No tuvimos infancias felices, tuvimos Vietnam 

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Vietnam, 1967. Fotografía: Getty.

Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.

(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, París, Galimard, 1952)

Una tienda de ropa en cualquier estado del Medio Oeste americano en los setenta; colorido pandemonio de retales, camisas de cuadros o pantalones vaqueros. Entre las baldas de prendas arcoíris o de pana amarronada, parejas felices con pelo largo y una niña de mueca sonriente, arreglada con su jersey de rayas rojas y blancas, medias de color alba y unos relucientes zapatos de charol. Cerca de ellos, un hombre con bigote y pelo lacio revisa pantalones, buscando su talla. Todos ellos, sin excepción, son acampanados.

En el centro, varias maniquíes de pelo pajizo están conjuntadas como descartes de un grupo pop. A sus pies, dos vestidos largos, con ribetes hippies, que tocan en sus pliegues jóvenes curiosas. Estas muñecas, que portan los conjuntos de la temporada, miran con desidia a la puerta y observan a los aburridos clientes que llegan. No parecen sorprenderse ya del tintineo del timbre…

Es el mes de julio y acaba de entrar un nuevo cliente al local. Su nombre, según el reporte, es Stan: un americano formal, en un primer vistazo. En el segundo se observa algo sin metáfora posible: un rifle automático cargado.

Stan tomó sin resistencia esa tienda, exigiendo calma a todos los presentes. Analizó el perímetro minuciosamente, entrando en cada rincón del local, y poco después comenzó a disparar al exterior. Los rehenes nunca sufrieron ninguna extorsión o abuso por parte del defensor, según declararon a la policía. Él les decía de manera insistente que quería «salvaguardarlos».

Luego de varias horas de negociación con los agentes de la ley, Stan se entregó a las autoridades. Estas, extrañadas por su comportamiento, le pidieron una explicación a su actitud enfebrecida. Un nombre fue suficiente: Vietnam.

Los abanicos de la muerte

La descripción pulcra de este hecho se hace en el libro Trauma of War, en el capítulo de introducción del doctor Stephen M. Sonnenberg. El asaltante era víctima de su experiencia bélica, de la «culpa» por sus acciones, según este psiquiatra.

Stan revivía muchas veces dos momentos del conflicto. El primero era con una niña que se acercó a él y a varios camaradas. Portaba un explosivo, según su alegato, y hubo de ser abatida a cuarenta y cinco metros. El último recuerdo le hace superviviente de una acción de guerra desesperada, donde pudo ver a sus compañeros de batalla caer por los disparos y ferocidad del Viet Cong. Sobrevivió y, acabada la ofensiva, seguía disparando, acanallado por el odio, a los cadáveres hasta desfigurarlos. Los adversarios estaban inertes, incapaces de cualquier mal. Ahora, los fantasmas de esos caídos por Hồ Chí Minh pervivirán en la mente del combatiente durante años. 

Era consecuencia de una lucha contra un enemigo fantasma, oculto, en la cual cada arbusto escondía a un partisano y los túneles, pelotones sin fin de comunistas. Stan fue, así, víctima de una enfermedad ya conocida por los combatientes de inicios del siglo XX: el trastorno por estrés postraumático (TEPT). Decenas de soldados, que al inicio se creyeron John Wayne en Los boinas verdes, volvían a revivir sin billete de vuelta las situaciones de batalla. 

El bando del sur tenía, avanzados los sesenta, un contingente cada vez más numeroso de efectivos (850 000 vietnamitas y 543 000 americanos, según los autores William E. Le Gro y Spencer Tucker). La historia oral de Christian G. Appy recuerda la bisoñez de los reclutas, y uno de ellos, Roger Donlon, considera que eran como «bebés armados; podían embaucarnos fácilmente».

Esa inocencia interrumpida acababa en pesadillas terribles, sin final próximo. Se despertaban bañados en sudor frío, de madrugada, buscando todavía respuestas o creyendo que los charlies los visitaban. El periodista Michael Herr, en su seminal Despachos de guerra, fue el particular Céline de esta barbarie y describió su difícil vuelta a América:

En el primer mes que siguió al regreso, desperté una noche convencido de que el salón de mi casa estaba lleno de marines muertos. Me pasó, en realidad, tres o cuatro veces, después de un sueño que tuve por entonces varias noches (el tipo de sueño que uno nunca tenía en Vietnam), y esa primera vez no fue ya solo el miedo pegajoso dejado por el sueño, sino que sabía que estaban allí, así que, después de encender la luz de la mesita y fumar un cigarrillo, me quedé echado un momento pensando que tenía que levantarme ya y cubrirlos.

