provisiones. A esa hora la luz de las linternas apenas dejaba adivinar el contorno de la neblina en la que estábamos inmersos. El rocío de la mañana había convertido el mero hecho de caminar a oscuras en una experiencia difícil, por lo que la comitiva avanzaba con tiento, atenta a cada recodo del camino. Pequeños gruñidos de angustia, excitación e impaciencia interrumpían el constante jadear de los caminantes. Sentíamos que no estábamos solos, como si los Apus, las divinidades locales, nos estuviesen mirando acusadores desde las cumbres cercanas, intentándonos disuadir de continuar por ese camino centenario.

El sol comenzaba a despuntar a lo lejos, al fondo del valle. La alborada dejaba paso a un alba leve cuya intensidad apenas iluminaba nuestras caras desencajadas por el esfuerzo. En ese punto el camino empedrado se tornaba cada vez más regular conforme nos aproximábamos a la cresta de la montaña. Un muro de piedra se erguía a nuestra izquierda, primero tímido y después poderoso, para protegernos de los habituales desprendimientos de la montaña. A la derecha solo había oscuridad y abismo.

Era la época seca, lo que no impedía que los últimos frutos del deshielo se lanzasen montaña abajo, salvajemente primero y disciplinadamente después, controlados por los sistemas de desagüe y canalización del camino y de las terrazas agrícolas. El destino final de sus aguas, el río Urubamba, se adivinaba en lo más profundo del valle, donde el refulgir de sus destellos de plata jalonaba la oscuridad de las primeras horas de la mañana, liviana ya en su retirada. 

El camino se hizo progresivamente más empinado. La mochila pesaba, las piernas dolían, los dientes rechinaban. Una sección más espesa de jungla nos cubrió, hurtando la visión del río y sumergiendo al grupo en un silencio ensordecedor en medio de una negrura más densa. Caminamos muy juntos, agarrados, buscando evitar cualquier sorpresa que la oscuridad pudiese esconder. Doscientos metros más adelante el camino se desdibujaba a los pies de una escalera abierta en el muro que nos protegía de la pendiente. Haciendo un último esfuerzo, clavamos las botas y nos aupamos sobre la plataforma de piedra. El paisaje se abrió, majestuoso. El sol de la mañana rielaba sobre las copas de los árboles de las junglas cercanas. Un verdor intenso, desconocido hasta entonces, se filtraba entre las ruinas de ese asentamiento, compuestas por muretes de piedra sin techar que todavía dejaban adivinar estancias seculares, otrora importantes. 

Nuestra vista pronto descubrió una mancha parduzca, a ratos grisácea, que se desparramaba por la cresta de la montaña frente a nosotros, interrumpiendo el denso bosque con una sucesión de verdes praderas y grises construcciones. La disposición de las ruinas, la posición del sol y la orografía cercana nos indicaban que estábamos en el Inti Punku, un observatorio solar que constituía de facto la puerta principal al santuario inca. Aquellas construcciones situadas en el extremo del camino empedrado, por tanto, no podían sino pertenecer al objeto de nuestros anhelos. Era ella, estaba allí. Enfrente, alzándose majestuosa sobre un verde mar de selva, se hallaba la ciudad perdida de los incas. 

Los incas fueron el último gran imperio americano en ser descubierto. Originalmente un reino menor enclavado en los alrededores de la actual Cuzco, en las difíciles montañas andinas, los incas supieron forjar en apenas ciento cincuenta años un imperio multiétnico cuyos dominios se extendían desde la costa del Pacífico hasta las selvas amazónicas, salvando accidentes geográficos en una de las zonas más difíciles del planeta para establecer un control efectivo sobre desiertos y cordilleras, mares y junglas. Un imperio primitivo que, a pesar de no disponer de moneda, ni de registros escritos ni de bestias de carga, supo extenderse a lo largo de cientos de miles de kilómetros y a través de seis países, y que en su época de mayor esplendor estuvo habitado por un número aproximado de diez millones de almas. 

