
Tiene algo de insolente discutirle hoy una máxima a un pensador romano del siglo II. Pero si Marco Aurelio hubiese sabido que algunos sucesos de la historia no harían sino repetirse con proyección infinita y viciada, ciertamente habría repensado este lema suyo que es la esencia del estoicismo: «A nadie sucede algo que no pueda soportar por naturaleza». Quizá la clave no está en lo que el ser humano puede resistir sino más bien en el momento en el que los acontecimientos empiezan a ser intolerables y, aun así, continúan y se repiten. Es el caso de los conflictos bélicos.
Todo el mundo vive su guerra. Casi siempre más de una. En cambio, otras se comparten. En estas últimas, el estatus de víctima es siempre tan evidente como variable, y a él pertenecen las personas en busca de refugio, los exiliados, quienes luchan en el frente y, por supuesto, los fallecidos. En el estado excepcional de la guerra, la identidad de cada individuo se diluye en necesidades más básicas para la supervivencia. Las ocupaciones se polarizan. Sin embargo, se mantienen algunos oasis y así ocurre con la literatura, una de las artes que mejor sobrevive a las contiendas. Siempre hubo quien escribió la guerra desde las trincheras. A través de las letras, algunos escritores reflexionaron sobre los combates, dejaron constancia de los hechos, se distrajeron, ejercitaron su pensamiento y desarrollaron obras que debían nacer en ese preciso instante por designio del espíritu de la época.
Puede entonces ser cierto que no somos dueños de la historia, pero sí lo somos de lo que hacemos con ella. Sobre todo si eso que llevamos a cabo es literatura —o aspira a serlo—. Excelentes libros consiguieron escribir en esos tiempos convulsos los tres autores en los que nos centraremos, respectivamente instalados en cada una de las maneras de padecer la guerra antes citadas. George Sand fue refugiada durante la guerra que enfrentó en 1870 a Francia y Prusia. Ludwig Wittgenstein luchó como soldado en la Gran Guerra. Walter Benjamin se exilió en 1933 y falleció en Portbou durante la Segunda Guerra Mundial. Los tres nos dejaron obras que, como la pragmática del estoicismo recomendaría —concedámoslo—, maduraron en las tempestades.
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George Sand (París, 1804-Nohant, 1876) fue una de las figuras más destacadas del siglo XIX europeo. Muchos la conocen como la amante del compositor Franz Liszt pero, desde luego, su perfil va mucho más allá de los devenires sentimentales. Sand —cuyo nombre verdadero era Amandine Aurore Lucile Dupin— destacó como personaje excéntrico y revolucionario: se divorció, gustaba de vestirse con ropas masculinas, accedía a lugares vetados a las mujeres, era ambiciosa y mostraba siempre una marcada personalidad.
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Tenía entendido que George Sand fue amante de Chopin y que escribió al respecto «Un hiver à Majorque». Listz tuvo una agitada vida amorosa, pero no me consta que esta escritora formara parte de ella.
El amante de George Sand fue Frederic Chopin, entre otros, pero no Franz Liszt.
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