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Los descendientes de los barcos

los descendientes de los barcos
Emigrantes italianos embarcan en Génova con rumbo a Argentina ca. 1930. Foto: Getty. descendiente

¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

«Fundación mítica de Buenos Aires», Jorge Luis Borges.

Viví varios años frente a la casa donde se crio Jorge Luis Borges, en la calle que hoy lleva el nombre del escritor, en el barrio de Palermo Viejo de Buenos Aires. Allí sobreviven algunas placas que recuerdan su universo literario, del que forma parte la ciudad, como dicta el poema iniciado con la estrofa de arriba. «Fundación mítica de Buenos Aires» se remite a los orígenes de la capital argentina en el siglo XVI desde la perspectiva de un joven de la década de 1920, en la que curiosamente —o no— el escritor pasa largas estancias en Europa, destino y raíz a la vez de una ciudad que justo en ese momento vivía una nueva fundación: la del aluvión migratorio. No por casualidad en cuanto salta el tema siempre se recuerda a Borges, autor de las consabidas frases «Los argentinos son europeos nacidos en el exilio» o «El argentino es un italiano que habla español, piensa en francés y querría ser inglés». Puede ser. Al menos, para lo que él consideraba «argentinos», quizás limitado a cierta porción social de cierto lugar, la capital del país. 

De todos los gentilicios del mundo pocos son tan ilustrativos como el de Buenos Aires: sus habitantes se llaman porteños. De ahí, de su puerto, nació la ciudad en su fundación colonial y por ahí, por el puerto, llegó su nuevo alumbramiento. Entre 1880 y 1950, en varias oleadas, entraron tantos millones de europeos que llegó un momento en que más de la mitad de la población de Buenos Aires era extranjera. Fue precisamente hace un siglo, en los años 1920, los del poema de Borges, los del auge de las vanguardias y de los grupos literarios de Florida y Boedo. También los años de la Argentina supuesta potencia mundial, los de la expansión económica, los del imán de inversiones y por supuesto de inmigrantes. Ellos, a esas alturas, ya habían perfilado el universo del arrabal donde el extranjero se mezcla con las antiguas figuras de barrio, el malevo y el cuchillero, el compadrito y el compadrón, igual que sus hablas, como el cocoliche italiano, se subliman en el lunfardo, la jerga porteña por excelencia. Buenos Aires es ya un efervescente melting pot donde flotan nacionalidades y pueblos recién llegados junto a los autóctonos y le dan forma y sabor a la Reina del Plata, el río que es como un mar y por donde entra una nueva cultura que en realidad es tan vieja y diversa como la propia Europa. Argentina, estado apenas centenario, encuentra una nueva esencia en el puerto de Buenos Aires, resumida en una frase aún más gráfica que las de Borges, atribuida a Octavio Paz y ya convertida en cliché: «Si los mexicanos descienden de los aztecas y los peruanos de los incas, los argentinos descienden de los barcos».

*

«Gallegos», «tanos», «rusos», «turcos». Ellos forman las colonias más numerosas de inmigrantes que pueblan calles y conventillos, las casas colectivas de habitaciones, en el inicio del siglo XX, el «Cambalache» del tango «problemático y febril». La lengua popular rebautiza nacionalidades y procedencias por una suerte de sinécdoque que homogeneiza la tremenda diversidad. Así, los españoles son «gallegos», por razones obvias, o «yoyegas», o «gaitas», simplemente. Los italianos, mayoría desde el inicio, son «tanos», por aféresis de napolitanos. Los «rusos» son judíos askenazis, efectivamente de Rusia, pero también de Ucrania, Polonia y resto de Centroeuropa. Y «turcos» son todos los que vienen del antiguo Imperio otomano y de Oriente Próximo: la mayoría son siriolibaneses, pero también hay judíos sefardíes, turcos e incluso armenios, colonia menor pero muy activa —y además muy antiturca—. Todos ellos, junto a las gotas formadas por otras nacionalidades, forman el meollo del nuevo Buenos Aires, en el que ni el más famoso de sus famosos, Carlos Gardel, era argentino. 