Camino del Inca
Una sección del Camino del Inca en Bolivia. Fotografía: Cordon Press

La cultura inca floreció porque supieron dominar la agreste geografía andina gracias a avances tecnológicos propios y a la absorción y reproducción a mayor escala de los avances tecnológicos de las culturas que los precedieron. La más importante de estas culturas preexistentes fue la cultura huari, un pueblo andino cuya principal característica era saber modelar el paisaje según sus intereses. Su principal logro fue crear complejos sistemas de irrigación en altura que conducían, mediante canalizaciones y acueductos primitivos, desde las altas cumbres andinas hasta las secas planicies a sus pies, salvando en ocasiones varias decenas de kilómetros de distancia. Habida cuenta de que la mayor parte de las civilizaciones precolombinas sudamericanas vivía en zonas desérticas o de montaña, esta capacidad para aliviar las duras condiciones de vida mediante una modificación inteligente de la topografía suponía un avance tecnológico de capital importancia para asegurar su supervivencia y posibilitar un desarrollo superior de su cultura.

En términos agrícolas, la aportación capital de los incas fue el desarrollo de una tecnología simple pero efectiva para asegurarse la supervivencia de los cultivos a condiciones climatológicas extremas: la agricultura en bancales a gran escala. Cada urbe inca presentaba un acondicionamiento de la orografía circundante a base de terrazas cerradas por taludes de hasta tres metros de altura. El escalonamiento en bancales les permitía estratificar el terreno dedicado al cultivo, para asegurar su fertilidad, y acumular el calor del sol en los taludes de piedra durante el día y radiarlo por la noche hacia el interior, para evitar la congelación de los cultivos y combatir el frío inherente a la vida en altura. Después de la canalización alpina del agua de deshielo, esta sencilla técnica era capaz de originar microclimas cálidos en las altas montañas que aseguraban el vital cultivo de cereales como el maíz, base de la alimentación inca. En las ruinas de Moray, por ejemplo, se han registrado aumentos de hasta ocho grados centígrados en el interior de esas terrazas con respecto a la temperatura ambiente gracias al uso inteligente de este sistema de bancales, en este caso concéntricos, para acondicionar la montaña.

En unas zonas donde el clima era desértico, árido y seco, la capacidad de los incas para desarrollar cultivos en altura les confirió una ventaja decisiva. La utilización a gran escala de esta técnica agrícola les permitió trascender la economía de subsistencia y desarrollar industrias con las que sustentar las necesidades de su incipiente imperio. Las campañas militares, sobre todo a partir del Inca Pachacútec, a finales del siglo XV, se fundamentaron sobre la rápida movilidad de unas tropas incas más numerosas y mejor equipadas que las de sus contendientes. La dominación regional fue, por tanto, una consecuencia inevitable del dominio de los elementos naturales. En este sentido, cabe destacar que uno de los símbolos de poder de la corte imperial inca sobre su territorio era la existencia de qolqas o silos de alimentos donde guardar el excedente agrícola. Estos se ubicaban en la parte alta de las principales ciudades y en los puestos de control de los caminos, cumpliendo así una doble función: representativa del poder imperial y de almacenamiento del excedente alimentario. 

Esa voluntad de expansión devino en una intensa labor de conquista y sometimiento de culturas vecinas que duró poco más de un siglo. Uno de los símbolos imperecederos del poder del imperio fue el Camino del Inca, o Qhapaq Ñan en quechua, una amplia red viaria que alcanzó su mayor extensión a principios del siglo XVI, cuando conectaba cuarenta mil kilómetros a lo largo de seis países modernos con la capital imperial, «Qosqo». Desde el sur de la actual Colombia, en su extremo septentrional, hasta las llanuras de la actual Tucumán, en Argentina, y el desierto de Atacama, Chile, en sus límites meridionales, el Qhapaq Ñan fue una de las obras de ingeniería más notables del periodo precolombino, ya que atravesaba junglas y desiertos, cordilleras y sistemas costeros, con el fin de extender el poder de la capital imperial hasta los confines del Tahuantinsuyo, el Imperio inca. 

