Euphoria o la orfandad no registrada

Publicado por y Alfonso Calavia
200507
Imagen: HBO.

El lento batir de un corazón y una resuelta voz en off nos atrapan desde el inicio. «Una vez fui feliz. Tenía suficiente con chapotear en mi propio caldo primigenio, hasta que un día, sin que yo pudiera remediarlo, fui vapuleada una y otra vez por el despiadado cérvix de mi madre, Leslie». Las imágenes nos muestran los instantes previos a un nacimiento. «Ofrecí resistencia, pero perdí. Fue la primera vez, pero no la última». Así da comienzo el primer capítulo de Euphoria (HBO), una serie americana creada en 2019 por Sam Levinson. En ella se describe con toda crudeza, hasta los detalles más escabrosos, la vida de algunos adolescentes en caída libre ante el vacío provocado por la ausencia del sentido del nacer, por la inconsistencia de los adultos —una orfandad no registrada— y por las crisis que los jóvenes de hoy tienen que vivir: la crisis de la imagen y la crisis de la identidad. Jóvenes estudiantes que deben crear su vida de la nada. No se reconocen ni en su familia ni en sus ambientes, han de construirse a sí mismos. Cada uno de los personajes lleva a cabo un intento casi heroico de «hacerse», de realizarse y completar la construcción de su yo más original a partir de algún elemento externo: drogas, afectos tóxicos, canales eróticos, autoexigencias exasperadas para tener éxito, necesidad de una perfección que disimule las debilidades, etc. Pues bien, nada, absolutamente nada, resulta ser satisfactorio o liberador. Nate, Cassie, Rue, Jules y compañía son el espejo impetuoso del mundo y de la cultura nihilista heredada de nuestros padres, como afirma Costantino Esposito, profesor de Filosofía de la Universidad Aldo Moro (Bari, Italia), en el artículo que ha escrito sobre la serie para el periódico L’Osservatore Romano (02.01.2021).

Son abrumadores los tiempos en que vivimos. Nos movemos sobre arenas movedizas, como en todo cambio de época, y esto produce vértigo en algunos y verdadera ansiedad en otros. Hoy vemos por doquier los efectos de lo que se viene construyendo desde hace tiempo. Dos autores italianos, Giovanni Testori y Luigi Giussani, nos desvelan algunas claves sobre esta cuestión en sus conversaciones sobre el sentido de la vida. Ambos dialogan —en El sentido de nacer (Ediciones Encuentro, Madrid, 2014)— sobre la situación de los jóvenes de los años ochenta, de aquellos que ahora están entre los cuarenta y cinco y los sesenta años. Hablan de nuestros padres y de lo que se perdió por el camino. Es difícil no estremecerse ante la pertinencia que tienen las palabras que aparecen a continuación, por su capacidad de sugerencia para la realidad de hoy, para los tiempos de hoy.

Afirma Guissani: «Sí, yo creo que los jóvenes, especialmente estas últimas generaciones, se pueden definir como el nuevo lugar donde el dolor y la esperanza se solapan, vienen a coincidir. De hecho, es como si hubiese en ellos un gemido; gimen como cuando a los niños les pasa algo. (…) banalmente, se diría que gimen porque les falta algo, se lamentan por una presencia que no tienen; precisamente la presencia que les ayude a nacer» (pp. 29-30). «Se podría decir que (…) han nacido como si no hubieran sido queridos» (p. 38). Continúa Testori: «Efectivamente han nacido separados. Se ha abierto una brecha, un vacío; más aún, un precipicio inmenso hacia el vacío. (…) Es una especie de orfandad no oficial, no registrada, pero aún más terrible si cabe. Por lo tanto, los jóvenes deben asumir todas las consecuencias de esto. Les costará un esfuerzo enorme pero glorioso. Deben llenar la hendidura, el vacío. (…) Recae todo sobre sus hombros, es un deber que tienen, una fatiga que les toca a ellos, y es tremenda. Por eso les entiendo si dudan, si se echan a perder, si se destruyen. Yo quisiera, haría lo que fuere para que no se perdieran, pero les entiendo. Entiendo mucho más a un joven que se pierde que a una madre o a un padre de cuarenta o cincuenta años que siguen con su inercia. Estos jóvenes deben realmente reanudar la relación, juntar con su propia sangre, con su saliva y con su carne, colmar todo este vacío. Por tanto, yo siento respeto también por sus eventuales fracasos» (pp. 38-39).