En un curioso mecanismo, en muy poco tiempo muchos porteños nacidos de inmigrantes muestran el orgullo de pertenecer a una familia europea, aunque su periplo haya sido penoso: subida a un camarote de cuarta en un barco migratorio, fidelísimo reproductor del sistema de clases, arrumbada después en las filas kilométricas de puerto y cuarentena y finalmente discriminada en tierra firme hasta conseguir igualar en derechos a los lugareños. Es la historia de las migraciones en el mundo, en definitiva, pero que en Argentina cobra una dimensión casi mítica. En la primera conversación con un visitante europeo enseguida se invoca la maleta de cartón, el hacerse a sí mismo, el llegar con una mano delante y otra detrás y superarse hasta edificar una casa y una familia, proyección extrapolable al propio país. Allí gusta recordar al padre, abuelo o bisabuelo en el barro de un pueblo ignoto de la Liguria, Piamonte o Calabria, hacer cuentas genealógicas sobre la cantidad de abuelos gallegos o hablar con suma naturalidad de Carballeira, Souto o Ferreiro de Abaixo como si fueran ciudades, cuando en realidad no pasan de pequeñas aldeas, hoy muchas de ellas ya reducidas a cuatro casas en ruinas porque, efectivamente, el último que se fue a Argentina apagó la luz y allí se quedó el pasado. La memoria familiar, sin embargo, llega hasta ahí y no escarba más en el pasado, muchas veces por no querer ahondar en las penurias atravesadas, otras por imposibilidad. Tengo amigos judíos que solo saben que sus bisabuelos huyeron de un pogromo en la Galitzia, pero ni siquiera saben si tenían nacionalidad ucraniana, rusa o polaca. No pueden buscar más allá. De hecho, la mayoría lo sufre cuando ahora, en la ida y vuelta de la historia, los nietos de aquel que emigró tienen que volver a Europa a buscarse el pan y necesitan sus partidas de nacimiento para conseguir un pasaporte comunitario. 

La oleada migratoria llenó el mapa de centros de colectividades, que les servía a los recién llegados para dotarse de personalidad en una ciudad con una identidad esculpida día a día, barco a barco. El mejor ejemplo es el gallego, reunido siempre en centros atomizados con el nombre de pueblos y parroquias, de los que aún hoy sobreviven decenas, pero que luego se agrupaba en centros provinciales para las cosas serias: la caja de ahorros, la biblioteca y, por supuesto, el hospital. Aún hoy en Buenos Aires la geografía está salpicada por hospitales como el Centro Gallego, el Italiano o el Alemán. La mutua judía, AMIA, fue conocida en todo el mundo por motivos trágicos: allí explotó una bomba en 1994, en el único gran episodio de terrorismo, junto al de dos años antes en la embajada israelí, dirigido a una colectividad, todavía sin aclarar del todo, por cierto. Más allá de las trifulcas tangueras de inicio de siglo, los roces entre colectividades se remiten a las burlas por los estereotipos que se han ido disipando con los años, cuando se asimilaron a la argentinidad. No es difícil en un país descolonizado, con una identidad por desarrollar, y en la que el autóctono cede espacio a la construcción narrativa de país a los recién llegados, aunque tengan un origen tan miserable como gran parte de la población local. De ahí el «tano» o el «ruso de mierda», apellidos inevitables, o el gallego bruto, pasto de chistes y sainetes, por ser la mano de obra más barata y que además venía hablando un idioma cercano y extraño a la vez.

