La fascinante historia del experimento de la Tercera Ola

Publicado por
la tercera ola
Escena de Die Welle, película basada en el experimento de la Tercera Ola. Imagen: Constantin Film.

En la primavera de 1967, Ron Jones era profesor de enseñanza secundaria en la Cubberley High School de Palo Alto (California, EEUU). Tenía veinticinco años, era profesor de Historia, impartía la asignatura Mundo Contemporáneo y sus estudiantes no creían lo que él les contaba sobre la Alemania nazi, no podían entender cómo Hitler se hizo con el poder, cómo cambió tanto el país y de qué manera aquella transformación impactó sobre la sociedad alemana. Ron Jones decidió hacer un experimento para enseñarles que aquello no era imposible. Incluso en un grupo sin presiones sociales como eran ellos y en un país democrático como era el suyo era posible que una sociedad libre y abierta cayera bajo el atractivo de una ideología autoritaria y dictatorial, que separase entre «ellos» y «nosotros».

El experimento de la Tercera Ola no tuvo el rigor de un estudio científico, pero fue educativo y se hizo muy popular: inspiró una serie de televisión, un bestseller, un documental, un museo e incluso un musical. El objetivo era presentar el atractivo del fascismo e intentar demostrar con qué facilidad una sociedad civilizada puede transformarse en un Estado totalitario. La teoría de la experiencia era que el ser humano tiene básicamente una naturaleza autoritaria y que le gusta ser liderado y ser seleccionado dentro de una masa anónima. Jones era miembro de los Students for a Democratic Society, una ONG que defendía un activismo de izquierda y apoyaba también a los Panteras Negras. Pensaba que «un espejo es un arma mortal» y que poner a los estudiantes frente a sus contradicciones y a la deriva de sus posibles acciones sería una forma atractiva y potente de conseguir que su mensaje calase.

El primer día Jones, antes de que los alumnos llegaran a clase, limpió profusamente su aula y dispuso los pupitres en filas inusualmente rectas. Atenuó las luces y puso música wagneriana mientras los alumnos entraban en clase. Luego, Jones, un profesor popular que normalmente ignoraba normas sencillas como pasar lista, dijo a sus alumnos que podía darles las claves del poder y el éxito: «La fuerza a través de la disciplina». Introdujo una serie de pequeños cambios en clase, en los que siguió estrategias habituales en las dictaduras y los regímenes totalitarios. Lo primero fue incrementar la disciplina. Convenció a los estudiantes de los beneficios de adoptar una postura determinada en las sillas de clase: los pies tocando el suelo, la espalda recta, las manos en la espalda, las rodillas juntas. Algunos estudiantes dijeron que la nueva postura les ayudaba a respirar mejor y que estaban más atentos en clase. Las explicaciones sobre la conveniencia de esta postura eran una forma sutil para que los alumnos asumiesen unas reglas sencillas y, en realidad, participasen en los primeros pasos de la experiencia. También ordenó que los alumnos entraran al aula y se sentaran en menos de treinta segundos sin hacer ruido. A los pocos minutos, estar correctamente sentado se convirtió en un tema importante y corregían al que no lo hacía bien. A continuación, Jones estableció nuevas normas en la clase, cosas sencillas como que los estudiantes tenían que permanecer sentados y pedir permiso para levantarse, que debían dirigirse al profesor como señor Jones y que cualquier respuesta debía tener un máximo de tres palabras. Sugirió entonces que a través de la disciplina y el compromiso, los alumnos podrían ser elegidos para ser parte de un movimiento. Jones también usó las notas como incentivo: «Si eres un buen miembro del grupo y juegas bien, obtendrás un sobresaliente. Si eres un revolucionario y fracasas, estás suspenso. Si la revolución triunfa, tienes también un sobresaliente»

Con las nuevas reglas asumidas por todos los estudiantes, las interacciones grupales basadas en popularidad y dominancia, típicas de una clase de adolescentes, se fueron difuminando y los estudiantes que antes tenían una escasa participación y vivían en el anonimato vieron aquello como una oportunidad para participar en el nuevo orden del aula, para conseguir roles más atractivos. La participación aumentó y la estructura jerárquica de la clase se volvió más homogénea. Jones también les habló de la comunidad, del grupo como algo más grande que uno mismo, más deseable, más divertido.

En el segundo día, Jones se centró en proporcionar a sus estudiantes un sentido de pertenencia. Escribió en la pizarra frase como «Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo».