Este es el contexto en el que hemos nacido, un contexto dominado por el nihilismo, repleto de intentos por llenar un gran vacío. No es que nos influya, es que hemos nacido dentro. Las generaciones anteriores —haciéndonos eco de la parábola del hijo pródigo— pidieron la herencia y se fueron de casa; se desvincularon de todo y de todos para vivir su proyecto de autodeterminación. Y aun así, en su camino —como en el del hijo pródigo—, hay distintos elementos que les podrían haber hecho reencontrarse con ellos mismos: el descubrimiento de la propia nada, la nostalgia y el recuerdo de la casa del padre. Las generaciones posteriores hemos nacido «comiendo algarrobas», en la nada, no nos hemos ido de ninguna casa. Sencillamente hemos caído en el mundo ya desvinculados, separados, huérfanos. No sabemos cómo es la casa del padre, no la conocemos, nunca hemos estado allí.

Al hombre contemporáneo no podemos pedirle que vuelva a los brazos de un padre que no tiene. A los que han nacido en la nada solamente les queda el intento de ser. De la nada al ser: eso es lo que se nos pide; como si tuviéramos que ser dioses. Esta es la tragedia del hombre de hoy: no nos queda otra que autogenerarnos, autoconstruirnos. Somos huérfanos y nos obligan a ser «Prometeos»; «un esfuerzo enorme pero glorioso», apunta Testori. Concebimos la libertad como voluntad y no como reconocimiento amoroso. Todo ha de nacer de nosotros, sin atender a ningún dato que no sea la voluntad de poder. Querer es poder. Esta es la gran reducción: no dependemos de nada ni de nadie, solo de nosotros mismos. Menos mal que, a veces, se nos ofrecen situaciones —basta hacer memoria de los últimos nueve meses— en las que nos caemos del burro. «Por primera vez hablamos con mi amigo de la decepción, de la tristeza y por primera vez no sabemos qué decir, ni qué hacer, y estamos muy cansados porque no hemos dormido casi nada, y nos damos cuenta de que hasta hoy no habíamos jamás dudado de poderlo absolutamente todo con nuestra fuerza» (ABC, 24.09.2020, por Salvador Sostres).

Entonces, ¿qué le queda al huérfano? La nostalgia, el deseo de volver a un lugar que no sabe si existe pero del que siente nostalgia. «¿Cómo quisieras que te recordaran?», le pregunta Ali a Rue en el capítulo especial de Navidad. Después de un largo silencio, esta afirma: «Como alguien que de verdad intentó ser quien no podía ser». Lo que le sucede al personaje de Zendaya en dicho episodio es lo que nos permite comprender que la vida no está condenada a los intentos de crearnos a nosotros mismos. Donde todo parecía quemado, abrasado, vuelve a encenderse lo que es más propio de los hombres: el propósito de ser «como no podemos ser».

