Orden mental y orden público

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orden mental
El ojo, como un globo extraño, se dirige al infinito, Odilon Redon, 1882

La concepción del síntoma

No podemos conocer la esencia de las cosas si no identificamos primero sus metáforas. (Borges)

La percepción del síntoma está influida por los significados colectivos que se han dado a las distintas manifestaciones de inadaptación mental a lo largo de la historia y a lo ancho de las diferentes culturas.

No es lo mismo saber a qué causa obedece un síntoma que saber qué significa. En este sentido, es relevante analizar la percepción humana del mundo desde una perspectiva individual y colectiva, porque las personas no solo perciben la realidad, sino que la reelaboran en función de las imágenes sociales predominantes. 

La exclamación «¡Me duele el corazón!» puede tener diversos significados según distintos contextos culturales. Las ciencias de la salud se han decantado mayormente hacia una interpretación biológica de la enfermedad excluyendo su contextualización cultural y de significación subjetiva. La antropología interpretativa o etnográfica ha hecho aproximaciones importantes en este sentido1. Donde unos perciben los síntomas como señales naturales que hablan de una realidad patológica, otros observan una elaboración cultural que remite a un mundo de significados2.

Resulta interesante el análisis histórico que puede hacerse de la melancolía, considerada como el primer desorden mental de la civilización europea3. Esta enfermedad se caracterizaba por sufrir ansiedad, depresión y fatiga por falta o exceso de deseo. Esta indisposición la padecía el conjunto de la sociedad y, curiosamente, siguiendo los anales de la Inquisición española, afectaba a los sospechosos de transgredir cánones establecidos en una época en la que se consideraba que el demonio estaba por todas partes. A partir de los siglos XVI y XVII, la noción de culpa se extiende en la sociedad y la melancolía podría obedecer a la interiorización y gestión subjetiva de la culpa. Se recogen casos de personas que se denunciaban a sí mismas por distintos pecados y que, aunque no se les reconociera culpabilidad, no mejoraban en su trastorno melancólico ni en el sentimiento de culpa.

A lo largo de la historia, se han producido diferentes discursos narrativos sobre la patología.

Metáforas de la enfermedad4

En la Grecia clásica, la enfermedad es entendida como castigo sobrenatural o también como posesión demoníaca. Por tanto, es merecida y motivada por una falta personal, por transgresión colectiva o, incluso, por algún crimen cometido por los ancestros.

El cristianismo establece una vinculación entre la enfermedad y el enfermo. En este sentido, la enfermedad supone un castigo adecuado y justo de acuerdo con la falta cometida.

En la filosofía política de Maquiavelo se introduce la idea de desorden del organismo y la necesidad de prevención y observación del comportamiento de los síntomas.

La modernidad introduce, a través de la filosofía de Kant, la idea de conexión de la enfermedad con los sentimientos y la influencia de la desmesura de estos en la salud5.

El romanticismo ahonda en este sentido y propugna la expresión de sentimientos como indicador de vitalidad y sobre todo de especificidad subjetiva. Las emociones, más que las ideas, son las que nos hacen individuales y originales. La enfermedad sería entendida como deseo intenso y subjetividad interesante. El legado más importante del romanticismo fue la idea de «lo interesante».

Una ocasional vena melancólica será siempre inseparable de la perfección de lo bello. (Edgar Alan Poe)

Hacia 1880 se impone la metáfora de lo militar. La enfermedad es una invasión de entidades enemigas. Los remedios de salud se orientan al descubrimiento de bacterias invasoras.

En el siglo XIX, la salud y la enfermedad son una expresión del carácter y el resultado de la voluntad. La curación se produce si la parte sana de la voluntad es capaz de doblegar a la otra parte. 

Actualmente, las metáforas más potentes hablan de la enfermedad como consecuencia de la represión en personas insensibles, indiferentes, inexpresivas y negadoras del propio deseo; y por otra parte el imaginario colectivo habla de enfermedad ambiental, de una forma de venganza de la Naturaleza ante el maltrato que recibe del ser humano6.

Por último, el síntoma puede ser entendido como la única respuesta adaptativa a contextos patógenos y desestructurados para el ser humano.