Herr recordaba también el miedo, el terror, al enemigo agazapado de todo combatiente occidental allí:

Podías estar en el sitio más protegido de Vietnam y aun así saber que tu seguridad era provisional, que la muerte prematura, la ceguera, perder las piernas, los brazos o los huevos, una deformación mayor y perdurable, todo el mal viaje, podía estallar de pronto tan fácil como en los sitios considerados peligrosos.

¿Quién era ese enemigo silencioso? ¿Quién ponía, a decir de Herr, granadas en las letrinas americanas provocando incluso el pánico a morir de la forma más humillante? 

Un ejército en la sombra

Un pequeño pueblo, cerca de Saigón, con sus tejados de paja a dos aguas, bambús y tinajas. Esta últimas, donde se guarda el arroz, están vacías desde hace años. Los soldados aporrean la entrada y gritan desafiantes: «Tu padre estaba en el Viet Cong y por eso lo hemos matado. Ve a recoger su cuerpo». Una niña oye este aserto y toma la decisión de «vengar su muerte». ¿Su nombre? Tran Thi Gung.

Cuatro años después, en 1966, la guerra la lleva a Doung Du, donde los americanos estaban apostados. Llevaba desde los diecisiete años en las guerrillas, según el testimonio que recoge Christian G. Appy. Ella se sentía «una niña pequeña» y los americanos le parecían «demasiado altos». Recuerda su primer muerto:

No podíamos dispararlos a distancia, esperábamos a que vinieran de cerca. Tan pronto como empecé a disparar, maté a un americano. Luego de su caída, algunos de sus amigos vinieron corriendo para ayudarle. Ellos cogieron el cuerpo y lloraron. Lloraron mucho. Esto les convirtió en patos sentados: muy fáciles de disparar.

Ante la tropa joven, que imaginaba un paseo militar en un país tercermundista, las guerrillas formadas en el territorio y con un fuerte sentimiento nacionalista resultaban mucho más eficaces. Se servían de un sistema de túneles que les protegía de un conflicto abierto, parapetados además en la insondable selva tropical. El caso de Thi Gung, tan épico como quizá ficcional, se contrapone a otros casos de reclutamiento recogidos por el escritor Xiaobing Li: el capitán Ta Duc Hao se unió para obtener «un buen trabajo en el futuro», mientras que el general Huynh Thu Truong juzgó que el «partido» lo «necesitaba» y militaba ya desde 1946.

Howard Zinn, en su izquierdista Historia de los Estados Unidos, llega a citar trescientos mil afiliados en el sur al Frente de Liberación Nacional, el instrumento de los partidarios del norte. Una quinta columna difícil de detectar y que contaba con ayuda de las pequeñas villas que rodeaban las ciudades. ¿Eran de su bando? ¿O eran de los otros? El propio capitán Ta Duc Hao recuerda la ambivalencia propia de Alcibíades de los aldeanos, que dejaban de portar armas al verles. El citado Donlon, desde el bando americano, aseguró que «un tercio de nuestros vietnamitas del perímetro externo se unieron al otro bando». 

The New York Times, en el año 1965, creó la mitología de un mando desnortado, que prefería abrasar civiles en napalm que dialogar con ellos. Su testimonio de septiembre del 65 no puede ser más revelador:

En otra provincia del delta hay una mujer que ha perdido ambos brazos por efecto del napalm. Sus párpados están quemados de tal manera que no puede cerrarlos. Cuando llega la hora de dormir su familia le coloca una sábana sobre la cabeza. Dos de sus hijos murieron en el bombardeo aéreo que la mutiló.

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Vietnam, 1966. Fotografía: Cordon Press.

Vietnam, la película

En enero de 1968 ocurrió la gran paradoja de esta guerra: la victoria norteamericana que llevó a la derrota. Es la ofensiva del Tet, la movilización de todos los efectivos del norte para tomar en una campaña final el sur. Un éxito de planificación que logró atacar treinta y seis de las cuarenta y cuatro capitales de provincia, tomar la imperial Huế y llegar a la inexpugnable Saigón con tiroteos a edificios públicos. 

El investigador Mark Atwood Lawrence cree que la inteligencia americana interpretó este ataque como «el peor fallo de la guerra». A pesar de ello, todas las ciudades fueron retomadas por los americanos en los meses siguientes. Aun con este fracaso rojo, las bajas fueron insostenibles para la opinión pública estadounidense: más de veinte mil soldados resultaron heridos, asesinados o desaparecidos.