La inmigración de la clase obrera traía aparejado su armazón ideológico también, y así, se fundaron numerosos partidos políticos y colectivos anarquistas y socialistas. La sucesión de acontecimientos en el Viejo Continente también dio pie al cruce del Atlántico por parte de exiliados y de prófugos. Entre los primeros, un gran número de españoles, algunos renombrados, que se peleaban a gorrazos y sillazos frente a los cafés de la Avenida de Mayo contra los defensores de los golpistas en los tres años de guerra civil y a posteriori. Entre los segundos, insignes fascistas que abrazaban el ya importante movimiento pro Mussolini en los años 1930 argentinos. Y, claro, los nazis. Más allá de leyendas urbanas varias, los casos de Josef Mengele, Erich Priebke y, por supuesto, Adolf Eichmann —cazado por el Mossad en la Operación Garibaldi— dejan entrever la presencia en Argentina de ex altos cargos del Reich. Y también otros anónimos, refugiados en las laderas de la cordillera patagónica o de la sierra cordobesa. A mí me tocó acudir a un festival musical de colectividades en Villa General Belgrano, en la provincia de Córdoba. Era en un pueblo de estilo alpino donde se espichaban los barriles de cerveza y se remedaba la Oktoberfest con el calor de la primavera austral y al son de las muñeiras gallegas, el folclore del sur de Italia y los bailes ucranianos y rusos. Todo era una fiesta. Pero lo que es imposible de olvidar también son aquellas casas de estilo alemán engalanadas para la cita. Allí, en algunos porches, sin esconderse lo más mínimo, colgaban banderas navales nazis, con su esvástica y su cruz de hierro. Tenía una explicación, aunque parezca delirante: muchas de las familias que habitan el pueblo son herederas de los tripulantes del Graf Spee, un acorazado de la Kriegsmarine nazi hundido por la flota británica en la batalla del Río de la Plata, al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Eso también implica ser un país hijo del terrible siglo XX europeo.

*

Era tarde y no llegaba a tiempo. Había quedado con un amigo para cenar en una parrilla del barrio de Caballito y me había dado por ir caminando desde mi casa de Palermo. Me pasaba diez minutos —dentro de la licencia social argentina—, pero llamé a mi amigo: «Llego tarde, espérame ahí». «Pero ¿dónde estás?», me preguntó. Lejos de recurrir a la respuesta piadosa habitual para estos casos —«estoy a dos cuadras»—, opté por la verdad. Y, utilizando la fórmula local para establecer coordenadas, me dispuse a decirle la confluencia de calles por las que caminaba, estirando el cuello para ver la placa de la intersección: «Estoy caminando por Estado de Israel y… espera. Estoy en Estado de Israel y Palestina». Yo mismo me quedé callado, embobado. Del otro lado me decían: «¿Qué pasó? ¿Se cortó?».

Las cuadras que me quedaban —más veinte que dos— me las pasé cavilando en la maravilla de la ciudad que habitaba. ¿En qué lugar uno puede encontrarse en una esquina donde confluyen Israel y Palestina? Aunque parezca un guiño tonto del callejero, o una casualidad, ese es otro fruto de la herencia migratoria, de la fuerza de sus colectividades, de los lobbies y la política. De hecho, la calle Palestina fue reconvertida poco después en Estado de Palestina, el reconocimiento simbólico de una ciudad hija de las diásporas que, sin embargo, no mira tan a fondo sus propias tripas.

*

En los últimos meses se incendió la opinión pública argentina por la ocupación de unos terrenos en Guernica, a 30 km de Buenos Aires. De la noche a la mañana aparecieron acampadas cientos de familias, que rápidamente dividieron el solar en lotes para quedarse. No era la primera vez ni será la última. A mí me tocó vivir otra toma de tierras especialmente violenta dentro de capital federal, en uno de los barrios humildes del sur. Era una guerra de pobres contra pobres, en la que los habitantes del barrio, lleno de bloques de viviendas sociales, insultaban a aquellos que ocupaban las tierras: «negros de mierda» —sustitutos de aquellos otros «gaitas», «tanos» o «rusos», «váyanse a su país» y otros regalos. Hoy existen corrientes como el decolonialismo, que analiza desde la crítica la matriz colonial de las sociedades latinoamericanas, surtidoras de postales como esas, basadas en una dinámica dominador-dominado que no ha mutado, solo ha cambiado los nombres. Pero todavía es muy tenue su influencia bajo el poder del pensamiento que ha regido siempre. El racismo, para empezar. 

