
Julio, 1983. Me bajo del Talgo, atontado, ilusionado, muerto de miedo. No he estado nunca en Ginebra. No he pegado ojo durante toda la noche mientras el tren nocturno cruzaba Francia. El aduanero suizo examina mi pasaporte español y la carta de invitación del CERN con cara de pocos amigos, ametralla unas cuantas preguntas perfunctorias, su sonrisa, cuando me escucha chapurrear francés, tiene algo de compasiva y algo de desdeñosa. El aeropuerto está tan limpio que se podría comer en el suelo. El CERN es tan grande y tan feo como mi pueblo. En Puerto de Sagunto hay una siderúrgica que quiere cerrar el Gobierno de Felipe González porque hay que hacer la reconversión industrial, y eso, por lo visto, implica que en España hacen falta menos trabajadores del acero y más camareros. Nadie sabe cómo va a sobrevivir mi pueblo, donde todo el mundo trabaja en la fábrica, si la cierran. El CERN también parece una fábrica, una que nadie amenaza con cerrar para abrir más bares.
He tenido tiempo de sobra en el viaje para estudiarme la documentación que me enviaron cuando me concedieron la beca. El laboratorio se fundó en 1954, concebido, desde el principio, como una colaboración entre los mismos países que un lustro atrás se estaban masacrando entre ellos, uno de los primeros proyectos verdaderamente europeos en una Europa todavía devastada por la guerra. Curiosamente (o no), se escogió Suiza, un país neutral durante la contienda (y que nunca ha pertenecido a la UE), como anfitriona del laboratorio, que se llamó Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire, o Concilio Europeo para la Investigación Nuclear. La palabra nuclear se convertiría en tabú unas décadas más tarde, y el CERN, aunque nunca cambió sus siglas, pasó a llamarse Laboratorio Europeo para la Física de Partículas. El consorcio inicial contaba con doce miembros, incluyendo a Alemania del Oeste pero no a nuestro atrasado país, que se uniría, brevemente, entre 1962 y 1968 (uno de los tantos ejemplos de arrancada de caballo y parada de burro de la España franquista). El verano en el que yo viajaba al CERN, en 1983, España había vuelto a entrar en el club, esta vez de forma definitiva.
En 1983, los Pirineos seguían siendo una barrera que separaba a los países avanzados del Norte de nuestro fútbol, sol y toros del Sur. Yo acababa de licenciarme en Física, me había caído de chiripa aquella beca, una de las siete que hubo para toda España y todavía no me creía mi buena suerte. Pero no me hacía ilusiones. Investigar era una cosa de países ricos, y el mío era un país pobre.
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Hace poco me enteré de los enormes avances de la India en investigacion contra el cáncer. Ésto decía un científico Estadounidense sobre su «competencia»: «Because India has no vested interests to protect and has a culture of giving and sharing, it can do what the West only dreams about”… Durísimo. Me temo que la UE, en lugar de segur el ejemplo Indio de DAR Y COMPARTIR; eligieron caer en el tecno-nacionalismo barato pro-estadounidense, que sólo lleva, cómo sus propios científicos admiten, al estancamiento. La «fábrica» pasará a soñar con descubrimientos; mientras los Chinos (que ya dominan 37 de las 44 disciplinas científicas clave) India, Rusia y compañía, que hacen CIENCIA Y NO POLÍTICA serán quienes hagan los avances. Saludos.