Este conflicto, el primero del cual se informó casi en directo, tuvo unos medios libres que retransmitían con apenas censura del mando. El autor Daniel C. Hallin recuerda de manera clarividente, en su excelente trabajo sobre esta cobertura disidente, que esa libertad de información era «consecuencia» de la propia división de los políticos en los Estados Unidos sobre la guerra. Afirma: «Los medios contradecían la visión positiva que los oficiales querían proyectar y, para bien o mal, esto es lo que quedó en el público».

Un suceso mediático, la matanza en la aldea Mỹ Lai (marzo de 1968), derrumbó para siempre cualquier imagen emancipadora de los soldados americanos. Una operación en la región de Son My acabó con una matanza de trescientos a cuatrocientos civiles a los que, según la filtración, se ajusticiaba de un «tiro en la cabeza». El testimonio del soldado Paul Meadlo, que recordó el sadismo de su superior, el teniente William Calley, fue drama periodístico de impacto para revistas como Life, Time o Newsweek

La ferocidad, las muertes de mujeres y niños por un mando errado, llevó a una crisis moral en los gobiernos demócratas y republicanos. La frase del presentador, del anchor, Walter Cronkite en la CBS fue el testamento del fin de la ingenuidad para muchos americanos: «¿Qué demonios está pasando?… ¡Pensé que estábamos ganando la guerra!».

Los héroes proscritos

La guerra acabó el 30 de abril de 1975. Las tropas americanas se retiraron poco a poco desde el año 1969. El autor libertario Michael Lind creyó «necesaria» esta guerra indochina en su libro revisionista sobre Vietnam. Hablaba de geopolítica, claro, pero también reconocía que la situación había sido excesiva y que debía haberse «limitado» el uso de la tropa.

Estos últimos, los reclutados, malvivieron en los dos lados como héroes proscritos ante marcos políticos cambiantes. El director de cine Oliver Stone, que vivió la experiencia de Vietnam (volvió en noviembre de 1968), recuerda su estado «paranoico y alienado». Pudo cambiar de oficio, como guionista, creando filmes escabrosos que parecían exorcizar los fantasmas de la guerra (El expreso de medianoche o El precio del poder). Platoon serán sus «memorias filmadas» de esa infructuosa experiencia que arruinó su primera juventud. 

Otros excombatientes americanos no tuvieron tanta suerte como Stone: generaron esa imagen del veterano vietnamita traumatizado, alejado de sus antiguas ideas y que fue nervio en el cine bélico de los setenta y ochenta. Herr decía:

Ensueño interrogante, amigos que venían del otro lado a comprobar que aún seguías vivo. A veces parecían tener quinientos años, a veces parecían exactamente igual que les había conocido, pero iluminados por una luz extraña, la luz explicaba la historia, y no acababa como ninguna historia de guerra que yo hubiese imaginado jamás.

En el lado ganador, las cosas no fueron tan bien como se podría esperar: el país quedó aislado y los vietnamitas siguieron conociendo el hambre. Una fuente tan poco sospechosa de ser conservadora como el autor Jonathan Neale recuerda cómo las cooperativas agrarias fueron un fracaso y el arroz, que escaseaba en el interior, seguía exportándose. Los veteranos vietnamitas acabaron siendo burócratas grises de un país moribundo. La propia inutilidad de esta guerra, que rompió la teoría del dominó, se demostró con las conflagraciones posteriores… entre los propios países comunistas.

En 1994 el embargo a Vietnam cayó y, seis años más tarde, en el 2000, Bill Clinton visitó el país. A diferencia de Stan, de Stone, de Donson, de todos aquellos idealistas, Clinton había evitado el reclutamiento y vivió más bien que mal la bohemia americana del tiempo. Una visita paródica, con créditos bajo el brazo, y en la que afirmó esperanzado (¿o quizá con sorna?) «que intentaría poner fin a todas las divisiones».

Miles de muertos y heridos, veteranos aullando su locura en la América Norman Rockwell, cientos de villas arrasadas por el napalm, niños huérfanos que lloran mientras los grillos enmudecen ante el zumbar sin fin de los helicópteros; ángeles de la muerte a ritmo de Richard Wagner («ángeles feos» los llamaban los soldados allí). Todos, todos ellos, lucharon por un territorio que veinticinco años después acabaría recibiendo al presidente de Estados Unidos con honores. Generaciones engañadas por las ambiciones de izquierdas o derechas de reyezuelos políticos que creían ganar la guerra fría en la caliente Indochina.

Solo les queda como consuelo la frase devastadora que cierra La chaqueta metálica y que solo pudo escribir Michael Herr:

Este es un mundo de mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.

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