Un crucero para Mark Twain

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Mark Twain. (DP)

A nadie se le había ocurrido antes: conseguir un barco, armar un itinerario, poner una tarifa y subir a muchas personas arriba. En el barco van a comer y dormir, bajarán a tierra detrás de un guía que los va a llevar a recorrer paisajes y monumentos, van a comprar suvenires y otra vez al barco. Así todos los días, durante muchos días.

Es el año 1835. En el periódico local, el Shetland Journal, se ofrece un viaje en barco desde las islas Shetland, al norte de Gran Bretaña para hacer un recorrido por Escocia, Islandia y las Islas Feroe. Algunos incautos se acercan a preguntar y descubren que era una publicidad falsa: la historia del turismo organizado y su exponente mayor, el crucero, empieza con un engaño publicitario.

Los padres del turismo son dos ingleses: uno va a inventar las agencias de viaje y el otro los cruceros. Vamos a presentar al primero. El señor Samuel Cunard nació en Canadá pero es de familia británica y se siente un inglés. Además es rico, muy rico, y es emprendedor. En 1838 funda en Gran Bretaña Cunard Line, una compañía naviera con la que dos años después despacha el primer transatlántico a vapor, un barco correo que cruzará el Atlántico en un tiempo récord de catorce días y además carga una novedad: lleva a veinticuator pasajeros que son turistas y esta idea hará a Cunard mucho más rico de lo que era. Los barcos saldrán uno tras otro hacia América. Claro que no siempre los servicios satisfacían a los clientes; Charles Dickens dedica varias líneas para quejarse de las muy poco confortables habitaciones en el vapor Britannia del señor Cunard: «Este cajón completamente inservible, inútil y pretencioso no tenía la más remota relación con aquel bonito grabado que aparecía colgado en la oficina del agente de Londres». Dickens dice que el lugar asignado era tan chico que no cabían ni él, ni su esposa, ni su equipaje, era como intentar meter «una jirafa en una maceta».

El otro inglés se llama Thomas Cook: también es empresario, un religioso devoto y un abstemio militante. En 1841 tiene treinta y tres años y dirige su propia asociación antialcohólica en la villa de Loughborough. Quiere que su mensaje llegue a más personas y se le ocurre una idea: ¿qué pasa si organizo un viaje para que muchos puedan venir? Convenció a la empresa de ferrocarriles para que habilite un tren específico, lo contrató, publicó un aviso y llevó a quinientos abstemios a razón de un chelín por cabeza para un recorrido de diecisiete kilómetros. El viaje resultó un fracaso económico, pero el hombre se había inventado una profesión: sería agente de viajes. Cook vio el negocio que había en el tendido ferroviario por todo el continente: Europa está al alcance de la mano incluso para las mujeres que nunca se animaron a viajar solas; ofrece buena conectividad, viajes baratos, recorridos pautados, descuentos en hoteles y cupones que reemplazan el efectivo. Fundó la agencia de viajes Thomas Cook & Son y también se hizo rico.

Cambio de locación. De Inglaterra a Estados Unidos. En todos los periódicos del país se puede leer este anuncio:

Brooklyn, 1 de febrero de 1867.

EXCURSIÓN A TIERRA SANTA, EGIPTO, CRIMEA, GRECIA Y LUGARES DE INTERÉS INTERMEDIOS

Los abajo firmantes realizarán una excursión por los lugares arriba mencionados durante la próxima temporada y tienen el placer de presentarle el siguiente programa:

Se seleccionará un vapor de primera clase, a las órdenes de la organización, capaz de alojar un mínimo de ciento cincuenta pasajeros, todos en camarote, en el que se dará entrada a un selecto grupo cuyo número no supere las tres cuartas partes de la capacidad total del buque. Estamos seguros de que dicho grupo podrá formarse en la vecindad, entre amigos y conocidos mutuos (…)

Durante meses en toda Norteamérica no se habla de otra cosa que de la gran excursión religiosa y de placer a Europa. El viaje promete «todas las comodidades disponibles»: biblioteca, instrumentos musicales y hasta «un galeno experto» para atender la salud de los pasajeros. De modo que todos los que pueden pagarlo envían su solicitud, son cientos, para que un comité seleccionador elija a los afortunados. Entonces les llega una solicitud de un hombre que está en bancarrota, aunque ellos no lo saben porque otros pagarán por su viaje. El nombre en el papel es Samuel Langhorne Clemens, pero firma sus libros y sus notas como Mark Twain

Resulta que el tal Mark Twain trabaja como periodista en una publicación de San Francisco que se interesa en la novedad turística y lo manda con todo pago porque él lo que gana se lo gasta y si gana mucho invierte e invierte mal; ganará mucho dinero con la escritura durante toda su vida, pero siempre será un hombre en quiebra porque los negocios y el ahorro no son lo suyo. Es soltero, tiene tiempo y le van a pagar un viaje por Europa, y a cambio solo deberá mandar cartas con lo que escriba y escribir es una de las cosas que sabe hacer.

