
Este texto ha sido el ganador del concurso DIPC–LSC en la modalidad de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2020.
12 de marzo de 1912. Henrietta llevaba semanas esperando este día. Había convencido a su amiga y colega Annie para que la acompañase a esta velada tan especial. Recuerda que desde que averiguó que la Sinfónica de Boston daría un concierto en el New Bedford Theatre, se puso a ahorrar para las entradas.
Ambas acordaron mantener en secreto que asistirían al evento, pues se prestaría a la broma fácil: dos mujeres sordas acudiendo al concierto de un compositor sordo. Sin embargo, esto no supondría ningún problema. Aunque la escarlatina que sufrieron en su niñez había mermado la capacidad auditiva de las dos astrónomas, desde la segunda fila del patio de butacas no se perderían ni una sola nota del Concierto para piano nº 5 «Emperador» de Beethoven.
Incluso el transporte lo tenía arreglado. El señor Murdock, periodista del Cambridge Chronicle, se había prestado amablemente a llevarlas al concierto con la condición de que Henrietta accediera a concederle una entrevista. El artículo sobre estrellas variables que había publicado apenas nueve días antes estaba dando que hablar.
Henrietta sentía una profunda conexión con la música del genio alemán. Se identificaba con él cuando supo que su padre le imponía rígidos ejercicios al piano de los que intentaba escabullirse intercalando pasajes improvisados. El señor Pickering, el jefe de Henrietta, también le ordenaba tediosas observaciones sobre fotografías de estrellas, una labor pesada y meramente clasificatoria de la que Henrietta, igualmente, intentaba escaparse buscando nuevos patrones en aquellas manchas estelares.
Quién diría que la trayectoria de ambos estuvo marcada por imágenes en negativo. Mientras Beethoven componía sus piezas de juventud en esos pianos vieneses de la época, con los colores del teclado invertidos (teclas naturales en negro, sostenidos y bemoles en blanco), Henrietta ingresó en el observatorio de Harvard para ver desfilar las innumerables manchas oscuras que las estrellas dejaban en la emulsión fotográfica que bañaba aquellas placas de cristal.
Entre aquellas nubes de puntos difusos, observó la huella de un tipo de estrella variable denominada cefeida que cambia su brillo a intervalos regulares, y dio con un ingenioso método para discriminar con facilidad estrellas variables de las que no lo eran. Tras obtener una copia en positivo de una placa fotográfica, superponía este positivo con el negativo de otra placa obtenida en un momento distinto. De esta manera las estrellas que no cambiaban su luminosidad se mostraban de color gris homogéneo, mientras que las estrellas variables lucían un anillo más brillante o más oscuro según hubiesen aumentado o disminuido su luminosidad en ese intervalo.
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Qué magnífico relato. Gracias