
Hace una década, en una entrevista publicada por Sacapuntas, el boletín oficial de la Asociación de Dibujantes de Argentina, el dibujante José Muñoz decía que «hasta el literato del diario dominguero se permite hablar mal de la historieta». Él prefiere llamar así a su arte, historieta, y no cómic, porque historieta es el término con el que creció.
«Cuando estaba en el sindicato de prensa, en contacto con los periodistas y escritores, de pronto aparecía la palabra historieta, y yo tenía que andar explicando por qué había caído tan bajo». Oponiéndose con ferocidad a esa «especie de logocentrismo, de estupidez periodística casi publicitaria centrada solamente en las palabras», Muñoz recordaba que las letras habían nacido de los dibujos figurativos de nuestros antepasados, que la humanidad había dibujado antes de escribir, como los niños dibujan antes de saber expresarse con letras en un papel: «La palabra menciona, el dibujo toca».
No obstante, la historieta tiene una importante faceta literaria y Muñoz aclaraba que él siempre había trabajado con escritores. Que no era como el pintor Francis Bacon, que nunca retrataba a dos figuras juntas en un mismo lienzo, evitando así la tentación de que el observador sospechara que en ese cuadro había una narración.
Muñoz se destetó como profesional en el cómic —perdón; en la historieta— siendo el aprendiz adolescente de nada menos que Solano López, dibujante de El Eternauta, ese clásico de la ciencia ficción en viñetas guionizado por el malogrado Héctor Germán Oesterheld (a quien la dictadura militar de Videla hizo desaparecer para siempre en la penumbra de algún calabozo). Muñoz descubrió pronto cuál iba a ser su estilo, y creció alimentándose de aquella «escuela del blanco y negro cinematográfico, del negro intenso, el mancherío, del pincel bien cargado de tinta» en la que militaron nombres tan míticos como los estadounidenses Will Gould, Milton Caniff y Frank Robbins, el italiano Hugo Pratt o el uruguayo Alberto Breccia.
En su país había grandes dibujantes y guionistas, pero la viñeta carecía del prestigio que sí tenía en parte de Europa. Muñoz cruzó el Atlántico, aunque huyó de su primera y breve estancia en Italia, porque, por lo menos al principio, le pedían material erótico y pornográfico. Dio con sus huesos en Londres, donde, indocumentado y durmiendo en una comuna hippie, se ganaba la vida como friegaplatos.
Fue por entonces cuando contactó con el que, para nosotros, los aficionados, es como su segunda mitad: Carlos Sampayo. Compatriota suyo, afincado entonces en España, y protagonista también de su propia crisis profesional y existencial, Sampayo era un escritor que, aunque trabajaba en una editorial, no conseguía vivir de la escritura. Tras conocer a Muñoz por mediación de un amigo común, se interesó por una nueva posibilidad: escribir guiones para historietas. A ambos los conectó la mutua pasión por el género negro, por los espejismos míticos y maravillosos de unos Estados Unidos de celuloide y tinta. Juntos concibieron su obra magna: un detective quijotesco al que estarían unidos, en varias etapas, durante las siguientes tres décadas. Fue Muñoz quien propuso el apellido: Sinner (pecador). El nombre de pila vino poco después, como por milagro, cuando Sampayo hojeaba un diccionario de inglés y se topó con la expresión alack!, una antigua exclamación inglesa que significa «¡Ay de mí!».
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No comprendo cómo se me pudo pasar por alto esta maravilla que expuso usted en su día, Sr. E. J. Rodríguez. Y venciendo la tristeza que siento al ver que NADIE parece saber de qué ha estado usted escribiendo por aquí, le digo que al menos alguien comprende a la perfección, palabra por palabra, este reconocimiento a la obra de estos dos gigantes, Muñoz y Sampayo. Gracias por poner tan bien por escrito, lo que ha rondado por mi cabeza desde hace más de cuarenta y cinco años.
Bueno, ‘chas gracias, aquí estoy aleteando yo, José Muñoz, ave de paso en el éter eléctrico… Estimado E.J. Rodríguez, qué buen paseo se ha dado, me ha hecho dar en los meandros de mis trabájos… acentúo mi agradecimiento con tildes esparcidas, si cabe. Maestro Ciruela, ‘chas gracias a úd. también.
Ah! guión me gusta con acento, como se imaginarán…