Mark Twain fue piloto en el río, minero y buscador de oro, manejó una imprenta itinerante, fue periodista y escritor, aunque algunos dicen que lo que más le gustaba era subirse a un escenario y contar historias para ver las caras en el público y así saber que su historia funcionaba. El nombre viene del lenguaje marinero: es algo parecido a lo que gritan cuando se han alcanzado las dos brazas (la marca dos) de profundidad que necesita el barco para avanzar. Desde muy chico había querido manejar uno de esos barcos de rueda con dos chimeneas altas y humeantes de vapor que veía pasar: quería ser la autoridad de la nave y el héroe del río. Pretendía navegar el Amazonas, pero después no quiso dejar al Mississipi. Se alistó como aprendiz de un piloto que le iba a enseñar el oficio mientras él tendría que aprenderse el río de memoria, «mejor que ningún hombre ha conocido jamás las formas de las habitaciones de su propia casa». Durante dos años estudió tres mil kilómetros de río. Primero de día y después de noche, porque el río en la oscuridad se convierte en una bestia distinta. Cuando ya sea un escritor consagrado va a recordar ese tiempo en Life on the Mississipi. Algunos dicen que Mark Twain inventó el Mississipi, otros, como Hemingway, que inventó un modo de contar: «La literatura estadounidense nace con Twain. No había nada antes. No ha habido nada igual de bueno desde entonces». Es que lo que mejor le sale al hombre es contar historias, también la suya.  Es 1909.

Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: «Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir». ¡Ah! Lo espero con impaciencia. 

Al año siguiente, como él lo contó, Mark Twain se va del planeta con su cometa. Es que Mark Twain es el hombre que sabe cómo se cuentan las historias, esas que se van inflando de a poco, como un globo que no explota nunca porque no necesitan remate para atrapar al público, esas en las que el narrador esconde el centro de lo que está contando y lo hace con tono grave y también con pausa. Así contaba el mundo Mark Twain, manejando el arte del stand up.

Pero volvamos a la excursión. El hombre enviado por el periódico ya era algo así como un cronista de viajes, había andado en diligencia por el oeste y en barco por las islas Hawái y adonde va lleva sus cuadernos, además tiene cierto renombre desde hace un par de años gracias a un cuento que escuchó por ahí sobre una rana. Mark Twain se entusiasma imaginando que se va a divertir en ese «picnic de proporciones gigantescas», porque los ingleses habían inventado los cruceros, claro, pero Norteamérica lo va a hacer a lo grande y él está ahí para contarlo. 

¡Iban a zarpar en un gran barco de vapor, entre el ondear de las banderas y el tronar de los cañones, para disfrutar de unas vacaciones soberbias allende el ancho océano, en medio de climas desconocidos y en muchos territorios de renombre histórico! Surcarían durante meses el ventoso Atlántico y el soleado Mediterráneo; durante el día, recorrerían las cubiertas a saltitos, llenando el barco de gritos y risas, o leerían novelas y poesía a la sombra de las chimeneas, u observarían a la medusa y al nautilo, sobre la borda, y al tiburón, la ballena y los demás extraños monstruos de las profundidades; y por la noche, danzarían al aire libre, en la cubierta superior, en medio de una sala de baile que se extiende de un horizonte al otro, cuya cúpula es el cielo y sus lámparas no son otras que las estrellas y la magnífica luna.

Como los peregrinos, los turistas tienen delineado un itinerario, porque es de ahí de donde viene la palabra: el itinerario era un mapa romano en el que estaban marcados los caminos públicos y los lugares para dormir y comer de manera segura. Esos lugares se convertían en paradas obligatorias para los peregrinos antes de llegar a Roma, Compostela o Tierra Santa. El itinerario de los norteamericanos con destino a Tierra Santa e intermedios incluye: salida del puerto de Nueva York y navegación por diez días hasta las islas Azores, después Gibraltar y Marsella. Desde allí los pasajeros podrán visitar la Exposición Universal de París «destinada a exaltar la paz y el progreso», los amantes de las nuevas tecnologías podrán admirar las dos torres de electricidad y, si se animan, subir al globo aerostático «del excéntrico fotógrafo Nadar». En Génova podrán visitar «el lugar donde nació Colón, situado a doce millas de la urbe, siguiendo una hermosa carretera construida por Napoleón». El viaje seguirá frenético para los turistas que podrán «pasar cerca de tres semanas entre las ciudades de Italia más famosas por su arte», después Grecia, después Turquía y así por meses hasta la vuelta a América. 