Dos vías eran las principales: el Camino Real que conectaba Quito con Cuzco, y el Camino de la Costa, que discurría paralelo al mismo y conectaba localidades costeras de Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Entre ambas vías, una infinidad de caminos menores conectaba los diferentes puntos estratégicos. La tecnología de esas vías era adaptativa: los tramos costeros estaban construidos entre altos muros que los protegían del viento mientras que los tramos de montaña contaban con sistemas de desagüe para amortiguar la erosión de torrentes. Aunque la sección era variable, se ha descubierto que la anchura máxima nunca excedía los cuatro metros. El Qhapaq Ñan nunca se detenía: si encontraba obstáculos insalvables, como ríos o gargantas profundas, la red viaria contaba con puentes hechos con fibras, aún en uso, para salvar esos desniveles. Se ha calculado que el trayecto entre Cuzco y Quito, de alrededor de mil quinientos kilómetros, se podía hacer en cinco días mediante postas.

La función más importante del Qhapaq Ñan no era solo vincular físicamente entre sí el Tahuantinsuyo, sino también ser un mecanismo de integración y una vía de diseminación de la ideología y el poder incas. Sus calzadas de piedra constituían un tejido conjuntivo que vertebraba a todos los pueblos sometidos y les recordaba que pertenecían a una realidad mayor que su villorrio o su cultura: eran de facto parte del Tahuantinsuyo, el insigne imperio regido según los designios de Sapa Inca, el emperador descendiente del dios Ti (Sol), desde Cuzco.

La estructura y el trazado de los caminos evidencian el vínculo de los incas con el medio físico que alumbró su cultura. La combinación del profundo entendimiento de la orografía y la creencia en los espíritus ocultos en elementos naturales y accidentes geográficos como montañas, rocas, ríos y cordilleras, llamados Apus, les empujaban a escoger para su localización parajes sobrecogedores, casi mágicos, por los que trazar sus calzadas.

A toda historia, sin embargo, le llega su final. En 1532, un destacamento de españoles comandado por Francisco Pizarro desembarcó en el actual departamento peruano de Tumbes. El momento no podía ser más propicio, ya que una cruenta guerra civil por la sucesión al trono del Inca entre los hermanos Huáscar y Atahualpa acababa de llegar a su fin. A pesar de que el conflicto se resolvió a su favor, Atahualpa no tuvo ocasión de ser coronado Sapa Inca antes de ser capturado y ejecutado por las tropas de Pizarro en la actual Cajamarca. Estos hechos fueron el comienzo de un conflicto que en pocos meses destruyó el Tahuantinsuyo y eliminó cualquier vestigio del otrora invencible poder imperial inca. Apenas una década después se instauró el virreinato del Perú en nombre de Carlos V.

En la década siguiente, previa a la definitiva implantación de la administración española, estallaron muchos conflictos que acabaron borrando gran parte del rastro del antiguo dominio inca sobre el territorio. El mismo sistema viario que sirvió para incorporar nuevos territorios al Tahuantinsuyo fue el que introdujo velozmente a los conquistadores, ebrios de sangre y fuego, hasta el corazón de la legendaria Cuzco. En los años posteriores, sin embargo, sus huellas sobre el antiguo territorio se fueron borrando.

Y, sin embargo, no todo fue conquistado. Escondido entre las montañas del Perú ancestral se esconde un pedazo del Qhapaq Ñan original que vincula Ollantaytambo, la última fortaleza del valle sagrado de los incas, con una ciudad perdida en las montañas cuzqueñas: Machu Picchu. Esta ciudad, originalmente construida como un lugar de descanso del Inca Pachacútec, fue misteriosamente abandonada tras la conquista española. Durante décadas después de su descubrimiento se consideró, erróneamente, que había sido el último refugio de los incas de Vilcabamba, los últimos supervivientes del Tahuantinsuyo en las junglas cuzqueñas. La importancia viaria de este pedazo de Camino del Inca, situado a ochenta kilómetros de Cuzco, es escasa, ya que constituía una vía menor, pero reviste gran importancia simbólica debido al buen estado de conservación de su trazado, el carácter único de su emplazamiento y la naturaleza inviolada de los asentamientos que conecta.

