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No existe París 

Foto Brian Holsclaw CC
Foto: Brian Holsclaw (CC)

Todo el mundo sabe que no existe París. Que se trata simplemente de una ilusión cincelada a lo largo de los siglos: estrofas y párrafos al servicio del imaginario. De algún modo, pasear por una ciudad es pasear por el espacio en blanco que separa cada renglón, por la distancia que une un verso con otro. Del mismo modo que hay quien no pasea por Londres y sí por la narrativa de Dickens, o quien no vagabundea por Madrid sino por una página de Galdós; París es el ente fantástico que tantos creadores decidieron radiografiar. Ejemplo: uno se siente paseante sobre el Pont des Arts precisamente porque por allí deambulaban la Maga y Horacio en Rayuela, sin buscarse pero encontrándose, lejos de la realidad. No hay mejor París que ese, el que se deletrea poco a poco, el que se paladea hojeando. La ciudad del amor, dijo alguien. La ciudad del amor ideal, es decir, del amor imaginado, me atrevería a decir yo. Precisamente por eso París tiene tantas caras: es el germen de una literatura propia, del mundo que cada uno quiso para sí. ¿Acaso no es también la ciudad de la Comuna? Que le pregunten a Rimbaud, de quien cuentan que se sintió tan atraído por ese espíritu guerrillero (y por su encuentro con Marx, quizás) que terminó dedicándole versos sublimes. ¿Acaso no es también la ciudad del vicio? ¿La ciudad del hambre y la pobreza? Que le pregunten a Baudelaire, que retrató esos suburbios del alma como nadie en sus Flores del mal. La imperfección en la literatura ya nunca fue la misma desde que se paseó por París a ojos del poeta.

Así que París no es la ciudad del amor, París es la ciudad de cada uno. Si es cierto que no se acaba nunca, como dijo Vila Matas, entonces esconde algo de refugio al que siempre volver. De hecho, no es difícil imaginarse dentro de la escena. Por ejemplo: Hemingway conociendo al ídolo del momento, Scott Fitzgerald, en un Dingo Bar repleto de norteamericanos que viven el auge del país a miles de kilómetros de distancia. Cuentan que, durante ese primer encuentro entre los dos monstruos, el aspirante, Ernest, observaba con fascinación cómo la estrella, Scott, se desmayaba por el efecto del alcohol. Al desplomarse, Fitz se llevó por delante la mesa plagada de copas, y su amigo, un tal Dunc Chaplin, famoso pitcher de Princeton, hubo de llevárselo a casa aupado al hombro. Esta escena se ha contado en innumerables páginas, entre ellas en el célebre París era una fiesta, del propio Hemingway. Ahora bien, y para entender el influjo que la ciudad ejerce sobre los lectores, ¿ocurrió esto realmente? O, más en concreto aún, ¿a quién le importa? Lo único relevante es que por momentos todo confluye allí, único tapiz literario. El encuentro entre los dos mejores novelistas del momento tenía que producirse en París o no se produciría. Todo el mundo huye a París. Da igual si hablamos de un extasiado Unamuno que huye de la dictadura de Primo de Rivera para empaparse de democracia, o si hablamos del viejo Ezra Pound que huye de la democracia para empaparse del fascismo de Mussolini. La cuestión es empaparse. De vino o de poesía, como dijo Baudelaire, pero empaparse. 

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3 comentarios

  1. Cao Wen Toh

    Justo ayer vi Amélie de nuevo. Me quedé con la misma impresión. En Amélie, París es una invención, un lugar de cuento. Una ciudad que sólo existe la imaginación de los autores y en nuestros sentimientos.

    • Detesto el cine de J. P.Jeunet. Su Amélie es Es un cómic filmado.
      Llegué a París en 1976 para una estancia de un año académico. Nada más salir de la boca del Metro Port Royal supe que ya había estado allí, yo, ciudadano de un país andino, pero conocedor desde la infancia de la música de Brassens y más tarde del cine de la nouvelle vague.
      Me lo recorrí palmo a palmo. Lo sufrí y lo gocé. Y nunca lo he olvidado.

  2. Ignacio Gomez Sales

    Tras más de una década viviendo en París lo confirmo, es más atractiva la imaginación que la realidad.

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