A continuación, organizó debates sobre estos temas e hizo que toda la clase leyera en alto esas frases a la vez. Creó un saludo especial para los miembros de la clase (tocar el hombro con la mano del mismo brazo). Este movimiento recordaba una ola, así que fue denominado «el saludo de la Tercera Ola». Este gesto diferenciaba a los estudiantes de Jones de los de las demás clases y les hacía sentirse especiales. Los miembros del grupo se saludaban unos a otros con el nuevo gesto. El nombre del movimiento, la Tercera Ola, se refería a la creencia de que las olas vienen en series y que la tercera ola es la más fuerte, superior a las anteriores. Jones les explicó que el nuevo movimiento eliminaría la democracia, una forma de gobierno que, según él, «tiene muchos aspectos antinaturales, ya que el énfasis se pone en el individuo en lugar de en una comunidad disciplinada e implicada».

La clase de Jones creció con la llegada de otros estudiantes y pronto tenía en el aula más de sesenta chicos. Tras decir a la clase ampliada que «la fuerza está bien, ahora debéis actuar», Jones asignó a cada uno una tarea que debía realizar ese día. Algunos debían memorizar los nombres y direcciones de todos los miembros del grupo; otros debían hacer pancartas, brazaletes y tarjetas de afiliación de la Tercera Ola. Y como el tema de ese día era «La fuerza a través de la acción», todos debían hacer proselitismo. Al final del día, había pancartas por toda la escuela, incluida una de seis metros en la biblioteca. Los estudiantes trajeron a unos doscientos conversos de otras clases para que «juraran».

El tercer día, Jones asignó a algunos estudiantes que se encargaran de que las normas se respetasen y denunciasen a quien las rompiera. También puso «guardias» a la puerta del aula y estableció normas que hacían ilegal que los compañeros se reunieran en grupos de más de tres personas fuera del aula. Había creado un miedo a romper las reglas junto con una policía para controlarlo. Los responsables de seguridad llevaban un brazalete negro que causó aprensión en algunos padres. Algunos llamaron a Jones, que les tranquilizó y les dijo que era solo un experimento escolar. Los estudiantes estaban fascinados por la experiencia y le pidieron continuar. Jones ya no era visto como el profesor, sino como el líder del grupo y gradualmente el simulacro del sistema totalitario que habían inventado empezó a atrapar a los adolescentes. Cientos de estudiantes del instituto pidieron unirse al Movimiento de la Tercera Ola, así que el profesor estableció un procedimiento de admisión en el que los nuevos postulantes tenían que aceptar las reglar y prestar obediencia al líder públicamente. Los estudiantes se lo tomaban muy en serio y asumían sin dudarlo las leyes de la Tercera Ola. Tan solo en tres días, los experimentos habían pasado de una idea del profesor a una nueva realidad en el centro, en el que el debate cada vez era más intenso, al punto que uno de los estudiantes decidió espontáneamente convertirse en guardaespaldas del líder.

Jones se empezó a preocupar por el cariz que estaba tomando el experimento y decidió terminarlo. No era una decisión fácil, porque muchos estudiantes estaban fascinados con esa forma práctica de aprender y tenían una actitud de compromiso con la experiencia docente que cualquier profesor querría en sus alumnos. Sin embargo, la situación comenzaba a tener vida propia y Jones empezó a sentir que escapaba de su control. El padre de uno de sus estudiantes, que había sido prisionero de los alemanes en la II Guerra Mundial, se enrabietó cuando su hijo le contó sobre la experiencia que estaba viviendo, así que fue al instituto cuando no había clases y destrozó el aula. Para entonces, el Movimiento de la Tercera Ola se había expandido por todo el instituto y había sido asumido por muchos estudiantes de otras clases. Los profesores desconfiaban cada vez más de aquel grupo de estudiantes.