Así pues, el desorden físico o psíquico puede atribuirse a desequilibrios humorales, desórdenes fisiológicos y bioquímicos, al alejamiento voluntario de la razón, a la ruptura del pacto social, a disfunciones cerebrales y a mecanismos fallidos de adaptación social7.

Elaboración simbólica del síntoma

Patricia Granada8 elabora una construcción simbólica de la enfermedad desde distintas concepciones, de las que pueden destacarse las siguientes:

Desde la Antigüedad nos acompaña la perspectiva mágica. Su punto de vista defiende que la enfermedad se caracteriza por la existencia de lo sobrenatural y el animismo.

Desde el idealismo, la salud es un estado utópico no alcanzable, pero al que siempre hay que tender.

El enfoque somático-fisiológico apunta a la enfermedad como la ausencia de salud. Su campo disciplinario es la exploración del cuerpo y la valoración de signos y síntomas de la medicina clínica.

La perspectiva psíquica se introduce en el siglo xviii poniendo énfasis en la dimensión no física sino de interacción psicológica del sujeto con su realidad.

Tras la Segunda Guerra Mundial se impone un relato de salud y enfermedad como resultante de la distribución de riqueza y posición social. Disciplinas como la epidemiología, la antropología, la sociología, la economía y la política toman relevancia como sistemas de investigación científica.

Por último, puede apuntarse la dimensión político-legal que defiende la salud como derecho universal reconocido que los gobiernos deben garantizar mediante sistemas públicos de atención.

En síntesis, la manifestación de un comportamiento, la ocurrencia de un pensamiento o la experimentación de ciertas emociones o sensaciones no significan nada por sí mismas. Para que podamos definir una dolencia o un desorden necesitamos una metáfora que le dé sentido. El síntoma necesita de un relato para ser entendido e interpretado. Existen distintos discursos que podemos identificar en la historia del pensamiento, aunque algunas metáforas coexisten en el tiempo.

Hay tres cuestiones involucradas en este aspecto: la concepción del síntoma o forma de entenderlo en épocas y culturas concretas; el relato que le da sentido; y el tipo de terapeuta más idóneo para cada relato.

Metáforas colectivas del síntoma9

CUADRO SÍNTESIS

CONCEPCIÓN SÍNTOMA RELATO QUE LO EXPLICA TERAPEUTA ADECUADO
Es portador de significados simbólicos y oscuros de carácter general que la persona desconoce. El terapeuta sabe más del paciente que él mismo.

La verdad es revelada.

Posesión diabólica.

La verdad está escrita en las estrellas.

Pertenece al exterior.

Oráculo, chamán.
Es manifestación de otros problemas y mecanismos fisiológicos subyacentes y más profundos del interior del sujeto. Bioorganicista. El saber necesario es desconocido por el paciente.

La verdad está escrita en las entrañas.

Pertenece al interior

Médico, sanador.
Es expresión de las carencias del sujeto. Ello puede ser entendido como necesidad de intercambio o suplencia y dar dos tipos de agentes. Mercader,

asesor, coach (figura transversal a otros escenarios).

Es lo reprimido y olvidado

Es querido y no querido a la vez.

Lo olvidado se hace presente. Hay que hacer consciente lo inconsciente. Es necesario el insight.

Resistencia al cambio y ganancias secundarias.

Psicoanalista.
Es expresión de una pauta universal. El cliente actualiza mitologías eternas y universales. Verifica principios y leyes científicas generales. Estudioso, científico académico, diagnosticador.
Es el obstáculo para su felicidad y adaptación social.

Binomio: enfermedad mental-delito.

La persona tiene déficits que hay que corregir. Rehabilitador.

Binomio psiquiatría-justicia.

Es un signo de desajuste en el entorno ecológico. El entorno social, cultural y político es responsable del comportamiento humano. Antipsiquiatría,

asesor filosófico.

