Las palabras francesas de Victoria Ocampo

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Retrato de la señora Victoria Ocampo, de Anselmo Miguel Nieto, 1922.
Retrato de la señora Victoria Ocampo, de Anselmo Miguel Nieto, 1922.

Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº33 especial Argentina.

En un Panorama de la Literatura Hispanoamericana publicado en Francia en el año 1931, se afeaba a Victoria Ocampo el esnobismo de escribir en francés y hacer que otros traduzcan sus textos al español, lo que ocasionaba, según el autor, que en la Argentina la élite no se tomara en serio a los autores nacionales. La respuesta de Ocampo no se hizo esperar: lo hizo en el número 3 de la revista SUR, que fundó inspirada y animada por Ortega y Gasset, y que con el tiempo habría de convertirse en una de las más monumentales empresas culturales del siglo XX en español. Es un texto espléndido titulado «Palabras francesas» en el que Ocampo distingue dos tipos de escritores. Lo citaré por extenso para tasar no solo la limpieza de su prosa, sino también para escudriñar su naturaleza, que depararía los diez tomos de su serie «Testimonios». 

Esto responde Ocampo al autor del Panorama de la Literatura Hispanoamericana:

Desde el momento en que escribimos estamos condenados a no poder hablar más que de nosotros, de lo que hemos visto con nuestros ojos, sentido con nuestra sensibilidad, comprendido con nuestra inteligencia. Imposible escapar a esta ley. Pero la obedeceremos bajo una forma diferente según que nuestro temperamento se incline hacia la introversión o hacia la extraversión.

Sospecho que todas las disputas, todas las tormentas desencadenadas en el campo literario y artístico, tienen, en su base, la terrible hostilidad existente entre estas dos inclinaciones. Cuanto más acentuado es un tipo, cuanto más grande es su porcentaje de introversión o de extraversión, tanto más amenazada su visión del tipo opuesto por un fenómeno de subjective clouding.

Ciertos fieles, en la India, se arrancan los párpados a fin de no interrumpir su contemplación del cielo. El extravertido no tendría necesidad de ese sacrificio. No tiene párpados. Nada separa su yo del mundo exterior. Su vida psíquica se desenvuelve fuera de sí mismo. Por el contrario, el introvertido va por el universo con los párpados cosidos como esos halcones que se domesticaban para la caza en la Edad Media. Todo acontece dentro de sí mismo.

Existe la raza de los que no pueden hablar de las cosas sino hablando de ellos mismos, y la raza de los que no pueden hablar de sí mismos sino hablando de las cosas.

Existe la raza de aquellos que no llegan a las palabras más que movidos por sus emociones, y la raza de los que no llegan a las emociones más que movidos por las palabras.

Clasificar a los escritores en tal o cual categoría (y sus subdivisiones) es una tarea complicada, difícil, peligrosa a causa de las mil variedades individuales. Clasificarse a sí mismo debe ser casi imposible.

Si yo fuese escritora creo que pertenecería a la especie de los de «párpados cosidos». Pero yo no soy una escritora. Soy simplemente un ser humano en busca de expresión. Escribo porque no puedo impedírmelo, porque siento la necesidad de ello y porque esa es mi única manera de comunicarme con algunos seres, conmigo misma. Mi única manera.

Ocampo entiende que se la está acusando de esnobismo, lo que supone convertir en comedia lo que en el fondo es un drama: haber sido criada en un idioma, y tener que expresarse en otro. 

Lo que más me interesa decir es principalmente aquí, en mi tierra, donde tengo que decirlo y en una lengua familiar a todos. Lo que escribo en francés no es francés, en cierto sentido, respecto al espíritu. Y, sin embargo —he aquí el drama—, siento que nunca vendrán espontáneamente en mi ayuda las palabras españolas, precisamente cuando yo esté emocionada, precisamente cuando las necesite. Quedaré siempre prisionera de otro idioma, quiéralo o no, porque ese es el lugar en que mi alma se ha aclimatado.

