Ciencias

Arquitecto blanco, ingeniero negro (o viceversa)

Arquitecto blanco, ingeniero negro
Puente de desplazamiento vertical Jacques Chaban Delmas, de Thomas Lavigne, Charles Lavigne, Chistophe Cheron y Michel Virlogeux. (CC) arquitecto

La gloria, en verdad, no es otra cosa que un olvido aplazado.

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), Premio Nobel de Medicina.

Así como en el campo de la literatura existe la figura denominada negro, que se refiere a quien redacta una obra «para lucimiento y provecho de otro» (según la definición literal del DRAE), en el mundo de la arquitectura e ingeniería civil existen en cierto modo casos similares, en los que unos realizan la ingrata labor oscura y otros se llevan los honores, ya sea porque el brillo de uno de los componentes del equipo eclipsa al resto o porque ya se encarga el más famoso o su entorno de monopolizar la gloria. 

La concepción, diseño y construcción de una obra singular de cierta envergadura (ya sean puentes, museos, iglesias, hipódromos o frontones) es una tarea que no se puede llevar adelante sin un equipo multidisciplinar. Puesto que la construcción de estas y la progresiva pérdida de calidad de vida de su jefe de obra da para otro artículo tal vez de temática más cercana a enfermedades degenerativas, depresiones con impulsos suicidas o episodios de enajenación mental transitoria, vamos a centrarnos únicamente en la fase de diseño. 

El técnico que firma un proyecto es el responsable último del mismo, y es parte de su trabajo formar un buen equipo de profesionales que sea capaz de redactarlo con la calidad y exactitud exigida por el cliente en cuestión. Evidentemente, sus colaboradores, empleados, ayudantes… sus esbirros en definitiva, tendrán su parte de responsabilidad, cedida por el autor, quien en general no entrará hasta al detalle más nimio en su supervisión puesto que se fiará del buen hacer y criterio de sus muchachos. Tal vez esta explicación está siendo demasiado abstracta, así que puede que sea mejor apoyarnos en un ejemplo. Qué se yo… uno al azar: hablemos de Santiago Calatrava.

Según nos consta por fuentes de primera mano, en su puente de Ondarroa tuvo que retocarse el diseño para que, con pleamar, pudieran pasar los barcos por debajo de su tablero. Ya sea porque en algún momento se les olvidó que la carrera de mareas en el mar Cantábrico es del orden de cinco metros o por alguna confusión con la referencia topográfica (algo muy común por otra parte en los puertos, donde la cota cero suele ser local y no la del mar en Alicante), el caso es que esta vez el lapsus pudo ser felizmente solventado. En esta ocasión Calatrava no tuvo culpa directa del error: no imagino al valenciano manchándose las manos sujetando un jalón o enredando con una estación total. Otro tema es que con frecuencia Calatrava se queda corto, muy corto, presupuestando. Y con esto no estoy depurando responsabilidades ni señalando al departamento encargado de tales menesteres dentro de su equipo. Sea como sea, viendo que son problemas recurrentes y a las hemerotecas me remito, debemos interpretar que Calatrava, dentro de su infinita misericordia, parece que sigue contando con la misma gente. 

Unos cardan la lana y otros se llevan la fama

Un ejemplo anecdótico es el del arquitecto Félix Candela, que era el autor de facto de aquellos formidables diseños con su adorado paraboloide hiperbólico, pero sus proyectos oficialmente eran firmados por otros arquitectos. La razón era que Candela no podía atribuirse de manera legal la autoría, no por un problema de convalidaciones con el proceso Bolonia como sufren hoy en día muchos profesionales en el extranjero, sino porque su título de arquitecto se perdió durante la Guerra Civil. Aquí no había trampa ni cartón, todos sabían a lo que estaban jugando. 