Es la insistencia del deseo instintivo sepultado por la exigencia de socialización del sujeto y su necesidad de ser aceptado por la comunidad. La persona intuye la solución, aunque no sepa gestionarla. Su vitalidad ha sido sepultada por la necesidad de aceptación social. Atestiguador, acompañante, educador, pedagogo.
Es un modo de mejora adaptativa y un indicador del nexo entre el sujeto y su entorno. La enfermedad mejora la capacidad adaptativa.

La salud del sujeto depende de las pautas saludables que realice y de la salud ecológica del entorno.

Darwinismo social,

medicina naturista,

psiconeuroinmunología.

La renuncia de la persona a sí misma hasta el olvido

La historia sobre la gobernabilidad de las poblaciones va unida a la historia de la lucha para que las personas olviden sus propios impulsos, para que no confíen en sus sentimientos. En definitiva, para que abandonen la idea de ser ellas mismas y dirijan su esfuerzo a satisfacer las expectativas del entorno.

Este proceso de limitación de lo individual hunde sus raíces en el inicio de la civilización. Y como toda regla cultural dispone de su sistema de prohibición, la fundación de una sociedad se basa en la prohibición del autoconsumo, en la inhibición del uso inmediato de las propias mercaderías10. En la tribu de los guayakíes tienen prohibido que el cazador consuma la pieza cazada; debe cederla a otro miembro del clan con el fin de extender y fortalecer el vínculo con la comunidad11

La inhibición del autoconsumo se amplía a la sexualidad. El cuerpo y la salud cobran importancia, así como la identidad del cuerpo sexual12. Hacia 1710, en Alemania, y en 1760 en Francia, se produce la cruzada contra la masturbación que se ampliaría al resto del mundo. El contacto del sujeto consigo mismo hace peligrar su deseo por atender las expectativas exteriores que se tienen de él. También puede citarse, en este sentido, el caso de la poesía y su uso de las palabras como valores, más allá de los signos lingüísticos. La cuestión es por qué en momentos de inflamación política se persigue a los poetas, que no suelen resultar físicamente amenazantes para el sistema establecido13. La hipótesis es que el consumo de poesía conduce al lector al contacto con su campo interno de producción de sentido y de libertad, lo cual le anima a protagonizar su propia existencia, además de alejarlo de la obediencia debida al mandato sistémico.

En definitiva, estamos hablando de la transición del panteísmo al monoteísmo. O cómo se pasó de concebir que todo era sagrado —las personas, los objetos, la naturaleza— a externalizar esa divinidad de cada persona para crear un dios único al que adorar. La atención pasó del interior de uno mismo a la deidad exterior. 

Relación entre la justicia y las disciplinas del comportamiento. El tránsito de la biografía al caso

La aparición de la modernidad como fenómeno digno de análisis de los historiadores está ligada a la incapacidad que tienen los sistemas políticos para controlar a sus súbditos mediante la fuerza. Las relaciones humanas colectivas evolucionaron desde la coacción física al sometimiento psicológico. 

En un momento determinado, los gobiernos dejan de tener los efectivos coercitivos necesarios para ejercer el control y necesitan que cada ciudadano se autorregule. Se apela al psiquismo de los ciudadanos para que ejerzan el freno de su propio principio del deseo y hasta su olvido, en aras de la imposición del principio de la realidad. Una realidad elaborada y presentada desde el exterior al sujeto, desde el ámbito sistémico de la sociedad. Es la génesis de la corresponsabilidad política de todos los ciudadanos en las decisiones del Estado. La docilidad de cada sujeto es mucho más efectiva y rentable que el control institucional.

El interés por la subjetividad tiene su génesis en las investigaciones relacionadas con el control social. Cuando el juez solicita el peritaje del especialista en comportamiento sobre el reo/paciente, lo que en realidad le pregunta es si cree que el sujeto puede volver a delinquir y cuál es su potencial de reincidencia y, por tanto, si lo considera peligroso para las bases del pacto social.

En consecuencia, resulta esencial conocer el funcionamiento psíquico de las personas para lograr que se autorregulen. Este es el principio del panóptico14, según el cual, las personas se comportan como se espera de ellas cuando se sienten observadas. El panóptico debe ser entendido como un artefacto de búsqueda de la docilidad y podemos encontrar un antecedente de este concepto en las viejas mazmorras que contenían el símbolo del triángulo que enmarca un ojo divino y cuyo título decía: «Dios te ve».