Esta circunstancia ha producido extraños efectos. Temo que, si consiguiese arrancar de mi memoria todas las palabras francesas, arrancaría también, adheridas a ellas, las imágenes más queridas, más auténticas, más americanas que posee.

¿Qué le importa al niño que le dejen su álbum si le quitan sus calcomanías?

Las palabras francesas son las únicas que me gusta pegar sobre el papel porque son las únicas que, para mí, están llenas de imágenes.

Agréguese a esto que nuestra sociedad era bastante indiferente a las cosas del espíritu, incluso bastante ignorante. Muchos de entre nosotros habíamos llegado, insensiblemente, a creer enormidades. Por ejemplo, que el español era un idioma impropio para expresar lo que no constituía el lado puramente material, práctico, de la vida; un idioma en que resultaba un poco ridículo expresarse con exactitud —esto es, matiz—. Cuanto más restringido era nuestro vocabulario, más a gusto nos sentíamos. Toda rebusca de expresión tenía una apariencia afectada. Emplear ciertas palabras, ciertos giros de frase (que no eran, en realidad, otra cosa que gramaticalmente correctos) nos chocaba como puede chocarnos un vestido de baile en un campo de deportes o una mano que toma la taza con el meñique en el aire.

Muchos de nosotros empleábamos el español como esos viajeros que quieren aprender ciertas palabras de la lengua del país por donde viajan, porque esas palabras les son útiles para sacarlos de apuros en el hotel, en la estación y en los comercios, pero que no pasan de ahí.

Aunque en todo el texto Victoria Ocampo rechaza aplicarse a sí misma la condición de escritora, reconoce que las cosas cambiaron en 1916, cuando conoce a Ortega y Gasset. Victoria Ocampo se había casado pronto —en 1912—, y pronto se había dado cuenta de que detestaba a su marido. Su amor estaba destinado a otro hombre, a pesar de lo cual, y aun consciente de que no había enemigo peor para un escritor en primera persona, como ella se quería, que el pudor, no empezó a publicar sus «Testimonios» hasta la muerte de su marido. Acerca de lo que significaba el amor ideal —ese monstruo, esa fantasía, ese horizonte— escribió una preciosa lectura de la Divina comedia, que sería su primer libro: De Francesca a Beatrice. El amor ideal era un invento que alcanzaba su cota máxima en aquella declaración de Dante en la Vida nueva en la que el poeta se exige a sí mismo no hablar de él hasta que no tuviera las palabras idóneas para no abaratarlo: Io spero di dicer di lei quello che mai non fu detto d’alcuna. Y eso hizo, al decir de Ocampo, construyendo la Comedia. Con Dante el amor cortés de los trovadores alcanzaba su cota y también su tumba. El amor era un halo que santificaba aquello en lo que se posaba, pero la regla cortés, según la cual solo podía posarse en una criatura para cada uno, resultaba inepta para la manutención de la intensidad. Lo importante era esta, esa intensidad, sin que importara que el halo santificador cambiara de criatura.

Entre las muestras más imponentes de la obra de Victoria Ocampo están sus cartas. La correspondencia con Drieu La Rochelle, a quien conoció en 1929 y con quien, después de una relación apasionada, siguió escribiéndose hasta 1944, es acaso una de sus grandes obras. Cuando Drieu se suicidó, Victoria Ocampo escribe un texto, recogido en uno de los tomos de «Testimonios», en el que dice: 

Así como había estado huérfana de mis padres (que no dejaba de amar), porque no podía confesarles mi verdadero pensamiento, iba a convertirme en huérfana de otros seres a quienes amaba, por un motivo análogo. En realidad, yo estaba sola, fabulosamente sola. Había pasado de ser una mujer feliz a ser estatua de la felicidad.

