Professor Sweet, Professor Higgins

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George Bernard Shaw Sweet Higgins
George Bernard Shaw, 1946. Fotografía: Getty. sweet

Cuando George Bernard Shaw escribió Pigmalión, necesitaba dinero. Años atrás había viajado de Irlanda a Inglaterra con la intención de ganarse la vida como crítico y escritor, pero esto, viniendo de una familia de clase trabajadora y sin influencias, no era sencillo. Sus ideas políticas y su pensamiento complejo, junto a los temas controvertidos que trataba, tampoco le ayudaban a hacerse popular. 

Es posible que por eso eligiera escribir una versión de uno de los mitos que el poeta romano Ovidio trató en Las metamorfosis, asumiendo la familiaridad del público con la literatura clásica. Y es posible que acertase con la idea, pues los críticos concluyeron que se trataba de una de las comedias menos provocadoras de Shaw. 

También es posible que uno de los motivos por los que, a partir de Pigmalión, se hizo la versión My Fair Lady fuera que el público pudiera ver un final feliz. My Fair Lady y Pigmalión comparten trama básica: la pobre florista Eliza Doolittle se transforma en una dama a manos del profesor Henry Higgins; pero en Pigmalión Eliza Doolittle abandona a Henry Higgins, mientras que en My Fair Lady, estrenada casi cuarenta años después, los protagonistas acaban juntos. 

Aunque quizá Pigmalión no sea una pieza tan intelectualmente compleja como otras de las obras del conocido como «teatro de las ideas» de Shaw, trata cuestiones relativas a las clases sociales y las relaciones entre hombre y mujer. El prólogo se titula «Un profesor de fonética» y, probablemente, se refiere al distinguido erudito Henry Sweet. No pocos académicos han señalado que Shaw tomó a Sweet como modelo para desarrollar el personaje de su profesor Higgins. 

Todo comienza una tarde de verano. Llueve, y una multitud que sale del teatro se refugia en el pórtico de la catedral de san Pablo en Covent Garden. Una madre y su hija esperan al hermano de esta, que intenta encontrar un taxi. Cuando el chico regresa, tropieza con Liza Doolittle y esparce sus flores. 

La florista trata de convencer a la señora de que le pague el género arruinado. Con temor, se da cuenta de la presencia de Henry Higgins, que ha estado anotando cada palabra que ha dicho. Esto le hace pensar que Higgins es un policía que la va a arrestar, pero resulta ser un profesor que registra su discurso con fines científicos. Tras reprender a Liza por su mal lenguaje, Higgins se jacta de que en tres meses podría hacer pasar a la chica por una duquesa en una fiesta. 

Empieza la lección de fonética. 

A los fonólogos les gusta hacer divisiones entre grupos de sonidos: consonante o vocálico, sonoro o sordo, etc. De manera que la ciencia se organiza en términos binarios. El mismo objeto de estudio es, por un lado, fonética, y por otro, fonología.

Fonética y fonología

La fonética es la ciencia de los sonidos del habla, y tiene como objetivo proporcionar el conjunto de características con las que describir y distinguir los sonidos del lenguaje. En cambio, la fonología estudia los principios que rigen las formas en que los hablantes de diferentes idiomas organizan los sonidos para expresar significados. 

Fonología segmental y suprasegmental

El objeto de estudio más básico de la fonología es el análisis fonémico, en el que el objetivo es determinar cuáles son los fonemas y llegar al inventario de sonidos de la lengua. Esto es la fonología segmental. Pero es necesario ir más allá y estudiar otros aspectos como el acento, el ritmo y la entonación, es decir, la fonología suprasegmental.

Acento y pronunciación 

El acento es el conjunto de particularidades fonéticas, rítmicas y melódicas que caracterizan el habla de un país, región, ciudad, etc. Es decir, el acento se refiere a una forma particular de pronunciar, por ejemplo, el español andaluz o el castellano. 

La pronunciación, definida como el acto de producir los sonidos de un idioma, no ayuda a diferenciar entre pronunciación y acento. Y si nos fijamos en el aspecto de la pronunciación que más preocupa a la gente, que suele ser aprender una dicción correcta, el factor principal es la elección del acento: una vez que se ha elegido un modelo, como por ejemplo el castellano, cualquier desviación será criticada o ridiculizada, incluso por los que mantienen que no hay acentos buenos o malos, pero sí pronunciación correcta o incorrecta. 