A finales del siglo XVIII se inicia una espesa red de mediaciones de la justicia, policía, psiquiatría y medicina en la que lo banal será analizado desde el código de la administración, el periodismo cronista y la ciencia. Se establece un tránsito que va desde la biografía de la persona al caso, como fruto de la reducción de la persona al conjunto de sus carencias.

No obstante, debemos evitar el pensamiento determinista mediante el cual la estructura social regula irremisiblemente al sujeto. Los nuevos escenarios de inserción y marginación social generan nuevos campos de producción de sentido en los que el sujeto escapa del control y elabora sus propios mecanismos de construcción subjetiva. No debemos olvidar que las personas no solo reciben la influencia de la realidad que las rodea, sino que redefinen su sentido en el tipo de relación que mantienen con el mundo, un diálogo permanente que sostiene su proceso de socialización15.

La literatura, y en general las artes, ocupan el plano de lo que escapa a los grandes códigos reglados; la «fábula de la vida oscura», los grados más bajos y persistentes de lo real. Lo ínfimo, lo que no se dice, lo que no merece gloria, lo infame. También lo más prohibido y escandaloso. La ficción reemplaza a la hazaña. Según el dispositivo de poder de Occidente que consiste en convertir lo cotidiano en discurso, la literatura, tal y como hoy la conocemos, se desplaza de lo hazañoso exterior a lo cotidiano interior. De la épica a la novela16.

Con lo expuesto, podemos intentar una suerte de sistematización de este desplazamiento, sobre el que se asienta el análisis de la identidad, concepto clave para la impartición de justicia, que transita desde la comprobación de los hechos cometidos a la peligrosidad latente del infractor, renovándose así la persistencia del criterio clásico: se condena a la bruja, no por lo que ha hecho, sino por lo que es capaz de hacer. 

A pesar de lo dicho, también es cierto, y por la vía de la polaridad paradojal, que de la psiquiatría han venido las más importantes innovaciones en el campo de la atención a la salud mental, quizá por ser un sector profesional altamente sensible y vinculado al sufrimiento de los seres humanos.

A continuación, desearía analizar dos asuntos aparentemente contradictorios, en los que se relaciona la salud mental con el orden público. 

En primer lugar, hablamos de la situación de la infancia y la juventud sometida a medidas de reforma judicial, un fenómeno en el que se observa una hipertrofia del diagnóstico de la enfermedad mental.

En segundo lugar, veremos la relación entre violencia política y salud mental. En este caso, se observa, contrariamente a lo anterior, una negación de la expresión del sufrimiento psíquico de la víctima.

Infancia y juventud sujeta a medidas judiciales

La fiebre del diagnóstico

El síntoma es un indicador del proceso vital de su anfitrión. El comportamiento del síntoma de desorden psíquico nos hablará de los aprendizajes y procesos adaptativos o no de la persona que lo manifiesta.

No siempre mantenemos una lectura abierta y fértil sobre los problemas. En este sentido, el peor efecto sociolingüístico de la modernidad ha sido la «reificación»17, esto es, convertir los procesos en cosas u objetos que se puedan manosear. Este proceso ha llevado la depresión, la bipolaridad o el trastorno de alteración de la atención a etiquetas del más alto nivel de implantación social.

—Doctor, este niño tiene inadaptación escolar.

—¿Y la ha traído?18

La etiqueta desplaza a su anfitrión y muchas veces lo sustituye. Lo que se aproxima a lo cierto o verdadero nunca es lineal ni de lectura unívoca, sino que suele tener un aspecto paradójico, una contradicción que completa las dos caras de la moneda. Esta contradicción suele ser solo aparente y funciona más en el plano teórico que en el de la práctica profesional.

La valoración de los niños y jóvenes atendidos por los servicios especializados para su inserción social y familiar plantea esta paradoja. Por un lado, el mero análisis de los perfiles de la problemática que los niños presentan puede llevarnos a una posición simplista que priorice los factores de control social e institucional sobre los jóvenes y relegue a un segundo plano sus verdaderas necesidades en su itinerario de inserción social. Por otro lado, no podemos renunciar a un diagnóstico funcional que oriente el futuro programa social y educativo que cada caso necesita. 

