
Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.
(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, París, Galimard, 1952)
Una tienda de ropa en cualquier estado del Medio Oeste americano en los setenta; colorido pandemonio de retales, camisas de cuadros o pantalones vaqueros. Entre las baldas de prendas arcoíris o de pana amarronada, parejas felices con pelo largo y una niña de mueca sonriente, arreglada con su jersey de rayas rojas y blancas, medias de color alba y unos relucientes zapatos de charol. Cerca de ellos, un hombre con bigote y pelo lacio revisa pantalones, buscando su talla. Todos ellos, sin excepción, son acampanados.
En el centro, varias maniquíes de pelo pajizo están conjuntadas como descartes de un grupo pop. A sus pies, dos vestidos largos, con ribetes hippies, que tocan en sus pliegues jóvenes curiosas. Estas muñecas, que portan los conjuntos de la temporada, miran con desidia a la puerta y observan a los aburridos clientes que llegan. No parecen sorprenderse ya del tintineo del timbre…
Es el mes de julio y acaba de entrar un nuevo cliente al local. Su nombre, según el reporte, es Stan: un americano formal, en un primer vistazo. En el segundo se observa algo sin metáfora posible: un rifle automático cargado.
Stan tomó sin resistencia esa tienda, exigiendo calma a todos los presentes. Analizó el perímetro minuciosamente, entrando en cada rincón del local, y poco después comenzó a disparar al exterior. Los rehenes nunca sufrieron ninguna extorsión o abuso por parte del defensor, según declararon a la policía. Él les decía de manera insistente que quería «salvaguardarlos».
Luego de varias horas de negociación con los agentes de la ley, Stan se entregó a las autoridades. Estas, extrañadas por su comportamiento, le pidieron una explicación a su actitud enfebrecida. Un nombre fue suficiente: Vietnam.
Los abanicos de la muerte
La descripción pulcra de este hecho se hace en el libro Trauma of War, en el capítulo de introducción del doctor Stephen M. Sonnenberg. El asaltante era víctima de su experiencia bélica, de la «culpa» por sus acciones, según este psiquiatra.
Stan revivía muchas veces dos momentos del conflicto. El primero era con una niña que se acercó a él y a varios camaradas. Portaba un explosivo, según su alegato, y hubo de ser abatida a cuarenta y cinco metros. El último recuerdo le hace superviviente de una acción de guerra desesperada, donde pudo ver a sus compañeros de batalla caer por los disparos y ferocidad del Viet Cong. Sobrevivió y, acabada la ofensiva, seguía disparando, acanallado por el odio, a los cadáveres hasta desfigurarlos. Los adversarios estaban inertes, incapaces de cualquier mal. Ahora, los fantasmas de esos caídos por Hồ Chí Minh pervivirán en la mente del combatiente durante años.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Los norteamericanos devastaron, asesinaron y apoyaron a gobiernos corruptos e ineficaces… Pero los comunistas en su fanática e insensible entrega a la Causa también asesinaron y fueron ineficaces y enviaron gente a una muerte segura. Lo que pasa es que fueron más listos y no dejaron trascender sus cagadas ni permitieron una opinión pública libre para informar, protestar o exigir responsabilidades.