«Testimonios» recoge, sin mayor hilazón que el capricho, textos memorialísticos, ensayos y comentarios, como para susurrarnos que por rica que hubiera sido su experiencia, la riqueza la habían puesto los otros: son muchos los personajes legendarios que se retratan en esas páginas, y también muy significativas las obras a las que dedica especial atención en monografías que destilan un activismo más estético que político, si es que acaso pueden desligarse esos dos animalitos: una de las obras que más le interesa es el Diario de Virginia Woolf, a Tagore lo retrata recorriendo la finca de San Isidro —una de las propiedades de la familia Ocampo—, de Shakespeare habla como si lo conociera gracias a haber encontrado una güija en el Hamlet de Lawrence Olivier. En esos volúmenes uno puede encontrar un poco de todo, información doméstica de grandes personajes, análisis estrictos de obras sobre las que creíamos saberlo todo, encendidas recomendaciones de obras sobre las que no sabemos nada, decididas impugnaciones de autores o políticos o personalidades que ya parecían caducadas cuando la autora escribió sobre ellos. Victoria Ocampo no es una gran prosista, y parece indiscutible que en el reparto de imaginación que se derramó sobre su casa familiar, el cien por cien se lo llevó su hermana Silvina —una cuentista extraordinaria, una excelente poeta—, pero se las sabía arreglar para acceder a nombres que —como la mitad de las estrellas que lucen en el cielo— aún brillaban, aunque esa luz nos llegara desde una piedra muerta hacía tiempo. Su tono de cercanía, casi intimidad en algunos párrafos, se barajaba con una severidad de criterio que alimenta en algunos de sus mejores textos la emoción de averiguar si finalmente está ensalzando a un personaje o se ha limitado a lidiarlo para terminar clavándole el estoque.

Siempre mantuvo Victoria Ocampo cierta desidia acerca del hecho de considerarse escritora. En «Palabra francesas» ya lo avisaba:

Cuando m. Daireaux me llama escritora me siento más bien asombrada que halagada. No soy del oficio y del oficio lo ignoro todo. A veces tengo remordimientos a este propósito, pues me repito que, si me gusta tanto escribir y si caigo en ello de continuo, sería necesario al menos que aprendiese honradamente el oficio. Pero mi pereza encuentra argumentos que tranquilizan a mi conciencia.

Solo en 1916, cuando el primer viaje de Ortega, después de haber conversado largamente con él, advertí gradualmente mi tontería. Comenzaba a descubrir que todo podía decirse en lengua española sin que uno se hiciese automáticamente pesado, afectado, grandilocuente. Pero este descubrimiento llegaba demasiado tarde. Hacía ya mucho tiempo que era prisionera del francés.

La consecuencia que saco de mis reflexiones sobre este tema es que nada de esto habría ocurrido si yo no hubiera sido americana. Si yo no hubiera sido esencialmente americana yo no habría hablado un español empobrecido, impropio para expresar todo matiz y no me habría negado al español de ultramar. Si no hubiera sido esencialmente americana, el francés no habría, quizás, llegado a ser el único refugio de mi pensamiento, y de haberlo sido, permanecería tranquilamente en él, en lugar de correr tras un español que ya no alcanzaré ciertamente y que, si lo alcanzo, no me será nunca dócil. Si no hubiese sido esencialmente americana, no me habría debatido en este drama, y este drama hubiera resultado una comedia.

Si no hubiese sido americana, en fin, no experimentaría tampoco, probablemente, esta sed de explicar, de explicarnos y de explicarme. En Europa, cuando una cosa se produce diríase que está explicada de antemano. Cada acontecimiento nos hace la impresión de llevar, desde su nacimiento, un brazalete de identidad. Entra en un casillero. Aquí, por lo contrario, cada cosa, cada acontecimiento, es sospechoso y sospechable de ser aquello de que no tiene traza. Necesitamos mirarlo de arriba abajo para tratar de identificarlo y a veces cuando intentamos aplicarle las explicaciones que casos análogos recibirían en Europa, comprobamos que no sirven.