Al inicio de la conversación —prosiguiendo con la argumentación del profesor Esposito— durante la noche de Nochebuena, Rue finge que todo va bien, que está consiguiendo un equilibrio fantástico, desligado de las relaciones de dependencia que la ataban en corto. Luego, ante la insistencia de su ángel custodio, llega a admitir —en un primer arranque de sinceridad— que no encuentra motivos suficientes para no drogarse. De hecho, llega a confesar que quizá la droga es el único motivo por el que no se ha suicidado. Los momentos en que lograba mantenerse limpia le recordaban por qué no quería vivir. Para quien ha nacido en el contexto de la nada es casi imposible concebir la vida como un don, y menos aún asumir la existencia de un donador. De ahí el fracaso de Ali al procurar abrir a Rue a una posible transcendencia. «Ali, yo no creo en Dios». No cree que la vida sea un don de otro. «A Dios se la suda que no creas en él. Él sí cree en ti. Si Dios no creyera en ti no seguirías respirando». No le vale en absoluto pensar que está viva porque hay otro que la está queriendo. No le cuadra. No soporta la idea de Dios, pues la considera una justificación con respecto al absurdo de la vida. «¿Quieres decir que mi padre murió porque Dios no creía en él?». No contempla la posibilidad de que la muerte de su padre tenga sentido. «Yo podría argumentar que la misión de mi padre era criarnos a mi hermana y a mí. Estar con mi madre. Esa era su misión. Pero en fin, la palmó… Murió porque murió y punto», afirma con un cinismo propio de los huérfanos. El único sentido es la nada que todo devora. El ánimo de Rue queda muy reflejado en el fondo de pantalla de su smartphone: un agujero negro, la nada que todo lo absorbe. Tanto es así que se considera un despojo, un despojo que ya no vale nada.

La partida podría terminar cuando emergen en el diálogo dos de las grandes objeciones que impiden afirmar el sentido bueno de haber nacido, dos objeciones que parecen hacer razonable el consumo de drogas como único enganche a la vida: por un lado, el hecho de que las cosas no duran para siempre; por otro, la conciencia de que es imposible el perdón ante el mal cometido. «No pensaba que fuera a irse (se refiere a Jules, la chica trans con la que salía), aquello me dejó muy tocada, ¿sabes? A lo largo de mi vida mucha gente me ha prometido de todo. Mi madre un día me dio un beso y me dijo que mi padre se pondría bien. Jules me prometió que viviríamos juntas cuando se fuera a la uni, que dormiríamos juntas y que duraría para siempre. Hasta que me dejó porque conoció a otra. Entonces supe que todo el mundo miente». Esta es la paradoja de nuestro mundo: promete mucho pero no te da nada. Karmelo C. Iribarren, poeta español nacido en San Sebastián en el año 1959, lo expresa con la imagen de un túnel: «Lo pienso ahora que miro / por la ventana abierta / la autopista, viendo / cómo los coches parpadean / en el último tramo, / antes del túnel. Pienso / que así es la vida, / y que no hay más. Un leve / guiño de luz hacia la sombra / a mayor o menor velocidad» (Seguro que esta historia te suena, K. C. Iribarren. Renacimiento, 2015, Salamanca, p. 42). ¿Por qué salir entonces de la droga? ¿Para qué vivir si todo el mundo miente, si todo se acaba? El agujero negro sigue absorbiendo toda capacidad de salida. El daño al otro y la intuición de ser imperdonable impiden al hombre caminar. Es un peso insoportable; la redención es imposible. «Empecé a flagelarme y a pensar que me lo merecía, que el universo me castigaba por haber sido un despojo toda mi vida. Por robarle a mi madre, por pegarle en la cara… Cogí un trozo de cristal y amenacé a mi madre con matarla, y eso no es algo que se perdone…».

¿Hay algo en la realidad que permita que no acabe todo en la nada, absorbido por el fondo de pantalla de Rue? Sí, el deseo inextirpable que nos constituye. Aunque todo quede reducido a cenizas, sigue vivo el deseo de otra cosa, por confusa o nebulosa que sea. El mismo Iribarren se da a sí mismo esta posibilidad, deja entrar una opción que hace saltar por los aires el cartel de imposible que colgamos habitualmente en nuestras vidas: «Y cómo puede ser / —me digo, viendo pasar la vida / hacia la playa—, que, pese / a las devastaciones inclementes / que el tiempo / nos inflige, / no se amortigüe un ápice / siquiera, no nos dé tregua / un segundo, / este incesante / soñar con lo imposible» (Seguro que esta historia te suena, K. C. Iribarren. Renacimiento, 2015, Salamanca, pp. 330-331).