El primer aspecto de la paradoja podemos situarlo en el avance social de los procesos de «normalización» y de las instituciones de tratamiento, entre ellas la escuela. Con esto se produce un efecto de incremento de tipificaciones de anormalidad relacionada con el objetivo de búsqueda de docilidad. Francine Muel-Dreyfus realiza un sugestivo análisis al respecto:

Los primeros congresos a favor y en defensa de la entonces llamada «infancia anormal» (1894) parten de una clasificación de trastornos mentales profundos ya existente y aportan un discurso médico y pedagógico que añade un conjunto de trastornos menos profundos19: retrasados (a no confundir con perezosos o ignorantes); inestables: que no están en su sitio, no coordinan movimientos, no controlan instintos, tienen cóleras inexplicables y manifiestan «desvergüenza muscular»; por último, están los «combinados»: retrasados-inestables, etc.

Cabe recordar que, en el discurso clásico, los trastornos profundos, aptos para el manicomio, se reducen a «idiotas e imbéciles». Estas clasificaciones se han ido complicando con el desarrollo de la tecnificación del diagnóstico. Las ciencias del comportamiento alcanzan actualmente niveles de finura en los que parece que nada escapa a su mirada (panoptismo tecnológico).

La construcción de las tipologías está muchas veces al servicio de los mecanismos de control social y sirven sobre todo para conocer la institución en la que están acogidos los jóvenes y sus mecanismos de control cotidiano. Taylor y Bogdan (1986) citan las siguientes tipologías elaboradas por el personal de escuelas estatales en Estados Unidos para retardados mentales:

Hiperactivos, peleadores, espásticos, vomitadores, fugitivos, pestes, muchachos de comedor, muchachos trabajadores y favoritos20.

Más adelante se cita otra clasificación:

Regurgitador, testaferro, tramposo, arrebatador, ensuciador, golpeador de cabeza, de grado bajo, vegetal, mal educado y peleador21.

La etiqueta diagnóstica suele sustituir el problema que padecen los sujetos por el que las instituciones tienen para insertarlos en la sociedad. La tecnificación del diagnóstico desplaza la dimensión social y cultural de la inadaptación social por medio de los mecanismos de la medicalización, psiquiatrización, psicologización y pedagogización de los casos.

¿Problemas de conducta o trastornos mentales?

En el caso de los niños y jóvenes atendidos por los servicios especializados de protección y reforma judicial, sigue abierto el debate acerca de si los problemas de conducta22 que presentan los jóvenes deben ser entendidos como trastornos mentales. El Síndic de Greuges de la Comunidad Valenciana (defensor del pueblo), en su informe sobre centros de protección de menores con problemas de conducta, saca a colación este debate y cita algunos diagnósticos de salud mental que se emiten actualmente sobre los niños y jóvenes de este sector, y destaca como más habituales los siguientes:

  • Alteraciones inespecíficas de conducta. 
  • Trastorno de la conducta desafiante/oposicionista. 
  • Síndrome reactivo depresivo. 
  • Trastorno por déficit de atención e hiperactividad. 
  • Consumo abusivo de múltiples tóxicos.
  • Trastorno de estrés postraumático. 
  • Discapacidad intelectual leve/moderada/grave. 
  • Trastorno afectivo bipolar. 
  • Trastorno reactivo de la vinculación de la infancia o la niñez. 
  • Trastorno psicótico inespecífico. 
  • Trastorno destructivo del control de impulsos y de la conducta. 
  • Trastorno del espectro autista. 
  • Síndrome de Asperger. 
  • Trastorno obsesivo compulsivo. 
  • Trastorno disocial. 
  • Rasgos caracteriales desadaptativos. 
  • Riesgo de autolisis.

Mientras en la población en general el 9 % sufre enfermedades mentales diagnosticadas, en la infancia y la juventud acogida en servicios de atención, el 73 % de la población ha sido diagnosticada por las Unidades de Salud Mental23. Hay que añadir que, en general, la población atendida que recibe tratamiento psicofarmacológico aún alcanza porcentajes mayores24.

