Ciencias

Nuestro contacto en Ginebra

Ginebra
Fotografía: PA Wire. Cordon Press

Supongo que en cualquier otra circunstancia no habríamos simpatizado, ya que nuestros caracteres apenas tenían nada en común. D. era extrovertido, charlatán, brillante hasta decir basta y animado de una energía sobrehumana. Yo siempre fui reservado, casi huraño, parco en palabras, tímido hasta la médula. D. quería comerse el mundo, como a él le gustaba decir, «d’une seule bouchée». Yo me conformaba con que no me comieran a mí. 

Pero cuando nos encontramos por primera vez, en un talgo nocturno que nos llevaba a la ciudad de Ginebra, descubrimos vínculos que nos unían mucho más de lo que nos separaba la diferencia entre nuestras personalidades.  

Uno de ellos era la física. Los dos habíamos obtenido una de las primeras becas de estudiante de verano que el CERN ofrecía a España como parte de los acuerdos relacionados con el ingreso (en realidad con el reingreso) de nuestro país en la todopoderosa Organización Europea para la Física de Partículas y los dos éramos conscientes de gozar de una oportunidad única, un billete que nos permitía colarnos en la meca de la ciencia, donde los mejores físicos del mundo investigaban la naturaleza de la realidad. 

El segundo vínculo fue, de hecho, lo que propició la conversación durante el viaje, iniciando una amistad que ha sobrevivido a los vaivenes de la vida durante más de treinta años. La casualidad nos llevó a encontrarnos, en el vagón restaurante del tren, fumando un cigarrillo (todavía se podía fumar por la época) y leyendo el mismo libro, la obra maestra de John le Carré, El espía que surgió del frío.

«¿Nuestro contacto en Ginebra, supongo?», me preguntó al verme, parafraseando la famosa frase de Stanley, mientras me tendía una mano firme que apreté con fuerza.

«El mismo», sonreí. 

Apenas pegamos ojo. Conversamos durante horas, D. mucho más comedido de lo que más tarde descubriría que era, yo inusitadamente locuaz. Nos confesamos mutuamente la intención de no regresar a nuestras respectivas universidades cuando terminara el verano, buscando la manera de quedarnos durante tanto tiempo como pudiéramos en el CERN. Enumeramos largamente todas las novelas de espías que ambos habíamos leído. Nos juramentamos lealtad eterna, con la convicción de dos náufragos que se encuentran en una isla desierta. 

Aquel verano y los tres años que siguieron los recuerdo como una larga trasnochada. Mis jornadas en el laboratorio se extendían de sol a sol, o más bien de estrella a estrella, ya que solía irme a la cama sobre las seis o las siete de la mañana, aún de noche en invierno, y cuando me espabilaba, sobre las dos o las tres de la tarde, apenas quedaba ya luz. El horario de minero, los bolsillos vacíos en una ciudad extravagantemente rica y mi reconcentrada timidez no ayudaron a que aquel fuera un tiempo feliz. No tenía otro amigo que D.

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4 comentarios

  1. Antonio Yelo

    Una buena historia. Y muy bien contada. Entre líneas -como en las buenas historias- se adivinan hilos que apetece seguir. Para encontrar la «olla de monedas de oro al final del arco iris»?

  2. Han habido físicos de primerísimo nivel con gran vocación docente. Caso de Richard Feynman por ejemplo. Excelente artículo.

  3. A los dos días de que se publique esto muere LeCarre. ¿Casualidad?

  4. Pingback: La Fábrica  - Jot Down Cultural Magazine

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