Machu Picchu, Perú. Fotografía: Vasenka Photography (CC).

Aventurarse por este pedazo del Qhapaq Ñan original, denominado en la actualidad genéricamente como «Camino Inca», es la mejor manera de imbuirse del espíritu original de esa cultura. A lo largo de aproximadamente cuarenta kilómetros, su serpenteante calzada pétrea vertebra una docena de complejos arqueológicos que se ubican desafiantes en las faldas y los riscos de las montañas que rodean el camino. Así, poblaciones de nombres tan evocadores como Llaqtapata («lugar elevado»), Phuyupatamarca («ciudad sobre las nubes») o Wiñay Wayna, («eterna juventud») se suceden en la falda de altas montañas o sumergidas en espesas secciones de jungla, supervivientes de un pasado glorioso que una vez alumbró a la civilización inca.

Con origen a los pies del nevado Verónica, el Camino Inca recorre los primeros kilómetros en medio de un paisaje sin apenas vegetación, un páramo en altura interrumpido ocasionalmente por rebaños de llamas y alpacas. Pequeñas construcciones quemadas por el sol son el refugio de familias de agricultores y pastores de subsistencia. El camino se hace más duro conforme se gana altura y el ambiente se hace más frío. El paisaje paulatinamente se llena de plantas tapizantes, matorral bajo, y otras especies vegetales de nombre desconocido entre las que todavía se pueden vislumbrar manadas salvajes de llamas. Llegado a un punto, el camino, que hasta ese momento ha alternado pistas de tierra con lajas de piedra, finalmente se convierte en una escalera sin aparente final que se aventura entre las nubes y que nos conduce al abra de Warmiwañusca, «Paso de la Mujer Muerta», el punto más alto de nuestra travesía, a cuatro mil doscientos metros sobre el nivel del mar.

A esa altura la neblina todo lo invade y apenas deja vislumbrar el trazado que se debe recorrer en zigzag hacia lo más profundo del siguiente valle. Lo descarnado del paisaje, el frío en altura y las formas grotescas que a los ojos del caminante atontado por el mal de altura adoptan las rocas de las cumbres cercanas le confieren a ese paso un carácter mágico. Es en ese punto cuando casi se pueden vislumbrar los Apus guardianes de esa geografía encantada.

Warmiwañusca supone un punto de inflexión. A partir de entonces el camino transcurre en descenso hacia valles más fértiles de naturaleza exuberante. Nuevas ruinas dispersas aparecen en la vera del camino, construcciones que nos recuerdan una épica largo tiempo olvidada: qolqas, primitivos observatorios astronómicos y puestos de control nos escoltan en nuestro lento peregrinar. 

La última fase del camino, a pocos kilómetros de nuestro destino, es la más hermosa, ya que se nos aparecen en todo su esplendor soberbios ejemplos completos de arquitectura inca. Desde las construcciones de Phuyupatamarca, envueltas en un halo de misterio, hasta las amplias terrazas de Intipata, abiertas al sol del este; la calzada pasa por asentamientos centenarios que aún hoy desafían la orografía, la escorrentía y el paso del tiempo. El río Urubamba que abandonamos en Ollantaytambo se convierte en la guía para recorrer los últimos cientos de metros antes de llegar al Inti Punku, la puerta de entrada a la Ciudadela Sagrada de los Incas: Machu Picchu. 

Uno se intoxica fácilmente de recuerdos. La nostalgia es una poderosa droga que nos atrapa y jalona nuestra vida con imágenes y sensaciones de otros tiempos y otros lugares. Y, sin embargo, la impresión que me produjo aquel camino es real y el relato aquí escrito, verdadero. Créanme: es en esos últimos kilómetros, tras varios días de marcha por una naturaleza abrumadora, cuando se aprehende en toda su complejidad el titánico esfuerzo que supuso levantar un imperio y coser sus retales con este formidable Qhapaq Ñan.

La experiencia, mi recuerdo, reza así. Ahora les toca a ustedes descubrir qué se esconde en esas montañas cuzqueñas. 

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