La polémica llega cuando te planteas si la labor que hace el técnico firmante es menos importante para la materialización del proyecto que la de algún miembro del equipo. Y el caso paradigmático es Frank Gehry y, por extensión, su estudio de arquitectura Gehry Partners, LLP. Sus bocetos del Museo Guggenheim de Bilbao o el edificio para Marqués de Riscal parecen el retrato al natural de medio metro de cordel metido en un bolsillo. Como se suele decir en estos ámbitos, el papel lo aguanta todo… pero el titanio pesa lo suyo en la realidad. El cálculo de una estructura que sea capaz de sustentar todos esos volúmenes sin comprometer en exceso los usos interiores es todo un desafío de la ingeniería que se minusvalora. Tal vez Gehry pensara de forma análoga al futbolista Héctor Enrique «el Negro» (mira por dónde, qué apodo tenía). Este jugador argentino fue quien, durante el famoso partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986, le pasó el balón a Diego Armando Maradona en el centro del campo que el Pibe transformó en el mejor gol de la historia de los mundiales. Posteriormente, el Negro dijo: «Con el pase que le di a Maradona, si no hacía gol era para matarlo». Aunque Enrique lo dijo con ironía, claro. Hay quien defiende al arquitecto de origen canadiense con argumentos como ese que dice que el artista (ya estamos con la dichosa palabrita) es el que pinta el cuadro y no el que monta el bastidor o tensa el lienzo sobre él. Y tienen razón. Pero también es verdad que si un cuadro se te cae no matas a decenas o cientos de personas. 

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana

Aunque parezca mentira, en otros tiempos el especialista en estructuras estaba mejor considerado que los arquitectos. Es el caso de Eduardo Torroja, un ingeniero de caminos, canales y puertos que en los años treinta fue uno de los más prestigiosos del mundo (Frank Lloyd Wright llegó a decir de Torroja que era el más grande ingeniero vivo de la época). Su especialidad eran las estructuras de hormigón, en especial las láminas y bóvedas, donde fue un revolucionario. Su fama le llegó, principalmente, por tres grandes obras en edificación: el Hipódromo de la Zarzuela, el Frontón Recoletos y el Mercado de Algeciras. Todas ellas, un alarde de cálculo y diseño en sus cubiertas de hormigón; todas ellas, proyectadas junto a arquitectos que solo son conocidos en círculos especializados. Recordemos sus nombres: Manuel Sánchez Arcas (Mercado de Algeciras), Secundino Zuazo (Frontón Recoletos) y Carlos Arniches y Martín Domínguez (Hipódromo de la Zarzuela). El talento ingenieril de Torroja es incuestionable, pero es discutible hasta qué punto fue el responsable último: él las calculó, pero, ¿de quién fue la idea? Por ejemplo, hablando de la marquesina en voladizo del Hipódromo de la Zarzuela, el propio Torroja relataba, en un artículo publicado en la Revista de las Obras Públicas el 1 de junio de 1941, lo siguiente: «Se consideró por los Arquitectos (nota: mayúsculas en el original), en cuya colaboración se estudiaba el proyecto, que el efecto era demasiado valiente para la visión estética actual». Y es que Torroja en primera instancia propuso que las líneas de intersección de los hiperboloides que conformaban cada módulo de lámina, en lugar de rectas (como está construido), fueran curvas con la panza hacia abajo, dando un perfil de gaviota. Sin entrar ya a valorar qué solución sería mejor desde el punto de vista estético, está claro que los arquitectos tuvieron voz y voto en la concepción de la cubierta, pero la historia los ha dejado en un segundo plano.

El Viaducto de Millau

Para que nos entendamos, este es el vistoso y larguísimo (unos dos kilómetros y medio de largo) puente francés de tremendo impacto visual en el entorno donde está enclavado que ha aparecido en los periódicos e informativos entre nubes, no en vano su tablero está, en algunos puntos, a unos doscientos cuarenta metros del fondo del valle del río Tarn (récord del mundo). Durante los reportajes que se emitieron con motivo de su inauguración en 2004, no era raro ver infografías representando el viaducto con la torre Eiffel superpuesta, ya que su cota máxima (la coronación de los pilonos) superaba la altura del emblema de la Exposición Universal de 1889 en París. Ya habrá quien piense «estos franceses, siempre tan chovinistas, utilizan la torre Eiffel como medida de lo universal». Puede ser: apostaría a que en España habríamos utilizado como referencia algo más global, como los campos de fútbol. 