El 1 de julio de 1867 los neoyorkinos se juntan a ver salir la primera expedición turística colectiva de la historia. Las cartas de viaje de Mark Twain fueron un éxito en Estados Unidos, porque eso es lo que mejor sabe hacer el narrador: divertir a sus interlocutores. Cuando volvió compiló todas las notas y las publicó con el título Innocents abroad (Guía para viajeros inocentes, en español), un libro que vendió setenta mil ejemplares en un año y lo hizo rico por un tiempo. En las cartas se burla de sus compañeros de viaje (los inocentes americanos), de los guías, de las personas y los países que conoce, se burla de las maravillas del mundo y los lugares consagrados, y también de sí mismo. Mark Twain es un americano inocente que se aburre en los museos y bosteza ante las ruinas, que prefiere la incultura yanqui a la sobrecultura europea. Era el hombre común norteamericano en mangas de camisa y al aire libre que no se deja impresionar por una cultura pedante y en decadencia. Mark Twain juega al bufón mientras hace el papel de turista. En una época en la que circulan unos relatos de viajes centrados en los descubrimientos —«ser el primero en»—, él viaja por el mundo ya conocido y etiquetado.

En casi ciento cincuenta años solo hubo tres momentos en que el flujo de cruceros se interrumpió: durante la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda, y ahora. Marzo y abril de 2020 fueron unos meses raros para esos barcos grandes como ciudades porque anduvieron errantes, sin permiso para atracar en ningún puerto. De pronto los cruceros se habían convertido en naves con necesidades como las que tienen todas las naves: conseguir comida, cargar combustible y descargar residuos, y en pocos días turistas y empleados se volvieron, todos, personas encerradas en unos barcos a la deriva. Ahora la Cunard Line que fundó Samuel Cunard en 1938 sigue ahí, como todos los cruceros «con todas las comodidades disponibles» y sus exclusividades en suspenso esperando fechas de partida.  

Desde los primeros viajes en los barcos-correo que llevaban pasajeros, la historia de los cruceros se fue inflando como un globo, despacito y sin chiste final, como quería Mark Twain. Pocas navieras y pocas agencias de viaje concentraron el mercado y la competencia se volvió un tema serio, sobre todo porque había un trofeo en disputa. Blue-Ribbon era el nombre de un premio que le dejaba dinero y prestigio a la naviera más rápida, entonces todas se sumaron a la carrera hasta la noche del 14 de abril de 1912 en la que el mayor transatlántico jamás construido, el  Titanic, se hundió en poco más de dos horas.

Los viajes siguieron, las medidas de seguridad mejoraron y para los años veinte los cruceros se habían vuelto un deber entre las clases altas porque eran un símbolo de relajación, entretenimiento y exclusividad. Los barcos se convirtieron en hoteles flotantes, los destinos se multiplicaron, incorporaron viajes extremos como la Antártida o el Polo Norte, se inventaron los cruceros temáticos y los específicos para un público. Hay crucero fitness, crucero gastronómico, crucero The Walking Dead, crucero libertinaje y crucero pádel. Hay crucero [email protected], crucero seniors, crucero LGTB, crucero rockeros y crucero primera comunión

Mark Twain se burlaba de los inocentes que se embarcaron en un tour por Europa y no podría nunca haber imaginado que ciento cincuenta años después existiría el «Crucero Mark Twain por el Mississipi», un recorrido que invita a «revivir la atmósfera de sus libros y conocer el río como lo veía el escritor». El itinerario está delineado: «El turista podrá disfrutar de las siguientes actividades: un actor imitador de Mark Twain a bordo, la exclusiva gira a la casa de la infancia de Mark Twain, una copia de la primera edición de la Vida en el Mississippi, un paseo en tranvía guiado por Hannibal, un regalo de invitados  (las copias de la edición especial de Las Aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn) y cena de honor con cóctel de recepción». Es una lástima que ese crucero no haya llevado a bordo a Mark Twain con su cuaderno de notas.

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6 Comentarios

  1. Interesante artículo, pero hay varios errores en las fechas: es en 1838 cuando se funda la Cunard Line y no en 1938.
    Del mismo mdo, el Titanic se hunde en 1912 y no en 1911.

  2. Mmm. No creo que fuese Mark Twain uno de los tantos culpables de nuestra decadencia. Después de todo era un Sapiens (o un Neanderthal?) que reía y sabía hacer reir con sus ironias y narraciones. Yo buscaría tal motivo en las hordas disciplinadas que como hormigas se embarcan en confortables conejeras para gastar aún más las calles de Venezia. Gracias por la lectura.

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