El cuarto día, y a pesar de sus dudas, Jones decidió continuar el experimento y les dijo a sus estudiantes que no era un juego, sino la vanguardia de nuevo tipo de gobierno que se implementaría por todo el país en los próximos días. Todos los estudiantes le creyeron y declararon estar dispuestos a ser miembros activos del nuevo orden nacional. Hubo respuestas de personas opuestas al movimiento que dijeron que no creían en él, pero los miembros rebeldes fueron «desterrados» a la biblioteca y se les bajaron sus calificaciones. Hubo también traiciones y delaciones, incluso entre adolescentes que habían sido amigos íntimos desde la infancia. Un grupo de amigos podía compartir un cigarrillo en los aseos del instituto y discutir un plan para «secuestrar» a Ron Jones al día siguiente y cumplir con el requisito del ejercicio para una rebelión triunfante y obtener la mejor nota, pero no sucedía porque alguien, uno de esos dos o tres informaba a Jones del complot. Un grupo consiguió que quinientos padres apoyaran un boicot para destituir a Jones como profesor debido a «un movimiento que no entendían del todo bien»

Su clase de quinto, los mayores, lanzó «el golpe de Estado más exitoso» el miércoles 5 de abril, el último día del movimiento, ya que capturaron a Jones y amenazaron con dar conferencias sobre la democracia a sus clases de segundo año, los mas pequeños. Sin embargo, él los convenció para que lo dejaran ir, diciéndoles que había planeado terminar el movimiento ese día con un mitin en almuerzo. A mediodía, los estudiantes se agolpaban en la sala de conferencias, con la espalda recta y los ojos clavados en un televisor situado en la parte delantera de la sala. Jones les dijo que un programa de televisión iba a anunciar públicamente la llegada de la Tercera Ola, mientras los miembros del servicio de seguridad vigilaban la entrada del aula y unos amigos de Jones se hacían pasar por periodistas y fotógrafos. Jones les dijo que eran una célula local de un selecto movimiento juvenil que reclutaba estudiantes en todo el país. Más de mil grupos de este tipo se alzarían durante un mitin especial al mediodía de ese día para apoyar a un candidato presidencial nacional, uno que anunciaría un Programa de la Tercera Ola Juvenil para traer al país «un nuevo sentido de orden, comunidad, orgullo y acción». A continuación, Jones atenuó las luces, encendió el televisor y abandonó la sala.

Fueron pasando los minutos y los estudiantes esperaron absortos una visión del futuro, pero la pantalla permaneció en blanco. Los estudiantes miraban de un lado a otro sin saber qué hacer. Al cabo de un rato se dieron cuenta de que «no había ningún guardaespaldas, no había ningún Jones, pero estábamos todos sentados en la postura exigida». Algunos intentaron salir y vieron que las puertas estaban abiertas y se sorprendieron al encontrarse con un día normal de primavera a la hora del almuerzo. «Salía música del patio, las flores florecían y soplaba una cálida brisa».

De vuelta al interior, Jones volvió a apagar el televisor y se colocó ante un micrófono en el escenario, mientras un montaje cinematográfico de escenas de la Segunda Guerra Mundial aparecía en una gran pantalla detrás de él. «No hay un movimiento de la Tercera Ola, no hay un líder», dijo al atónito público. «Ustedes y yo no somos ni mejores ni peores que los ciudadanos del Tercer Reich. Habríamos trabajado en las plantas militares. Veríamos cómo se llevaban a nuestros vecinos y no haríamos nada», dijo Jones, refiriéndose a los tres escépticos que estaban exiliados en la biblioteca por el delito de incredulidad. «Somos como esos alemanes. Daríamos nuestra libertad por la oportunidad de ser especiales». Aquello fue el final.

Años después los estudiantes que participaron en el experimento lo recordaban con agrado: «Fue una de las lecciones más valiosas que he recibido en mi vida. ¿Cuántas veces —como joven de dieciséis años— no solo puedes aprender sobre la historia, sino participar en ella?». Otro comentó: «Jones nos ayudó a despertar, y siempre se lo he agradecido. Las buenas experiencias no son necesariamente agradables. He pensado a menudo en ello, y me alegro de haberlo vivido. Me gustaría que mis hijos tuvieran una experiencia similar».

Para saber más:

Klink B. (1967) ‘Third Wave’ presents inside, look into Fascism. The Catamount 21 de abril de 1967, p. 3. 

Weinfield L. (1991) Remembering the 3rd Wave. Ron Jones Website. Archivado del original el 19 de julio de 2011. Recuperado el 25 de julio de 2021.

MENSUAL

3mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL

30año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

One Comment

  1. Buen artículo,vi la película y me pareció muy interesante.
    Creo que sobrevaloramos nuestra personalidad, cualquier persona bajo determinado sentimiento de miedo u odio es capaz de hacer locuras. Y conviene no olvidarlo para no caer en los mismo errores como sociedad.

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.