Arquitecto blanco, ingeniero negro
Viaducto de Millau, de Michel Virlogeux y Norman Foster. (CC)

En esos mismos medios no era raro que apuntaran su autoría a Norman Foster en exclusiva. Bueno, de hecho lo raro-rarísimo es que dijeran que el Viaducto de Millau es obra de Michel Virlogeux… y Norman Foster. Virlogeux, ingeniero de caminos francés, lo explica con frecuencia ya que es un tema que les suele gustar a los periodistas, siempre echando sal en la herida. Sin ir más lejos, en una entrevista para el diario La Opinión de A Coruña en diciembre de 2008, decía esto: «Yo comencé los trabajos para el viaducto en 1987 y Foster se incorporó en 1993. La idea es de 1990 y es mía, pero el viaducto no hubiera sido tan bueno sin la colaboración de Foster». Fair play, sí, pero: «Además, sin él, seguramente, no hubiera resultado elegido el proyecto. Los miembros del jurado querían un nombre». Parece que estamos ante un nuevo síntoma de firmitis aguda, una patología muy extendida entre los jurados de concursos de obras potencialmente emblemáticas. 

Para su información, el tal Virlogeux es coautor de otros puentes excepcionales, como el de Normandía, el Vasco da Gama o el de desplazamiento vertical de Burdeos y es considerado uno de los mejores especialistas en puentes del mundo. Puede resultar chocante que a un personaje así, que debería estar henchido de ego, se la traiga flojísima que Foster quiera acaparar todo el mérito por el Viaducto de Millau. Solo hay que echar un vistazo a la web del consulting del lord inglés (Foster + Partners) para comprobar que Virlogeux no aparece ni de forma marginal. Por cierto, como inciso, me parece significativo que un sujeto dé nombre a todo su equipo, una sinécdoque como declaración de intenciones: «El arriba firmante aspira a ponerse más medallas en la pechera que un general heroico del ejército norcoreano». 

El silencio de Virlogeux ante el desplante de Foster no es un hecho aislado puesto que se suele recriminar a los ingenieros civiles que no saben venderse. Piensen por un momento en uno de los puentes más famosos del mundo, el puente de San Francisco. Bonito, ¿verdad? Bien, díganme ahora el nombre de su autor… Si Foster hubiera intervenido en el proyecto seguro que lo sabrían. O Calatrava; ya se habría encargado él de proclamarlo, amén de que en lugar de su característico tono anaranjado la estructura estaría pintada de blanco. 

Como en los títulos de crédito de cualquier película, que aparece hasta el ayudante del asistente del adjunto al maquillador, sería un justo premio al trabajo realizado sacar a la luz a esos negros, una forma de reconocer que el proyecto no ha sido posible llevarlo a cabo sin la colaboración de todos, cada cual con su parcela y responsabilidad. Como ya representó Le Corbusier en el dibujo L’architecte/ l’ingénieur, la ingeniería y la arquitectura son dos manos que deben entrelazarse, no liarse a tortazos la una con la otra. 

Ah, por cierto, el ingeniero jefe del Golden Gate fue Joseph Strauss, quien contó con el apoyo, entre muchos otros, de los ingenieros Clifford Paine, Leon Moisseiff y Charles Ellis y el arquitecto Irving Morrow


Para saber más

Sobre Frank Gehry: «Frank Gehry y el One Hit Wonder de la arquitectura contemporánea».

Sobre Eduardo Torroja: «Voluntad de hormigón», en Jot Down n.º 1 Especial Aniversario.

Sobre Félix Candela: «Los hypars de Felix Candela».

Sobre Santiago Calatrava: sección «Sucesos» o «Tribunales» de cualquier periódico.

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2 Comentarios

  1. No deja de sorprender encontrar reportajes temáticos tan concretas como este, pero tan bien explicados, documentados y referenciados y -en definitiva- aderezados con el mejor estilo de la revista (motivo de mi suscripción)
    ¡Enhorabuena!

  2. Jorge Aparicio García

    Gracias por el artículo. Está muy bien. Construir es una labor de equipo, y no sé por qué, todos los que participamos en una construcción, siempre hablamos en primera persona: «yo lo hice». Desde el arquitecto al último peón.
    Todos tenemos ego.
    Ninguno acabamos de entender a Induráin cuando tras ganar una etapa decía «hemos corrido bien y hemos conseguido ganarla».
    Cuando un arquitecto se lleva bien y escucha a sus colaboradores, siempre sale una mejor obra.
    Esa rivalidad entre ingeniero y arquitecto hace mucho mal, porque, como dice Julio Martínez Calzón, al final el ingeniero se vuelve un poco arquitecto y viceversa. Eso enriquece.
    Sigue erre que erre con Calatrava, ¿sabe que el puente de la Constitución costó el doble de lo presupuestado? ¿Diría lo mismo de Manterola? Saludos cordiales

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