Ali hace de dique de contención con Rue: «Si creyera que lo que hiciste es imperdonable no seguiría aquí sentado. Cada vez que hagas algo imperdonable pensarás: ¿para qué cambiar? No soy más que un despojo, así que seguiré igual… ¡El perdón es la clave del cambio! Nos empeñamos en juzgar siempre las intenciones de los demás como si entendiéramos lo que nos hace humanos. Hiciste eso, eres aquello. Corta el rollo!». Pero Rue vuelve a la carga, como si su «mentor» no estuviese entendiendo la gravedad del asunto: «Ali, cogí un trozo de metal y amenacé a mi madre…». Él insiste: «¿Y? ¿Y qué significa?». «Que soy una puta mierda». «¡Profundiza!». Ali le impide quedarse en la superficie. «Ali, lo tengo asumido, es lo que hay». Y él: «Pero, ¿a ti esto te parece bien?». «No». «Entonces no eres así». «¡Aún así lo hice!». Pero el ángel custodio, incansable, continúa con su tarea de hacer emerger la verdad de Rue: «¿A ti eso te parece mal?». «Sí, porque es una puta barbaridad». «Estás convencida (de que es una barbaridad lo que hiciste, ndr). ¿Tus convicciones son parte de ti? ¿Por qué ignoraste tus convicciones? Es la batalla de todos los humanos, cumplir con sus convicciones». El dolor, el malestar, la no correspondencia entre lo que hace y su yo más profundo permite que aparezca el destello de otra cosa. Ali las llama convicciones, que no son otra cosa que nuestro deseo de ser amados con todo lo que somos. Aun pensando que lo que buscamos es imposible, es lo que más nos define como seres humanos. Uno puede ser huérfano y haber nacido en la nada, pero no puede quitarse de encima un corazón que lo necesita todo. El deseo de perdón de Rue que Ali lee entre líneas coincide con el deseo de ser amada.

«Ali, no tengo pensado durar tanto tiempo…». Rue sigue —pese a estar de acuerdo con lo que Ali le está desvelando— empecinada en quitarse de en medio. Ali continúa, sin desesperar: «Lo entiendo… son tiempos difíciles. No nos sobra la esperanza. No quieres formar parte de eso porque te importa lo esencial de la vida. ¿Quién quieres ser cuando dejes este mundo? ¿Cómo quieres que te recuerden tu madre y tu hermana?». «Como alguien que de verdad intentó ser quien no podía ser». Rue no puede quitarse de encima lo que es más propio de ella: el grito. El mismo grito que describe Michel Houellebecq en una carta a Bernard-Henri Lévy: «Un poco de reflexión me convencía cada vez, por supuesto, de que este sueño era absurdo; la vida es limitada y el perdón imposible. Pero la reflexión era inútil, el deseo persistía; y debo confesar que persiste hasta la fecha» (Enemigos públicos. Anagrama, Barcelona, 2010). No tenemos bajo control la dirección última de nuestro deseo, la tensión que atraviesa lo más profundo de nuestro ser, aunque suframos, como Rue, el vacío de sentido en el que nos hallamos inmersos. El escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo habla —aludiendo a un cuento de Kafka— de este corazón como «un animal que (…) pide cosas que, aunque no estemos capacitados para cumplir, se empeña en que hagamos» (El País, 25.10.2020).

Julián Carrón, en su reciente publicación —Un brillo en los ojos (Asociación Cultural Huellas, Madrid, 2020)—, afirma que cuanto más avanza el nihilismo que nos ha dejado huérfanos, más insoportable resulta vivir sin un sentido, más se abre paso el deseo de ser queridos. Ahora volvamos a la parábola antes citada, la del hijo pródigo: cuanto más bajo cae el protagonista, más surge de forma sorprendente la nostalgia de su padre. Incluso quien cree no tener un padre se da cuenta de que el deseo persiste. Rue, como cada uno de los que hemos nacido en este contexto, no puede evitarlo.

«Yo tengo fe en ti», le dice Ali cogiéndole de la mano. Es el instante donde, terminada la cena de la vigilia de Navidad en una cafetería perdida de la mano de Dios, comienzan las notas del «Ave Maria» de Schubert interpretado por Labrinth. Ali acompaña a Rue en coche. Lo imposible —que sea perdonado lo imperdonable— es solo posible en el «yo tengo fe en ti» que se hace carne en Ali como se hizo carne histórica en la noche de Navidad. Las imágenes finales son apoteósicas. La cámara se va acercando al rostro de Rue mientras de fondo se escucha: «Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum…».

