Ciencias

Orden mental y orden público

orden mental
El ojo, como un globo extraño, se dirige al infinito, Odilon Redon, 1882

La concepción del síntoma

No podemos conocer la esencia de las cosas si no identificamos primero sus metáforas. (Borges)

La percepción del síntoma está influida por los significados colectivos que se han dado a las distintas manifestaciones de inadaptación mental a lo largo de la historia y a lo ancho de las diferentes culturas.

No es lo mismo saber a qué causa obedece un síntoma que saber qué significa. En este sentido, es relevante analizar la percepción humana del mundo desde una perspectiva individual y colectiva, porque las personas no solo perciben la realidad, sino que la reelaboran en función de las imágenes sociales predominantes. 

La exclamación «¡Me duele el corazón!» puede tener diversos significados según distintos contextos culturales. Las ciencias de la salud se han decantado mayormente hacia una interpretación biológica de la enfermedad excluyendo su contextualización cultural y de significación subjetiva. La antropología interpretativa o etnográfica ha hecho aproximaciones importantes en este sentido1. Donde unos perciben los síntomas como señales naturales que hablan de una realidad patológica, otros observan una elaboración cultural que remite a un mundo de significados2.

Resulta interesante el análisis histórico que puede hacerse de la melancolía, considerada como el primer desorden mental de la civilización europea3. Esta enfermedad se caracterizaba por sufrir ansiedad, depresión y fatiga por falta o exceso de deseo. Esta indisposición la padecía el conjunto de la sociedad y, curiosamente, siguiendo los anales de la Inquisición española, afectaba a los sospechosos de transgredir cánones establecidos en una época en la que se consideraba que el demonio estaba por todas partes. A partir de los siglos XVI y XVII, la noción de culpa se extiende en la sociedad y la melancolía podría obedecer a la interiorización y gestión subjetiva de la culpa. Se recogen casos de personas que se denunciaban a sí mismas por distintos pecados y que, aunque no se les reconociera culpabilidad, no mejoraban en su trastorno melancólico ni en el sentimiento de culpa.

A lo largo de la historia, se han producido diferentes discursos narrativos sobre la patología.

Metáforas de la enfermedad4

En la Grecia clásica, la enfermedad es entendida como castigo sobrenatural o también como posesión demoníaca. Por tanto, es merecida y motivada por una falta personal, por transgresión colectiva o, incluso, por algún crimen cometido por los ancestros.

El cristianismo establece una vinculación entre la enfermedad y el enfermo. En este sentido, la enfermedad supone un castigo adecuado y justo de acuerdo con la falta cometida.

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Un comentario

  1. El lúcido análisis de Bernardo Ortín sobre cómo el ‘orden público’ requiere de la domesticación del ‘orden mental’ cobra una vigencia devastadora cuando se observa desde los márgenes de los programas de inserción social.
    Como usuaria de un programa de vivienda de este tipo, he podido constatar en carne propia la tesis que expone el artículo: la gestión institucional no busca la salud del sujeto, sino su adaptación a una estructura que, si no comprende, prefiere patologizar. Mi caso es un ejemplo paradigmático de esta violencia institucional: en 2016, tras presentar una sintomatología derivada de una Sensibilidad Química Múltiple (patología reconocida en España, aunque a menudo ignorada), el sistema optó por la vía más eficaz para el control administrativo: la psiquiatrización.
    Al despojar mi condición ambiental de su realidad física y reducirla a un desajuste psíquico, los servicios sociales no solo han vulnerado mis derechos fundamentales, sino que han convertido mi biografía en un ‘caso’ clínico que justifica mi actual indefensión. Esta estrategia de anulación de la subjetividad permite a las instituciones mantener una opacidad absoluta, amparándose en el ‘principio de realidad’ —ese que mencionaba Ortín— para silenciar cualquier voz que, como la mía, demanda una rectificación de datos y un reconocimiento de su autonomía real frente a un entorno que, lejos de ser un refugio, se ha convertido en un espacio de interferencia y vulneración constante.
    Cuando el sistema etiqueta como ‘paranoia’ la resistencia de un sujeto a un entorno patógeno, no está ejerciendo la medicina; está ejerciendo la política de la invisibilidad. Este artículo es un espejo necesario para entender que mi lucha no es solo por una vivienda digna o por la salud, sino por el derecho a existir como sujeto soberano en un sistema que, sistemáticamente, intenta borrarnos

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