Yo leo por ti, Argentina

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leo por ti argentina
Foto: Getty.

Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esta tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental.

«El escritor argentino y la tradición», Jorge Luis Borges.

Las líneas siguientes quieren ser un ejercicio de sinceridad y gratitud, porque mi deuda literaria con la Argentina no solo es inmensa, sino impagable. En realidad, es la única deuda cuyos intereses progresivos me hacen todavía más feliz y por fin tengo la oportunidad de expresarlo.

En mi casa limeña no teníamos nada parecido a una biblioteca, porque los libros que habían sido de mamá siempre fueron considerados como los restos de un naufragio y por eso mis hermanos nunca vieron en mí un lector, sino un cachivachero. Sin embargo, mamá coleccionó varios números de la revista argentina Billiken y varios volúmenes de los cuentos infantiles de Constancio C. Vigil como Chicharrón, Misia Pepa, El mono relojero, La hormiguita viajera y El imán de Teodorico, todos publicados por la editorial Atlántida de Argentina. También era argentina la editorial Acme —¡sí, como la del Correcaminos!—, en cuya colección Robin Hood leí clásicos juveniles como La cabaña del tío Tom, Los caballeros del rey Arturo, Robinson Crusoe, La isla del tesoro, La flecha negra, La isla misteriosa, Las aventuras de Tom Sawyer, Oliver Twist y, sobre, todo las aventuras de Bomba —la versión sudamericana y amazónica de Tarzán— escritas por John William Duffield bajo el seudónimo de «Roy Rockwood», ghostwriter utilizado también por Howard R. Garis, Leslie McFarlane y Edward Stratemeyer, todos ellos autores de novelas juveniles. Por lo tanto, la mayoría de mis lecturas esenciales antes de cumplir los quince años las adquirí gracias a editoriales y traducciones argentinas.

La edad de quince años no es arbitraria, porque entré a la universidad a los dieciséis, cuando ya me había convertido en lector de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, dos escritores argentinos que descubrí fascinado y que leo, estudio y releo desde la adolescencia con la misma sensación de hechizo y epifanía que me arrasó cuando por primera vez cayeron en mis manos El libro de arena e Historias de cronopios y de famas. En realidad, Borges y Cortázar se convirtieron en algo más que en dos autores de cabecera, pues los utilicé como brújulas y parabólicas de lecturas, ya que hasta hoy continúo leyendo todo lo que ellos elogiaron, tradujeron, citaron o reseñaron. Y así es como he dado con otros escritores argentinos a quienes deseo dedicarles unas líneas, porque tal vez fuera de su país no sean tan leídos o conocidos por otros lectores de habla hispana. Ellos son César Tiempo, Conrado Nalé Roxlo, Silvina Bullrich y Manuel Forcada Cabanellas.

Israel Zeitlin, más conocido en la historia del teatro y la literatura argentina como César Tiempo (Ucrania, 1906-Buenos Aires, 1980), no sobresalió ni como novelista —Así quería Gardel (1955)— ni como poeta —Buenos Aires esquina sábado (1997)—, aunque tuvo la prodigiosa virtud de convertir a escritores y artistas en genuinos personajes literarios. Pienso en las semblanzas y biografías que dedicó a divos y actrices —La vida romántica y pintoresca de Berta Singerman (1941), Máscaras y caras (1943) o Florencio Parravicini (1971)— y en las siluetas de escritores reunidas en Protagonistas (1954) y Manos de obra (1980), libros rarísimos y descatalogados donde César Tiempo glosó la vida y las obras de Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Federico García Lorca, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, entre otros. Sin embargo, el libro más delicioso y literario de César Tiempo es Capturas recomendadas (1978), una selección de sus mejores entrevistas a escritores, actrices, filósofos y directores de cine. Hay autores con mundo y autores con cultura, pero César Tiempo poseía ambas cosas, y así, charla con Edith Piaf en Bruselas, con Ionesco en París, con Greta Garbo en Venecia, con Malaparte en Roma, con Simenon en Lieja y con Cansinos Assens en Madrid. Sus conversaciones con el divino Dalí, el humorista Pitigrilli, el filósofo Jean-Paul Sartre y el calavera de Eduardo Zamacois no tienen desperdicio.