Entonces henos aquí obligados a cerrar los ojos y a avanzar penosamente, a tientas, hacia nosotros mismos; a buscar en qué sentido pueden acomodarse las viejas explicaciones a los nuevos problemas. Vacilamos, tropezamos, nos engañamos, temblamos, pero seguimos obstinados. Aunque los resultados obtenidos fueran, por el momento, mediocres, ¿qué importa? Nuestro sufrimiento no lo es. Y esto es lo que cuenta. Es preciso que este sufrimiento sea tan fuerte que alguien sienta un día la urgencia de vencerlo explicándolo.

Esos esfuerzos, ese ímpetu por tratar de cambiar las cosas, transformar el paisaje en el que ella tuvo que desenvolverse, fue una de sus más enérgicas empresas. De ahí que, más que como escritora, siendo su obra imponente, de las más destacadas en el género memorialístico de nuestra lengua, es casi solo una sombra de su portentosa actividad intelectual, de sus acciones y empresas, de su infatigable peregrinaje. Fundó en 1935 la Unión de Mujeres Argentinas para luchar por los derechos civiles de las mujeres. Fue una activista constante contra cualquier extremismo: fascismo y peronismo, esencialmente. 

Si fuera verdad eso que dicen tantos editores de que la biografía de un editor es su catálogo, pocos editores de nuestro idioma podrían compararse a Victoria Ocampo, pues, aparte de las decenas de números de su revista SUR, publicó libros como Otras inquisiciones y Ficciones de Borges, La peste de Camus, Los siete pilares de la sabiduría de Lawrence, los relatos y novelas de Pavese, Contrapunto de Huxley, Desterrados de Joyce, Lolita, Mademoiselle O e Invitado a una decapitación de Nabokov, Malone muere y Molloy de Beckett, Mea culpa de Céline, Autobiografía de Irene de Silvina Ocampo, Orlando, Un cuarto propio, Al faro, Tres guineas y Diario de una escritora de Virginia Woolf, El amor y Occidente de Denis de Rougemont…, y conviene detener la lista para que el texto no se quede en mero, e incomparable, catálogo editorial, al que desde luego habría que sumar los muchos números de la revista SUR.

Es conocida la anécdota según la cual cierta tarde, andando unos cuantos amigos en Villa Ocampo, espléndida finca que quedó detenida en un precioso fotolibro, todos decidieron marcharse y Norah Borges quedó a solas con Victoria Ocampo, sin sitio en algún coche que la devolviera a Buenos Aires. La dibujante les dijo a los demás: «Por favor, no me dejen a solas con la inmensidad». La inmensidad, buena palabra para retratar la insaciable curiosidad, la hiperactividad, las incansables ganas de Victoria Ocampo, que se propuso que, tras su paso, el paisaje en español no fuera tan pobre como aquel con el que ella se encontró cuando fue niña. Y es muy evidente que lo logró: gracias a su ánimo, a su afán, nuestro paisaje cultural se había enriquecido enormemente.

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2 Comentarios

  1. Como las hermanas del artículo me tocan muy, pero muy de cerca, y nadie deja un comentario, dejo el mío para que lo
    acompañe en su viaje al olvido, esperando que la ironía sea bien entendida. Es solo un acto de amor a mi lengua y su
    madre que me toco en la lotería del Cosmos, loteria de la cual Felipito, el pibito de Mafalda ya se había dado cuenta de tal
    arbitrariedad porque pataleaba diciendo que él no hubiera querido ser argentino, sino suizo para comer más chocolate.

    Mi patria es el lenguaje,
    ese que no respeta las fronteras,
    una mera y apresurada linea
    sobre el suelo hecha con tizones
    y que a veces me avergüenza,
    especialmente cuando prefiero aquel
    que en vez de decir vosotros no sabéis
    exclama con buen sentido de mínimo ecónomo
    ustedes no saben,
    ay, que mal que sabe, lo reconozco
    puro patriotismo de sonidos después de todo,
    pero qué culpa tengo yo si las vocales
    y sus maridos como aves sin memoria
    hicieron nido en esta parte de la Tierra?

    Gracias por la excelente lectura.

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