Trauma en casos de la violencia política. La travesía del fantasma

En otro orden de cosas, podemos entender el desorden mental como la imposibilidad de sostener la crudeza que a veces muestra la realidad y, en consecuencia, la dificultad para armonizar polaridades contrarias. Tolkien fue soldado en la Primera Guerra Mundial. El horror que pasó le indujo a crear su universo mítico de El Silmarillion y su posterior obra, El señor de los anillos. Esta creación tenía entre sus fines aumentar su capacidad para soportar la realidad que le tocó vivir25.

Las experiencias traumáticas en general, y las situaciones particulares, como las catástrofes, las guerras y la violencia organizada, afectan a la salud mental. Los investigadores están de acuerdo en que las guerras suponen una fuente de traumas y de trastornos relacionados con este tipo de vivencias, como el trastorno por estrés postraumático. En concreto, hay estudios en los que aparecen por primera vez términos como «neurosis de la trinchera», durante la Primera Guerra Mundial, o la «neurosis traumática de guerra», durante la Segunda Guerra Mundial. Los conflictos bélicos suponen una fuente de problemas psíquicos y emocionales que afectan a toda la sociedad26.

Nicolas Abraham y Mária Török fueron los pioneros en el concepto de la transmisión generacional27. Estos psicoanalistas de origen húngaro-francés defienden que la constitución del trauma por violencia política se realiza en el transcurso de al menos tres generaciones. Posteriormente, Clara Valverde aplica este análisis a la situación de la guerra civil española28.

La generación de lo «indecible»

La primera generación es la que vivió el trauma más importante —como en el caso de la guerra civil en España—, es la generación de lo indecible. Lo que vivieron fue tan desbordante que no pudieron ponerle palabras. Experimentaron horrores como la desaparición del freno social que impide matar. Tendieron conscientemente a no hablar a sus hijos de lo que habían visto porque no querían hacerles daño.

A nivel inconsciente, las emociones desbordantes, como el miedo o la rabia, a menudo se reprimieron y el impacto permaneció en la mente y en el cuerpo. Pero lo que no se habla se comunica a través de comportamientos, gestos, lenguaje no verbal y emociones. Y cuanto más se intenta no comunicar el trauma, más intensamente se percibe y se siente, generando repeticiones y obsesiones.

La generación de lo «innombrable»

La segunda generación, los hijos de los que vivieron la situación traumática, son la generación de lo «innombrable». La información que recibieron de sus padres fue, si acaso, en forma de palabras, pero sin estar acompañadas de las emociones congruentes o, sobre todo, en forma de silencio cargado de emociones, y por ello esta generación no pudo construir una representación verbal de lo que les ocurrió a sus padres.

Muchos tampoco pudieron preguntar directamente a sus padres qué habían vivido, porque al verlos heridos y afectados, quisieron protegerles. Cuando uno nota que sus padres sufren, el mensaje no verbal que percibe es «no hagas preguntas», a lo que se añade la represión que exigía silencio de cualquiera que no estuviera de acuerdo con el régimen establecido.

Esta generación tuvo dificultades para aprender a manejar las emociones, ya que habían crecido con padres que habían sobrevivido una situación terrorífica que no pudieron expresar.

La generación de lo «impensable»

Los nietos de la contienda bélica son la tercera generación, la de lo «impensable», porque son los que no se imaginan ni pueden representar con palabras lo que ocurrió. No tienen la información sobre los hechos y, al mismo tiempo, ayuda a entretejer, uno a uno, los hilos que unen el pasado con el presente. El proceso de elaboración consiste en tejer en ese telar.

Esta generación es receptora de la transmisión no verbal más potente, de imágenes sin texto que consolidan la travesía del fantasma.

Es importante ver el proceso de elaboración desde la perspectiva de la reparación y no desde el ajuste de cuentas. Esto significa que debemos dedicar el tiempo necesario para recapacitar y expulsar el exceso de emociones dañinas relacionadas con el trauma transgeneracional. Explicar la historia permite modular las emociones encendidas y excesivas, y así poder integrarlas de una manera más sana. Se trata de hacer consciente lo inconsciente.