En Argentina se les llama «negros» a los mestizos descendientes de indígenas que suelen ocupar las capas más populares de la pirámide social. A falta de otro nombre les ponen el apodo lógico ateniéndonos a una escala discriminatoria: ¿son los de piel más oscura? Entonces son negros. El apelativo tiene su precedente. En la década de 1940, durante el éxodo del campo a la ciudad, a los miles que bajaron en masa desde las provincias del norte, donde había mucha menos presencia europea, se les llamó «cabecitas negras». Medio siglo después, en los años 1990, llegaron nuevos inmigrantes a Argentina, esta vez de los países limítrofes, especialmente Bolivia y Paraguay, a lomos de la ola financiera que terminó dramáticamente en 2001. Muchos de los que se quedaron lo hicieron en una posición tan vulnerable como el mestizo, orillado en un relato de país tan blanqueador que también han borrado de la historia a los africanos y sus descendientes.

Porque en Argentina había, también, esclavos negros, venidos en otros barcos, que fueron desapareciendo entre guerras, según se dice, siempre entre dientes, sin razones exhaustivas. Todo sirve para entender una lógica que viene de antes de la llegada de los barcos europeos. En 1878 el gobierno argentino emprendió la llamada Conquista del Desierto, un conjunto de operaciones del ejército, comandado por el general Roca, que tomó las tierras habitadas por indios mapuches, tehuelches y ranqueles. Entendía el Estado que lo que conquistaba era, además de un desierto frío, también un desierto humano. Y que a los pocos indígenas, habitantes de un terreno vastísimo e inabarcable llamado Patagonia, había que aniquilarlos para evitar problemas. Pero su desaparición física también conllevaría su desaparición simbólica. En la narrativa oficial, ser indio, como ser negro, heredó una carga despectiva inopinada. Con la Patagonia en el bolsillo, el descendiente de colonos, criollo y con la lengua y la religión de Castilla y sus virreinatos, ensanchaba fronteras y ayudaba a escribir la narrativa que hacía de Argentina un país blanco y europeo en plena Sudamérica. Pero esa enorme tierra, casi seis veces el tamaño de España —sin contar las Malvinas y la plataforma antártica— había que poblarla. Lo tenían tan claro que ya habían incluido una invitación en el mismísimo preámbulo de la Constitución, en el que se cita con todas las letras a los destinatarios de la ley suprema: «Para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino». 

*

Llegué a Buenos Aires con un visado de turista en el pasaporte y toda la ingenuidad del mundo: pensaba que las continuas entradas y salidas por mis viajes de trabajo me permitirían prorrogar plazos de estancia sine die. Me equivocaba de plano y lo que me esperaba era una lucha contra el más temido de los monstruos: la burocracia.

Durante más de dos años fui un asiduo de la Dirección General de Migraciones de la República Argentina hasta convertirlo en lugar de peregrinación semanal. No era un edificio normal: era el antiguo Hotel de Inmigrantes, el lugar donde pasaban las cuarentenas los recién llegados, donde se apuntaba su procedencia, donde se escribía —mal en muchos casos— sus apellidos, donde dormían sus primeras noches antes de echarse a las calles para encontrar un conventillo donde caer rendidos tras la jornada laboral de puerto, oficio o maleficio: la Ellis Island porteña. Por las estrecheces de la administración, el edificio, una construcción apaisada junto al río, hacía que el antiguo hotel, reconvertido en museo de la inmigración, compartiese espacio con Migraciones. Allí llegaba yo por la mañana esperando en cada visita una nueva aventura, entre cientos de extranjeros como yo, pero no como yo, porque sin apenas excepción todos eran chinos o sudamericanos de países limítrofes. A ningún europeo se le perdía ya nada en la Argentina del siglo XXI