Conrado Nalé Roxlo (1898-1971) fue un genial dramaturgo, escritor, poeta y periodista, autor de versos que varias generaciones de argentinos recitan de memoria porque los aprendieron en la escuela primaria. Dueño de un fino y excepcional sentido del humor, Nalé Roxlo escribió durante años poemas y prosas diversas «a la manera de» diversos autores de la literatura universal, que luego compiló en Antología apócrifa (1943), una obra sui generis donde el humorista imitó, parodió y homenajeó a figuras como Miguel de Unamuno, Alejandro Dumas, Federico García Lorca, Victor Hugo, Rudyard Kipling, Luis de Góngora o Jorge Luis Borges. Cuando nadie vivía de la literatura, Nalé Roxlo pudo mantener a su familia gracias a novelas como Extraño accidente, biografías como la que dedicó a Alfonsina Storni y comedias como Una viuda difícil, por no hablar de sus guiones de cine, sus versos infantiles, sus composiciones musicales y los libros de relatos humorísticos que publicó bajo el seudónimo de «Chamico», entre los que destaco El muerto profesional y El humor de los humores. Amigo de Roberto Arlt y de Jorge Luis Borges, Nalé Roxlo no ha sido olvidado del todo, porque miles de niños argentinos se aprenden «El grillo», un memorable soneto constelado de ternura. Recomiendo de forma encarecida su Borrador de memorias (1978), libro que se lee con gusto porque no hay ajustes de cuentas, sino amables gratitudes y póstumas admiraciones.

Silvina Bullrich (1915-1990) fue una escritora muy leída y reconocida, pues durante sus años de mayor esplendor publicó cincuenta novelas y vendió más de un millón de libros, entre los cuales podemos citar uno que escribió al alimón con Borges —El compadrito (1968)— y una novela que quedó finalista del Premio Rómulo Gallegos —Los burgueses (1964)— porque la ganadora fue La casa verde de Mario Vargas Llosa. No obstante, ya nadie lee a Silvina Bullrich, a pesar de haber sido una defensora de la autonomía de las mujeres, una corrosiva caricaturista de su propia clase social y una crítica implacable de su propia obra, pues siempre advirtió que escribía para ser olvidada. De su amplia producción rescato Los pasajeros del jardín (1971), una novela tierna y humorística donde narró en primera persona los amoríos con su amante y segundo marido, para escándalo de la pacata aristocracia argentina y solaz de los más de cien mil lectores que se precipitaron sobre las risueñas aventuras de esa señora, tan adúltera y elegantísima ella, y tan vital como desdichada al final de la historia. A Silvina Bullrich la miran todavía por encima del hombro, pero a mí —que me va y me viene su linaje, sus ventas y su pituquería— me recuerda en todo a Lucia Berlin, la rescatada y celebrada autora de Manual para mujeres de la limpieza. No encuentro elogio mayor.

Manuel Forcada Cabanellas (¿-?) fue un desleído escritor rosarino que apenas recordamos por sus memorias dispersas en libros sobre la guerra civil española o las tertulias literarias de Buenos Aires y Madrid. En su Diccionario de las vanguardias en España, Juan Manuel Bonet le dedicó unas líneas donde aludió a su estancia juvenil en Sevilla y a sus colaboraciones en Ultra y Grecia, así como a su amistad con Borges, Valle-Inclán y García Lorca, tal como podemos leer en De la vida literaria, testimonios de una época (1941). En aquel libro hay un capítulo dedicado a los días sevillanos de 1920 y a la mítica revista Grecia, publicada por una tropa de poetas ebrios de literatura que una noche llegaron corriendo al antiguo hotel Cecil después de apedrear la casa de Luis Montoto, pregonero y cronista oficial de Sevilla. De entre aquellos exaltados ultraístas, Forcada mencionó a un joven compatriota de diecinueve años llamado Jorge Luis Borges, por entonces poeta en agraz, que escribía versos como piedras y que lanzaba piedras como si fueran versos.

La literatura argentina es como un gran sistema solar con diversos planetas, lunas, cometas y un gran sol que —para mí— sería Borges, aunque es posible que nunca exista unanimidad al respecto. Sin embargo, junto a grandes nombres como Piglia, Saer, Sabato, Bioy, las Ocampo, Sarlo, Pizarnik o Gallardo, he querido rescatar a autores como César Tiempo, Conrado Nalé Roxlo, Silvina Bullrich y Manuel Forcada Cabanellas, porque al descubrirlos mi deuda literaria con la Argentina siguió creciendo, ¿viste?

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3 Comentarios

  1. Es una verdadera lástima que en Argentina y en todos los países se esté abandonando la lectura, la habilidad de meditar o el regalo de la imaginación son actividades más elaboradas que ver una serie o jugar videojuegos, cada actividad de entretenimiento (y en mi caso la lectura como motivación) tiene una particularidad y en el caso de la lectura es fusionar por medio de los ojos los sentimientos y los pensamientos, cosas que hoy en día esta en extinción.

  2. Gracias por haberme facilitado el descubrimiento de El grillo, de pronto, me volví grillo está mañana. Saludos desde Managua.

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