Los dolores negados

se apoderan

de la cara oculta

de la sombra.

El horror

cambia de nombre

y se hace sustancia.

Y alimenta

lo no dicho

que transita

el filo del futuro

como amenaza.

(«El fantasma», Trinidad Ballester)


Notas

(1) Geertz, C. (1987), La interpretación de las culturas (Gedisa). Este autor, junto a Victor Turner, son exponentes de la antropología simbólica e interpretativa en los años sesenta y setenta

(2) Martínez, A., «Antropología versus psiquiatría: el síntoma y sus interpretaciones».

(3) Vázquez, M. C. (2004), Transgresión y melancolía en el México colonial (UNAM. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades).

(4) Susan Sontag enumera las interpretaciones del síntoma más relevantes en su libro La enfermedad y sus metáforas. Sontag, S. (1996), (Taurus), p. 49 y ss.

(5) Kant, E. Anthropologie (1798). En Sontag (1996), op. cit.: 50.

(6) Véase Foucault, M. (1976), Historia de la locura en la época clásica (Fondo de Cultura Económica). Véase también Goffman, E. (1976), «Síntomas psiquiátricos y orden público». En L. Forti (Comp.). La otra locura (Tusquets).

(7) Álvaro, J. L. (2007), en Diccionario crítico de Ciencias Sociales. Dirigido por Román Reyes (Universidad Complutense de Madrid).

(8) Granada, P. (2000), «El campo de la salud como espacio de construcción simbólica», Revista de Ciencias Humanas, Pereira.

(9) Ortín, B. (2018), «La vida es imaginada» (Jot Down), pp. 31 y 32.

(10) Desde el punto de vista estructural, en toda sociedad, la comunicación se opera al menos a tres niveles: intercambio de mujeres, intercambio de bienes y servicios e intercambio de mensajes (Lévi-Strauss (1958: 326). En Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología (Siglo XXI), p. 140.

(11) Ibáñez, J. (1986): op. cit., p. 143. (12) Foucault, M. (1990b), La vida de los hombres infames (Endymion).

(13) Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología (Siglo XXI), p. 142.

(14) Bentham (1767), en Foucault, M. (1990), Vigilar y castigar (Siglo XXI).

(15) Berger, P. y Luckmann, Th. (1983), La construcción social de la realidad (Amorrortu).

(16) Foucault, M. (1990), La vida de los hombres infames (Endymion), pp. 175-202.

(17) Ibáñez, J. (1986), Más allá de la sociología, (Siglo XXI).

(18) Ortín, B. (2005), Cuentos que curan (Océano-Ambar), p. 77.

(19) Foucault, M. (1981), Espacios de poder (La Piqueta), p. 123 y ss.

(20) Taylor, S. J.; Bogdan, R. (1986), Introducción a los métodos cualitativos de la investigación (Paidós), p. 162.

(21) Op. cit., p. 238.

(22) Informe del Síndic de Greuges de la Comunidad Valenciana, 24 de marzo de 2017. «Sobre centros de protección específicos de menores con problemas de conducta», p. 5.

(23) Informe del Síndic de Greuges, op. cit., p. 20. Véase también la p. 25, en la que se dice: «De los datos aportados por los centros se comprueba que la práctica totalidad de los/as menores ingresados en estos centros tienen prescrito tratamiento psicofarmacológico, bien por el facultativo del Centro de Salud (USMI) o del propio centro de acogida».

(24) Informe del Síndic de Greuges, op. cit., p. 25.

(25) Bond, D. S. (1995), La conciencia mítica (Gaia), p. 145.

(26) Gómez Marín, I. y Hernández Jiménez, J. A. (2011), «Revisión de la Guerra Civil Española y la posguerra como fuente de traumas psicológicos desde un punto de vista transgeneracional», Revista Electrónica de Psicoterapia, octubre de 2011, pp. 473-491.

(27) Török, M. y Abraham, N. (1978), La corteza y el núcleo (Amorrortu).

(28) Valverde, C. (2014), Desenterrar las palabras (Icaria).

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