¿Y qué hacía yo allí? Pretendía conseguir papeles para vivir tranquilo. Pero me diluía entre las rendijas del sistema: al ser periodista independiente, un freelance sin empresa ni contrato de trabajo, no caía en ninguna categoría de la bendita Ley de Migraciones. De tanto pensar durante las mañanas eternas en aquellas hileras de bancos que remitían a las escenas de la emigración europea, tras recibir todo tipo de negativas a mis peticiones y entrada de documentación, me acordé de algo y me dije, como en un eureka: «¡El preámbulo, el preámbulo!». Y entonces, con la ayuda de un gran amigo abogado, redacté una carta y la entregamos, por mesa de entrada, para un destinatario imposible: el director de Migraciones de la República Argentina. En ella le exponía mis argumentos elaborados, en los que combinaba la letra de la Constitución con el sudor del inmigrante y la apelación a mi condición de gallego, al fin y al cabo, coterráneo de los responsables de construir el país. ¿Qué podía perder? 

Un día recibí una llamada de una secretaria. Me querían ver en Migraciones; no el director, pero sí el subdirector. Balón a la cruceta. Me recibió en su despacho, me felicitó por la carta y por no haber caído en la tentación de la «coima», la mordida o como se le quiera llamar al atajo de la propina para acelerar trámites en ventanilla. Charla, cafecito en la mesa y palmada en la espalda. «Acompañe a este buen hombre y que se lleve su papel tranquilo a casa», le dijo a un subordinado. Y así fue como me sellaron mi primera residencia temporal, que fue la piedra inicial para un día recibir reluciente mi DNI argentino. Era imposible no estar contento, a pesar de la convicción agria de que mis compañeros de banco y espera en el Hotel de Inmigrantes seguro que no lo tendrían tan fácil. También es cierto que la burocracia se comió mis plazos vitales. Y para cuando me llegó el carné al buzón, frente a la casa de Borges, yo ya tenía fecha de salida del país para trasladarme a vivir a Brasil. Visto lo visto, y aunque vecino, más que otro país, para mí era otro planeta. 

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6 Comentarios

  1. Xoan Bóveda

    «Y para cuando me llegó el carné al buzón, frente a la casa de Borges, yo ya tenía fecha de salida del país para trasladarme a vivir a Brasil.»

    Pues viene que ni pintado, para completar la frase de los argentinos y los barcos con la última perla de su excelso presidente.

  2. Son unos italianos que hablan español y que quieren ser franceses. Franceses, no ingleses… y desde las Malvinas mucho menos. La élite argentina siempre fue francófila, no anglófila. Borges era la excepción.

    • Bueno, el uso extensivo que hicieron los «libertadores» del dinero y de los soldados británicos contra los malvados «españoles» deberían hacerles tener al menos una posición ambivalente….

  3. Pocas cosas demuestran la hipocresía de una comunidad como la migración.

  4. Dora Manchado, una mujer tehuelche, la última hablante nativa del idioma tehuelche, contaba que algunas veces le dijeron que era imposible que ella fuera tehuelche, porque ya no existían. Que seguramente ella era chilota (del archipiélago de Chiloé, en Chile), tal vez de la ciudad de Castro, y para no alargar más la historia, ella decía, que sí, que era de Castro…

  5. En Argentina la inmigración del pasado vino de los barcos, y la «nueva» viene de las fronteras de los países limítrofes.
    Como bien dices, esto se oculta mucho, y en la mentalidad argentina generalmente la inmigración de origen europeo tiene mas valor, y causa un cierto orgullo, en contraposición con la latinoamericana.
    En mi opinión, también el fenómeno inmigratorio se vive y se piensa diferente en Buenos Aires, con respecto a como lo ve el interior del país.

    Pero creo que lo interesante del fenómeno argentino es justamente que su preámbulo abra las puertas a todos, y eso es algo que nunca ha cambiado.

    Por mi parte mi familia es de origen italiano, y hace poco terminé de escribir la historia de su emigración a la «pampa gringa».
    Quien esté interesado puede leerla gratuitamente aquí:

    http://www.germanbacca.com/historiabacca

    Gracias por el artículo Arturo.

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