Demasiados prejuicios para algo muy sencillo: si alguien te dice: «No te entiendo», es probable que tu pronunciación sea mala, pero si te pregunta: «¿De dónde eres?», la cuestión es el acento. 

Acento y dialecto 

Es habitual distinguir entre dialecto y acento. Ambos términos se utilizan para identificar diferentes variedades de un idioma en particular, pero la palabra acento se utiliza para las variedades que difieren entre sí solo en cuestiones de pronunciación, mientras que dialecto también cubre diferencias en vocabulario y gramática.

Grafema y fonema

Un grafema es la unidad mínima e indivisible de la escritura de la lengua, las letras, que no nos dan ni una pista del origen geográfico y social de una persona. En la lengua oral, la unidad mínima es el fonema, definido como la unidad fonológica que no puede descomponerse en sucesivas menores y que sirve para distinguir significados. Y tampoco indican nada de la persona que habla, solo son una descripción objetiva sobre cómo articular un sonido. Que no es poco. 

Fonema y alófono

Los alófonos son las diferentes realizaciones o pronunciaciones que puede tener un fonema. Por ejemplo, en español, cada uno de los fonemas /b/, /d/ y /g/ tiene dos alófonos principales: [b], [d], [g], oclusivos y [β̞], [ð̞], [ɣ̞], aproximantes.

Los alófonos suelen estar condicionados por el contexto en el que aparecen, aunque también dependen de la variedad del hablante u otros factores. Por ejemplo, el fonema /d/ tiene el alófono oclusivo [d] y el alófono aproximante [ð̞]. Uno y otro aparecen en contextos fijos: [d] aparece tras pausa (dar), /l/ (falda) o /n/ (funda); [ð̞] aparece en todos los demás contextos.

En teoría, un fonema puede tener un número infinito de alófonos que, esta vez sí, nos resultarán muy indicativos de la clase social y el origen de la persona que pronuncia. Pero en la práctica, y con fines descriptivos, tendemos a concentrarnos en un número pequeño que ocurre con mayor frecuencia.

Cuando Bernard Shaw escribía teatro trataba de anotar la manera en que los actores debían dar voz a los personajes. Era un cometido que no le debía de resultar sencillo por la falta de correspondencia entre fonema y grafema de la lengua en que escribía, el inglés. Como en Pigmalión, en otras de las obras de teatro de Shaw hay partes en las que los personajes muestran, mediante el lenguaje, su origen social. El escritor estaba completamente familiarizado con el argot londinense y con varios dialectos asociados a mineros, marineros y otros colectivos.

Shaw, además, era consciente de la importancia y del impacto que una correcta dicción tenía en la sociedad, es decir, una pronunciación con la que al menos uno pudiera prosperar en la vida, sin que su lengua delatara su origen geográfico y social. Creía que la representación exacta de los sonidos, es decir, una transcripción fonética, ayudaría a pronunciar las palabras correctamente. Con un acento prestigioso y una buena dicción, sería más sencillo lograr la movilidad social ascendente. 

Su interés en los dialectos lo llevó a conocer a Henry Sweet, el famoso fonólogo, y a estudiar fonética por su cuenta. Sweet era el autor de un manual de fonética que había captado la atención de académicos y profesores de todo el continente. Describió, en lenguaje científico, la pronunciación y el acento del discurso culto de Londres, e incluyó muestras de habla con su transcripción fonética. Se cuenta que nada impedía a Sweet acercarse a un grupo de hablantes y anotar el registro fonético de su conversación. 

Para Sweet, el estudio de cualquier idioma se basaba en su comprensión fonológica. Consideraba fundamental adoptar un sistema consistente de pronunciación, lo que facilitaría que el estudiante comprendiera el idioma con más firmeza. Estaba tan interesado en la enseñanza de la lengua que habría sido perfectamente capaz de transmutar a Liza en miss Doolittle.

Por su prolífico trabajo en el campo de la lingüística, Sweet se ganó un lugar destacado entre los académicos que han hecho contribuciones importantes tanto a la ciencia pura del lenguaje como a la fonética —Sweet, Sievers, Storm, Jespersen—.

Shaw, que consideraba a Sweet un genio y sabía de sus intentos por reformar la ortografía de la lengua inglesa, se unió a la causa. A su muerte, dejó un legado en dinero para impulsar un alfabeto, que hoy conocemos como «alfabeto shaviano». 

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