El vacío, la hendidura que debe colmar el hombre contemporáneo, deja paso a una gran posibilidad: una historia particular —algo que puede suceder en cualquier momento y en cualquier lugar— hecha de carne y de sangre. En el precioso coloquio —citado anteriormente— entre Guissani y Testori, dice este último: «Entonces, para ellos solo hay una salida, creo yo. Es una cuestión de sangre y es allí, en ese momento, cuando el amor se hace caridad. La carne, la saliva, la sangre para encolar estas piezas, para volver a ensamblarlas: este sentido de haber sido querido no puede recobrarse más que con sudor y sangre, con dolores de parto. Esto no puede acontecer más que a través de la carne y la sangre de aquel que ha reparado lo que estaba roto, de aquel que ha ensamblado todas las piezas, de aquel que ha encendido de nuevo la esperanza en nosotros» (p. 39). Parece imposible, reconozcámoslo. Pero, ¿y si sucediera? ¿Y si nos lo encontráramos? ¿Y si viniera a buscarnos? ¿Y si cayera —como escribió hace unos días Manuel Vilas en El País (29.12.2020)— la «belleza del cielo para todos los hombres y mujeres de este planeta»?

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7 Comentarios

  1. No sabía que una serie tan pretenciosa, mediocre y pagada de sí misma pudiera dar lugar a un artículo que compartiera los mismos rasgos. Me equivocaba. No digo que esté mal escrito, sino que lo que se cuenta es inconexo y no sé muy bien dónde quiere ir a parar. Creo que se pasa de pedante, o quizá se trata de embrollarlo todo de manera que parezca que es profundo, o quizá es que yo soy obtuso y no le he sacado el jugo.

  2. Sam Levinson es Lena Dunham con pene. La misma insustancialidad, las mismas frases de Mr. Wonderful disfrazadas de verdades profundas, las mismas niñatas pijas y engreídas que se inventan pajas mentales por no tener problemas de verdad…

    • Totalmente de acuerdo. Y no puedo dejar de mencionar “Podría destruirte”, en la misma línea e, incomprensiblemente encumbrada por la crítica (supongo que la crítica se ha renovado y está poblada de millenials, porque si no me resulta un arcano). Si los que rondan los 30 años se comportan así no me quiero imaginar lo que nos espera, y solo soy de una generación anterior. Viven por y para las redes sociales y su conducta está completamente alterada por ellas. Al menos es lo que se trasluce de este engendro de Michaela Coel.

      • Por tu forma tan despectiva de referirte a los ‘millenials’ me atrevo a decir que tenes una edad bastante avanzada. O si no, siendo millenial, desprecias a tus compañeros generacionales. Lo cierto es que ‘Euphoria’ le es a la generacion Z lo que ‘Fight Club’ a la generacion X. Una serie que recoje los rasgos propios de la generacion que retrata y los vuelve un relato con conflictos que, aun por lo ficticios que resulten, no dejan de examinar con bastante precision la psique y las inquietudes que alberga la generacion Z.

        Un treintañero (o mayor) con la cabeza cerrada que se niegue a reconocer un espectro de problemas que no sean los suyos, muy dificilmente va a valorar obras como esta. Que hablan de generaciones actuales y que las dibujan con bastante realismo.

        Cierro con esa frase del abuelo Simpson. “Yo si estaba en onda, pero luego cambiaron la onda, ahora la onda que traigo no es onda y la onda de onda me parece muy mala onda. Y te va a pasar a ti”.

  3. No he podido pasar de la mitad del artículo porque estaba cayendo en coma. Menuda cháchara rebuscada para justificar actitudes y comportamientos que personajillos malcriados que parecen pedir a gritos una guerra que les enseñe lo que de verdad es pelear para vivir. La series para la insustancial y hipersensiblita generación Z como esta o The Wilds apestan.

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